Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

viernes, 9 de enero de 2015

Bloody Mary /Igualdad de oportunidades (1 de 3)

Tenía 37 años, seis libros publicados, un apartamento en Nueva York y un divorcio bien aparcado. También tenía Kate los amigos adecuados y una familia cuyos miembros estaban a la distancia que ella consideraba justa y necesaria: la de una conferencia telefónica dentro del mismo huso horario. 

Vivía con un gato algo sordo y anciano. Ahorraba con calma para un buen plan de pensiones. Cada año, disfrutaba de unas largas vacaciones que eran la envidia de sus conocidos, que rara vez podían tomarse ni dos semanas. 

Trabajaba en una universidad a cargo de unas asignaturas cómodas, una ventaja  que tienen las llamadas “humanidades”: pocos alumnos y habitualmente interesados. Esto le permitía administrar bien su tiempo, leer y escribir con paz y sin sobresaltos, y, también poder  viajar al extranjero cada verano. Ese año tocaba España. 

Sola de nuevo, ese enorme placer de ir a su aire y de no tener que rendir cuentas a nadie ni tener que negociar nada. Tampoco de llegar a ceder en su caso.  Ni siquiera de organizar algo para alguien más que para Katherine Anastasia Lindbergh. Un placer inigualable el de la soledad bien llevada. Y es que la soltería tiene muchísimas ventajas.

Llegó a la T4 de Barajas a las ocho y media de la mañana totalmente harta. Le había tocado un pesado en el asiento de al lado empeñado en entablar conversación y en saber dónde iba a estar en España y qué iba a hacer. Un tal Samuel Goldberg, un tipo gordo, totalmente calvo y con unas espantosas gafas de culo de vaso. Y, lo peor, que no le dejó ni dormir ni leer en todo el viaje, siempre hablando.

“Pesado, más que pesado”, rabió Kate desesperada durante las siete horas de vuelo. Abría su libro por la misma página una y otra vez, y se decía para adentro “Que me dejes en paz, pelma, ¿cómo no te das cuenta que yo quiero leer, que no me interesa nada de lo que me cuentas y que tampoco te voy a responder a tanta pregunta?”

Le lanzó hasta dos o tres miradas asesinas. Incluso cuatro. Pero o ella había perdido facultades, o él era tonto de remate. Samuel era de esos habladores impenitentes al que los monosílabos de Kate parecían darle todavía más cancha en vez de pararle. Una especie dura de roer, resistente, inasequible al desaliento, un luchador nato. Tenía además ese otro entrenamiento en palabras e insistencias que da trabajar de abogado.

Tuvo que fingir al final Kate que se dormía para no tener que escucharle. Al desembarcar decidió darle esquinazo sin despedirse siquiera, todo más fácil, como sólo saben hacer las mujeres que son hábiles.

Tres días en Madrid en un hotel céntrico, luego una semana con coche de alquiler, un par de amigos a quienes visitar en Barcelona y Málaga, varios viajes en tren. Como para contarle a un perfecto extraño a esas alturas de la vida qué pensaba hacer o no hacer ni con quién. Faltaría más tener que dar explicaciones a alguien. Mucho menos a un pelmazo. Además, aborrecía a ese tipo de desconocidos que quieren hacerse cercanos.