Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

jueves, 27 de octubre de 2011

"Starbuck" o la paternidad irresponsable

Hemos pasado ya el ecuador de la Seminci y creo que Starbuck (2011), del canadiense Ken Scott, proyectada el martes dentro de la Sección Oficial, va a ser una de las favoritas para el premio del público. Para mí ya lo es desde luego. Para empezar tiene un guión verdaderamente envidiable, obra del director y de Martin Petit. Apuesto la cabeza a que Hollywood no tardará en comprar los derechos para un remake a la estadounidense, el tirón comercial de la historia es evidente.

Starbuck es el apodo bajo el que el protagonista, David Wosniak, donó esperma en su juventud. Éste, protagonizado por el actor Patrick Huard, que está genial, es un desastre de hombre que a sus cuarenta y dos años no acaba de sentar la cabeza. Entre otras cosas debe un montón de dinero a unos que le quieren partir las piernas. Trabaja con su padre y sus hermanos, carniceros, y no suele hacer nunca lo que debe, además de decidir siempre lo incorrecto. Tiene una novia que es policía con sus más y sus menos y que le comunica que está embarazada. En esto ,de repente, le dicen que, por un error de la clínica donde fue donante, es padre de 500 chicos de los cuales más de 100 quieren conocerle. Él se resiste incialmente. Así comienza una historia tronchante que podría haber sido una bobada y que es francamente seria precisamente por ser una muy buena comedia.

Hay diálogos de antología, como los que mantiene David con su abogado o con su novia en el parque (“Pero ¿cómo voy a ser madre si ya tengo ganas de darle una colleja?”)y escenas memorables con varios de sus hijos a quienes no revela su identidad pero a los que pretende tutelar como un ángel. Naturalmente tiene de todo: hijos “con éxito” y sin él, góticos, futbolistas, cantantes de metro, vigilantes de piscina, gays, etc. Por todos siente ternura como un padre siente y les apoya también como un buen padre nos apoya: incondicionalmente. Todo esto sin decir quién es, encantado con su nuevo papel mientras su abogado está horrrizado.También algún hijo le pone a 100 como a veces pasa. De romántica la paternidad no tiene nada y esta película también lo trata con cierta guasa. Mientras tanto a presión de los medios se dispara al preparase el juicio para revelar o no la identidad de Starbuck. Y hasta aquí se cuenta.

Ser padre, ejercer la paternidad más bien, no es ninguna bicoca. Tampoco una cuestión meramente biológica aunque la biología algo cuente. Esta historia, que maneja muy sabiamente el humor y los momentos levemente dramáticos, es una película muy divertida que emociona y hace pensar sobre la paternidad y sobre el regalo de cada vida humana. Cada ser humano es un don irrepetible. Con cada uno se rompe el molde. Y es por eso altamente recomendable para todo tipo de público que quiera pasar 108 minutos estupendos. Se estrenará en España en febrero o marzo, quizás para el día del padre.

PS: Entrevisté a Ken Scott, el director y guionista, un encanto. Lo contaré en Culturamas un día de estos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Habemus Papam (Risa inteligente y amable en los aledaños)

Estoy en Valladolid cubriendo la Seminci para Culturamas. Para las crónicas diarias pinchar aquí o aquí los interesados. Lo de ver cine toda una semana –y poder escribir sobre ello- me encanta. Valladolid es parte de la Seminci, como ésta lo es de esta ciudad desde hace ya muchos años, 56 en concreto. Aquí se ve muchísimo cine y hay grandes aficionados, las colas son impresionantes. Los de prensa no tenemos asegurado siempre el pase, así que como no espabiles a veces te quedas sin entrada.

Vi ayer Habemus Papam y me hizo gracia. “Témete lo peor” me dijo alguien. Contesté “No creo que a Moretti, que es inteligente, se le haya ido la mano, no le hace falta… “ Me gustó mucho la película, aunque me chocó la frialdad de mis paisanos, no vi mucho entusiasmo. Quizás algunos esperaban carnaza y no es éste el caso. Como tampoco es una película de apologética de ningún lado.

Trabajar con el humor no es fácil. Hacerlo sin que acabe siendo una sátira o una astracanada (aunque ojalá fueran astracanadas lo que vemos en la tele, pongo por caso) verdadera misión imposible, como demuestran muchas series o películas españolas que se entregan sin recato a lo zafio, feo, malo o al tópico más burdo, cuanto más gorda sea la sal, mejor, un espanto.

Pues bien, Nanni Moretti es italiano, y no por eso está libre de culpa en este campo. Ya sabemos que para personajes pasados de rosca nuestros primos hermanos se sirven solos. Pero a veces, como es el caso del director y actor, se da el caso de una cabeza bien amueblada y de una mirada aguda y burlona que no necesita ser azote de nada. Reconozco que me encantó Caro Diario y luego La habitación del hijo. Iba ya muy predispuesta a ver Habemus Papam.

Esta película no va sobre la iglesia –aunque luego sí, pero no, en fin, no sé cómo explicarlo-. Me parece que utiliza (en el mejor sentido de la palabra, ver más abajo) la elección del Papa y la resistencia del cardenal Melville (evidente guiño a Bartelby, el escribiente) a aceptar el cargo como una coartada para aproximarse a esos extraños seres humanos que dudan ante el poder y la responsabilidad de ejercerlo, que no se creen capaces. Esto llevado al extremo, a lo grande, en el terreno más pantanoso que cabe, olé, el Vaticano. Sobre estos palos se construye esta improbable historia.

El “Preferiría no hacerlo” de Melville hace que se vaya en busca de un psiquiatra, un psicoanalista en concreto, el mismo Moretti interpretando un personaje tronchante. Es difícil andarse por un guión semejante, hace falta mucho tiento o se va de las manos, el equilibrio no es fácil. Hay escenas memorables y otras que lo son menos. En una ocasión se desliza en lo bufonesco: los cardenales cantando “Cambia el mundo” de Sosa, demasiado. Aunque la calificación general sea, con mucho, la de notable muy alto. La conversación del terapeuta con el Papa es genial, la liga de voleybol tiene muchísima ternura. Y ese Papa que no sabe si es actor y está entre perdido y abrumado o el propio psiquiatra, que tampoco se aclara ni mucho, ni poco ni nada, a pesar de tanta palabra, son humanos y a la vez de traca.

En fin, todos están confusos y metidos en una trama donde el aire sopla en las cortinas rojas del balcón del Vaticano sin que nadie salga, el vacío tras el cortinaje, interesante imagen. Dice Moretti ,como su personaje aquí, que es ateo. También ha declarado que es de educación católica y que no reniega de ella. Quizás por eso se sirve de lo que conoce por educación, no por fe, claro. Yo creo que es sobre todo un agnóstico elegante, intelectualmente honrado (soy bienpensada) y muy italiano. Además de listo, que lo es un rato largo.

Dijo el Papa real (Ratzinger, no Melville) en Alemania el mes pasado que un agnóstico o una persona que sufre por los pecados de los cristianos está más cerca de Dios que los fieles rutinarios, aquellos que sólo ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe. Me temo que el boato, el exterior, la piel áspera del elefante, quizás la carcasa, es donde se ha detenido Moretti (donde él se puede detener, cada uno se para donde puede y/o quiere), para bien y para mal, aunque tenga mucha gracia y él sea, desde luego, un agnóstico o ateo muy interesante con el que te irías a tomar un par de copas con la seguridad de que habría buena conversación hasta altas horas de la madrugada y de que las risas estarían garantizadas.

Aunque insisto que creo que en este caso Habemus Papam es una simple coartada para hablar del insólito caso de alguien que duda antes de aceptar el poder. Esto en una época donde no sólo los políticos andan sobrados de autoestima y ganas, todos nos podemos creer capaces de lo que se nos ponga por delante. Bueno, quizás simple no sea el adjetivo adecuado para coartada en este caso.

Si no se buscan tres pies al gato –no creo que sea la pretensión del director, francamente- la película es amable - incluso diría que muy amable- hasta en el retrato, por ejemplo, de los cardenales, que, si alguien quisiera ponerse de malas, lo tendría verdaderamente a huevo. Lo digo con mucho respeto, pero con el corazón en la mano. Respecto a otro tipo de consideraciones teológicas o eclesiales no creo que sea ésta la película para buscarlas. Y no está mal mostrar la confusión del propio psiquiatra, me parece francamente honrado.

martes, 18 de octubre de 2011

Nadie

Comenzó tras un viaje al volver a casa, un edificio moderno e impersonal de discretos apartamentos anónimos. Algunos de alquiler por meses eran lugares de paso. Allí nadie parecía existir o importar a nadie. El portero siempre ausente, como si no estuviera, perdido en el garaje o en los sótanos, un fantasma casi. Solo de vez en cuando veía a alguna pareja a la que saludaba, a un anciano jubilado y sordo como una tapia, o a una mujer permanentemente enfrascada en una conversación por el móvil. Pero lo habitual era no cruzarse con nadie. No había un alma. Solo la luz fría y blanca que nunca se apagaba iluminando pasillos, escaleras y el portal inmaculado. Alguien limpiaba todos los días y lo hacía meticulosamente, sin que se le viera y en silencio, quizás muy temprano por la mañana.

(El relato completo está en Culturamas, pincha aquí si quieres leerlo)

jueves, 13 de octubre de 2011

War Horse (El alma de un caballo en el West End londinense)

Animal viene de ánima, espíritu de vida, ánimo que mantiene vivo a quien respira y siente.

A mí me parece que uno de los animales que mejor reflejan ese ánima que todos tienen es el caballo. No es que el perro no lo sea, pero su alma es más, ¿cómo lo diría?, dependiente de la nuestra.

El alma de un caballo es claramente suya. Es independiente. A poco que trates a un caballo sabes que es otro ser vivo con su voluntad propia que puede no coincidir con la tuya necesariamente. No te lo camelas con tanta facilidad como a un perro o a la mayoría de los perros. Ves cómo te mira un caballo cuando te acercas, esos ojos como piedras brillantes y alargadas donde te reflejas, sus orejas que se mueven continuamente, todo el cuerpo, grande e imponente, sus dientes, cuando echan la pata adelante, cuando relinchan inquietos o levantan la cola. La sensación de montar un caballo o de que haga algo que tú deseas es de pacto, de alianza a veces. Aunque hay personas que los doblegan. Con un perro el pacto que tenemos está casi garantizado. Con un caballo es diferente.

