Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

viernes, 28 de febrero de 2020

El pan nuestro (La mesa celestial aquí y luego)

Hace unos meses descubrí a Emily Stimpson y su The catholic table (La mesa católica) cuyo subtítulo reza Where food and faith meets (Donde la comida y la fe se encuentran).

A Stimpson llegué por Pollan y otros buscando referencias sobre comer y cocinar. Hay una curiosidad que tengo sobre la historia de los alimentos y técnicas de cocinado (este clásico, no tengo todos los tomos, no los encuentro). De otros temas más de fondo aquí  he encontrado maravillas y aquí.  Pero hay también un interés más vital porque de un tiempo a esta parte lo que realmente me gusta y me entretiene es cocinar. Es como me relajo. Y es, también, como me concentro. Tiene guasa.

Cocinar es algo real, tangible, que tiene un resultado y que sirve realmente. Y a pesar de que cocino sólo para 2 y ya luego para 4 en verano o fines de semana a veces -una pena, por eso me gusta tener invitados en casa-, mi ancla diaria es ese "qué pongo hoy de comer". Yo hago de comer, pongo, sin ningún desdoro, soy así de pedestre. El mundo puede girar, la inquilina dejarme el piso arrasado, pero yo tengo que hacerponer algo para comer que esté bueno -y que sea, ay, no caro-. Casarme con un vasco ha ayudado a todo esto.

El desdibujamiento de lo que somos -cuerpo y alma- nos lleva a ese "cabalgar contradicciones" en un amplio rango de posibilidades en eso del comer y cocinar en este siglo XXI donde hay tanto de todo y todo el rato. Y todo además llevado al extremo.

Hoy convive una nueva ley mosaica, a veces hasta ascética, sobre qué comer: esto sí, esto no, contar calorías, mirar etiquetas, conservantes,  lo supuestamente bio o ecológico, etc.,  la lista sería interminable. Hay ese fenómeno de las llamadas dietas, dietas  veganas y vegetarianas y otras aún más estrictas -crudívoras, por ejemplo-, junto con una explosión de literal devoción por la comida y hasta por la cocina, pornfood es la etiqueta que se utiliza a veces.

Proliferan los programas de tv sobre cocina, hay un canal entero, maravilloso, por cierto, miles de blogs dedicados a cocinar o crítica gastronómica y las imágenes de lo que comemos o cocinamos llenan las redes. A la vez, te encuentras con que en el mismo Masterchef no saben hacer algo tan elemental como una masa de croquetas decente pero cocinan con esa técnica tan avanzada (y cara por los aparatos) del vacío (que es mi envidia, francamente). Sí, lo básico que es saber qué es una pizca o un chorrito en una receta a veces no se sabe y, en cambio, se habla del último alimento milagro, el aguacate, la quinoa, etcétera.

Junto  esa profusión de cocineros, cocinillas, aficionados, gourmets y gourmands, hay también personas que no cocinan nada, que no saben, no quieren o piensan que no tienen tiempo para hacerlo, que compran todo cocinado o que les importa poco o nada lo que se meten entre pecho y espalda. Hay personas sin educar en lo del comer cuyo gusto se ha apagado a base de ketchup, azúcar y ya su paladar no percibe nada. Hay niños, muchísimos niños que no saben comer (ni en contenido ni en forma), adolescentes hechos de pura hamburguesa. Y adultos, adultos hechos y derechos.

A mí me sorprenden muchísimo esas declaraciones de "principios" como "yo es que no como de..."  y te sueltan una categoría entera (no una cosa concreta, sino una categoría entera como yo no como "verde", o pescado, o ponga Vd, lo que quiera, es que a mí no me gusta, es que yo...). La mala educación se nota muchísimo también en esto. Ya de las formas en la mesa ni hablo, como en otros ámbitos se ha igualado por abajo, hoy somos todos no príncipes sino carreteros.

Hay obesidad, diabetes tempranas, enfermedades variadas por alimentarse muy mal, por exceso, y a la vez hay bulimia y anorexia, dos fenómenos que me parecen muy singulares. Y terribles por lo que he visto.

