Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas, cine, campo y lo que pasa. Y escritura propia, ficción o ensayo, a la que dedico mucho tiempo y ganas. (La foto es de David Cotta)

sábado 31 de diciembre de 2011

Cap. 9. La montaña, de momento, no. El corazón en todo lo del asesinar. 31 diciembre 2011 ("Y entonces me dio por asesinar". Cuento de Navidad)


Algo me ocurre en mitad de la oscuridad y de la montaña que se cierne sobre mí, hoy, último día del año 2011, en esta escena final donde soy pequeña y nada ante las dimensiones que parece tomar todo. Y donde, qué extraño en mí, no sentía ni prisa ni agobio, sólo serenidad.

En este limbo en la que me encuentro hace tiempo, ¿un día?, ¿dos?,  comienzo a tener una sensación nimia y me temo que nada trascendental.  

Es muy insistente: algo se me está olvidando y no sé qué es. Estoy paralizada intentando recordar algo seguramente estúpido o de logística doméstica...

Por Dios, debo de estar en un momento posiblemente importante de mi vida, vital, y tengo la misma impresión de al salir de casa: ¿ dejé las luces apagadas?, qué hice con la llave del gas?, ¿llevo el móvil?, ¿cogí el cargador?, ¿y las barritas de Biomanan?

¿Qué será lo que olvido, Dios mío, qué será, ahora, que tan a gusto estaba…?

“Venga, a por ella, que se nos va...”

Y en este momento, hoy, al filo del año 2012 que comienza, siento una fuerte descarga en el pecho. Es como en el Parque de Atracciones, subida de golpe y vuelta a bajar. Me da un vuelco  el corazón el sentido literal.

Quizá tenga que volver, retirarme... Podría ser.

Siento otra descarga más y caigo en la cuenta de eso que se me olvidaba y me estaba rondando en este momento de tinieblas, montaña y paz. 

Ya sabía yo que algo no encajaba bien en todo esto. Es lo que llevo dentro en el corazón, en el pecho, precisamente donde siento la descarga, ahora otra más: todo lo relativo al amor, que en esto de asesinar algo habrá tenido que ver, digo yo.

Un año entero, 2011, ¿y el amor, la amistad, el cariño de quienes me rodean estuvieron totalmente al margen  de mis asesinatos? Imposible que así fuera. Soy una mujer a la que quieren y han querido mucho. Tengo a mis hijos, a mis amigos, mucha familia, sola nunca estoy. Y yo he querido como he sabido hacerlo, como he podido, la verdad, muchas veces mal. Algo les tuve que contar... ¿Tuve cómplices en lo de mi decisión de matar?... Seguro que si. Ya sería raro que yo hiciera algo por cuenta propia, sin el apoyo de los demás.

Y en mitad de la penumbra donde me encuentro tan a gusto, y donde lo que me nace de dentro sería dar un paso siempre al frente, por costumbre, yo para atrás ni para tomar impulso, me digo que el paso ese de momento no lo voy a dar.

La montaña me parece bien, pero esperará aquí un rato.

Que yo sepa, la Maliciosa no se ha movido nunca de dónde está, y mira que lleva años.

“Otra vez, vamos allá, casi está, la tenemos casi…”

Con esta descarga última en el pecho todo lo que hay en mi corazón se hace presente, mis hijos, mis amigas, hasta mi ex. Necesito recordar.

Lo siento mucho, montaña. El paso en la oscuridad iba a ser hacia ti, para tu abrazo definitivo. Quiero la calidez que adivino en ti y en el valle de luz que acoges. Pero ahora me voy a dejar llevar por esta fuerza eléctrica y por lo que llevo dentro, en el corazón, que se puede tocar de tan real como es. Fluyo de nuevo, pero esta vez hacia atrás, como la marea.

La oscuridad se desvanece, la montaña deja de imponerse, se va, y el polvo vuelve a reconstruir otro escenario, el de la sala donde me encontraba al principio, contándole todo a la chica esa joven, la de las notas y el cuadernito escocés.

Huy, qué divertido, vuelta a empezar.

Me encanta volver a comenzar, pese a que el Jaguar era estupendo, y luego después la montaña y la disolución de todo en quietud y en silencio, el no tener que pensar.  Miedo, lo que se dice miedo, en mi estado no he tenido, al revés.