Pues bien, todo eso que es el cuerpo y el alma de un caballo, unido hasta su muerte como ocurre con nosotros, puede ser representado por un artefacto humano en un escenario. Y ese pacto o ese enfrentamiento, la independencia vital de un caballo, también puede ser reflejado en una historia donde el animal real, vivo, no aparezca.

Fuimos a ver War Horse, la obra de teatro en Londres basada en la novela de Morpurgo, un texto precioso y una puesta en escena emocionante donde los caballos son grandes marionetas accionados por personas. Se mueven, relinchan como ellos, levantan la cola, se encabritan, corren y se pelean, huyen, se enfrentan, etc…. Son definitivamente ellos. Todo está perfecto, hecho con tal arte y excelencia técnica que llegas a olvidarte de que hay personas que los operan.

War Horse trata sobre la historia de un caballo, Joey, nacido en la paz rural de Devon en la segunda década del pasado siglo, al que acaban mandando a la guerra ,y de su dueño, Albert, un joven granjero que le adora y que saldrá en su busca. Joey cruza el frente, pasa al lado alemán, estará en la tierra de nadie, sufrirá.

En la primera guerra mundial se enviaron al frente desde Inglaterra 1 millón de caballos,volvieron 65.000 solamente. Fue la última guerra con caballería, el tanque apareció en escena, pero los animales sirvieron de montura a veces, de tiro para llevar enseres o empujar carros. Y hasta de alimento, se los comieron. “They had no choice”, dice un monumento en Londres dedicado a ellos. War Horse trata sobre la guerra y sus horrores a través de los ojos de un caballo, de lo que siente.

El cuento, escrito para niños, fue un éxito en los ochenta. Se llevó a escena en 2007 en Londres y este año la obra se estrenó en Broadway, el que viene en Toronto. Lo que vimos en Londres es un texto muy bien adaptado al teatro, no era nada fácil, con unos actores excelentes, el apoyo de una compañía de marionetas increíble (la Handspring Puppet Company) y una dirección de arte y una coreografía perfectas. Contamos casi 40 personas en escena. Preciosos los dibujos que hacen de marco a la historia, la música evocadora, muy divertida una oca que es otra marioneta y unos pájaros, alondras en la paz y cuervos en la guerra, también marionetas, volando por el patio de butacas.

War Horse ha sido llevada al cine por Spielberg y será estrenada en diciembre en EEUU y en enero en Reino Unido. El trailer parece indicar una buena película. Será esta vez con caballos reales. Eso que se gana... y eso, también, que se pierde. Con que fuera la mitad de la mitad de la mitad de la obra de teatro que vimos Gonzalo, sus hijos y yo en el West End ya sería buena. Si alguien se acerca a Londres debe verla. De verdad, vale la pena.




miércoles, 5 de octubre de 2011

Copia (Abundancia)

Copia, (de Cornucopia, abundancia), ha llegado a España. No es solo una plataforma de comercio electrónico que proporciona contenidos culturales, libros y revistas, luego música, cine, etc. Es, para empezar, una multiplataforma: puedes acceder desde tu teléfono, tu tableta o tu portátil, no hace falta que tengas un ereader), luego sincronizas y puedes seguir lo que estabas leyendo desde donde estabas...

Permite además la lectura compartida, esto es, discusiones, debates, clubs de lectura, clubs de autores, etc., una gozada.

Y más: anotar, comentar en el propio libro y dejar, o no, que otros vean los comentarios.

Copia es un socio para los editoriales y para los lectores impenitentes, como yo, un lugar donde compartir nuestro amor y opinión sobre libros y autores, comenzar debates, aprender de expertos, abrir nuestros horizontes lectores, saber qué tenemos en común con otros lectores...

Todo esto, por supuesto, graduando a voluntad nuestros niveles de privacidad cuando leemos, algo muy importante (puedo estar interesada en que sepan que leo a Márai pero no a Barbara Cartland...)

En el ámbito educativo, escolar o universitario, Copia es una plataforma ideal que permite interactuar a alumnos y profesores sobre libros, formar grupos privados o públicos, compartir anotaciones y comentarios, etc.


PS: Haz una prueba y verás qué fácil. Hacerte miembros es gratuito, puedes comprar, bajarte libros gratis o puedes leer los que ya tienes en pdf importándolos... Echa un vistazo... www.thecopia.com


domingo, 2 de octubre de 2011

Los jardines verticales

Son el último grito en jardines. Ocupan poco espacio.

El primero que vi fue al lado de La Caixa en Madrid, alto, tupido y vertical. Al otro lado del paseo, el Botánico crecía horizontal y amplio. El otro casi colgante… ¿Serían los de Babilonia así? Me quedé mirando.

He buscado información. Me parecen raros y algo inquietantes. Querría tener uno, pero son caros de instalar. Y en Boecillo tenemos uno de muchos metros de horizontalidad y suelo malo. No hacen falta verticalidades, el espacio sobra. Demasiado espacio a veces.

Bendito y maldito espacio, primero se busca, luego te agobia tanto espacio que mantener cuidándolo.

Necesito acostumbrarme a la soledad de nuevo, aunque sea por horas, por días, cuando no tengo más remedio. Pero no me gusta nada. Ahora la rechazo, no la abrazo ni me sumerjo en ella.

 Cuando encuentras la compañía adecuada, la soledad ni se plantea, no es alternativa, te duele. Se ha roto esa soledad interna que llevas, se ha resquebrajado de arriba abajo. Eres testigo de alguien y alguien lo es tuyo. Tú eres, yo soy, ambos nos vemos.

Te repito cada día tu nombre, tú el mío. Damos testimonio de que alguien vive, es. Hay más, claro: personas, amigos, familia, trabajo, escritura, lecturas, problemas. El paro, la incertidumbre. Pero yo digo tu nombre y tú el mío como nadie humano los pronuncia. Sólo Dios los puede decir más claro.

Llevo cincuenta años sola y creo que sé de lo que hablo. Hay muchas lecciones teóricas de soledad, poses y coartadas pretendidamente vitales. Hasta literarias a veces.

Creo que la soledad es lo que queda cuando nadie te ha encontrado o no encontraste a la persona adecuada. O se fue. O la echaste. O no salió por lo que fuera. Da igual. No es nada agradable, nada. No es esa soledad el silencio interior que necesitamos. Es algo duro y triste: no sentirse querido, quizas no aceptar cuando te aman, no poder resistir que alguien te quiera y acabar por ahuyentarle, o que se haya ido dando un portazo o silenciosamente, sin decir nada. Ese hueco de tan humano no es humano.

A veces la soledad es seguir buscando y quizás negar que lo haces, por miedo o vergüenza, por cansancio. De la soledad, como de la necesidad, podemos hacer  virtud con frases pretendidamente brillantes. Y de un modo tan insistente, tan reiterado, que sabes que es hueca, un castillo de naipies, los soplas y se caen. Es de una ternura desarmante ese esfuerzo.

Jardines verticales, floridos a veces, el verde constante. Requieren poco riego. Parecen fáciles de mantener una vez sembrados. Invaden sin invadir, pese a ocupar poco espacio, como el de La Caixa.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Vivan las cadenas (I)

Me enfado al leer una entrevista a Napoleoni sobre “Maonomics”. Tendré que leer el libro para ver qué dice exactamente.

El caso es que en la entrevista parece sugerir que quizás el sistema chino, que supuestamente da de comer a su gente, sea mejor que la democracia occidental.

No sé por qué me choca y me enfado tanto.

Las crisis económicas y la degeneración política -nada es nuevo, el mundo ya ha pasado por esto anteriormente- siempre han sido un caldo de cultivo excelente para que algunos suspiren por tener cadenas. O sea, esclavos, pero que nos alimenten.

Para ese viaje me parece que no hacen falta muchas alforjas, por cierto. Es ya un viejo lema.

De hecho, así nació el fascismo y el nacionalsocialismo (huy… nacional y socialismo, ¿de qué me suena?...)

Es más, algunas de las propuestas de los indignados iban en esa línea: más Estado, no menos.

La libertad cuesta, los excesos del sistema democrático han sido muchos, la inmoralidad reinante evidente, pero la solución creo yo que no puede ser una dictadura, ni de un signo ni de otro, eliminando derechos y libertades que han costado mucho a muchas personas, que todavía cuestan (conviene ver qué están haciendo en China los críticos, o en Cuba, etc.)

Pero además, que yo sepa, los chinos no comen todos, y, de hecho, las diferencias entre ellos son de espanto. Como ha ocurrido en diversas dictaduras que, con la coartada de la igualdad y dar de comer a su gente, han cometido todo tipo de tropelías y han dejado a sus países devastados. Solo hace falta darse una vuelta por la antigua Europa del Este.

Eso sí, hay chinos que hacen negocios muy suculentos. Y quizás al final de la "provocadora idea" de Napoleoni lo que haya es eso: poder hacer negocios con los chinos, sea como sea.

En esas estamos, en un revival del "Vivan las cadenas" de Fernando VII.

Para reírme y pasar página me acuerdo de Fernán Gómez en la película aquella de Stico. Ser catedrático de derecho romano no le permitía vivir decentemente, por eso se ofrece de esclavo a un ex-alumno, una comedia estupenda de Armiñán.

Seguiré con esto.

lunes, 26 de septiembre de 2011

La punzada

Lo sentía en el primer minuto del año. En ese instante de abrazos, petardos y fuegos artificiales, notaba el alfilerazo tras el champán y la esperanza. También en las bodas, entre Tobías, San Pablo, las bienaventuranzas, el cóctel y el baile. Pero ahí el pellizco escocía como en la infancia nos escuecen las rodillas al caernos de la bici y despellejarnos. Sorbiéndose las lágrimas, como si no pasara nada, el hueco se le hacía cada vez más profundo, más grande.

No se llamaba como decía ni tampoco tenía esos años. Hora y media al teléfono y luego toda una tarde hablando. Solidez, calma y amparo. Un hombre bueno no se encuentra en cualquier parte. “Sana, sana, culito de rana…” Alcohol en la herida soplando porque abrasa.“Ya pasó, ya pasó, ¿ves como todo se pasa?…”

Desapareció aquella punzada y se afiló la navajita de la distancia. Ya no podía vivir sin él a su lado. Le faltaba el aire.



