Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

lunes, 5 de octubre de 2015

El encanto de no tener que caer bien ni a todo el mundo ni todo el tiempo (inventario de antipáticos ilustres y cómo lo hicieron)

Llevo años pensándolo. 

Como me pasa con otros temas, fantaseo con la idea de escribir un libro sobre el arte o el encanto, la liberación desde luego, de no tener (ni querer) caer bien ni a todo el mundo ni todo el tiempo.

El libro tendría un suculento capítulo sobre antipáticos ilustres. Bueno, no antipáticos en  sentido estricto, pero gente que ha pasado 100 pueblos de tener que conseguir gustar, desde San Pablo a Fernando Fernán Gómez.

Que ha vivido libre, en definitiva, y ha dicho y ha hecho -sobre todo lo último- lo que cree en conciencia que tiene que hacer o decir, no lo que genera más aceptación o más asentimiento, o más simpatía general. O más retwits. O más lo que sea.

Sí, sé que hay muchos matices y que, aunque no se pretenda gustar, es bueno ser amable. Más que nada porque ser amable es bueno, no porque se hagan más "amigos" con eso. Y que comunicar en muchos campos es fundamental, sobre todo si por comunicar consideramos no sólo decir (persuadir, más bien), sino escuchar.

Sobre la escucha y el silencio tengo otro libro pensado, pero como no tengo tiempo tampoco lo escribo, solo fantaseo.

Algo hacemos mal cuando el parecer de los demás, que tan fácilmente es manipulable, sustituye e importa más que ser y hacer.

Las redes sociales no han hecho más que añadir leña a todo esto y te lleva más tiempo atender a éstas y analizar qué dicen, cómo lo dicen, etc... que hacer algo realmente. Lo sé porque el 60% de mi trabajo profesional es más esto que otra cosa. Y estoy muy cansada. Y no me creo ya nada de nadie. Bueno, solo lo que dice el Credo.

Esto de que el foco sea hoy lo que otros piensan (supuestamente) de ti  y no lo que haces o eres, en política es evidente. Pero es que también lo veo en otros lugares.

Hoy lo comentaba con una amiga. Le decía que a mí me parecía que la mirada sobre Santa Teresa es más limpia cuanto menos (pretendidamente) religioso es quien habla de ella habitualmente (hay excepciones, bobos hay en todas partes).

Y me decía ella  "porque no pretenden contentar al respetable "de enfrente". Dicen llanamente lo que piensan". Y es que con la sana intención -asumo- de atraer a quienes no son creyentes, se dicen cosas tan hilarantes como que Santa Teresa era  feminista, o sería empresaria hoy si viviera. Bobadas quizás para hacerse con un público que Santa Teresa, por cierto, no necesita. Porque ya lo tiene. Y lo tiene precisamente porque no tiene que caerte bien. Ni lo pretendía ella. Prefiero pensar que se pretende eso -atraer a la fe, la buena nueva hay que comunicarla de modo que se entienda- a que realmente se piense o se reduzca a Santa Teresa a eso y que nos conformemos con la mirada "del mundo". Era mucho más: era una santa y escribía, además, de muerte. Creo que hay una sutil diferencia entre que te entiendan a acabar hablando en un lenguaje que es el de las audiencias y para lelos.

Lo dicho. El discreto encanto de la antipatía. El arte de no tener que promocionarse siempre. La virtud de ser el tipo que nadie quiere tener por amigo últimamente. Seguidores cero.

Qué libertad, madre, qué libertad más estupenda.



domingo, 4 de octubre de 2015

Vidas pequeñas

Acabó el verano de acogida con sus alegrías y su cansancio. El otoño se inicia con un bajón de ánimo. Santa paz, trabajo, dormir (intentarlo al menos) y  pensar en silencio. Y sobre el silencio.

"Más bajo, por favor". Una petición para que el estruendo y ese runrún constante de la interrupción, no sólo sonora externa sino interna, deje paso a observar qué sucede.

Y suceden muchas cosas buenas.
Atenta a las vidas pequeñas.

Las de las niñas allá en Ucrania, tan lejos. A veces lo mejor que puedes hacer por alguien es rezar además de mandarles ropa, alimento, escribirles y agradecer a su madre su  enorme sacrificio. Sé qué tiempo hace en Rokytne, cuándo llueve, como sé también el tiempo de Londres y Salamanca y de otros cuantos puntos geográficos estratégicos, allí donde tengo a gente que quiero.

Día 2 de los Santos Ángeles Custodios seguido del día 3, Día Mundial de las Aves. Va de aladas presencias, mensajeros de Dios ambos.

Y hoy San Francisco de Asís, il poverello. Más pequeño es más grande en el cielo.

lunes, 2 de marzo de 2015

Seguridad doméstica y pájaros

Un trozo de carne es siempre un trozo de carne. Es lo bueno de cocinar, que no siempre todo sale como esperabas. No son matemáticas ni gastronomía. Simplemente hay que alimentarse todos los días, disfrutar lo que se pueda, seguir adelante.

Bizcochos que se desparraman en el horno y a los que les sale un pie como de avestruz, trenzas apelmazadas y, a la vez, algún discreto éxito. Seguridad doméstica de poner la lavadora y sacarla, tender, doblar, guardar. Sísifo y refugio. En esa rutina doméstica me anclo.

Repaso las fotos y los dibujos. Es un modo de escuchar y mirar, de matar mi runrún interior para contar lo que pasa. Ni uno solo cae sin que vuestro Padre Celestial...

Leo "El padre infiel" de Antonio Scurati de una tacada. Lo he disfrutado.

A veces necesito confirmar leyendo que una novela puede ser eso, cuatro pinceladas bien dadas, unos trazos. No hace falta complicarse.


lunes, 9 de febrero de 2015

Niña mimada ( y 5)

“No soy mujer para ti. Lo sabes ya, Juan, como lo sé yo…”


Le estaba haciendo un favor adelantándome a él. Si hubiera sido otro tipo de mujer habría dejado que fuera él quien tuviese que dar el paso o esperar una infidelidad, una coartada para romper con una causa de por medio como tantas veces se hace por miedo o pereza. Pero yo no soy así. Es la clarividencia de mi abuela que sale a flote o quizás su fortaleza. O puede que sea el orgullo, otro tipo de temor o la falta de ganas para empeñarme en algo o en alguien, esa autosuficiencia que Juan descubrió en mí, saber que me puedo llegar a bastar sin nadie a pesar de la soledad que arrastro desde pequeña. El caso es que yo le abrí la puerta a tiempo.