“Parece que la tenemos ya, está estabilizada… “

Mis hijos, mis amigas, mi ex... ¿Qué les conté y qué no de todo mi proyecto criminal, de lo de mi asesinar? ¿Qué papel jugaron al final cada uno en este año 2011 que ya acaba, en todo esto...?

La chica está de nuevo en la habitación,  se ha vuelto a sentar a mi lado y a tomar notas,

"A ver, hija, escribe, que de algo servirá..." le digo.

Sigo sin caer quién es y para qué está. Más allá de ese abrazo que me dio, es su olor de nuevo el que me resulta familiar. ¿Usará el perfume de mi madre, de mi abuela? Es antiguo, lo parece... ¿o no? Se lo tengo que preguntar, lo he olido antes, lo sé.

viernes 30 de diciembre de 2011

Cap. 8. Esos segundos de oscuridad. Recapitulando. ("Y entonces me dio por asesinar". Cuento de Navidad)



Así que en esas estamos: tengo que saltar en la oscuridad, en el vacío, entre el ven de la montaña, de la Maliciosa, y el no te vayas que siento en algún lugar, yo, Nuria, de origen catalán, madre de tres hijos independizados que están entre los veintitantos y treinta y pocos, divorciada de Mauro Gallego, abandonada por otra mujer mucho menor que yo.  Tengo cincuenta y tantos, prejubilada, no se sabe si por la crisis económica o por qué lo estoy. Ya dije que estaba mal, pero nada más.

A ver, recapitulemos más. Todo empieza con una chica que se sienta a mi lado tomando notas en un cuadernito casi infantil por su tamaño y apariencia, muy usado y con cierre metálico.

Estamos en Navidades, en Diciembre de 2011. Me llamo Nuria Estelvill, residente en Madrid, y con DNI 51363967 E, comencé el día 23 a declarar a esta chica cómo empezó lo de mi matar.

Esta joven que escribe, ¿quién es? No lo sé todavía, aunque algo suyo, que no es la cara, comienza a resultarme familiar. Es un aire, nada físico, otra cosa que no sé explicar.

Le estaba contando algo que comenzó en la cena de Navidad de 2010, la causa próxima de mi asesinar, porque fue un auténtico desastre la Nochebuena aquella. Tuve una gran discusión con mi ex, mis hijos y hasta con mi ex suegra. A mi ex, Mauro, lo acababa de dejar ese día su mujer actual, Gina, llevándose a su niña, Mina, hija de los dos. Cuando quise animarle él dijo que yo no lo podía entender. Me puse como una fiera por ese comentario que me sentó muy mal.


Arrepentimiento luego de aquella manera tras la Nochebuena de 2010: era el día de Navidad y todo se pega, aunque no tanto como luego se ve. El “Yo, pecador es una oración infame que nadie debería rezar. Pero es lo mismo, porque decido entonces, el mismo 25 de Diciembre del año 2010, como una salida lógica y natural a mi arrepentimiento inicial, que voy a asesinar a alguien muy malo, muy estúpido y desconocido -tres condiciones, tres- para no hacer daño a los propios, a los que quiero de verdad y salvar, de paso, importante dato éste, de algún modo a la humanidad, que debe de estar todavía muy necesitada al respecto de redención, como si nuestro Señor Jesucristo no hubiera existido.... Quizá pienso que celebramos la Navidad por casualidad.

Y esgrimo la frase lapidaria, porque me sé malvada tras lo sucedido o por no sé qué mas, puede ser que por algo más: “Ya que te lleva el diablo… que te lleve en coche”. No sabía todavía si iba a ser una serial killer o una asesina puntual, aunque la cosa prometía: hay mucha gente con las tres características –maldad, estupidez y desconocidos-, la verdad, y siempre muy cerca, pero mucho, sólo hace falta mirar.

El caso es que esas mismas Navidades de 2010, a qué esperar más, me dije también que la primera víctima debía ser un mujer, por eso de la paridad y porque los guetos no me gustan, y encima del tipo mosquita muerta, al que no puedo ni ver, las tengo un odio africano, no sé sabe bien por qué.