PS: Título original del cuento de Gonzalo Pérez, gracias, guapo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Merced

1. f. Premio o galardón que se da por el trabajo.

2. f. Dádiva o gracia de empleos o dignidades, rentas, etc., que los reyes o señores hacen a sus súbditos.

3. f. Beneficio gracioso que se hace a alguien, aunque sea de igual a igual.

4. f. Voluntad o arbitrio de alguien. Está a merced de su amigo

5. f. Tratamiento o título de cortesía que se usaba con aquellos que no tenían título o grado por donde se les debieran otros tratamientos superiores. Vuestra o su merced

6. f. Der. En el contrato de arrendamiento, renta o precio.

7. f. ant. Misericordia, perdón.

Casi todos los significados hoy, fiesta de la Virgen, y día de boda de dos (ya dos, esta tarde) muy queridos familiares.

¡Lo vamos a pasar en grande! ¡Felicidades!

viernes, 23 de septiembre de 2011

Tempus fugit

El otoño entró hoy a las 11.05.

Ayer en el Spar ya tenían los turrones y mazapanes dispuestos.

Definitivamente, Tempus fugit.


Mandy,

martes, 20 de septiembre de 2011

Stella (La soledad de la infancia)

Fuimos a ver Stella, una película francesa dirigida por Sylvie Verheyde hace más de dos años.

Trata sobre una niña preadolescente que vive en un bar que su madre regenta en los años 70. Sus padres la quieren pero no la atienden. El bar es frecuentado por personas violentas, alcoholizadas, un lumpen a veces hasta amigable, un ambiente donde la niña sale y entra sin que se le preste atención casi. Ella va a un nuevo colegio donde las niñas son "de las protegidas", como dice ella. No hace amistades, salvo cuando aparece Gladys, una niña judía hija de argentinos exiliados que le hace caso.

La infancia puede no ser un lugar cálido y de amparo. Puede ser sentirse sola, diferente y saber que no encajas.

Hay soledades de niños en un patio, en el recreo, en clase, hasta en su casa. Hay niños que miran y saben qué está pasando y tienen que seguir adelante como pueden, sin quejarse y sin dramas. Este película lo cuenta con delicadeza, no es tremendista, pero narra ese mundo interior y exterior con elipisis pero sin ahorrarse nada.

¿Qué cuenta? La resistencia para invitar a alguien cuando tu casa y tus padres son diferentes, las ganas de quedarte en casa de otra niña, la envidia cuando no es envidia de mirar a otros que tienen lo que tú no tienes. Saber que no vistes de forma adecuada, que no eres lo suficientemente guay aunque cambies de ropa. El querer pegarse a alguien guapo y aplicado a ver si así tú acabas siendo como ella. Maquillarse como una mona para la primera fiesta, con Umberto Tozzi cantando "Ti amo" en una casa donde los padres sí están al tanto. El flou del primer enamoramiento, verte a él y a ti rodeados de luz y de niebla. El miedo a la oscuridad de quien ha aprendido a defenderse y a atacar con violencia, pero es muy vulnerable y tiene miedo de todo aunque nadie se dé cuenta. Las amistades que los mayores censuran como peligrosas, y las otras que son las realmente peligrosas.

Stella es una película donde la cámara se acerca al rostro de los niños continuamente, no se separa de sus ojos, de la piel, de su mirada. Los actores de Stella son impresionantemente buenos y la protagonista es un verdadero prodigio actuando: te la crees desde la primera escena, ella bailando como si fuera mayor.

Como muchos otros antes, en los 70, -ahora no sería el caso, porque la televisión ha hecho su zapa y a lo que se aspira es a ser ricos, populares y todavía más zafios- esta niña, Stella, intuye que solo a través de la escuela, de la educación, puede salir de ese mundo de sus padres que no es siniestro para ella, pero sí sin horizontes, pobre y plano. Tiene profesores buenos, malos y espantosos, sin cargar las tintas, pero los tiene. Los libros, la lectura, pueden ser un refugio a los once años.

Ésta es una película estupendamente hecha, triste, y a la vez con un destello de esperanza. Refleja perfectamente la preadolescencia de una niña de los años 70 en un ambiente que no es el mejor para que sea educada. Estás con el alma en vilo porque sabes que puede pasar algo. Y pasa sin que pase nada. Forma parte del paisaje.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Vida de pueblo

Me ha dejado hecha polvo el último diario de Màrai. Necesito otra lectura en vena y rápido. La vejez asusta, pero en soledad, esa soledad estadounidense, aterra. Creo que hay una soledad estadounidense como hay otra europea.

Ayer hice vida de pueblo. Salí de misa y me fui al bar. Clarete y pulga, lectura de periódicos. El festival de Hay está en Segovia. Hablé con las vecinas, un corrillo de ellas sentadas al solecito en La Parra. "Me dice el médico que salga". A mí no me lo dice, pero como si me lo dijera. Lo mismo en Urueña. Hay que salir, no meterse en casa.

Es difícil el equilibrio entre el sosiego para poder concentrarse en lo que haces, lees o escribes, y el no ensimismarte en exceso. El teléfono e internet pueden ayudar, pero lo mejor es verse y escuchar. Hay mucho ruido a veces, y no siempre es de fuera.

Hoy vinieron Carlos y su mujer a verme. El abono de sus ovejas le ha venido al jardín muy bien, lo agradece. Crecen los membrillos. Carlos le va a hacer un injerto a uno con una rama de peral, veremos.

Hay una soledad urbana como hay otra rural. Escucho a Olga Román  y me animo inmediatamente. Dice ella que es lenta. Por eso es tan bueno lo que hace. Bendito sosiego.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Márai y septiembre


Acabo el diario de Márai esta mañana antes del riego y de irme a Urueña. Empecé por el último, el correspondiente a 1984-1989. La edición de Salamandra reproduce la última anotación a mano, antes de suicidarse.

Lucidez, emoción  y una tristeza profunda, desconsuelo. La feroz vejez, la fragilidad y la consciencia. También la conciencia. Su mujer, L., casi ciega y muy enferma, los cuidados que requiere, luego su muerte. Y más muerte.

Todo es muerte y una cabeza espléndida. También amor. Al final solo se alimenta de la lectura de los diarios de su mujer. Y de esos sueños o no sueños donde ella le habla y le cuenta desde el otro lado. Mucha soledad y una desesperanza completa. 

Acaba el verano y empieza el otoño. La Virgen de la Merced el próximo sábado. En éste luce el sol y hace bueno. Se fueron mis tíos y les echo de menos. Tengo un pulgón que amenaza las adelfas. Disciplina en el jardín, fijar y seguir una rutina de tareas. Lo mismo al escribir. Siempre el doble de lectura que de escritura, propósito para siempre.

Hay una familia de lo que creo que son currucas viviendo entre la casa de mis tíos, la de mi prima y la nuestra. Pero las moscas se ponen insoportables en septiembre. Se pegan a la pantalla del ordenador en cuanto pueden. 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La deuda (La verdad cicatrizada)

Fuimos a ver “La deuda” que se estrenó la pasada semana en España. Trata sobre una misión del Mosad en los años sesenta, tres jóvenes de menos de treinta años que entran en Berlín Oriental para llevarse a quien sospechan que fue médico, un nombre nada adecuado, más bien un carnicero que hizo barbaridades en un campo de concentración nazi. Y hasta aquí puede contarse. Treinta y tantos años más tarde alguien muy allegado escribe un libro sobre aquellos héroes, una mujer y dos hombres. El libro se presenta en sociedad y los tres vuelven a encontrarse. Y ocurre algo que no estaba previsto. De nuevo hasta aquí puede contarse.

“La deuda” trata sobre la justicia y la verdad, no sobre la venganza, y sobre el espanto que nos causa un ser humano que a veces preferiríamos llamarle loco y no solo malvado. Aborda la vulnerabilidad y el valor, dos cualidades complementarias. Sin sentir miedo al sabernos vulnerables la valentía sería temeridad, no coraje. Tiene más carne esta película que la de un thriller. Hay una historia de amor, otra de lealtades y traiciones, y otra, me parece que la más importante, sobre personas a quienes les resulta difícil vivir consigo mismas si no son honradas.

“La deuda” es una película brillante con un guión que te mantiene pegada al asiento, incluyendo dos giros de la historia que vuelven a enredarte cuando ya crees que se ha resuelto la trama. Tiene una fotografía espléndida y muy cuidada y una interpretación excelente, con Helen Mirren a la cabeza, seguida de un buenísimo reparto, los tres actores jóvenes medidos y exactos en las emociones.

Vale la pena este thriller donde la verdad es como la cicatriz que una mujer ha llevado en la cara durante muchos años y que de nuevo se abre.

martes, 13 de septiembre de 2011

Un matrimonio feliz (La gracia)

Desde hace unos años sé que la editorial Libros del Asteroide no me defrauda. Me la aconsejó Adolfo Torrecilla, uno de mis críticos de referencia en cuestiones literarias. Es una editorial joven con autores que yo no conocía de nada, como Nancy Mitford o Wallace Stagner, que ahora me encantan, me he hecho fan, y otros que ya me gustaban, como Steinbeck. Aunque la mayoría me son todavía totalmente desconocidos, así que me relamo pensando en lo que seguramente me espera.

Acabo de leer en dicha editorial a Rafael Yglesias y su libro “Un matrimonio feliz” que me ha parecido una novela emocionante. La he leído en apenas un día porque realmente no podía dejarla. Creo que es el mejor elogio que puedo hacerle, junto al de saber que será algo que volveré a leer pasado un tiempo.

Esta parece ser una novela autobiográfica: el protagonista fue novelista precoz, hijo de escritores, convertido en guionista para sacar adelante a su familia, padre de dos hijos y marido de Margaret, que murió de un cáncer, todo lo cual comparte con el autor, Rafael Yglesias. Todo lo cual, perdón por la repetición, no importa nada, porque lo que esta novela cuenta es casi igual que esté o no basado en hechos reales, que diría un telefilm americano. Lo verdaderamente importante es el modo en que está contado, como también lo que cuenta, por supuesto.

La materia de esta novela es la vida matrimonial de una pareja como muchas, nada excepcional. Y ahí está lo interesante.

El encuentro y el adiós son los dos tempos fundamentales en los que Rafael se detiene en esta historia. Y lo hace con el detalle de una cámara de cine por la riqueza visual de lo que describe, utilizando además otra segunda cámara, la de los sentimientos y pensamientos desde la voz del que narra. Yglesias utiliza ambas en el relato.