Pasamos aquel último fin de semana juntos en Vermont en casa de unos amigos sabiendo los dos que aquello se acababa. Pudimos no hacernos reproches ni daño, tratarnos con algo que parecía amor, quizás lo era. Gracias a ello conservamos el cariño y la amistad más de veintitrés años después. No nos vemos mucho, pero nos llamamos de vez en cuando. “¿Cómo vas?”, “He estado fuera”, “No, no salgo con nadie últimamente”, “Sabes que puede contar conmigo para lo que quieras…”

Juan me ayudó mucho. Es cierto que era otro niño mimado. Con las mujeres no fue una excepción. Dos divorcios y una vida sentimental sin asentar, con continuos vaivenes a sus cincuenta años, es la confirmación de lo que vi en él. De cerca, en la intimidad, un caprichoso común, un tonto global, o los simples vagos o diletantes, suelen ser más fáciles de trato y convivencia que alguien como él. Porque Juan tenía un peso distinto, mas matices y una soledad interior temblorosa y profunda que él ocultaba cuidadosamente. 

El vacío, la desnudez de fondo y esa tristeza lenta y oscura que algunos hombres no muestran es lo que te hace amarles más cuando ya no estás enamorada. Es entonces cuando realmente comienzas a quererles. Él además fue mi primer novio serio, el que me habló sin tapujos, a la cara. Me hizo sentarme a la mesa como los demás, como los adultos de verdad, y comer sin hacerme de rogar o haciendo esperar a nadie. Quizás no con las maneras que a mi abuela le hubieran gustado ni comiendo de todo, incluso potaje, que me horrorizaba. Juan, estoy segura, se lo habría dado a mi perra Tana por debajo de la mesa, sin que se enterasen los mayores, y, encima, quedando bien, poniendo luego los codos en la mesa con su sonrisa desafiante. Es como si le estuviera viendo.

Era así Juan. Lo es. Hoy le recordé al verle en las páginas salmón del País en una entrevista que la hacían, firme y seguro, su debilidad a salvo, las palabras siempre duras pero correctas.

“Tú no querrás ser una niña mimada, ¿verdad?...”

Cada mañana me miro en el espejo y me vuelvo a hacer la misma pregunta. Suena también aquel “Caprichos no” contundente de mi infancia. Como mi abuela soy capaz de saber antes que otros qué pasa y me atrevo a nombrarlo aunque me tiemblen las piernas. Una mujer abre los ojos con sueño, pero también con curiosidad y esperanza. Soy yo. No hay nada más ni nadie a esas horas en la casa. Está la que soy, Laura, solo yo. Laura sola y de frente.


La vida está ahí para no darnos aquello que queremos, lo que tanto deseamos por dentro. A veces puede ser una ilusión pasajera. Otras es algo constante que late con fuerza al compás del corazón cuando la soledad crece con el tiempo haciéndose más dura, seca, hasta acartonarse, abriendo un hueco cada vez más amplio y negro. Entonces te sorbes los mocos y caen todavía unas lágrimas. Sin rabia y con calma sé bien que ahora ya puedo decir "No abuela, no soy una niña mimada" mientras me siento en la mesa de los mayores y como con apetito lo que cada día hay en el plato aunque no me apetezca. Quizás un postre me aguarda aún en lo alto de la alacena aunque yo no pueda verlo. 

domingo, 8 de febrero de 2015

Niña mimada (4)

Pronto acabé por descubrir que Juan era también otro tipo de caprichoso y que compartía con algunos de aquellos “tontos globales” de Mara ciertos modos. No tenía todavía mucho dinero, estaba devolviendo el préstamo del máster a duras penas. Tampoco contaba con un padre al que acudir para pedir dinero o solucionar problemas. Ambas circunstancias le hacían diferente, un hombre frente a tanto niñato, también más ambicioso por conseguir lo que otros tenían de nacimiento.

Era así Juan un caprichoso en cierto sentido maduro, adulto, acostumbrado a hacer su voluntad porque la había entrenado a conciencia y nada se le había regalado. Pero la seguridad que esgrimía hacía aguas en cuanto no conseguía lo que quería o se le llevaba la contraria. Ese ansia por no se sabía bien qué, nunca contento por dentro, inquieto pensando en la siguiente jugada, acababa por hacerle imposible para quienes le queríamos. No, desde luego, para los que veían en él alguien perfecto de quien aprovecharse, con quien crecer a su sombra, tan fácil era engañarle si le bailabas el agua. Esos permanecían bien cerca como parásitos mientras él no se daba ni cuenta. En cambio, nos reprochaba nuestra supuesta falta de apoyo al resto, se distanciaba y nos alejaba al cabo del tiempo.

Yo supe todo esto relativamente rápido, a los pocos meses de vivir juntos. De mi abuela Marta heredé esa rara consciencia de ver pronto a los hombres, aun estando todavía enamorada, queriéndoles. Es una bendición que me evita males en el largo plazo, pero también una maldición que me impide ese ciego amor que tantos años de felicidad puede llegar a proporcionarnos si continuamos en el resplandor del enamoramiento.

"Juan, no te puedes poner así conmigo", "Juan, creo que no tienes razón en eso", "La vida no es justa, Juan, no es cuestión sólo de esfuerzo o mérito, simplemente las cosas no siempre son como querríamos tú o yo”, “No todo lo podemos tener cuando lo deseamos, Juan”…

Desde que empecé a ver cómo era, apagada la fascinación inicial que sentí por él hasta que rompimos, pasaron unos pocos meses. Fue algo lento y sin grandes roces, una deriva indolora y suave. Durante ese tiempo él también descubrió cosas en mí que no me gustaban nada, pero que estaban. Algunas quedan todavía. En otras él me hizo cambiar porque yo era entonces más dócil por dentro y por fuera.

