Madre de Dios, vaya pesada, hacía meses que no me dejaba escribir. Aquí estoy de nuevo con Vdes. Soy Olimpia, negra, grande, buena, calmada, la perra ideal para alguien que no me merece. Que conste que nadie suele merecer a su perro. Somos un regalo inesperado que venimos a poner en evidencia las muchas limitaciones de nuestros amos. Un año, muchos cambios, dos mudanzas, la otra perra -la otra- se tuvo que ir con Alejandro, demasiada vitalidad incluso para Aurora que se mete en camisas de once varas. Luego sale porque Dios es grande. Ahora Tana está muy bien, viviendo en manada, tres perras más y el líder. Soplaba un viento furioso el último día en el Boalo, caían las lágrimas. Todo movimiento cuesta siempre a los humanos que no son nómadas, están hechos para echar raíces. Ahí dejamos al árbol de los pájaros, a la Maliciosa, al silencio, al campo, campo, campo.
A mí me da igual donde estemos, me adapto rápido. Sigo con mis rutinas: oler mendigos y comer basura en cuanto se descuida, acercarme para que me acaricien, subirme a su cama cada dos por tres. Mientras estemos juntas vamos bien. El miedo es sólo humano.
Confía, boba, has andado mucho en un año, no te das ni cuenta del camino recorrido. Estás fatal acostumbrada, sprinter, más que sprinter, así caes agotada, mejor ser corredora de fondo. O quizás deberías ser perra como yo, esperar con paciencia a que te dé de comer el amo y no preocuparte por nada. Y luego ponerte alegre si sales de paseo. Ningún animal se despierta triste, recuerda, y tú eres un animal, lo dices siempre.
Parece mentira que leas, que escribas y que vivas con tanta intensidad y no aprendas que todo pasa.
