Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

martes, 12 de mayo de 2020

Las manos de los padres

Cuando eres pequeña, antes de cumplir los 8 años más o menos, depende lo alta que seas, estás demasiado cerca del suelo y ves muy cerca las cabezas de gambas, los huesos de los aceitunas, las servilletas todas hechas un gurruño, y hasta las colillas que la gente tira en los bares, o por lo menos así era antes. Te tomas tu Fanta compartida con un hermano y agarras la mano de tu padre de vez en cuando, no vaya a ser que te arrastre la porquería reinante. Lo mismo ocurre en el metro, zapatos y botas, culos y piernas de todos los tamaños y apariencias posibles rodeándote. Te coges de la mano de tu madre fuerte, fuerte, para no perderte en esa marea de hombres y mujeres que solo lo son de cintura para abajo. Para verles la cara necesitarías crecer o que ellos se acercaran. Mientras tanto son incompletos y amenazantes.

La mano de una madre te sujeta cuando te enseña a cruzar, “mira, el señor rojo, paramos; el verde luego, cruzamos. Pero siempre antes miramos a los lados…” Te sigue sosteniendo cuando te lleva al colegio, a la parada, te deja suelta un rato. Luego estarás todo el día sin ella, meses enteros de clases, pero sus manos ahí están si te baña, aunque tú te vistas ya solita, mamá viene y te acaba de aclarar el pelo con la esponja bien y te ayuda a incorporarte de la bañera donde has estado nadando como una sirena, buceando.

La mano de un padre es más grande. A veces seguirá siendo más grande aunque tú crezcas. Te mirará un día tu padre y verá tus dedos finos, alargados, sujetando el mismo libro que sujetó antes que tú, ese libro que tanto se empeñó que leyeras. “Tienes unas manos muy bonitas, hija…” Y le das la mano y se la besas tú a él, “te quiero mucho, papá”. Hay hombres que se dejan abrazar y querer, que lo buscan sin vergüenza, a quienes se les humedecen los ojos cuando lo haces.

Las manos de los padres te han sujetado. Ellas te sostuvieron cuando tú ladeabas la cabeza como un muñeco de trapo, te metieron en la cuna, te arroparon, te dieron el alimento, primero colocándote para que mamaras, luego la cuchara, lo salado, qué asco, cómo cuesta, después te llevaron hasta el orinal, "a ver si haces caca ahí, como los mayores", "qué bien, qué bien, que ya no tienes que llevar pañales", te alcanzaron pasta de dientes, camisetas y zapatos cuando no llegabas a ese estante que estaba alto, "ahora te pones la ropa tú sola, ¿vale?, y si no puedes, te ayudo yo", "otra vez la camiseta que no me sale, los botones son para adelante", "ahora ya sé atarme los zapatos", "no entres, ¿eh?, que me estoy vistiendo", "ya no me peines, que yo puedo sola"... "pero un beso si podré darte ¿no?", "eso sí, claro." Beso y beso, mano y mano.

Tú has visto esas manos que besarías mil veces haciendo otras cosas, croquetas, por ejemplo, o fumando, llevándose tu padre el cigarro a la boca y tú mirándole admirada cómo lo hacía porque entonces los niños no éramos de la liga antitabaco y dejábamos a los padres en paz con sus vicios que solían ser todos confesables e inofensivos. Leales vicios de padres de familia leales cuyas manos han levantado casas, familias, soportado trabajos, dado apretones a amigos y a quienes no lo eran, saludado a vecinos, acarreado bolsas de la compra, cestas, carritos de niños y muebles en mudanzas.

Manos también capaces de juntarse en misa, de rezar y enseñarte a rezar, madre y padre arrodillados no ya por el peso que llevaban, siempre sin quejarse, sino porque ellos esperaban en otras manos y se sentían siempre en esas más grandes. Y así te lo han enseñado.