"No es timidez lo tuyo, es que eres demasiado orgullosa para fracasar, eso es lo que te pasa, Laura...", "Te faltan ganas o verdadera necesidad, por eso no tienes ambición, no te empeñas”, “Has nacido con muchas cosas y gratis, te basta así con ir tirando de lo que tienes, de lo que se te ha dado...", "Eres una vaga en el fondo a la que le es fácil juzgar a los demás que luchan porque tienen menos”, “Tú te bastas a ti sola, ¿sabes?, serás siempre una niña rica, Laura, por eso desprecias a los que se afanan tanto como yo…" , 

"Dices que no quieres hacer daño a nadie, pero es cobardía. Es a ti a quien no quieres que le hagan daño, no te engañes, es más cómodo siempre estar dos pasos atrás como tú estás..."


"La vida está para mancharse y tú no puedes salir limpia, Laura..."

viernes, 6 de febrero de 2015

Niña mimada 3)

Me fascinó Juan. Parecía fuerte y admirable, libre e independiente. Su vitalidad desbordante hipnotizaba. Reunía además ese algo de chico malo, que tanto atrae a algunas mujeres, con lo mejor de los hijos de los cachicanes de la finca de mi abuela: hacer lo que le daba la real gana poniéndose al mundo por montera. A la vez tenía el sólido entrenamiento de los que avanzan exigiéndose a sí mismos, sin presión o demandas externas. También era listo de natural. Estaba allí en el mismo banco de inversiones que yo, pero él por méritos y un currículo impresionante ya a sus veintiséis años, nada de favores de familiares o conocidos.

Juan no paraba. Donde otros llegaban a duras penas él iba sobrado por ganas y horas que echaba, por su pasión y dedicación. Quería llegar a algo, a alguna parte, una ambición natural que él alimentaba febrilmente con una actividad sin descanso porque nunca nada era lo bastante, lo suficiente. Logrado algo no se relajaba, pasaba a lo siguiente sin pausa y sin disfrutar lo que había conseguido, permanentemente insatisfecho.

Había de todo en aquella época en Nueva York: los que valían y venían como Juan a Estados Unidos, estudiaban con beca y trabajaban con esfuerzo y sin recomendación; otros muchos como yo, nada brillantes, pero laboriosos y constantes, incluso tercos, conscientes de la suerte de tener una oportunidad como aquella; y, luego, los diletantes, vagos o tontos, niños mimados en su mayoría, que no estudiaban nada, a quienes muchas veces se había acabado por enviar al otro lado del charco para que volvieran con un máster o un curso en una universidad rara o una experiencia profesional incierta y casi inexplicable, lo que fuera que acabara teniendo valor en territorio español por puro desconocimiento.

“Tontos globales” Mara, mi primera compañera de piso, los calificaba así. Y luego agregaba “Y éstos, que además de no saber nada y ser vagos, tienen muchas ganas de subir y figurar, ya verás qué bien se colocan al volver, aunque no sepan hacer la o con un canuto, ya lo verás, Laura. Algunas personas en España piensan que por decir cuatro palabras en inglés y haber estado fuera ya vales. Hay muchos tontos y de muchas clases en todas partes…". Tenía razón Mara, me acuerdo de sus palabras a veces.

"Vale, Juan, vente al apartamento, pero no se puede enterar mi familia, por favor, se llevarían un disgusto… Si lo llega a saber mi abuela…" Fue muy rápido todo entre el fogonazo fulgurante del enamoramiento, ese sol y neblina que te rodea, y mi soledad de niña huérfana que era muy amplia, inmensa. Mara se marchaba además, y yo no podía con el alquiler sola. Todo vino rodado. Recuerdo la ilusión de aquella mudanza y los primeros días de convivencia con Juan, la sensación de llevar por fin una vida adulta, el amparo que me producía tener un hombre a mi lado, en mi casa, en mi cama, su cuerpo en el mío protegiéndome.


martes, 3 de febrero de 2015

Niña mimada 2)

“Tu abuela es toda una señora” decía María con devoción. Así llegué a creer hasta que fui mayor que las señoras de verdad bebían jerez a media tarde, usaban bastón y eran capaces de notar lo que ocurría en el interior de las personas y qué se podía esperar de cada una de ellas. Mi abuela tenía una clarividencia rayana en lo prodigioso. Viuda también como mi padre a edad muy temprana, ese modo de llegar a conocer a los demás no sé bien qué era, si algo natural o la experiencia de haber tenido que sacar adelante sola negocio, finca y familia. Lidiar desde joven con tanto, sin el apoyo de un hombre, y en un mundo hostil a una mujer como lo fue la España de los años 40 y 50, le hizo desarrollar algo que quizá ya tenía de nacimiento: la capacidad de saber rápido lo importante y la fortaleza de seguir esa intuición sin que el deseo o la esperanza nublara su conocimiento sobre algo o alguien, la realidad siempre de frente y con su nombre puesto.


Recién acabada la carrera me mandaron a Estados Unidos. “Hay que quitarle el pelo de la dehesa” sentenció tío Joaquín, “esta niña tiene que salir de España, ver mundo y trabajar”. Mi padre dejaba que su familia, tan variada, interviniera en nuestra educación, él al margen desde la muerte de mamá, vencido y también inapetente a su manera.

Viví en Nueva York tres años, un descubrimiento y una gran pasión desde entonces. Salí del pequeño mundo en que tantos ambientes en nuestro país, provincianos o no, acababan por convertirse. El mío no era una excepción.

“I'm still paying the loan for the university...” Los estadounidenses ponen a sus hijos a trabajar temprano. Es un modo de educar distinto al español. Da igual de quién seas hijo ni el dinero que tengan tus padres. Todos mis compañeros americanos del banco llevaban trabajando de un modo u otro desde los dieciséis años. Acabado el instituto, a veces antes, tenían un empleo los fines de semana, los veranos, lo que fuera para ganar su propio dinero. Sin excepción todos habían contribuido a pagarse la universidad, también vivían desde la mayoría de edad fuera de casa de sus padres. Pero eso no impedía que hubiera caprichos y caprichosos. Los había de otra manera.

Habíamos estrenado los 80 y yo había sido educada en la contención en el gasto y en la posesión, algo debido más al contexto de España, aún sobrio, que a los medios de tu familia. Todos gastábamos menos. Llegué a Estados Unidos y me quedé impresionada: el armario de una americana media era inabarcable, repleto de ropa, tres veces más que el mío. 