Y sin planificar ni nada, al visitar a una amiga de la radio el día 28 de diciembre del año 2010, la víctima que yo considero ideal me sale al encuentro en el ascensor: una locutora con programa nocturno de amor que, además, es cursi y va de espiritual, y a quien no conozco de nada, por cierto, condición tercera y fundamental, lo recuerdo, no tener trato personal alguno con la víctima jamás, que si no, me encariño y no puedo matar. La asesino el mismísimo día de los inocentes del año 2010 con una botella de champán francés que me acaba de regalar una amiga. No queda claro si Marian está muerta o no al final. Me monto en su coche y pongo su cuerpo o cadáver detrás tapado: sólo yo puedo ver dentro del automóvil, tiene los cristales tintados, la gente podrá mirar, pero ver, solo veo yo.  

Vago sin rumbo fijo y, de repente, me doy cuenta que tengo un pedazo de Jaguar por coche, con la alegría natural que sigue a tal hallazgo. Me pierdo por la sierra madrileña con el Jaguar verde que parece que me lleva y sabe a dónde va. Me encanta la velocidad, me lo estoy pasando genial, Jaguar y yo todo uno, atravesando sin tocar la carretera, llegando arriba.

Fundamental: sentía entonces, ¿siento ahora, en este momento?, que yo estoy hecha sólo para un Jaguar, para esa sensación de libertad y plenitud, para la perfección de máquina, carrocería, potencia y clase. Decido que hay que desconfiar de todo lo que no sea un Jaguar de primera. No es conducir lo que yo he hecho hasta el momento, no.

Todo esto parece que sigo contándolo hoy, casi al filo del fin de año de Navidades de 2011, un día falta, nada más. Es un extraño modo de recordar algo que parece estar presente un año después, cuando lo cuento, que es realidad todo, por dentro, al recordar, o de otro modo raro que no es recuerdo, que es algo más, ¿lo que me está pasando?  Y es que estoy feliz con el Jaguar y ni siquiera me molesta el pitido del móvil de Marian que suena de modo insistente y extraño, cada vez más largo, qué pesado el que llama, no se cansa...

El relato de lo que hice o estoy haciendo se pierde de repente con un osito de Tous que no me para de mirar por el retrovisor. Está colgado de la pequeña muñeca de Marian Zapico del Real, la locutora esa ya fiambre o mitad-mitad que está en la parte de atrás del automóvil.

Es algo que yo percibo, fijo, ahí, dos ojitos pequeñitos de una joya mínima y tonta, cursi además, de niña chica.  Y con esto crece la consciencia, o la conciencia, ambas quizá, una nueva sensación o un re-conocimiento, no sé lo que es bien, pero ahí está: acabo por ver la inocencia de quien odio tanto, el tipo de mujer al que no puedo soportar y al que acabo de matar.  Y tras ese conocer algo nuevo, y a la vez muy familiar, demasiado familiar, tras ese ver algo con lo que no estoy nada contenta, y por lo que siento rabia y pena, todo comienza a desvanecerse, se va. Se deshace el Jaguar y, con él, el resto. Comienza a volverse polvo todo, entra la penumbra en escena, la sombra crece, es la de la montaña azul, La Maliciosa.

Punto de inflexión que parece final: el vacío y el hueco creciendo y el doble “ven” y “no te vayas”. Y el pitido del móvil de Marian Zapico o de quien sea, que empezó a sonar raro, muy raro, al fondo del relato, mientras yo conducía feliz el coche o él a mí, da igual, y luego sigue más lejano, más continuo, más, bip-bip-bip-biiiiiip.

La chica que toma notas parece que no está ya a mi lado mientras cuento esto, que no sé si es pasado o es ahora, lo de la montaña, digo, que se me echa ya encima para abrazarme ya.  El que me preguntaba, alguien que apareció de repente, con la luz que me molestaba, preguntándome no sé qué, se fue también. No hay interrogatorio de momento, solo paz.

La oscuridad, la montaña y yo, nadie más.

Pero parece que en algún momento de este impase, que me dura ya dos días, tendré que tomar una decisión en esta situación donde no me encuentro mal, sino francamente bien, en tierra de nadie, con mucha tranquilidad.