El libro de Stimpson, The Catholic Table, es interesante, muy bonito, ofrece una perspectiva en la que encaja esto del comer y cocinar en lo que creo que somos -aquí unos años- y a lo que estamos destinados también con nuestro cuerpo (que no es la muerte, que es la vida eterna, la mesa celestial). Y enlaza con algo tan importante como creer en un Dios que se ha encarnado y en sacramentos como la Eucaristía y el matrimonio. Ya, parece lioso, pero no, todo está relacionado.

Se ancla este libro en otro anterior suyo horrorosamente traducido al español "Estos hermosos huesos: una teología del cuerpo apta para el diario vivir", mejor acudir a la versión anglo y original aquí  (y por favor, que alguien traduzca bien ese libro y lo edite para el mundo hispanohablante).

Stimpson es amable, muy americana (sí, claro, no es lo mismo EEUU y su tradición culinaria que la nuestra, ni tampoco lo que le rodea en la actualidad). Sólo tengo que reprocharle su amor por las coles de Bruselas, pero nadie es perfecto.

Cierra su libro con 9 orientaciones para que comer sea también un acto "teológico", chúpate esa, morena.

1. Come disfrutando
2. Come dando gracias 
3. Come acorde a la liturgia
4. Come ejercitando las virtudes 
5. Come con otros
6. Come de todo
7. Come con caridad
8. Come (todo lo) natural (que puedas)
9. Come con inteligencia





jueves, 20 de febrero de 2020

LO REAL VS L’OREAL Y EL PACTO NARRATIVO EN EL MUNDO VIRTUAL (y II)

(Viene de aquí)

Las personas somos seres reales, no virtuales

La realidad no es un like, un dm, un grupo de whatsup (trescientos buenos días, cuatrocientos mensajes). No son solamente palabras, mejor o peor dichas, más o menos afortunadas. Tampoco son fotos con filtro o sin él. Eso son "retazos" de realidad, rastros, pequeños espejuelos, y, a veces, pueden ser malinterpretados, magnificados, ser tramposos, oscuros, engañosos, llámalo zeta.

La realidad es mirarse a la cara, a los ojos. Es saber cómo respira el otro. Cómo come el otro. Cómo trata a un camarero o a su madre, a un niño o a un perro. Es también no comunicarse verbalmente. Sé que esto tiene pésima prensa actualmente, pero, con perdón, no hace falta comunicarse todo el rato ni con las amigas, ni con el marido -menos- ni con nadie. Moriríamos si nos “comunicásemos” todo el tiempo. La cosa va mal si hay que hablar o decir todo el rato (ese es otro problema, mea culpa, del uso abusivo de las redes).

La realidad, con todos mis respetos por los gustos de cada cual, me parece a mí que no es “calentarse” durante meses, hasta años (póngase calentarse en el sentido que Vd. quiera, emocional o como sea, a veces mezclados) creándose una imagen del otro (de uno mismo para empezar, ese cuento que te cuentas de quién eres) sujeta con alfileres y luego llevarse las manos a la cabeza. Tampoco es creerse que alguien es un amigo porque compartes un grupo de wasap en el que todos nos saludamos cada mañana o salimos cada seis meses.

No son las redes, son las personas

Al igual que las mujeres reales tienen curvas, las personas reales se arriesgan a conocerse si hay posibilidades, interés y no una ensoñación o un dar(se) vueltas, un marear la perdiz. Sí, claro, hay amistades maravillosas por carta, ahí están 84 de Charing Cross o las cartas de Sender y Laforet. Pero es que esas correspondencias no tienen nada que ver ni en contenido ni en tono con el ambiente virtual, intenso, abigarrado, rápido y sin ese tempo que exigen las relaciones. Toda relación exige tiempo y tempo, su tempo.

El caso es que, con todo, no seré yo quien no crea precisamente en las bondades de la técnica, de las técnicas, si se ponen al servicio de lo humano. Son las personas y cómo usamos las técnicas y para qué lo que importa. El cuchillo no es ni bueno ni malo: puedo matar con él a mi hermano o utilizarlo para ir deshuesando un pollo para rellenarlo.  