Yo no sabía que se pudiera tener tanto de vestir ni que cupiese. Eran ellos mismos, mis compañeros, no tanto sus padres, los que se concedían mil y un caprichos con el dinero que ganaban alentados por ese ambiente general de consumo sin parar, inédito entonces para una española nacida en los 60. Para mis colegas siempre había algo que comprar en alguna parte, el shopping formaba parte del ocio, de la vida entera. Todo era grande además: platos de comida a rebosar que no había quien acabase, coca colas de dos litros que se tomaban una tras otra como si fuera agua corriente. Y todo también demasiado, porque en general era más barato o se ganaba más que en Europa: cinco barras de labios en vez de dos, aparatitos para cualquier tarea en la cocina, en el baño, en el garaje, cachivaches por doquier, a reventar a menudo estantes, cajones, a veces casas enteras en un desorden permanente por saturación.


“Me llamo Juan Rodríguez Alcázar, trabajo en la planta cuarta, nos hemos visto ya, ¿no?” En una fiesta del trabajo se presentó. Yo, tímida, observaba como siempre un paso atrás. Claro que ya me había fijado en él, siempre riéndose y rodeado de gente. Lo que no sé todavía es qué encontró en mí. Nunca fui guapa y allí sólo era una niña bien de las muchas que las familias españolas con posibles empezaban a enviar a Norteamérica, siempre callada y, desde luego, nadie especial en esa ciudad con chicas y mujeres de todo el mundo interesantes y distintas, muy para gustar, atrayentes.

lunes, 2 de febrero de 2015

Niña mimada 1)

“Caprichos no.”

La abuela Marta presidía la mesa, papá medio ausente en la otra cabecera y nosotras cuatro, las niñas, a los lados.

“Si no te lo comes ahora, lo tendrás para cenar. Y si sigues así, volverás a comer en la cocina…”

Era una advertencia más que me repetía la madre de mi padre para hacerme reaccionar. Acababa yo de cumplir los diez años, la edad en que se nos permitía compartir desayuno, comida y cena con los mayores en el comedor, un paso importante y anhelado. Yo comía fatal, no sólo poco, es que no me gustaba nada, un martirio era alimentarme con lo que fuera, salvo lo dulce, lo único que admitía con ganas. Volver a la cocina significaba una humillación completa, y yo quería estar en el comedor aquel de muebles oscuros y grandes, feos, con los adultos. Bastante malo era ser el último mico de la casa, la pequeña.

Tomé rápido las cucharadas finales que me faltaban de aquel potaje, uno de los platos que más me costaban, con sus espinacas nadando, el huevo duro deshecho y repugnante, las zanahorias y el bacalao, todo un asco. Era un viernes de Cuaresma. María desde una esquina del cuarto me daba ánimos con la mirada. Tana, echada al lado de la chimenea, me observaba también, prohibido acercarse a la mesa, siempre a distancia los perros para que no molestasen. 

“Tú no querrás ser una niña mimada ¿verdad?” era la reconvención final y habitual de mi abuela, en esa ocasión yo a punto de llorar por vergüenza. Los demás esperaban pacientemente a que yo acabase. El postre, buñuelos para compensar el rigor del plato único, en la alacena, cubierta la fuente con una tapa de cristal. Yo no alcanzaba a verlos, pero sabía que ahí estaban.

“¡No, no quiero ser una niña mimada, claro que no quiero!” Lo dije con rabia, casi gritando. Las lágrimas de indignación me caían mientras me retiraban el plato sopero vacío que tanto me había costado. 

Podía ser una niña sin hambre y sin madre, pero desde luego no quería ser mimada de ninguna manera. Era una ofensa hiriente que me hacía lloriquear de furia sólo porque alguien lo insinuase, mucho más mi abuela y allí, en mitad del comedor, todos presentes y callados. Solo Tana parecía reaccionar ante mi enfado puesta en pie y gimiendo, mi único apoyo con María que en la cocina hubiera hecho la vista gorda si no me hubiese acabado los garbanzos. 

Era lo peor que se podía ser a finales de los 60 en mi familia, una niña mimada. Las había en el colegio, no muchas. Niñas que querían ser el centro de atención, acostumbradas a que sus padres cedieran a sus caprichos y a quienes tenían en jaque. Montaban la de San Quintín si no conseguían lo que deseaban inmediatamente. No había quien pudiera con ellas, eran unas cursis, unas remilgadas y todo lo que me espantaba ser. El capricho y el deseo constante han sido una forma de debilidad insoportable para mí, algo de lo que avergonzarse y ocultar bien dentro, que no se entere nadie.

Había también niñas malas, pero tenían su gracia, tan procaces y deslenguadas como eran, esas mayores que fumaban a escondidas en el patio y soltaban de vez en cuando un taco con precisión y cierto estilo mundano. No estaba bien ser así, pero eran, sin comparación, mucho mejores que las mimadas.

“Las consientes demasiado” oí una vez que le decía la abuela a mi padre. “Es lo normal en tu situación, y te comprendo, pero no les haces ningún favor. A los niños hay que saber decirles que no. Tienes que aguantar el chaparrón de que tus hijas lleguen a pensar, o incluso a decirte a la cara, que no las quieres porque les niegas algo. Hasta entonces, hasta que aguantes ese reproche o su pequeño odio, no sabrás lo que es ser padre.”

Ahí estaba ella, su madre, para educarnos, niñas huérfanas pero no por eso mimadas, Dios no lo quisiera. Ser mala era atrayente, pero sobre todo yo quería ser como los hijos de los cachicanes, los guardas de la finca, a su aire haciendo lo que les daba la real gana, descalzos, sin horario ni obligaciones.

“¿Y por qué no puedo yo ser como ellos?” “Porque ellos no tienen lo que tú tienes” era la respuesta inevitable.

Crecí envidiando a esos niños libres y medio salvajes y adorando a mi abuela a la vez, temiendo también su mirada azul y certera que traspasaba.

martes, 27 de enero de 2015

Otro tipo de signo tatuado a fuego

Aunque dicen que nuestros jóvenes españoles forman la generación más preparada de la historia, yo no lo creo. Creo que es la más titulada, pero no la más preparada. Ya lo siento.