Primer tiempo: cómo el protagonista conoce a esa mujer que le deslumbra cuando él no es nada más que un joven prodigio literato, huraño y confuso, y ella es una recién licenciada alegre, decidida y sociable. Cómo se enamora él, como un ternero, y qué pasa en esos primeros encuentros, las dudas, la decisión, la soledad, el necesitar a otra persona a tu lado y no estar seguro de nada.

El segundo tiempo, el del adios: cómo ella, tras un cáncer devastador, decide despedirse y morir en su casa con ayuda de él, dedicando un tiempo a cada persona que ama, sin prolongar tratamientos, con la muerte de frente, impresionante.

Y en medio de estos dos tiempos toda una vida de muchos años en común, de los altos y bajos de un matrimonio, de momentos realmente malos y luego buenos, de problemas de dinero, de adaptación del uno al otro y a las dos familias, de sueños y realidades, de Nueva York, de amigos, de una infidelidad que casi acaba con un matrimonio cuando apenas había empezado, de volver a comenzar y volver a encontrarse, de silencios y palabras, de secretos y verdades.

¿Cuál es la trama de esta novela? La trama, el nudo y el desenlace, es cómo el amor se hace y se deshace y vuelve a nacer entre un hombre y una mujer ambos limitados. Ella ciertamente controladora, él taciturno y egoísta. Y a la vez ella generosa y encantadora y buena madre y él también capaz de entregarse y entender algo y buen padre e hijo y… Ambos personajes son muchos rasgos a la vez, capaces e incapaces, complejos y simples, humanos en definitiva. A mí me parece que si una novela no capta la complejidad humana es mala, y creo que esta es muy buena.

“Un matrimonio feliz” cuenta la historia de Enrique y Margaret que es única y a la vez común. Que él sea escritor no dice nada realmente importante. Ser escritor no es importante para la vida, es totalmente secundario. Y a ella, a Margaret, como le cuenta un día a él, a Enrique, le basta con vivir, no le hace falta el arte, en su caso la pintura, que deja de lado, no porque no sirva, no tenga la voluntad necesaria, no pueda soportar los noes o no reciba el apoyo necesario de su cónyuge. Es más simple: no le hace falta.

Vivir es también todos esos cuidados finales de Enrique estando al lado de Margaret, ella sufriendo, muriéndose a chorros: cambiar suero y medicación, vigilar catéter, buscar sábanas y colchas en un armario, y, sobre todo, ver que se te va quien amas y no quieres que sufra más, tener el tiempo para decirle lo que no has podido decirle y que es tan importante. Todo está narrado sin melodramas, como es, ya es suficiente como para cargar las tintas ni literariamente hablando. La realidad y la ficción bastan.

Leo pocas novelas contemporáneas que me cuenten algo interesante de la vida matrimonial, algo que a mí me diga algo. Me pasa igual con el cine con excepciones muy puntuales. Supongo que es sintomático de lo que se escribe hoy, de lo que se vive quizás, de nuestra mirada. Creo sin embargo que el matrimonio es buena materia prima para una novela o el cine, como lo es la muerte, el dolor, el engaño, la infancia y todo lo humano que merece contarse, que nos contemos, que nos cuenten.

“Un matrimonio feliz” narra con tono y estilo propio ese temblor suave, la gracia, que planea entre dos seres que prometieron amarse hasta que la muerte los separase. En este caso entre un judío de origen hispano y una judía de origen askenazi, Enrique Sabas y Margaret Cohen. Bien pudieron ser en parte Rafael Yglesias y su mujer Margaret, aunque insisto que me parece lo de menos que esté o no basado en hechos reales. A mi me ha gustado muchísimo y me parece una novela muy recomendable, distinta y realmente chocante hoy por excepcional. No me extraña que fuera premio Los Angeles Time a la mejor novela de 2009. Además, está excelentemente traducida por Damià Alou.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Los cuentos del aligator

Cuando éramos pequeños mi padre trabajaba hasta tarde y le esperábamos con muchas ganas. No recuerdo bien, pero supongo que era, como tantos de la época, pluriempleado. El caso es que un día que volvió, los tres hermanos rodeándole tras darle el beso de bienvenida, comenzó una historia que nos duró años.

Se trataba del aligator, un cocodrilo en inglés, o quizás una clase de cocodrilo más delgado y pequeño, los expertos sabrán. Mi padre lo llamaba así: el aligator.

El animal en cuestión estaba de incógnito entre los humanos, pero él, mi padre, se lo encontraba.

Podía ser en un ascensor lleno, en mitad de la calle, cuando iba a una tienda, en un autobús o haciendo la cola en una ventanilla. Allí estaba el aligator, verde y ocupado. Sólo mi padre se daba cuenta. Sólo él era capaz de descubrir su cola larga, sus dientecillos afilados, esos ojos inquietos que se mueven muy rápido, o las garras de uñas negras y curvadas casi ocultas por las mangas.

El aligator tenía una misión que no estaba clara. ¿Qué hacía allí, en mitad de Madrid, vestido con una gabardina que lo tapaba, con su traje debajo, pantalón, chaqueta y corbata, como iba mi padre en los días de diario? Nunca lo supimos porque mi padre no se lo preguntaba. Sólo sabía que un aligator vivía en la misma ciudad que nosotros y se confundía con la gente, aunque, de vez en cuando, mi padre podía distinguirlo y hasta saludarle. "Buenas tardes, señor aligator..."

“Papá, papá, papá... ¿viste hoy al aligator?" era la eterna pregunta al llegar a casa.

“Sí, lo vi. Estaba subiendo las escaleras delante de mí. Nos saludamos, pero él iba al primer piso y pasó de largo...”

Entonces imaginábamos a qué podía haber ido allí, qué asunto tendría que resolver el aligator. Esto nos entretenía mucho, elucubrar qué podía hacer el lagarto verde en tal o cual sitio.

“Y hoy, hoy, ...¿lo viste, papá?, ¿dónde estaba?, ¿te lo encontraste? ...” Los tre esperando cada noche nuestra ración de aligator.

“Hoy no lo vi, ya lo siento, hijos... quizá mañana. Llovía mucho y a lo mejor con paraguas no lo distinguí bien, vamos todos muy rápido…”

Nos quedábamos tranquilos los hermanos porque no todos los días mi padre veía al aligator. Ya sería en otra ocasión.

Así estuvimos mucho tiempo. Incluso cuando ya dejamos de creer en lagartos grandes que se pasababan por la calle, nos encantaban las historias de mi padre, esos breves encuentros, el no saber realmente qué le tenía ocupado, por qué estaba un aligator, que es un animal selvático, en mitad de Madrid, tan campante.

Yo esto no lo he querido hablar con mis hermanos. Hay cosas que no se hablan. Pero estoy totalmente segura de que a ellos también les pasa. Y es que de vez en cuando, cuando menos me lo espero, descubro un morrito demasiado largo y estrecho, unas fauces que se abren, y una cola mal disimulada justo delante de mí, en las escaleras mecánicas del metro, en el cajero del banco o hasta en el registro civil al ir a pedir un certificado.  Yo también veo al aligator y no me hace falta preguntarle nada. Él sabrá por qué sigue en estos lares y por qué mis hermanos y yo nos encontramos ahora que ya no está mi padre.

(Publicado el 19/08/2010, Lo vuelvo a publicar porque no he podido atender el blog hoy)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Las manos de los padres

Cuando eres pequeña, antes de cumplir los siete años más o menos, depende de lo alta que seas, estás demasiado cerca del suelo.

Te llevan a un bar tus padres y ves las cabezas de gambas, los huesos de los aceitunas, las servilletas hechas un gurruño, y hasta las colillas que la gente tira descuidadamente y luego aplasta. Te tomas tu Fanta compartida con un hermano y agarras bien la mano de tu padre de vez en cuando, no vaya a ser que te arrastre la porquería reinante.

Lo mismo ocurre en el metro, zapatos y botas, culos y piernas de todos los tamaños y apariencias posibles rodeándote. Te coges de la mano de tu madre fuerte para no perderte en esa marea de hombres y mujeres que solo lo son de cintura para abajo. Para verles la cara, para que fueran humanos, necesitarías crecer o que ellos se acercaran. Mientras tanto son incompletos y amenazantes.

La mano de una madre te sujeta cuando te enseña a cruzar, “mira, el señor rojo, paramos; el verde, entonces se puede ir al otro lado, pero siempre antes miramos …” Ella te sigue sosteniendo cuando te lleva al colegio, a la parada y te deja suelta un rato. Luego estarás todo el día sin ella, meses enteros de clases y recreos en el patio con frío en invierno, con viento en la cara. Pero sus manos ahí están cuando te baña. Aunque te vistas ya solita, mamá viene y te acaba de aclarar el pelo con la esponja y te ayuda a incorporarte de la bañera donde has estado, nadando como una sirena, buceando, “mira, mamá, mira cómo resisto debajo del agua”...

La mano de un padre es todavía más grande. A veces seguirá siendo más grande aunque tú crezcas. Te mirará un día tu padre y verá tus dedos finos, alargados, sujetando el libro que sujetó antes que tú, ese libro que tanto se empeñó que leyeras. “Tienes unas manos muy bonitas, hija…” Y le das la mano y se la besas, “te quiero mucho, papá”. Hay hombres que se dejan abrazar y querer, que lo buscan sin vergüenza, a quienes se les humedecen los ojos con facilidad, unos sentimentales.

Las manos de los padres te han sujetado.

Ellas te sostuvieron cuando ladeabas la cabeza como un muñeco de trapo, te metieron en la cuna, te arroparon. Te dieron el alimento primero colocándote para que mamaras, luego la cuchara y lo salado, qué asco. Cómo cuesta al principio la sal, es repugnante. Después te llevaron hasta el orinal, "a ver si haces caca ahí, como los mayores", "qué bien, qué bien, que ya no tienes que llevar pañales", todos celebrándolo. Te alcanzaron la pasta de dientes, las camisetas y los zapatos cuando no llegabas a ese estante que estaba alto. "Ahora te pones la ropa tú sola, ¿vale?, y si no puedes, te ayudo", "otra vez la camiseta, los botones son para adelante, he vuelto a equivocarme", "¡ya sé atarme los zapatos!", "papá, no entres, ¿eh?, que me estoy vistiendo", "ya no me peines tú, que yo puedo sola, déjame"... "pero un beso sí podremos darte ¿no?". Um beso sí, claro.