Las manos de los padres a veces se van para siempre. No es que ya estén lejos porque tú eres mayor y ya tienes tus propias manos, que hacen muchas cosas, y que, como las de ellos, aman, que es lo mejor que pueden hacer unas manos. Esas manos han desaparecido de la tierra. Pero tú las sientes a veces por la noche, en la madrugada. Es tu padre que viene, tu madre a la que sientes entrar en la habitación y que te sube la sábana cuando entra el fresquito de las cinco de la mañana. “Vámonos Concha, ella estará bien, nuestras manos ya le han dado todo lo que podían darle”, “Déjame un poco más, Cosé, todavía me extraña…”

Tú sigues llorando desconsolada porque son sus manos ancianas, temblonas, intentando aún acariciarte, sostenerte todavía a esta delgada línea de tierra en la que tú te has quedado mientras ellos, ellas, sus manos, se han marchado.

miércoles, 22 de abril de 2020

Capítulo 2: "Marta, y tú... ¿qué haces ahora?" Los trabajos de tía Marta (Aventuras y desventuras de tía Marta, 7))

Una de las cosas más diferentes que tiene mi tía es que nadie sabe bien qué hace, a qué se dedica.

Mi madre, por ejemplo, da clases en la universidad de lo que ella piensa que ya no le interesa a nadie. Tiene pocos alumnos, pero está todo el día de arriba y abajo. Sin embargo, yo creo que en el fondo le gusta mucho enseñar precisamente eso que  no sirve para nada, le hace más ilusión. A mi madre le va mucho nadar contra corriente. Es tan contreras como mi padre, pero de otro modo. Mi padre, ya lo he contado, es psiquiatra, no hace más que trabajar en el hospital y luego pasa consulta en otro sitio por la tarde. Siempre comenta que él en esta sociedad tiene mucho que hacer y que nunca le faltará trabajo.

Tía Marta actuó en una serie de televisión que tuvo mucha fama. Era de un supermercado. Hacía de una chica que trabajaba de cajera. Allí empezó y acabó su carrera de actriz. Luego trabajó en el cine, detrás de las cámaras. Después, como ayudante de un fotógrafo en Londres tras casarse. Cuando volvió a España estuvo en casa enferma, no salía casi. Al poco de ponerse buena de nuevo empezó en algo relacionado con el arte, en una galería. Luego quiso volver a estudiar y se matriculó en una escuela de teatro para hacer creo que dirección de arte, que es quien controla las cosas que salen, el decorado y eso, la dirección que no es de los actores, sino de lo que tú ves en la pantalla o en el escenario, según ella me ha explicado. Así ha estado una temporada, pero no lo ha llegado a terminar. Le quedan sólo dos asignaturas que mi padre le anima a que acabe.

"Y tú, Marta, … ¿qué haces ahora?” es la pregunta que más le molesta a mi tía cuando se la hacen en las celebraciones familiares, en alguna boda, en reuniones de amigos de mis padres.

“La hacen con retintín, parece que no hago nada solo porque no tengo un trabajo de 9 a 6 como el resto de los mortales… ” se queja ella.

“Eres muy susceptible, Marta, no es así. Es que es muy difícil seguirte con tanto salto. La mayoría de la gente está acostumbrada además a que uno sea una cosa toda la vida, médico, ingeniero, profesor, secretaria. No lo hacen a mala idea ¿sabes?... ” Mi madre intenta explicarle lo que pasa, la anima para que no se sienta dolida o rara.

En el fondo a mi tía Marta sí que le importa lo que piensan de ella, yo creo que al final no tiene tanta cara. A mí me parece que a ella le gusta sentirse algo diferente a los demás, pero no demasiado.

A mi abuela por lo visto no le hacía ninguna ilusión que mi tía fuera actriz, más bien nada. Opinaba que era una profesión muy inestable y que su hija ya lo era bastante. Por eso discutían, según me ha contado mi padre. Antes de morir, mi abuela le dejó una casa a mi tía para que no estuviera agobiada por si no ganaba suficiente dinero con eso del teatro. Además encargó a mi padre que cuidara siempre de su hermana, pasara lo que pasara.

Mi abuela me han dicho que murió de cáncer cuando yo tenía tres años. Fue todo muy rápido y tía Marta se quedó con el abuelo que estaba muy triste en la casa. Entonces en el verano siguiente el abuelo conoció mejor a Doris, que es inglesa, y se consoló bastante. Doris vivía en Mallorca, era de las vecinas de mi abuela, aunque más joven que ella, unos años mayor que mi padre. Al final del verano dijeron mi abuelo y ella que se casaban y que se quedaban los dos a vivir en Mallorca. Doris dijo que a Madrid no venía ni atada.