Su desconocimiento e ignorancia, unido a la apatía y al egoísmo de las generaciones precedentes a las que yo pertenezco -es la "economía" lo que cuenta, dejemos la universidad y las escuelas en manos de ineptos- hacen que los eslóganes viajen muy rápido.

Así se explica que muchos repitan y crean ingenuamente que vivir en este pedazo de tierra es una especie de salvaguardia. Léase ese "España no es Venezuela" o que en Europa estamos a salvo de lo que sea. Olvidamos así que muchos gulags estuvieron en suelo europeo que en el tiempo están aún más cerca que el espanto de los campos de exterminio nazis.

Hoy, 70 aniversario de la liberación de Auschwitz,  quizás convenga recordar que el horror es siempre posible, y que no hay nada que lo detenga si no nos creemos capaces de él. Y, en consecuencia, vigilantes siempre personal y colectivamente.

No hay un escudo protector. La libertad siempre cuesta. Los cristianos perseguidos y exterminados en Irak o en Nigeria, los venezolanos aplastados, etc., etc., etc.  Si alguien cree que esto no puede suceder de nuevo, que no está sucediendo de alguna manera, aún diferente, por supuesto, y que uno puede llegar a ser víctima, pero desgraciadamente también silencioso o hasta activo cómplice, creo que se miente.

Junto a ese "yo soy nazarena", por ejemplo, quizás convendría tatuarse a fuego otro tipo de signo que nos recuerde lo fácil que es para cada ser humano deslizarse por apatía, comodidad o ingenuidad, también por miedo, hacia el papel de los que hacen posible el horror o, mirando hacia otro lado, consienten. Aquí o donde sea. 

http://youtu.be/brC0yW0J1B8



miércoles, 14 de enero de 2015

La vida oculta de todo

La nueva cámara me deja acercar lo que está lejos. Puedo fotografiar pájaros y verlos mejor a través de la propia máquina, incluso descubrir en la foto luego lo que mi miopía, que sigue creciendo, no me deja.

Pero lo que ahora más me interesa es lo oculto de lo que tengo más cerca. La trama del mantel, los cristales de hielo que quito del coche, el gotelé como un inmenso desierto blanco sin osos polares a la vista...

Para no acabar loca o llevada por ese vendaval de la aceleración, necesito más silencio y celebrar la vida oculta de lo más pequeño, su quietud o movimiento, su belleza.


domingo, 11 de enero de 2015

Bloody Mary/Igualdad de oportunidades (3 de 3)

Recordó Kate entonces el manual difundido en su universidad sobre acoso sexual. Más de treinta páginas de prolijas definiciones sobre qué es acoso sexual, con soluciones jurídicas sobre cómo defenderse y librarse de él y denunciarlo. También de consideraciones y orientaciones extralegales, tales como la de la patada en salva sea la parte. Una guía que era parte fundamental de la extensa política de su universidad sobre igualdad de oportunidades, no discriminación, protección de las minorías y gestión de la diversidad.

Pero Kate por un momento consideró que no había caso. El tipo aquel no parecía ni peligroso. Se lo podía quitar de un manotazo. Y no, no iba a confiar en él. Su cupo de confianza en los hombres ya se le había agotado. Pero le dejaría desayunar a su lado. Tampoco había mucho que hacer aquella mañana. Se sintió generosa, buena, o quizás todo lo contrario.

Para empezar Sam se tomó  otro Bloody Mary para acompañarla, y ella quiso tomarse otro más para soportarle. Fue entonces cuando Kate empezó a encontrarse en ese punto en el que empieza a importar muy poco todo: los planes hechos, las decisiones tomadas, el ayer, el hoy y el mañana, las causas y los efectos, los quiénes y los porqués, y hasta cómo una se ve o ve a los gordos, miopes y calvos muy pesados. Sobre todo cómo una se ve: ese fue el principal efecto de aquella maldita Mary en Kate aquel día de caluroso verano.

Él iba a ir esa mañana a la Cuesta Moyano, un mercado de libros de primera y segunda mano, cerca del Jardín Botánico y del Retiro. Sonaba bien. Accedió Kate sin saber de nuevo por qué. El barman debía de haber utilizado un vodka francamente bueno. Cambió así ese día su plan. Y volvió a cambiarlo al día siguiente. Y al otro también decidió cambiarlo. Y al día siguiente del otro día volvió de nuevo a cambiarlo. Y así el resto del mes de vacaciones tampoco hizo Kate nada de lo que tan cuidadosamente había programado.

Pudo ser el calor sofocante de Madrid o el Bloody Mary de ese hotel con aquel patio cerrado con los techos con velas blancas que mantenían  algo el fresco en verano. También que ciertas insistencias a veces acaban por ser recompensadas. O que los gordos, calvos, miopes, sudorosos y, encima, extraños, pero americanos, que hablan inglés y que viven en Nueva York, tienen sus encantos escondidos. O quizás que hablan un lento lenguaje, menos evidente que el que parece, pero luego interesante. Digamos que todo pudo ser. Quizás también que Yahve es mucho Yahve y que todo está en sus manos. O que ella se sentía sola, no sólo que lo estaba. Y que él era pesado, muy pesado.
La boda fue el pasado el año en la sinagoga más antigua de Nueva York. Fue otro día de mucho calor de verano, con una humedad del 76%,  todos sudando.  En la ceremonia, sólo los más allegados, Samuel Goldberg siguiendo la tradición rompió con su pie una copa envuelta en una servilleta. Al abrirla Kate Anastasia Lindbergh, desde entonces Kate Anastasia Lindbergh-Goldberg, (de señora de alguien, nada), vio que era la de aquel Bloody Mary del hotel, llevaba las iniciales. Sam había guardado esa copa aquella mañana de hacía aproximadamente un año. 