Beso y beso. Mano y otra vez mano.

Tú has visto esas manos que besarías mil veces haciendo otras cosas, croquetas, por ejemplo, o fumando, llevándose tu padre el cigarro a la boca y tú mirándole admirada cómo hacía esos circulitos en el aire. Porque entonces los niños no éramos de la liga antitabaco y dejábamos a los padres en paz con sus vicios, que solían ser todos confesables e inofensivos. Leales vicios de padres de familia leales cuyas manos han levantado casas y familias, soportado trabajos y días muy largos, dado apretones a amigos y a quienes no lo eran, saludado a vecinos, acarreado incontables bolsas de la compra, cestas, carritos de niños y muebles en mudanzas.

Manos también capaces de juntarse en misa, de rezar y enseñarte a rezar, madre y padre arrodillados no por el peso que llevaban, siempre sin quejarse, sino porque confiaban en otras manos y se sentían siempre en esas otras más grandes. Y así te lo han enseñado.

Las manos de los padres a veces se van. Pero tú las sientes alguna madrugada. Es tu padre que viene, tu madre que entra en la habitación y te sube la sábana y la colcha por el fresquito de la mañana. “Vámonos ya, estará bien, nuestras manos ya le han dado todo lo que podían darle”, “Déjame un poco más, todavía me extraña…” Y tú sigues llorando ahí desconsolada porque notas que son ellos y son sus manos ancianas, temblonas y huesudas, llenas de manchas, intentando aún acariciarte, sostenerte todavía en esta delgada línea de tierra en la que tú te has quedado, mientras ellos, ellas, sus manos, se han marchado.

("Las manos de los padres" se escribió en Septiembre 2010 y ahora encabeza un conjunto de relatos)
La foto es de Kohl Threkehld.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Diarios

Me encontré con Lola E. este verano. Venía de nuevo a Urueña a unas jornadas. Habíamos coincidido las dos el año pasado. Hablamos de lecturas y de escritura, también de diarios. Y surgió la idea de animar a escribir un diario a los estudiantes a quienes ella da clases, de 14 años en adelante.



Llevo preparándomelo 6 semanas casi.



Quiero dar con el tono y los contenidos adecuados para personas de 14 a 18 años. Pero creo también que debo tratarles como adultos que pueden apreciar y comer carne roja. A esa edad tienen ya dientes para cortar, desgarrar y masticar, paladar y también olfato. No les voy a dar una papilla o un potito, ni tampoco leche maternizada. Una buena pieza de carne siempre que el presupuesto alcance. O sea, lo mejor que puedo en la medida de mis limitadas capacidades, como cuando invito a comer a casa.



Había leído a Ana Frank, pero he ampliado estos meses al Cuaderno Gris de Pla (la edición de Espasa Calpe), algo de Trapiello –por cuestiones de tiempo inabarcable, en Almadí solo tenían un tomo además-, Virginia Woolf, Katherine Mansfield, George Sand, Dostowieski, luego a un cuaderno de bitácora precioso de quien acompañó a Magallanes (anda que no pasaron hambre). Después Sándor Márai, tristísimo, lúcido e impresionante. El domingo pasado me hice con los diarios de Amiel, un clásico que no encontraba por ninguna parte y que estaba aquí al lado, en Urueña, en El rincón escrito. Rafael y Mercedes tienen una librería fantástica, pequeñita, donde encuentras de todo. Y eso es lo malo, siempre caes. He descubierto también otros diarios de desconocidos, de gente de la calle. Los hay preciosos y voy a incluirlos. También antologías que he encontrado, retazos que hay en internet. He leído también enfoques didácticos al respecto, el diario como ejercicio escolar, y estudios sobre diarios.



Al final he decidido hacer esto de los diarios con un esbozo de teatralización, desde varios escritores de diarios. Me parece que será más ameno, que podré hacerme con los estudiantes. Solo dos rasgos: los zapatos –merceditas de adolescente de los 40, zapatillas de payés o botines de dama británica- y otro pequeño detalle -estrella de David, boina, broche, gafas...-. Leeré un fragmento desde ahí, desde el escritor de diarios. Cada texto dará pie a una proposición de lo que escribir un diario puede suponer hoy, las he resumido en cinco o cuatro, todavía estoy dudando.



Creo que el diario personal es un ejercicio de pausa vital, no sólo de escritura. Ayer, que lo vi aquí, gracias a En Compostela, sentí que no íbamos descaminadas. No son exactamente las mismas razones, pero la intención de Lola y la mía al preparar esto están en cierto modo relacionadas.



Diario de vida. Diario íntimo. Dietarios que son casi agenda de puro telegráficos. También diarios de campo con sus preciosos dibujos o acuarelas. Hasta cuadernos de viajes y modernas bitácoras.

Me gustaría mostrar algo con lo que puedan disfrutar, que les anime a escribir cinco minutos al día. Así acabaremos la sesión: cinco minutos de silencio (no sé yo si esto va a ser posible) para su primera anotación en su diario.



En fin, me lo estoy pasando genial a pesar de la incertidumbre y del trabajo que conlleva hacer algo nuevo. Del miedo también. Tengo miedo, a qué negarlo.



Creo que voy a empezar una etiqueta aquí mismo, “La lectora de diarios”.


miércoles, 31 de agosto de 2011

Los riegos (Agua cayendo) (Los sonidos del verano, 2)

El riego automático funciona en este jardín solo en una parte. El resto hay que regarlo a mano. Pedí presupuestos a principios del verano y todavía los espero.


A las 7 de la mañana y a las 10.30 de la noche oigo los aspersores. Están programados para no coincidir con otros aparatos de la casa o la luz se va. Es la señal para despertarme. También la señal de que el día acaba, de hacer balance.



Me da paz oírlos, sensación de orden, como si fueran maitines o laudes.



Dos horas me lleva regar el resto del jardín por mi cuenta, dos por la mañana y dos por la tarde casi, depende del calor que haya hecho.



He descubierto que es mejor regar muy lento, modular la llave del agua, casi cerrarla. Así cala mejor, y esta tierra tan mala parece que va absorbiendo el agua. Tardo mucho más, pero es mejor para las plantas.



Mi riego automático es ir moviendo dos mangueras que tengo y aprovechar las roturas, las fugas, que una tiene para que el agua caiga en determinados alcorques de arbustos o árboles. Arreglé unos escapes con cinta vulcanica, pero se hacen continuamente, así que he decidido utilizarlos a mi favor.



Mientras hago la cena o preparo el desayuno, me ducho, hablo por teléfono o limpio la casa, el agua cae poco a poco. Todos los días así, de 7 a 9 por la mañana y de 7 a 9 por la noche. Si he trabajado en Urueña, más tarde.



Cuando tengo amigos, familia o a Gonzalo, saben que yo estoy de acá para allá regando y no se molestan si desaparezco para mover la manguera, para graduar de nuevo la llave. El ruido del agua de fondo de música ambiental en el jardín, en la casa.

lunes, 29 de agosto de 2011

La luz en el aire y el zorro desgarbado (Los colores del verano, 6)

Una vez que el sol se oculta tras el horizonte, queda todavía luz en el aire.

Al volver de Urueña a Boecillo intento viajar justo entonces, en esos cuarenta minutos en los que se ve todavía, cuando los colores cambian y los animales salen.

Me acuerdo de algunas películas del oeste americano, de la fogata, los caballos y los vaqueros cansados acampando para dormir al raso.

La noche empieza ahí, en esa luz ambiental que pasa del violeta del atardecer, que describió Colinas y que da nombre a la editorial de Pilar, a un azul cada vez más amoratado. Un azul que acaba por ser oscuridad, noche cerrada. Cada día un minuto antes.

Un zorro me ha salido al encuentro a esa hora varias veces.

Vive entre la Santa Espina y Urueña. Es desgarbado y flaco. Se me queda mirando mientras paro el coche. Ahora sé que me está esperando. Es lo contrario a un zorro de Walt Disney.

Quiero quedarme con el zorro en esa luz que tiene el aire. El mirándome. Yo mirándole. Y el tiempo parado.

jueves, 18 de agosto de 2011

Queridos hermanos (Cuentos JMJ, 1)

La misa había terminado. En la sacristía Pablo se quedaba otra vez con la ropa de calle, jersey y pantalón gris, alzacuellos blanco. Oyó alguien que llamaba a la puerta y, sin esperar respuesta, entraba como una tromba en el cuarto. Suspiró Pablo, ya estaba acostumbrado.

-Mira, vengo indignada, pero indignada, ¿sabes? No hay derecho, vamos, que no hay derecho a lo que has dicho hoy en la homilía, así, como de pasada...

-A ver, María, qué he dicho esta vez...

-Pues has dicho ...

Y María contó por lo que se sentía tan indignada, indignadísima.

A veces no era María, sino otro que venía a protestarle.

Un pueblo con muchos beatos tiene esas cosas: se meten en la sacristía para reñirle al párroco, les encanta.

Otras veces no decían nada. No le venían tras la misa como María, o luego después, al despacho. Pero él veía sus caras en la misa o luego al despedirlos en la puerta, ellos huyendo casi. Podía leer en los gestos de cansancio, de enojo, en el mirar el reloj de tantos, en el salirse a la calle mientras predicaba: “No tienes ni idea, Pablo”, “A ti te quería ver yo casado”, “Pelma, acaba...”, “Esto a mi vecina le vendría muy bien”, “Esto lo dice por fulano...”, “Y en cambio no dice esto”, “Debería decir esto otro, porque vamos...”, “Se nota que no ha estudiado”, “Se nota que no es de aquí...”, “No es como Don Ramiro, ese si que era un buen párroco...”

Pablo sabía muy bien que él no tenía el don de la palabra, ni el de la oportunidad a veces, que podía meter la pata.

Realmente no tenía ni idea de por qué Dios le había llamado, a él, el premioso de su familia, de su casa, el menos brillante de su clase. Era un misterio para todos, pero para él era un misterio aún más grande.

María acabó su perorata.

-Bueno, hija, perdona, quizás no me he explicado bien, no he querido ofender a nadie, ¿eh?, y menos a ti... ¿sabes?

Se hizo un silencio que al final rompió Pablo.