La soledad es muy perra

La soledad es muy perra.  Esta es una de las verdades más universales a los 12, a los 20, a los 50 y a los 80. Alguien me lo recordó no hace tanto: no sólo está la soledad del anciano, hay muchas soledades escondidas y abiertas. Sí, claro, quedarte un ratito tranquila –y sola- en casa cuando tienes 3 churumbeles –o peor, adolescentes-  es un sueño comprensible y deseable. Pero creo que todos podemos entender que aquel “no es bueno que el hombre esté solo” del Génesis no tiene sólo una referencia básica a lo mucho, muchísimo, que nos necesitamos hombres y mujeres, y en concreto a una mujer o a un hombre específicamente, sino a que ningún hombre, como decía Merton, es una isla. Las personas no somos islas afortunadamente.

En el mundo virtual se puede dar una apariencia fantástica de compañía, de grupo compartido o de encuentros personales, de coincidencia de intereses, afinidades, etc. Muchos entornos virtuales son un patio en el que siempre hay una silla de enea con alguien sentado a la puerta. Y es agradable, naturalmente. Creo que lo virtual puede ayudar en las relaciones sociales siempre que acaben siendo eso, relaciones, no un mundo paralelo. Y, si es un mundo paralelo, ser consciente de sus bordes, de dónde acaba y dónde empieza.

Yonkis emocionales

Lo virtual facilita enormemente esa necesidad de chutes emocionales que parece caracterizar a veces la vida sentimental, la vida, de los hombres y mujeres de este siglo XXI.  Se puede vivir de  chutes, ser yonkis  de las emociones, lo somos a veces. El ámbito virtual es perfecto para chutarse continuamente: enamoramiento, autoestima, sentido de grupo, pertenencia, etc.

Necesito el subidón de un enamoramiento, que es más bien ese “infatuation” de los ingleses. Pero es que también, tras ello, puedo hasta necesitar casi de igual manera ese otro chute de "desgracia", de bajón, de sentirme incomprendido, solo, que los demás no han estado a la altura de mis sentimientos, que se equivoca él o ella porque yo sí amo y actúo correctamente. Llegamos a identificar querer a alguien con esta droga dura del estar abajo o arriba continuamente.

El narcisismo además encuentra un apoyo estupendo en las redes: lucirse, ser el centro, necesitar la aprobación, "el casito", que te digan que qué rica o que qué mona los del sexo opuesto -de esto hay bastante-, tener un público, una audiencia.  Se pueden generar fácilmente monstruos de gente normalísima, personas que se escaman si alguien deja de decirles algo, si no obtienen respuesta inmediatamente o la respuesta que ellas quieren. Se juega con fuego sin saberlo. Luego se llora. Y vuelta a la montaña rusa, chute y chute. 

Hace falta bastante dominio de sí mismo en las redes. Y nos dominamos poco porque vivimos en una sociedad donde el autodominio no es lo que se lleva, sino la supuesta espontaneidad, la respuesta rápida, el postureo. 

El tercer nombre de los gatos

No sé si habéis visto Cats o habéis leído a T.S. Eliot, que es quien escribió "El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya" en el que se basa el musical.

Los gatos tienen tres nombres, y el suyo, el verdadero, no te lo dirán, no pueden transmitirlo siquiera, es un gran secreto.

Yo creo, además,  que ni ellos lo conocen por completo, sólo lo ronronean y malamente cuando están tranquilos y en silencio.  

Sólo Dios sabe cómo nos llamamos cada uno realmente.

EL NOMBRE DE LOS GATOS

Ponerle nombre a un gato, no te asombres,
es cosa complicada y no banal.
Seguro que piensas que estoy muy mal,
pero es que un gato ha de tener tres nombres.

De ponerle el primer nombre se encarga
la familia. Serán nombres de gente
común: Pedro, Gabriel, Ana, Vicente.
Ya veis, la lista puede ser muy larga.

Claro que algunos prefieren la opción
de emplear nombres más rebuscados
en los eufónicos tiempos pasados:
Electra, Godofredo, Napoleón.

Pero los gatos, que son muy soberbios,
han de emplear apodos contundentes
que les ayuden a ir entre las gentes
con paso firme y sin perder los nervios.