Desde entonces viven los tres –ella, él y ese gato cada vez más sordo y anciano- en el apartamento de Kate. De vez en cuando toman un Bloody Mary siempre excelentemente preparado, todos los ingredientes y todos bien mezclados. Es una bebida que ayuda a bajar la guardia y a olvidar en su caso las treinta y tantas páginas detalladas páginas del manual sobre acoso sexual que forma parte de la política de diversidad, igualdad de género e inclusión de minorías, que Samuel Goldberg, como destacado miembro de un despacho de abogados de Nueva York, ayudó a redactar en su día para el Equal Opportunities Department de la universidad de Kate. La vida tiene estas cosas cuando se habla de oportunidades. Aunque opportunities y chance no sean lo mismo en inglés, pero es igual. No vamos a ponernos pesados con eso de las lenguas, los lenguajes, las distancias, las soledades y las diferencias semánticas y sexuales.

sábado, 10 de enero de 2015

Bloody Mary /Igualdad de oportunidades (2 de 3)

Cierto tipo de aventuras podían estar bien siempre que ambas partes hablasen idiomas diferentes. Mejor siempre esporádicos encuentros con lenguajes diversos y, a ser posibles, lejanos. Así no había que llegar a entender nada: sólo el contacto justo y necesario.

Un encuentro en Nueva York o en Europa con alguien de allí o de paso, que fuera a lo suyo, con el interés en algo concreto y exacto, un italiano, un español, un mexicano, un griego, un turco o un portugués, alguien que tuviera todas las posibilidades de no volverle a ver, entraban dentro de lo previsto y hasta de lo esperable. Pero con un extraño del tipo americano medio, pesado y, encima, pretendidamente amable, eso no podía ser. No entraba para nada en el guion y no iba a permitir que le pasara. Un matrimonio y un divorcio ya habían sido bastante.

Ahí estaba Kate por fin en el hotel. Qué felicidad más grande poder ducharse, el agua cayendo sobre la espalda, lavarse la cabeza con calma, deshacer luego el equipaje y ordenarlo todo en el armario para bajar luego a desayunar sola, maravillosamente sola. Qué bien se está sola, pensaba.

Había ese caluroso domingo un buffet que pretendía ser un brunch colocado en el patio cubierto y bien acondicionado y un camarero que le dio la posibilidad de pedir un Bloody Mary, cortesía del hotel. Kate lo hizo con prevención. No sería la primera vez que le servían algo que no tenía nada que ver con el cóctel. No se trataba de que emularan al del Harry’s Bar de Nueva York, pero al menos quería que un Bloody Mary fuera lo que era: los ingredientes justos, el alcohol exacto, un zumo de tomate decente y esos otros ingredientes siempre tan olvidados. “A cualquier cosa le llaman Bloody Mary hoy ”, pensaba Kate.

Se lo trajeron en copa en vez de en vaso, poco ortodoxo, pero admisible al fin y al cabo. Quitó el adorno del trocito de apio. Aproximó la copa a sus labios y dio un primer trago. Estaban bien mezclados el vodka y el tomate.  Notó la sal y las dos pimientas, el sabor agudo y picante del tabasco y  el ácido del limón, la sal raspando. Lo paladeo con calma.  Qué bueno estaba. Se chupó los labios. Quien lo había preparado sabía su oficio. Tenía hasta la salsa de Worcester. "No le falta nada a este Bloody Mary". A ella le gustaba que a las cosas no les faltara ni les sobrara nada.

Se acomodó en el sillón. Realmente no se podía pedir más a la vida. Se había zafado del aquel pesado. Estaba tan a gusto sentada en el sillón orejero, hundida casi. Se imaginó al tipo aquel quizás deambulando sudoroso por Madrid, sin saber dónde ir o qué hacer. Y sintió algo raro, como una leve compasión, una pequeña punzada ahí agazadapa. Pero no tuvo mucho más tiempo para compadecerse, porque aquel miope, gordo, calvo, y, sobre todo, pelmazo, la pesadilla de Kate, bajaba en ese momento por las escaleras del hotel. No podía ser, le había visto ya y se aproximaba. Ella ya no se podía zafar, los huevos Benedictine en el plato, el pan, el té, todo a medio comer. Estaba atrapada. 

“¿No es gracioso que estemos en el mismo hotel?”, entusiasmado Samuel se  instaló a su lado. 

viernes, 9 de enero de 2015

Bloody Mary /Igualdad de oportunidades (1 de 3)

Tenía 37 años, seis libros publicados, un apartamento en Nueva York y un divorcio bien aparcado. También tenía Kate los amigos adecuados y una familia cuyos miembros estaban a la distancia que ella consideraba justa y necesaria: la de una conferencia telefónica dentro del mismo huso horario. 

Vivía con un gato algo sordo y anciano. Ahorraba con calma para un buen plan de pensiones. Cada año, disfrutaba de unas largas vacaciones que eran la envidia de sus conocidos, que rara vez podían tomarse ni dos semanas. 

Trabajaba en una universidad a cargo de unas asignaturas cómodas, una ventaja  que tienen las llamadas “humanidades”: pocos alumnos y habitualmente interesados. Esto le permitía administrar bien su tiempo, leer y escribir con paz y sin sobresaltos, y, también poder  viajar al extranjero cada verano. Ese año tocaba España. 

Sola de nuevo, ese enorme placer de ir a su aire y de no tener que rendir cuentas a nadie ni tener que negociar nada. Tampoco de llegar a ceder en su caso.  Ni siquiera de organizar algo para alguien más que para Katherine Anastasia Lindbergh. Un placer inigualable el de la soledad bien llevada. Y es que la soltería tiene muchísimas ventajas.

Llegó a la T4 de Barajas a las ocho y media de la mañana totalmente harta. Le había tocado un pesado en el asiento de al lado empeñado en entablar conversación y en saber dónde iba a estar en España y qué iba a hacer. Un tal Samuel Goldberg, un tipo gordo, totalmente calvo y con unas espantosas gafas de culo de vaso. Y, lo peor, que no le dejó ni dormir ni leer en todo el viaje, siempre hablando.

“Pesado, más que pesado”, rabió Kate desesperada durante las siete horas de vuelo. Abría su libro por la misma página una y otra vez, y se decía para adentro “Que me dejes en paz, pelma, ¿cómo no te das cuenta que yo quiero leer, que no me interesa nada de lo que me cuentas y que tampoco te voy a responder a tanta pregunta?”

Le lanzó hasta dos o tres miradas asesinas. Incluso cuatro. Pero o ella había perdido facultades, o él era tonto de remate. Samuel era de esos habladores impenitentes al que los monosílabos de Kate parecían darle todavía más cancha en vez de pararle. Una especie dura de roer, resistente, inasequible al desaliento, un luchador nato. Tenía además ese otro entrenamiento en palabras e insistencias que da trabajar de abogado.