-Y tú ... ¿qué hubieras dicho en mi lugar?, ¿cómo podría haber estado más acertado?

María tenía muchas ideas sobre qué habría que decir, cómo y cuándo.Como las tenía, además, sobre el gobierno de la parroquia, que también era un verdadero desastre.


Aprovechó así la beata ya de paso para explicarle lo mal que lo estaba haciendo en ese terreno como párroco: el retablo no se qué, luego lo de la pila bautismal, además de las cuentas, y Cáritas, y las reuniones de los sábados de viudos, y la catequesis de los confirmandos, y la preparación al matrimonio, y las comuniones de mayo. Y. Y. Y.


En fin, pasó revista María, la beata, a las actividades de la parroquia, lo que se hacía que no marchaba o era manifiestamente mejorable, como las fincas, que era todo. porque csi nada se salvaba. Después se quedó sorprendentemente callada.

Eran casi las 2, y Pablo ya tenía hambre. Le estaban esperando su hermana y su cuñado. Se le ocurrió algo.

-Bueno, María, si te parece bien, quizás podías meterte más en la parroquia, nunca hay suficientes manos ni las mentes más acertadas... O a lo mejor se te ocurre empezar tú algo que pienses que hace falta, que nos hace falta... A lo mejor tú puedes ayudar...

El silencio de María no duró nada. Hizo un gesto de espanto y soltó a bocajarro.

-Qué dices, Pablo, ya tengo yo bastante con lo que tengo, vamos, hombre. Yo solo venía a protestarte.

Sonrió el párroco mientras cerraba la sacristía, dos vueltas a la llave.

María siguió a la carga un rato en la calle, riñiendo al párroco, dale que dale.

En el recodo se despidieron ambos.

Pensó Pablo en la paella que le aguardaba, en la mesa puesta, en la conversación que invariablemente seguiría en casa de su hermana mientras se amodorraban un rato, la tele en voz baja con el telediario.

-¿Qué tal todo?

-Bien, estoy contento en la parroquia... Es gente buena, con ganas de que todo marche...

-¿Café, hermano?

sábado, 13 de agosto de 2011

La enfermedad de los chopos (Humildes gigantes)

En el jardín los chopos amarilleaban como si el otoño hubiera llegado dos meses antes.

Cogió unas hojas y las guardó en el billetero. Pero en el vivero no sabían nada sobre la enfermedad de los árboles. Solo que se iban secando y acababan muriendo agotados.

Tras los olmos que cayeron hacía más de treinta años, ahora eran los chopos, imponentes en altura muchos, sus raices extendidas buscando el agua.

A un lado de la carretera de Simancas iban quedando desnudos de hojas en pleno agosto, esqueletos, postes de telégrafo casi. Arboles que habían resistido todo -mala tierra, falta de agua, viento y heladas, calor en verano- morían rápidamente de una enfermedad extraña sin que nadie pudiera evitarlo.

Sintió tristeza y mucha rabia.

Era incapaz de aceptar la muerte de los últimos gigantes, humildes chopos de Castilla con tan pocas necesidades.

viernes, 12 de agosto de 2011

Del helado de dulce de leche y otros afanes (El misterio de la campana) (y 2)

Es mejor solo la cebolla cortada con el ajo picado que se haga lentamente en aceite de oliva, bien pochada. Luego perejil fresco y abundante. Después el pimentón sin que se arrebate. Quizás entonces un poco de tomate, pero poco. Y enseguida los fideos, que deben de quedar empapados en aceite, como si éste sobrara algo. Entonces apagas el fuego y puedes dejarlo esperando.

Cuando vienen a comer, no antes, añades el agua que soltaron las almejas al abrirse en una sartén aparte. Y echas más agua a ojo a los fideos para que se hagan. Vas añadiéndola según lo piden y van chupando. Un chorrito de vino blanco también viene bien. A fuego vivo tarda unos 9 minutos, depende del agua, del tipo de fuego y de la pasta.

Los fideos deben de quedar ligeramente caldosos, el aceite y el agua bien ligados en salsa, que se pueda mojar pan, hecha la pasta pero nunca pasada.

Justo al final echas las almejas, mejor no antes, porque si se hacen con los fideos a mí me parece que pierden tanto tiempo en agua. Así que las abro aparte y las echo a la pasta justo casi cuando ésta se ha hecho y lo dejo reposando unos minutos.

Antes de los fideos tomamos tomates frescos de los que saben. No puedo decir de dónde los saco porque me han dicho que es secreto y solo me lo venden a mí y otros pocos.

Tengo otros –3 grandes- que me dio el marido de Araceli, que tiene una huerta muy cuidada al lado de casa: manzanas, tomates, lechugas de varias clases, zanahorias, pimientos, ciruelas, judías verdes, etc. En fin, un huerto como yo quisiera y Dios manda.

El marido de Araceli es el que ha puesto una campana en un árbol para despiste mío.

Yo la oía desde el jardín y pensé que tenían una cabra. Me tenía un poco extrañada porque dentro del pueblo solo Carlos tiene ovejas y en otra época cabras.

El marido de Araceli está tumbado en el huerto, y cuando se acercan los pájaros mueve con el pie la campana. Trabaja como nadie, pero en la siesta es cuando vienen los estorninos a comerse el fruto de su trabajo. De ahí el misterio de la campana que nos ha tenido unos días cavilando.

El marido de Araceli me dijo muy serio mientras me daba esos tomates con el culo bien partido, como a mi me gustan, feos y prietos, con los bajos a cicatrices: “Yo soy agricultor. Habré trabajado 17 años en otro lado. Pero lo que soy es agricultor, que es lo que me gusta."

Así tiene su huerto, pimpante. Sin abonos ni fertilizantes artificiales, todo natural. Ya contaré cómo fueron sus tomates porque los tengo como oro en paño esperando a otros invitados. Beber y comer bien preferiblemente en compañía, se disfruta más si cabe.

Del helado de dulce de leche y otros afanes (Fideos bastos) (1)

Vi en el Telva una receta fácil, helado de dulce de leche: 1 litro de nata, 1 bote de dulce de leche y 20 galletas desmigadas. Lo intenté para el martes pasado, teníamos invitados.

Primer intento: un desastre. Me despisté y la nata líquida no estaba fría, recién sacada de la nevera, como tiene que estar para que se pueda montar bien (batir hasta que espese). Así que se hizo suero por un lado y mantequilla por otro. Mal que bien acabé el helado, no iba a tirarlo, quizás lo tomemos más adelante.

Luego hice otro, el que tomamos porque pude montar bien la nata. Cuando está ya casi montada se mezcla con el dulce de leche. Y se pone capa de esa crema y capa de migas de galletas, de polvo casi (cuanto mejor es la galleta, más rico el helado).

Lo comieron muy contentos y luego lo probaron el noviastro y el cura el miércoles porque había sobrado algo. El noviastro no dijo nada. Como suele hacer cuando le gusta algo: no habla. Cuando le pregunté dijo que era poco. Así que asumo que le ha gustado.

Los helados en mi casa habitualmente se hacían con huevos, 4 claras bien batidas a punto de nieve, que des la vuelta al plato y no se caigan. Las 4 yemas también batidas aparte hasta que se queden casi blancas, con el azúcar, 1 vaso, aunque también se la puedes echar a la nata, 1 vaso también, que debe de estar montada. Esa era la base de los helados familiares. Luego ponías chocolate fundido, piña machacada, turrón del blando disuelto o café bien concentrado, de lo que fuera el helado.

Ahora con lo de la salmonella tengo tanto miedo que no utilizo huevos crudos en verano. Y hago helado solo con la nata o con la leche ideal o condensada. Una salmonella en un adulto puede superarse. A una persona mayor o a un niño pienso yo que les puedes mandar al otro barrio.

De plato fuerte di fideos gordos, de los más gordos que hay sin agujero. Los de la fideuá no valen, tienen que ser de los de sopa basta. Fideos con almejas, chirlas si el dinero es poco, al estilo de Galicia. En concreto, de Santiago de Compostela, tal y como nos enseñaron en una tasca donde nos pusimos hasta las trancas hace ya cuatro años.

Pero también éstos me salieron regulares.

Eché tomate concentrado de Mercadona, y no hay que poner ese tomate. O es posible que pusiera demasiado.

lunes, 8 de agosto de 2011

Limón (Los sabores del verano, 2)

Amargo limón, pero luego no tan amargo. Abrir un limón y chuparlo, da grima y a la vez atrae.

Zumo de limón en la ensalada en vez de vinagre.

Zumo de limón siempre para que no se oxiden tan rápido las manzanas cortadas.

Granizado de limón: mucho hielo picado y antes poco azucar con el zumo, mejor azucar moreno y un chorrito de alcohol, un suspiro de nada. Del granizado al sorbete hay un paso.

El sabor del limón en el gin tonic en el porche de alguien.

Helado de limón, leche ideal batida hasta que se triplique el volumen, luego se añade zumo de limón y azucar, y la ralladura, que no falte.

La ralladura de un limón tiene el sabor más pausado del limón, sin ese amargor del zumo.

Cáscaras de limón hervidas en la leche para la crema pastelera. Siempre con cuidado, si cae una gota de líquido se corta la leche y no se hace.






miércoles, 3 de agosto de 2011

Tierra seca y mojada (Tacto en verano, 2)

Hay que sembrar más, da igual que sea verano, por probar no perdemos nada.

"Abre la tierra", me dijo Gonzalo, "si no, la semilla se queda en la superficie, y se la acaban comiendo los pájaros."

Primero tengo que mojar la tierra algo, seca no se abre. Riego un poco con cuidado para que no se encharque.

¿Qué herramienta para abrir este terreno, que es tan malo? Pruebo con varias. Al final escojo una especie de tenedor, casi tridente, pequeño, de mano, muy manejable. No sé si es el útil adecuado. Me tiro en el suelo y voy haciendo pequeños agujeros. Acaba como un colador el terreno y yo con tierra en las uñas de los pies y de las manos, restos de hierba y barro.

Me gusta el tacto de la tierra. Luego una se lava y santas pascuas.

Siembro a ojo de buen cubero, es la primera vez que lo hago. Luego echo encima un poco de tierra abonada según los cánones.

Carlos me ha enseñado a que el estiércol de algunos animales es lo mejor para las plantas. Él lo deja en un rincón durante meses, tapado, que fermente, y se haga en la oscuridad, bien mezclado con hojas y algunas ramitas. Luego lo vamos utilizando donde hace falta.