Son nombres que no podrás pronunciar
sin trabucarte: Munkustrap, Walstato,
Bombabulina, Explorer. Cada gato
ostenta así un nombre particular.

Queda otro nombre, pero no hay accesos.
Sólo el gato conoce el tercer nombre
y nunca lo dirá a ningún hombre
por mucho que lo mimen con mil besos.

Así que, cuando a un gato ensimismado
contemples, es seguro que, coqueto,
en su mente repite el gran secreto,
como un mantra sagrado
impronunciable
pronunciable
pronuncimpronunciable
inescrutable, hondo, singular,
su Nombre de verdad.


LO REAL VS L’OREAL Y EL PACTO NARRATIVO EN EL MUNDO VIRTUAL (I)


Hace ya muchos años salía yo con un tipo estupendo del que no voy a dar muchos datos, salvo que era un esteta. Me lo pasé fenómeno, aprendí mucho a su lado. Entre otras cosas, íbamos a exposiciones muy interesantes. Una, creo recordar, era un montaje que jugaba con el título ese que he puesto de "Lo real vs L' Oreal".

Lo real y Senior

Leí a Senior hace un tiempo, "La restauración de la vida cristiana", un buen libro. La crítica que hice en Aceprensa es para suscriptores, lo siento (venga, animaos, que no es caro y está fenomenal Aceprensa), aunque aquí  podéis ver otra en abierto. 


Dennis Quinn, Frank Nelik y John Senior pusieron en marcha en los años 70 en la Universidad de Kansas el Programa Pearson de Humanidades Integradas (PIHP), basado, como otros, en los grandes libros. Pero ellos ofrecieron a los estudiantes algo diferente en plena contestación estudiantil, muy presente el mayo del 68, cuando la televisión era ya imprescindible y el sentirse bien comenzaba a ser un motor más importante que la búsqueda de la verdad, lo bueno y lo bello. 

Lo que se había perdido en la universidad y en otros ámbitos no era sólo la fe, sino la razón y, también, el sentido de  la realidad. Natalia Fenollera explicaba en la presentación del libro de Senior en España que su libro, "El despertar de la Señorita Prim" debía mucho a ese programa. Interesante, ¿no?

Como un libro lleva a otro, compré más tarde la biografía de Francis Bethel sobre Senior que se titula, creo que de modo muy acertado, “John Senior and the restoration of realism" (las cursivas son mías). Apasionante, qué personaje.

Y sí, la realidad es la clave siempre, acaba siéndolo. Lo real, no L’oreal, esa ensoñación propia de la publicidad, no ficción de la auténtica.

La realidad es asombro, admiración y dificultades

Esos tres profesores creyeron que frente al rampante relativismo se podía enseñar que la verdad existe y, además, que podía ser enseñada, no sólo que había que buscarla. La labor que abordaron era, ya entonces, titánica. Los jóvenes estudiantes carecían en muchos casos (y estamos hablando de los años 70, hace 50 años nada menos) de lo más elemental: haberse criado jugando y en contacto con la naturaleza, expuestos también a esa gran literatura oral o escrita infantil  o juvenil (es decir, la literatura no infantilizada; Caperucita Roja en “versión original” es todo menos algo infantilizado), y no sólo en una sociedad cada vez más descreída o materialista.  

Era el humus previo lo que faltaba, el contacto con la realidadel asombro, la admiración y también, no lo olvidemos, las dificultades que supone ésta-, así como con esa ficción que nos cuenta de verdad quiénes somos y donde no todo te lo dan ni masticado ni resuelto.

Sí, la ficción cuando es buena nos cuenta también quiénes somos. Por eso nos gustan el cine, las novelas y no podemos vivir sin que nos cuenten historias: son ecos, espejos normales o de feria, nos vemos o nos imaginamos, nos explican a nosotros y a personas que nunca veremos. También sirven para evadirnos, para escondernos temporalmente.  No hay nada como contar una historia a un niño y ver lo que pasa.

El mundo virtual: ¿realidad, ficción o… L’Oreal?