Tuvo que fingir al final Kate que se dormía para no tener que escucharle. Al desembarcar decidió darle esquinazo sin despedirse siquiera, todo más fácil, como sólo saben hacer las mujeres que son hábiles.

Tres días en Madrid en un hotel céntrico, luego una semana con coche de alquiler, un par de amigos a quienes visitar en Barcelona y Málaga, varios viajes en tren. Como para contarle a un perfecto extraño a esas alturas de la vida qué pensaba hacer o no hacer ni con quién. Faltaría más tener que dar explicaciones a alguien. Mucho menos a un pelmazo. Además, aborrecía a ese tipo de desconocidos que quieren hacerse cercanos. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Una tierra nueva


Pasamos unos días en Carnota estas Navidades. Galicia con sol es el paraíso. Ocho días luminosos con frío (16 grados en la casa por la mañana) que llevamos con humor.


Lo que protege al lugar de mayores desmanes, tan habituales en la costa española, es su clima. Así que aprendes a dar gracias cuando hace mal tiempo y a disfrutar los días de sol brillante. Bueno, con que no llueva fuerte a mí me vale.

Mucho paseo por la playa y por el  monte camino a Cornido. Intentos de fotografiar a los pájaros (Sus Majestades me trajeron con cierto adelanto una cámara). Y, sobre todo, la sensación de que en la otra vida que nos aguarda habrá unos cielos y una tierra nueva.

No me imagino el cielo sin campo, sin mar y sin animales.

martes, 6 de enero de 2015

"Y ENTONCES ME DIO POR ASESINAR"-CUENTO DE NAVIDAD. Cap. 14: La Nancy no está. (6 de enero de 2013)

“La Nancy, la Nancy, la Nancy…”

Me acabo de despertar hoy como aquella mañana de Reyes, nerviosa e ilusionada.

“La Nancy, la Nancy, la Nancy...”, esa muñeca vestida de niña de colegio, de chica sofisticada o de enfermera, da igual. Es el regalo que he pedido en la carta a Sus Majestades. Todas mis amigas la tienen ya o están en vías de tenerla. Yo la quiero también. Me da igual de qué vaya disfrazada, siempre que sea una Nancy de las de verdad.

Veo mi ropa preparada en una silla: la faldita escocesa, el jersey fresa con la cenefa a juego, y los zapatitos merceditas ingleses color granate. Pero yo ahora no me voy a vestir. Me quedo con mi pijama de conejitos rosas, bajo la litera como puedo, llego mal al suelo que piso descalza, está frío, tiemblo al pisar. No tengo ni tiempo para ponerme las zapatillas. Oigo a mis hermanos que ya están aporreando la puerta del dormitorio de mis padres. “¡Que ya han venido los Reyes, que ya han venido, venga, levantaos, pesados!” 

Hasta que mis padres no se levantan, hasta que no les sacamos de la cama, no podemos pasar al cuarto de estar donde nos han dejado los regalos los Reyes Magos. No son más de las 7 de la mañana, pero nos abren por fin su puerta con los ojos hinchados de sueño. Nosotros ni lo sentimos, estamos demasiado emocionados. Y eso que hemos pasado la noche en un duermevela creyendo oír ruidos extraños, intuyendo sombras que se deslizan, entre el miedo y la ilusión. Si ves a los Reyes Magos no te traen nada, así que cierras los ojos bien fuerte por si acaso, te haces siempre la dormida.

Mi madre lleva su bata azul sobre el camisón, mi padre el pijama de rayas. Arrastran los pies delante de nosotros y, muertos de risa y agotados a la vez, nos acompañan al cuarto de estar. Mi padre hace la broma de rigor. El muy guasón abre la puerta solo un poquito y la vuelve a cerrar muy rápido diciendo “Huy, está saliendo un camello, no podemos entrar… todavía”. Nos ponemos a cien, le gritamos que a otro perro con ese hueso y nos abalanzamos sobre las puertas correderas. Hay luz al otro lado, se la dejan siempre encendida los Reyes Magos. Es la señal de que se puede pasar ya, allá vamos.  

Bajo el árbol de Navidad están puestos los paquetes. Miramos mis dos hermanos y yo rápidamente a la chimenea, pero ni nos detenemos. Luego lo haremos para comprobar que se bebieron la leche los camellos, que el coñac para Melchor desapareció y que quizá hay un pelo de la barba de alguien, un hilo de un manto o un adorno de una capa, algo que se desprendió de la comitiva real que esa noche llegó a nuestra casa. Los Reyes siempre dejan un rastro de magia, de realidad.

Voy corriendo al árbol. “La Nancy, la Nancy, la Nancy…” No puedo más, casi me hago pis de la ansiedad. Se me ha olvidado ir al cuarto de baño al levantarme. Abro el paquete más grande que tengo, con decisión rompo el papel y…

La Nancy no está.
No está.
No está la Nancy.

Hay una muñeca parecida a ella en esa caja. Pero no es la Nancy sino otra, distinta, diferente.
Es otra muñeca, esquiadora además. Vestida con jersey nórdico, un aire al que llevo yo cuando subimos a Navacerrada, pantalones negros, esquís chiquititos, y con gafitas.
Mona, sí, pero no es la Nancy. No lo es.  

Me quedo muy quieta. No sé bien qué hacer ni qué pensar. Bueno, sí: me empieza a subir por la garganta un nudo que conozco bien. Los ojos me comienzan a picar. Miro a mis hermanos. A ellos sí parece que los Reyes les trajeron lo que pidieron: el Exin Castillos, el juego de vaqueros de Comansi, la espada de romano, un balón.


¿Qué ha pasado? ¿Qué ha podido pasar? ¿Por qué a mí? Escribí mi carta y lo puse bien clarito: “una Nancy, por favor”. Además he sido buena. Sé que lo he sido, como lo saben mamá y papá. Soy una niña buena, o, al menos, lo intento siempre con todas mis fuerzas. Hasta rezo por ser mejor. 