Así que lo que un pobre animal expulsa, a menudo aliviado, sirve luego para que un jardín crezca, para que este suelo, de tan poca calidad, alimente mejor a las plantas y acabe dando membrillos en noviembre, lirios en abril, adelfas en verano. Y hasta este cesped que he vuelto a sembrar porque tenía calvas y trozos amarillentos y secos.

Excrementos de seres vivos anónimos se pudren, sin luz y apartados, en un hueco en el suelo del jardín. Allí van a parar con otros restos de frutas o verduras cuando nos acordamos y los echamos.

Da gusto tocar la tierra en verano, seca y mojada. Estoy contenta de exponerme y mancharme y trabajar aunque el resultado sea pobre o tarde.

lunes, 1 de agosto de 2011

Abejarucos, perdices y un par de avutardas

Los abejarucos suelen estar vigilando en los tendidos telefónicos y vuelan cerca de los cortados de tierra. Al salir o llegar a Peñaflor de Hornija siempre los veo. Se reconocen fácilmente por el azul, amarillo, verde y negro, y por la forma del pico y del cuerpo. A veces los oigo antes.


Varias perdices me han salido ya al encuentro. Nunca había visto perdices en el campo, libres y corriendo, sólo un reclamo que tenía Carlos y otras de amigos, presas siempre en jaulas. Vi una perdiz muy chula en un tejado de Urueña, luego una madre con los pollos que corrían en la carretera “venga, venga, niños, que no hay tiempo”.


Pero la alegría más grande en cuestión de pájaros de los últimos días me la dieron unas avutardas el pasado jueves. Inauguraba en Urueña tienda Olga, muebles y antigüedades preciosas. Volví por eso a casa más tarde, cuando anochecía, nueve y algo. Y allí estaban las dos, a lo lejos, como pavos, grandotas, entre las pacas cuadradas de paja, pasada la Espina.


“Perdona, Pilar, tengo que colgarte, creo que estoy viendo dos avutardas.” “Nada, párate y ya hablaremos luego”.


Dude si eran alcaravanes. Sé que hay por aquí y quizás se parecen, pero no sé bien el tamaño que tienen estos, y lo que estaba viendo se encontraba a cierta distancia. El domingo por la mañana me sacó de dudas una compañera librera. “No, no, los alcaravanes son mucho más pequeños. Si eran como pavos de tamaño son seguro avutardas”. Eran avutaradas fijo. El próximo día me acerco a ver qué pasa.

sábado, 30 de julio de 2011

Al natural (Antes y después)

Angelines es muy pulcra y ordenada. Después de cada sesión cierra con cuidado los botes de maquillaje y todas las sombras y coloretes que ha utilizado. Luego lava con agua y jabón pinceles, brochas y esas esponjitas azules, tan eficaces para extender bien el maquillaje.

Angelines ama su profesión, la adora. Al cumplir los dieciséis hizo los módulos de estética que desde pequeña tanto le gustaba. Se puso a trabajar rápido en la peluquería de su tía Juana, pasó dos años en una perfumería hasta que cerraron. Alguien se lo sugirió entonces, cuando la crisis comenzaba. Había que reciclarse y ese área estaba en auge, quizás por influencia de los americanos. Hizo un curso especializado y en apenas unas semanas volvió a tener nómina, estaba encantada.

Números especiales del Elle, Telva y Marie Claire por todos lados muestran el antes y el después de muchas bellezas desconocidas o famosas, todas las revistas apiladas en la mesa de su cuarto de estar, muchas caras lavadas que, tras técnica y varias capas, cambian como lo exigen los modernos cánones, transformado el rostro por nuevos relieves o sutiles difuminados.

Angelines sabe que ninguna modelo es igual con o sin maquillaje, ninguna mujer, ningún ser humano. Porque ella también maquilla a los hombres que no muestran ninguna resistencia en su caso, como a veces les pasa a algunas compañeras de televisión, que tienen que explicar el efecto de los focos en el rostro humano para que se dejen hacer. No se puede ir a la tele sin maquillaje, se tiene muy mala cara, se nota todo, los poros, las arrugas, la papada, cualquier defecto se agranda y se hace insoportable. Cubiertos todos por espeso maquillaje para que tanta luz no se nos coma la cara. Hay que reforzar los rasgos para la cámara, al natural quedan desvaídos, ralos, sin carácter.

Angelines es muy educada y siempre habla a los clientes con mucho respeto de Vd., algo hoy raro. Está Vd. muy guapa. Ya verá como las ojeras se le difuminan en un pis-pas. Si no le parece mal, le voy a peinar un poco hacia atrás, para que se le vea mejor la cara. ¿Le gustaría este rosa pálido? Tiene Vd. un pelo precioso, ¿sabe?

A veces sin embargo le cuesta y trabaja en silencio cuando es un niño, un joven o una mujer embarazada. Entonces no le sale su vena habladora, calla.

-Mamá se va al trabajo.

Manuel, de cinco años, tira los brazos para Angelines, suplicando que se quede un rato.

-No puedo, cielo, pero cuando vuelva jugamos.

Angelines lleva siempre a su trabajo una chaqueta de punto irlandesa, esponjosa y agradable. Al llegar abre la sala. Tiene dos personas según le ha informado Eladio, el encargado. De un vistazo sabe ya que para el primero será beige 204 mezclado con arena 33 de Lancaster, nada más como base. Menos es más, especialmente en estos casos.

Y es que Angelines lo tiene fácil a menudo, más de lo que pueda pensarse. Porque tras la agonía, el sufrimiento, la resistencia, el dolor y el miedo, la lucha a veces de años contra la enfermedad , el deterioro o la vejez, el cansancio y los achaques, o la simple sorpresa de una muerte no previsible ni anunciada, el rostro humano se relaja al aceptar lo inevitable y entrar en el gozo de Dios, al entregarse.

Ella ha visto cómo al natural muchos rostros humanos adquieren la extraña belleza de quienes ya están en otra parte, mostrando un antes y después que no se parece a nada. Por eso, Angelines trabaja tras la muerte sin excesivas prisas y con la misma paz que ya tiene el finado. Y, a diferencia de sus compañeras de le tele, sin miedo a los focos celestiales. Ella todo siempre silencioso y suave, revelando lo que hay en quien no está ya, no hace falta cubrir ni disimular la cara para el abrazo del Padre.

-¿Está ya listo?

-Sí, hace rato. Puedes llevártelo.

-Los familiares de Clara Sánchez dijeron que les gustó mucho cómo quedó su madre.

Angelines sonríe. Rara vez suele protestar alguien. Es otra ventaja de su trabajo.

viernes, 29 de julio de 2011

Un hombre en casa o la Black & Decker

Estuvieron unos amigos en casa, 11, el número perfecto. Lo pasamos genial, con el noviastro hacían la docena.

-Tus amigos son muy majos.
-Por supuesto.
-Y muy buena gente.
-Sí, de lo mejor. Tengo la suerte de estar rodeada de personas muy buenas.

Sonrió el noviastro. Aproveché que estaba bajo de defensas tras el halago indirecto. Yo tenía algo en la cabeza.

-Y hay que ver lo que valen, ¿verdad, cielo?
-Sí, tu amigo Jesús se puso a hacer la cena...
-Bueno, varias veces la ha hecho, no veas. Y lo mismo improvisa un arroz chino sin apenas ingredientes que nos fríe unos huevos con patatas para un regimiento y hace una ensalada con un aliño secreto... Es muy dispuesto.
-Sí, es muy dispuesto...

Le cogí la mano entonces, hay que preparar las cosas cuidadosamente.

-Y David ¿qué me dices de David? Ha arreglado la puerta que rozaba el suelo y la barra de una cortina, ha fijado la caja de luces de fuera que se caía y estaba así desde hace meses, ha pasado la barredera de la piscina... Y casi todo ¡sin herramientas!, que me ha dicho que la próxima vez que venga se las trae...
-Sí, sí... Son encantadores, y ellas también, valen mucho... Y te quieren, se nota...

Seguí al acecho.

Nada de orientaciones y direcciones, mucho menos que parezca que mando. Yo en esto tengo que tener cuidado porque me falta entrenamiento. Y puedo dar la impresión al noviastro que tiro al mando y ordeno, según me ha hecho saber recientemente. Y la influencia es más cómoda que el poder o así lo creo.

Suspiré.

-Es que en esta casa hay que hacer muchos arreglos, ya sabes...

Permaneció el noviastro en silencio. Creí que cogía la idea. Pero especifiqué el tema porque es ingeniero y hay que ser muy concreta. (Ya contaré la anécdota de la raqueta y el gira a la derecha, da para otra historia).

Volví a suspirar.

-Por ejemplo, esta puerta...

La puerta es de madera, da al sureste, sufre el sol prácticamente todo el día y hay que lijarla y barnizarla de nuevo. Y mide 3 metros largos de ancho y casi 3 de alto.

Emplée el plural mayestático que suele funcionar seguido de la declaración de incompetencia, también eficaz habitualmente.

-Tendríamos que lijarla, uf, es un trabajo muy pesado, no tengo ni idea de cómo hacerlo.

El noviastro ama Leroy Merlín, se pierde por allí siempre que puede. Es un manitas y tiene paciencia, ambas cosas muy importantes en la vida según voy viendo.

Volvió ayer muy contento a visitarme. Yo venía de Urueña prometiéndomelas muy felices.

-Mira, mira, mira lo que te traigo...

Abrió la caja. Sacó una Black and Decker. Me enseñó cómo funcionaba, las diferentes lijas , cómo se quitan y ponen y el trabajo que hacen en la puerta. Hasta me trajo una alargadera preciosa roja de veinticinco metros porque además hay que lijar y pintar el portón de la calle que es metálico y promete mucho más curro que la puerta.

Yo, ingenua, pensando que el benchmarking o estudio ese que se hace en marketing mostrando a los mejores competidores había funcionado, que era un aliciente.

Mi gozo en un pozo cuando le sugerí lo siguiente.

-Gracias por la Black and Decker, por traértela. ¿No la necesitarás tú en casa?
-Pero hombre, si es nueva, es un regalo que te hago, te la he comprado...

En fin, sin comentarios.