Lo real hoy está sometido a mil embistes. Y uno de ellos, sin duda, es la cosa virtual en la que, yo la primera, estamos metidos de hoz y coz, a veces perdiendo miserablemente el tiempo (hablo por mí y con vergüenza).  Aunque, en mi opinión, no es lo peor la pérdida de tiempo, aun siendo una pena, es otra cosa, ese espacio L’Oreal que puede crearse virtualmente. Y que te puede tragar si no estás atento.

Igual que el papel lo aguanta todo (Querida Purita: te quiero, te adoro, eres la sal de mi vida, eres mi tesoro más preciado, si no llueve estos días, subiré a verte. Fdo. Zutano, La Coruña, abril, 1966), las redes sociales, lo virtual, son un potencial ámbito de una supuesta ficción (autoficción) de la que no siempre somos conscientes.

Sin querer, podemos contar y contarnos (a nosotros mismos lo primero) una historia. A veces ni siquiera hay consciencia del falseamiento, de que lo que uno cuenta de sí mismo, especialmente en redes sociales, es una parte, sólo una parte, por sincero que seas. Y lo mismo de lo que te cuentan. Hasta presencialmente, cara a cara, lo que contamos es solo una parte siempre, pero entonces el que está enfrente “rellena” el relato con lo que él ve, con lo que hacemos.

Sí, todos nos contamos una historia sobre quiénes somos. Hay un runrún constante interior a veces “Vine, fui, me dijeron, pero yo, entonces Fulana”, y otras más otro diferente "soy la pobre, soy el abandonado, soy el simpático, soy la….". Las redes sociales sacan a la plaza ese “discurso interior” y ese “cuento” que nos relata a menudo, lo exponen ante y para cualquiera que pasa por allí.

El pacto narrativo

¿Pero no habías dicho que la ficción también nos cuenta quiénes somos, que es parte de lo real, que Senior dice? Pues no. Y ahí voy con lo del pacto narrativo, algo importante, cualquier escritor lo sabe. Iba a decir que lo sabe hasta un niño cuando entiende superados los 4 años el juego de cucu-trás (ya saben que no desaparecemos, claro, pero estamos ambos en un “pacto” y el juego nos divierte).

Copio a Javier Cercas Rueda  (no el autor de Soldados de Salamina, el otro)  que lo explica en su estupendo blog citando a Dario Villanueva.

El pacto narrativo: contrato implícito que se establece entre el EMISOR de un mensaje narrativo y cada uno de sus RECEPTORES, mediante el cual éstos aceptan determinadas normas para una cabal comprensión del mismo, por ejemplo la de la FICCIONALIDAD de lo que se les va a contar, es decir, la renuncia a las pruebas de verificación de lo narrado y al principio de sinceridad por parte del que narra.

VEROSIMILITUD. O «verdad poética»: cualidad que los textos narrativos bien formados tienen de proponer al lector un PACTO NARRATIVO por el que es fácil aceptar que lo que se cuenta podría haber ocurrido aunque sea pura ficción.”

Mientras en una novela o en el cine hay un pacto por el que yo  acepto creer de momento que los chinos vuelan mientras se dan zascas y salen casi inmunes de una batalla con diablos, en esto de las redes sociales podemos “contarnos” sin ser conscientes de que eso que nos contamos, incluso con la mayor sinceridad, no es lo real de una persona. O no es toda su realidad. O, si me apuran, no es la realidad más importante. No hay pacto, está desdibujado o no somos conscientes de que a menudo nos contamos o de que simplemente nos cuentan.

(sigue aquí) 

miércoles, 12 de febrero de 2020

Bajo a Madrid (Brindemos por lo que amamos)

Tengo una comida de periodicidad trimestral (algún trimestre caen dos) con dos buenas amigas del colegio a la que intento no faltar. Como fui la culpable de posponerla a última hora la semana pasada y la fijamos para ayer, con esa pereza propia de anciana que todavía no soy, pero que se intuye a marchas forzadas que va a ser de espanto, "bajé" a Madrid. Digo bien "bajo" porque vivo en la capital de provincia más alta de España. Así que yo bajo habitualmente, salvo que me vaya a los Pirineos o a alguna montaña. O coja un avión, claro.