Tía Marta entonces decidió que ella también se casaba con un novio que tenía entonces, el que llamamos ahora “el innombrable”. Era actor también, y salían y eran novios un rato, pero luego no, lo dejaban y volvían otra vez. Y así estaban, cogiéndolo y dejándolo, según me han contado. Eso dice mi padre que es muy mala señal antes de casarse. Pero mi tía Marta estaba muy sola y muy necesitada. Se había quedado, como dice mi madre, “desangelada”, sin su madre con la que discutía tanto. Y sin su padre, que primero estuvo muy triste, pero luego ya no, porque encontró a Doris que le hizo caso y se enamoraron los dos. Eso pasó, se enamoraron.

Mi padre dice que entiende que su padre se casara. Opina que la soledad es muy dura tengas la edad que tengas, estés o no acostumbrado a vivir o estar solo, mucho peor si has estado acompañado toda tu vida como el abuelo, que se casó a los veintipocos años y se quedó viudo a los sesenta y tantos.
Doris es mi abuelastra y no es mala, solo que es muy distinta a como era mi abuela y ha costado algo en la familia acostumbrarnos a alguien tan diferente, se nos hace raro. Pero ella no nos cae mal ni nada.

En la boda de mi tía Marta yo llevé los anillos. Fue en la playa. Ella llevó un vestido de campesina con las zapatillas de esparto como si fuera pobre. Justo lo contrario que otras bodas en que yo he estado donde todos vamos de punta en blanco. Parecía que estábamos de picnic o de paseo, decía mi madre.

Ahora todas las fotos de la boda de mi tía Marta están cortadas por donde aparece el innombrable. Hace raro verlas así, con ese hueco donde él estaba.

martes, 21 de abril de 2020

Capítulo 1: Tía Marta en el jardín con el perro Pancho (Aventuras y desventuras de tía Marta, 6)



Yo todavía me acuerdo cuando era pequeña y vivía la madre de mi padre, la abuela Eulalia, que no es la abuelastra que tengo ahora.

Estaba entonces mi abuelo en Madrid con mi abuela y tía Marta vivía con ellos. Ese es el primer recuerdo que yo tengo de tía Marta, ella en el jardín ese tan grande de los abuelos con un perro que se llamaba Pancho y que no se le separaba, le tenía siempre pegado.

Pancho es bueno, mira, Elvira, mira qué bueno es el perrito…

Y así poco a poco yo me acercaba. El perrito para mí era perrazo porque yo era muy pequeña. Todavía veo en las fotos su tamaño frente al mío. Yo estaba empezando a andar y para que me hiciera caso el perro, como le hacía a mi tía Marta, que no se le separaba, yo le tiraba del rabo, le cogía las orejas, le metía la mano en la boca y tía Marta se reía y me decía “mira que eres mala, pobre Pancho...”

Tenía entonces mi tía Marta el pelo muy liso, no rizado como ahora, y su cuarto en casa de los abuelos estaba lleno de fotos de la serie de televisión donde actuaba, porque mi tía entonces era actriz y famosa, no paraba en casa de los abuelos, salía y entraba. Era muy guapa. Bueno, lo es todavía, pero es distinta a cómo era antes. “Ha pasado mucho tu tía” dice mi madre, “han sido muchas cosas, demasiadas, en tan pocos años”. Mamá se lleve bien con tía Marta aunque la considere un poco locatis.

Tía Marta viste raro de siempre. No es como mamá, que se pone una falda y una blusa o unos pantalones o un vestido normales. Por ejemplo, un día la ves con lo que tú crees que es una falda larga y distinta, nueva, que no se había puesto antes, y de repente te empieza a recordar a algo que viste en su casa. Y es así, se ha colocado como falda una colcha grande que ha tenido encima del sofá durante años, se pone luego un broche de lado y así sale a la calle. No le da vergüenza ir con una falda que no es una falda. A ella en general no le da vergüenza nada, tiene mucha cara.