El caso es que le he cogido el gusto. No sé si para las 30 horas que por lo menos costará lijar la puerta y sus recovecos, eso es cierto. Pero crea cierta adicción esto. Todo en esta vida es ponerse. Y yo, hay que decirlo, no me había puesto a nada en esta casa desde que recuerdo.

Hoy pasé por el Bricodepot de Laguna de Duero y no pude evitarlo, me metí dentro.

El noviastro está haciendo de mi una mujer nueva a los cincuenta, bendito sea.

jueves, 28 de julio de 2011

Sal raspando (Los sabores del verano, 1)

Sal gorda en el tomate recién cortado, en la carne a la piedra, en las sardinas. Da gusto notar esa sal áspera que rasca paladar y hasta garganta.

Ahora se ha puesto de moda la sal, diferentes sales. El otro día en "El rincón del labrador", donde tan bien se come -tomate para empezar, lo cultivan allí mismo, en la Santa Espina, y se nota-, nos pusieron una sal de Gales por si queríamos probarla.

Me gusta explorar sabores diferentes, novedades. La de Maldon en lascas o escamas está bien, pero sigo prefiriendo la sal gorda tradicional española en granos.

Los granos se mastican casi, tardan más en fundirse. Lo bueno es notarlos. Sabe mejor todo, y si ya el aceite también raspa un poco, lo notas al bajar por la garganta entre afrutado y amargo, el placer es doble.

El sabor de la sal, de la buena sal, es el primero del verano. Y es un sabor humano, civilizado. Solo las personas salamos.

miércoles, 27 de julio de 2011

Piel (Tacto en verano,1)

Pieles arrugadas de tanto estar en el agua. "Niño, que salgas ya, que te estás quedando morado".

La piel de los ancianos, cada vez más fina, descolgada, más delicada, pecas y manchas que avanzan.

En el verano somos más conscientes de que el tiempo pasa. Niños que de un año a otro crecieron, padres que de repente se hicieron viejos. Nosotros mismos, el tacto cambia.

Nivea hidratando que intenta luchar contra el efecto de la cal que deja la piel como un rinoceronte o un elefante.

La textura más propia del verano, la original, es la de la piel humana, frontera que separa y une, diferencia e iguala.

sábado, 23 de julio de 2011

Campanas (Los sonidos del verano, 1)

No hay campanas en muchas ciudades grandes, o si las hay ni se las oye casi. Por eso es tan agradable oírlas dando las horas o avisando a misa tres veces: "primeras", quedan treinta minutos para misa; "segundas", quedan quince; "terceras", la misa está comenzando.

Antes se subía al campanario, palomas, vértigo y escaleras temblando. Ahora dan a un botón o están programadas. Algo se ha perdido, pero algo ha quedado.

Se tocaban también, se tocan, cuando alguien muere, cuando hay un incendio. Recuerdo cómo llamaban para que fuéramos a ayudar a apagarlo, rápido toque constante. Lento en cambio cuando hay alguien que falta, espaciado, tristísimo.

Campanas, el sonido del verano y de la infancia. Cuando hay boda también repican las campanas.

Cloro y lejía (Los olores del verano, 1)

No es el cloro lejía pero casi. Polvo blanco o líquido que al salpicar mancha. Es el olor de las piscinas, antes más fuerte, ahora a menudo impercéptible, ha mejorado.

En los skimmers, que son unos coladores pequeños donde pasa el agua camino a la depuradora, a veces encuentro una pequeña rana y la suelto. En la hierba salta camino a las adelfas.

Lejía también asociada al verano. Los cuartos de baño como están más limpios es con lejía, y las cocinas. Lejía en el cubo del agua, en la fregona, en la bayeta.

Antes echábamos una gotita de lejía al lavar las verduras.

Cloro y lejía dejan un olor de verano.

Tierra, adobe (Los colores del verano, 5)


“El color tierra es muy elegante” decía mi madre. Yo me quedaba escuchando sin entender bien.

¿De qué tierra hablaba?

¿De qué color es el color tierra si tiene tantos?

¿Tierra rojiza, arcillosa, caldera o color terracota como algunos cacharros?

¿Tierra blanca, caliza, como la de los Torozos?

¿Tierra amarilla quizás? ¿Ese amarillo ocre que se hace gris cuando se seca para luego cuartearse?

Tierra blanca de arena de los pinares, no hay apenas humus debajo.

Tierra negra de los bosques, al lado del río, húmeda, vida muchos centímetros abajo.

Tierra abonada por Carlos, intentando aprovechar los excrementos de las ovejas.

En apenas unos metros la tierra cambia, su calidad, color, olor y textura, polvo o piedras, terrones apelmazados o que se deshacen. Con más agua o sin ella, dejando que entre el aire entre las grietas que hacen pequeños animales o el mismo agua, más ligera o compacta, pesada.

De suelos empobrecidos, polvorientos y agotados, que no pueden ni dejar pasar el agua, la escupen casi, hasta los suelos en barbecho, oreándose, cogiendo color de nuevo al darles un descanso.

Tierra del cementerio con los cipreses bien altos.

Adobe, paja mezclada con tierra, arcilla o arena, el color de muchas casas de antes que a veces quedaba oculto tras la cal blanca.

No sólo vivimos sobre la tierra, ésta nos acoge como una madre, la habitamos como hicimos en el útero, en su regazo. Su abrazo es el de un padre, su beso el de una hermana.

Tierra que se hace invisible de tan constante.

PS: In memoriam: José Joaquín Pimentel, (nacido a la tierra en 1926, vivo en ella y en el cielo desde el 21 de julio de 1988); Luis Pimentel Igea (nacida a la tierra en 1968, viva en ella y el cielo desde el 12 de abril de 2001); Concepción Igea (nacida a la tierra en 1924, viva en ella y el cielo desde el 22 de julio de 2010).

In God's own time we shall meet again.

miércoles, 20 de julio de 2011

Las tijeras y el cuarto de los rayos X


Hacía calorcito y se estaba bien allí, cosiendo mamá, en la mesa camilla y con el brasero dentro. Parecía que siempre era enero fuera.
Pero entonces ella, tras la que parecía una invitación o una sugerencia, se lo pidió con firmeza.
"Las tijeras me las he dejado en la consulta del abuelo antes sin querer... ¿me irías tú a por ellas?..."

Era un juego que su madre le proponía para aprender a vencer el miedo. La casa heladora, el pasillo largo y sin luz apenas, y allí al final, en un cuarto siniestro, los temidos rayos X. Siempre imaginaba que alguien, un paciente de su abuelo, podía haberse quedado escondido. Él, o al menos su esqueleto, ahí quieto, esperando para dar a alguien un susto de muerte. Además la idea de salir del calor del brasero y tener que enfrentarse sola, no más de seis años, al frío y a la oscuridad que se le hacían eternos, le daba no solo miedo, sino también pereza.

"Venga, vete a por ellas..." Era una petición que no lo era, el tono de cariño pero con exigencia. Había que hacer lo que no se quería o no apetecía, la vida era también eso.

Así media infancia: yendo a por las tijeras al cuarto de los rayos X.
Luego vinieron otros miedos en la adolescencia y otros distintos o iguales en la madurez, acercándose a los cincuenta.
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No sólo es miedo. Es también pereza de enfrentarse sola, en mitad de la oscuridad y el frío de un corredor largo e interminable a veces, para ir a buscar unas puñeteras tijeras, las que sean, dejando atrás el brasero donde te quedas adormilada, tranquila y quieta.
Miedo, soledad y pereza a partes iguales y siempre. Siempre, siempre, siempre.

lunes, 18 de julio de 2011

Amarillo sol portátil (Los colores del verano, 4)

Paro el coche en medio del campo. Traigo las tijeras recién afiladas. Los cojo de una esquina, a veces algunos solitarios que crecen despistados. Uno para mi tía, otro para mi prima, el resto para nuestra casa.

Pones flores amarillas y una habitación cambia. Pero ya girasoles , tan grandones, es una provocación, son de una alegría desaforada.

El girasol no es una flor, es un pequeño sol portátil, y eso que le da la espalda.

Amarillo limón, menos cálido. Un centro de limones y la cocina se da otro aire.

Espero invitados. Limonada encima de la mesa de la entrada con un poco de hierbabuena y hielo en abundancia. Y pan con nocilla. Y nesquick por si acaso.

Y, por supuesto, pipas, un verano sin pipas no es verano.

sábado, 16 de julio de 2011

Negro resucitado (Los colores del verano, 3)


-¿A qué no sabes de qué pájaro es esta pluma?

Carlos me muestra una pluma inconfundible. Parece negra, pero a la luz se tornasola en verde. Me atrevo.

-¿De una urraca...?

Carlos sentencia.

-Aquí les llamamos maricas y son muy malas, acaban con todo.

La carretera que decíamos "de las maricas" era la que cruzaba Boecillo desde Tudela a Simancas.

Este negro es parecido a otro negro aún más verde, el de las avefrías que andan por Castronuño en invierno. Y más a otro negro, el de sus parientes, los rabilargos, grises, azules y negros, que cruzan las encinas a un lado y otro de la carretera cuando voy por Torrelobatón hasta Urueña, un camino que me pone alegre.

Las plumas de algunos pájaros tienen ese negro que de tan negro ya no lo es, se hace azul o verde, incluso amarillento. Es un negro resucitado.

(Fundido a negro)

Noche de insomnio. No es ni el calor ni el ruido, pero me despierto. No enciendo la luz. Prefiero la penumbra y hundirme con paz en ella.

Salgo de casa. El olivo, los chopos, los pinos, los prunos y hasta las adelfas oscuras. Éste es un jardín negro. Me acerco a la piscina de tinta negra. Nado en tinieblas y en silencio. El muro está de luto, velo de iglesia. Negro ala de mosca, negro de hormiga negra, de las buenas (según Carlos, son las grandes), o de las malas (de nuevo, según Carlos, son las pequeñitas, que muerden rabiosas lo que encuentran). Negro cucaracha como un charol reluciente. Tengo que poner trampas para que se mueran. Olimpia es una masa peluda aún más negra que husmea buscando un gato que no aparece.

Me seco. Me meto en la cama. Me duermo.

Al salir a la superficie de la noche, cuando la luz choca con ellos, los negros vuelven a sacar los colores que tenían por dentro o por fuera: jardín verde, agua transparente que deja ver el verde de las teselas, muro blanco y perra negra, pero menos.

Dejo la pluma de la urraca sobre la mesa de la entrada: un día más y una noche menos.