Aprovecho el viaje para otros asuntos de trabajo y otras actividades que me encantan. Coincide que, de pura casualidad, Enrique García-Máiquez da una conferencia sobre Scruton organizada por Milenio. Dios es muy bueno y me pone siempre como a una burra zanahorias para que no me cueste tanto ese "bajar", el ruido -el ensordecedor ruido que hay en todas partes, salvo en mi casa, y que en Madrid es de espanto-  y esa sensación de cierto desamparo que tengo en una ciudad en la que viví feliz tantos años. Y la gente, tanta, que me agobia. Yo bien de a pocos, pero así, tantos juntos, me espanta... La otra zanahoria es que veo a mi prima que me tiene siempre preparada lo que llamamos "la chambre", una habitación ideal, con un pijamita y todo que me pone. Y me da de cenar estupendamente. Así no tengo que coger el tren por la noche y me quedo en su casa.

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Me llevo el libro de Armando Pego (ver aquí y más recientemente aquí)  "Memorias de un güelfo desterrado" porque necesito de esta hora larga, casi dos, de tren (y las de vuelta) para concentrarme. Es una de esas lecturas que (de nuevo), Dios me da con un mar de fondo que no podría ser, aparentemente, el menos adecuado en el viaje de ida: dos mastuerzos con los pies puestos, como se estila ahora, en el asiento de enfrente, uno a un lado del pasillo y otro al otro, hablan a voz en grito (dado que no están sentado juntos) y blasfeman a cada cuatro palabras.

El contraste entre lo que estoy leyendo, que necesita de toda mi atención, porque mi ignorancia es oceánica y Pego escribe tan bien, tan profundo y con tantas referencias, que pierdo el hilo como me despiste, y estos pobres chicos, que me dan una pena de espanto, ilumina estas memorias.  El mundo nuevo (¿nuevo?), ese que hemos creado o hemos permitido crear del que mis dos compañeros de viaje son exponentes avezados frente a ese monasterio sin monasterio cuyo valor se hace más grande.

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Comemos bien, esa es la verdad, pero bastante frugales, un plato y un postre. Y encima paga M(1). que saca presta y veloz un billete. Insiste en pagar. Me enfado conmigo misma por no haber sido más rápida. Y además me enfado (por dentro) porque confirmo que vamos a tener que cambiar de restaurante, se ha puesto caro.

Los hijos, los hijastros (en mi caso), cero política (benditas sean), Urueña en el horizonte con amapolas y cielo estrellado (les apetece, me alegro). Y que la otra M(2) -son dos M en este caso- quiere hacer la tesis (la animamos). Pero si voy a hacer la tesis a los 60, protesta. Nos da igual, nos hace mucha ilusión que la haga y estamos seguras que va a ser brillante. M(2) se puso a estudiar teología hace unos años, cumplidos los 50. Es muy normal, no tiene nada de rara.

Luego me voy andandito primero por Príncipe de Vergara, donde me quedo espantada de la invasión de cotorras de Kramer. Descubro a unos pobres gorriones todos en el mismo árbol porque las cotorras se han hecho con casi todo el arbolado. Cojo Serrano. Sigo adelante. No son horas de que ninguna iglesia esté abierta, pero lo está el Santuario de Schönstat, donde nunca he estado. Qué silencio y qué paz.

Sigo andando. Es temprano. Me voy a un Vips que hay al lado de mi primer trabajo (edificio Beatriz) porque los camareros del Vips son siempre de lo más amable. Me tomo un café. Luego bajo otra vez y veo una tienda de esas "temporales" de abrigos de piel. Fascinante. Y toda la "milla de oro", o sea, esas tiendas con chicas monísimas y guardas de seguridad que custodian hasta zapatos. Y pienso de nuevo que qué suerte tengo que me encanta el consumo (de otros) y los escaparates (la estética es muy agradable) y que me importa un bledo no tener un duro. Salvo cuando llego a la librería donde es la conferencia. Entonces descubro que sí me importa algo lo del dinero, que no estoy tan desprendida como pensaba.