Tía Marta tiene los ojos verdes, la piel muy blanca y el pelo rojo, es de alta un poco menos que mi padre, y de flaca ahora más. Dice él que se parece mucho a la abuela, que es su vivo retrato.

La veo a ella y estoy viendo a mi madre.

Papá se la queda mirando a veces cuando está en casa. Como es su hermana pequeña, y le lleva siete años, yo creo que se siente responsable como yo con Jaime, aunque con él yo me llevo menos años, y además Jaime, de momento, no se deja cuidar nada, es como papá, independiente, va a su aire.

Se queda tía Marta dormida en el sofá un rato y va mi padre y le echa la manta. Riñe luego con ella bastante. Bueno, mi padre parece que riñe con todo el mundo, para empezar, con mi madre, pero es porque él cree que sabe lo que tienen que hacer las personas y ellas a veces no lo hacen y él ve cómo sufren mucho o se hacen todavía más desgraciados. Mi padre es psiquiatra y en cambio en la consulta no riñe a nadie, ahí es que no puede hacerlo, pero luego en la vida diaria "se desquita", en opinión de mi madre, y nos dice a todos cómo debemos comportarnos y qué nos pasa.

Marta, estás muy guapa hoy…

Mi padre sabe también decir a veces cosas agradables que a mi tía le encantan. Otras veces tiene poco tacto en familia y se le escapan “inconveniencias”, según dice mi madre, cosas que podrían decirse de un modo más suave o que no hay que decir según mi madre.

Marta, el tipo ese del que me hablas es un imbécil integral, no hay más que verlo, tienes una atracción especial por los hombres que no te convienen nada…

Así le suelta a la cara mi padre delante de todos a mi tía cuando está más entusiasmada. Ella le llama "aguafiestas", "cenizo" y se va a veces dando un portazo.

Mi tía Marta siempre está alegre salvo cuando está llorando. La verdad es que yo la he visto llorar bastante. Para animarse siempre se repite en alto cosas del tipo “Marta, tú puedes…”, “Esto pasará por algo…”, “Lo que no te mata, te hace más fuerte…”, “Será que tengo que aprender”, “ya vendrán tiempos mejores”… A veces hasta escribe estos mensajes en papeles de colores y se los pone por toda la casa para no olvidarse.

Mi madre, que es creyente y cristiana, no como mi padre, que dice que no cree porque no le da la real gana (esto lo dice él así para hacer rabiar a mi madre), dice que tía Marta es la encarnación de la esperanza.

De Julialaprofesora@hotmail.com a lareinadelosmares@hotmail.com (Aventuras y desventuras de la tía Marta, 5)


De: julialaprofesora@hotmail.com
A: lareinadelosmares@hotmail.com
Asunto: Re: Guión sobre tía Marta y dudas
Fecha: 6 de julio 2010, 8.30 pm.

Querida Elvira:

He recibido tu correo con el guión o índice que propones sobre los apuntes de tu tía Marta y algunas dudas que me planteas de contenidos y términos. El guión y los capítulos me parecen bien. Respecto a tus preocupaciones, yo que tú escribía según me fuera saliendo aunque cuidando la gramática (laismos especialmente, que ya sabes que los tienes a mares) y la puntuación y las comas, porque te embalas.

La ortografía también hay que mirarla, aunque en esto último fallas menos. Luego ya tendrás tiempo de corregir y cambiar si se da el caso. Es cierto que siempre te digo que debes pensar antes porque eres por carácter algo precipitada. Pero en esta ocasión te aconsejo que te sueltes. Escribe “tetas” si quieres poner “tetas” y sobre ellas, aunque la verdad es que no entiendo mucho la relación de tu tía Marta con las tetas de la que tú llamas “abuelastra”. Estoy francamente extrañada. ¿No te estarás yendo por las ramas, Elvira? Ya sabes que tu tendencia natural es a la dispersión y el escritor tiene que hacer foco, iluminar sólo lo que él quiere y la historia pide, no contar todo lo que le pasa por su cabeza a cada rato. Toda historia es un iceberg y el lector sólo ve lo que está en la superficie, que es sólo una pequeña parte.

Por otro lado preocúpate de momento poco de "la elegancia", aunque le hayas oído a tu madre lo contrario. Estate tranquila con esto. Ella se referirá a otra cosa casi con seguridad, ya te lo explicaré cuando nos veamos. Escribe sobre la vida amorosa de tu tía si crees que es importante o dice algo. No vayas pensando en qué opinará tal o cual cuando lo lean, ni siquiera la interesada. Es bueno que no quieras hacer daño a nadie, dice mucho de tu parte. Pero hay algo que los escritores deben evitar a toda costa. Una es intentar caer bien o mal, hacerse los buenos, los sensibles o los delicados, una tentación muy femenina ésta última, ten muchísimo cuidado, Elvira. Otra es ir de malos, de terribles con lo que escriben o relatan, pretender ser azote o adoptar la pose de provocar, otro extremo que también atrae mucho hoy a jóvenes y no tanto. La última, la peor casi, es autocensurarse. La libertad es muy importante, Elvira. Acuérdate todo lo que hemos hablado en el colegio, en las clases: la verdad nos hará libres, pero sin libertad no hay verdad que valga. Y la interior, libre hasta de una mismo, es clave para un escritor y se gana a pulso, no sin batalla.

Hay más cosas que deben evitarse, aunque creo que no es tu caso, porque quieres muchísimo a tu tía Marta y se ve que el tema ya te puede, el personaje. Son cosas que podrían meterse en lo que escribes, sostenerlo por debajo, y perdería en calidad la escritura, quedaría contaminada y falsa. Por ejemplo, querer ajustar cuentas con alguien o algo por venganza o afán de justicia, a veces hasta loable; o pretender ser moralizante o catártico (mira "catártico" en el diccionario), lanzar un discursito de cada vez en vez de contar algo que pasa o le pasa a alguien.

Después de escribirte esto me he quedado pensando que, a pesar de todo, hay escrituras que son de ajuste de cuentas, con pretensiones moralizantes o catárticas, hasta con discursitos velados, que pueden ser buenas y tienen su valor. En fin, Elvira, es más complicado de lo que parece, o más sencillo si cabe. Mejor dejamos todo eso de lado. Borra todo lo que te he dicho. A ti todo esto de momento te queda lejos por ahora, tienes solo once años. Así que tú sólo escribe y disfruta. El resto que te acabo de decir, y mucho de lo que os cuento en clase, olvídalo. Casi es mejor que te centres en pasarlo todo lo bien que puedas con la historia de tu tía Marta. Yo ya estoy esperando el primer capítulo como agua en mayo.

No tengo más tiempo. Confío en que seguirás tu instinto como a menudo haces. Como en el balonmano, no es por técnica ni experiencia cuando aciertas, es por la intuición, por tus ganas. Pues ahora es igual: échale lo que puedas y escucha tu corazón, las tripas, al escribir. Si metes la pata ya la sacarás más adelante. No tengas miedo a equivocarte ni con la escritura ni con nada aunque sea delante de todos.

Por último, te pido por favor que no estés pendiente de si te contesto o no comentándote lo que me vas mandando. Ahora estoy en Tegucigalpa y el acceso a internet es fácil, pero en unos días nos marchamos y no estoy segura de si podré entrar en mi cuenta ni cuándo. No tiene nada de especial la ciudad en la que estamos, es bastante feíta. Hace calor, pero, eso sí, los compañeros son muy majos. Estoy aprendiendo a enseñar de otro modo y otras cosas que no enseño en el colegio y deseando que entremos en faena, irnos al pueblo que nos ha tocado. Me gusta mucho daros clases, Elvira, pero aquí es otro desafío, otras personas, otro mundo casi. Aprender a enseñar de nuevo, comenzar desde cero en lo que sea, es siempre interesante.

Un beso y ponte buena. Escribir es la mejor cura a veces para la neumonía y otros males. Con cariño, tu profesora que te quiere muchísimo, pero tú eso ya lo sabes

Julia Lázaro

PS: Se me olvidaba: no dejes de leer ni un solo día, Elvira. Sin leer no se puede escribir nada que valga. Lee y cuéntame lo que lees de paso.