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He llegado temprano porque quería saludar a Enrique y si hay mucha gente me azoro y además no quiero acapararlo. Somos 3 o 4. Me ofrece un palo cortado. Digo que no, así como primera respuesta. Pero luego que sí, claro. Está muy bueno, se llama Leonor, como su mujer. Qué rico está esto, madre. Qué amable Enrique. Me presenta a Gonzalo Altozano, al que le digo -muy oportuna- que me pongo sus podcast de La mesa de la cocina antes de dormir. Intento explicárselo, pero no estoy segura de haberlo logrado: no me voy a poner a FJLS, necesito alguien pausado, interesante, pero que no me ponga enfadada.

Llega más gente y me quedo pensando que conozco a esta señora tan bien peinada, pero no me acuerdo de su nombre (la conozco sólo de twitter), así que yo mejor callada. En esta ocasión -raro- me callo. Me siento bastante detrás, bebo el palo cortado, está estupendo. Soy la única señora con copa de toda la sala. Tengo enchufe con Enrique. No, la verdad es que he llegado temprano. Está bien llegar temprano.

Comienza la conferencia que es una gozada. Me río mucho, lo paso en grande.  Enrique es como escribe o habla como escribe: afable, amable, cercano, sin darse nunca ninguna importancia. Cuando sea mayor quiero ser como Enrique García-Máiquez.

Cuenta unas cosas preciosas de Scruton, emocionantes, muy divertidas, de cuando estuvo en en su casa un verano de "estudiante". Recuerdo lo que me dijo Vidal Arranz hace unos días, eso tan importante de explicar lo que amamos para explicar luego por qué lo vemos en peligro y por qué queremos protegerlo y cómo. Y eso otro que Scruton hace: sacar la parte de verdad y valor que hay en muchas cosas. Porque las hay.  Y cuenta Enrique que le achacan a Scruton ser muy inglés, demasiado inglés, que ama mucho a Inglaterra,  como si eso fuera óbice para que te gustase. Y entonces dice Enrique que es como si te dicen que quieres mucho a tu mujer. Pues qué bien que cada uno quiera a la suya mucho. La conferencia acaba con aplausos y pocas preguntas. Nos ha gustado.

A la salida veo a un hombre muy interesante. Entre tanta corbata y corrección conservadora  -azules urbanitas, verdes secos propios del campo, zapatos lustrosos, barbas cuidadas- un liberal siempre destaca. Hay un brillo especial en la mirada. Bueno, vale,  ya había visto al de las orejas de ratón por una pantalla. Le saludo afable y me alegro de conocerle porque lo de skype no es ver una cara. Y a mí me gusta ver a la gente de verdad. De a pocos, pero de verdad.

Ya metida en harina, y porque el palo cortado ese hace lo que hace, saludo igualmente afable a JM, que es amigo de toda la vida, y me presenta a M, que conozco de twitter, y a la que invito rápidamente a mi casa, porque, además de que me cae muy bien ya de antes, es de Jaén y a mí me gustan mucho Úbeda y Baeza y la sierra de Cazorla. Yo amo a España y en este momento estoy muy contenta y amo aún todavía más a mi patria.

Se acerca C, otra de twitter que hace tiempo quería conocer, y hablamos, muy maja, pero se va rápido, a lo mejor la he asustado. Todo está muy animado, pero yo tengo que irme ya. Se me ocurre comentar que hasta mi chambre en Sanchinarro me queda una hora de transporte público y M. me habla de Cabify. Presta y veloz me pide un Cabify (que luego descubro que ella paga, de gorra he andado todo el día). Devuelvo la copa, porque a todo esto sigo con la copa de fino de García-Máiquez en mi mano, aunque la acabé hace rato. Me voy pitando. El Cabify es estupendo y pienso si no se habrá conchabado M con el liberal de la sala, todo es posible en tiempos difíciles como estos, hasta que conservadores lleguen a entenderse con los liberales.

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Llego a Sanchinarro, me dan de cenar un redondo fantástico. Día completo. Creo que he honrado a Scruton tomándome el jerez. Y siendo invitada. Es que no han hecho más que invitarme todo el día, desde el libro de Pego, toda una invitación, hasta el redondo. Soy una conservadora agradecida, como no puede ser de otro modo, porque sé que he sido invitada a lo que otros hicieron y dejaron antes. Brindemos por lo que amamos.