Mi madre me mira. Sabe lo que está ocurriendo y lo que está a punto de pasar. Entonces se acerca, me acaricia y, con calma, me habla. “Nurieta, hija, los Reyes saben siempre más. Y sus Majestades habrán pensado, por lo que sea, que lo tuyo es una muñeca esquiadora, que es casi igual… pero diferente”.


Escucho a mi madre y la creo, aún teniendo todavía ganas de llorar, pero ya menos. Se me van pasando como por encanto. Y es que estoy tan contagiada por el ambiente de alegría y regalos de la mañana, tan ilusionada por la vida en general, que se me va rápido eso de romper a llorar porque no me hayan traído los Reyes justo lo que yo había pedido, sino algo ligeramente distinto a lo que pedí, a lo de las demás.

Por otro lado mis hermanos están armando la de san quintín con el balón, pelotazo va y viene en medio del cuarto de estar. Hay que esquivar la pelota, no puedo ni pensar salvo en lo brutos que son y el ruido que hacen. Mucho mejor ser chica, dónde va a parar, mil veces mejor ser niña. 

Bueno, sí. Es verdad. Yo quería una Nancy, es cierto. Me encanta la Nancy. Todas las niñas que conozco la tienen. Y yo la quiero además. Es tan bonita, tan preciosa, me gustaría tanto,  pero…

Miro a la muñeca esquiadora un ratito. Primero de reojo. Luego a la cara ya. Acabo por cogerla en mis brazos. Tiene su gracia al final, con esa pinta de atrevida, de valiente, de ir surcando las pistas, zas, zas, zas… Y, sobre todo, no tengo tiempo de pensar mucho más: son sólo dos días antes de volver al colegio, sólo dos. Así que tengo que ponerme ya a jugar, aprovechar lo que queda de vacaciones, siempre cortas, y hala, con la muñeca esquiadora o con lo que haya, es igual.

Además hay otros regalos que me quedan por abrir. Tengo tres paquetes más. En uno hay dos libros, uno de mayores, con dibujos antiguos, como los de casa de mi abuela, “La isla del Tesoro” de Stevenson, seguro que me va a gustar. El otro es de niñas,  de “Torres de Malory”, el que me faltaba de la colección.

Y en el segundo hay una sorpresa fenomenal, algo que parece un cuaderno un poco extraño. Tiene un cierre y un candadito dorado, las páginas color crema, forrado de tela escocesa roja y verde y con unas letras doradas que pone en la portada “Mi diario”. ¡Con lo que me gusta a mí escribir! Me paso la vida inventándome historias que todavía escribo con faltas y que luego cuento a los demás.

Por último, en el más pequeño de todos los paquetes, hay un juego de pulseras de cristales de colores que me pongo inmediatamente. Me voy al espejo a mirarme cómo me quedan. Parezco mamá, estoy guapa.

Con todo esto no contaba yo para nada… ¡Y me gusta tanto lo que me han traído sin pedirlo siquiera! ¡Qué listos los Reyes Magos, que traen esos regalos que ni se le ocurren a una y que luego me gustan a rabiar!

En menos de media hora, no más, entre mi padre y mis hermanos, mientras mi madre prepara el chocolate en la cocina, hemos montado la sierra de Guadarrama en el cuarto de estar. Cuando nos vea mi madre nos va a matar, todas las camas de la casa deshechas porque necesitábamos las mantas para hacer los picos de Navacerrada desde donde mi muñeca esquiadora se va a lanzar.

¡Atención, atención, que voy! Y ahí va la muñeca esquiadora, zas, zas, zas. Baja una loma, luego otra sin parar. Se cae, se levanta y vuelta a empezar. Llega al castillo de Exín en un valle, porque en medio de las montañas hay un enorme castillo medieval donde ella repone fuerzas. Juega después bajo la mesa del comedor con los vaqueros de Comansi donde ella es la chica de salón.

Lo he visto en las películas: las mujeres en el Oeste son o maestras o chicas de salón. Y a la muñeca le parece mucho más divertido ser chica de salón, vestida de rojo y cantando, una vida más atractiva que la de la maestra, dónde va a parar. Y además se puede ser una muñeca esquiadora y chica de salón, mitad y mitad.
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 Abro los ojos finalmente en esta mañana de 6 de enero de 2013.

Ahí está la chica, el ángel, a quien ya reconozco plenamente como tal. Ha tomado notas todo el tiempo, la pobre o el pobre, escuchándome, una paciencia ha tenido realmente angelical.  Un ángel ha sido quien  me ha acompañado estos días al lado de mi cama, en la operación, en ese lugar donde estuve más allá del hospital, entre la vida y la muerte. Era un ángel quien escribía sin parar. Y en este momento vuelve a estar junto a mí y de pie, solo mirándome, sin anotar nada. Es un ángel muy normal, tanto, que ni me di cuenta de que lo era. Ahora todo encaja. Ya está. Ya sé qué pasa y qué va a pasar.

Pero lo más importante es que en este momento tengo muchas ganas de moverme, de levantarme para ir a ver qué me han puesto hoy los Reyes Magos esta mañana de 6 de Enero de 2013, a mis cincuenta y algo años, como si fuera pequeña otra vez.  Me encuentro con muchísimas fuerzas. No me duele nada y me siento fenomenal. Y quiero abrir los regalos ya.

"Estás lista, ¿no?" me pregunta el ángel.

"Creo que sí, que lo estoy…¿verdad?” le digo.

Salto de la cama, los pies de nuevo no me llegan al suelo. Veo un cuerpo de mujer adulta con vendas y tubos, cosido de parte a parte, que queda ahí. Me da reparo y pena dejar a esa mujer que soy yo. Más bien que era, ya no. Porque ahora vuelvo a ser sólo una niña dispuesta a atravesar el camino que comencé hace unas semanas.

Todo estaba allí: la montaña cada vez más grande como la Maliciosa, fría y cálida a la vez, la oscuridad del momento, y el cuerpo, mi cuerpo, como un formidable Jaguar, él y yo, a punto de despegar, sin tocar el suelo, en una comunión total justo antes de ese salto final.  Lo sentí así tras todos los disgustos que mi enfermedad me ha dado, el deterioro físico de este año y de los anteriores, las arrugas, las canas, los kilos de más, la vejez que me llegaba, la decadencia, el dolor, el cansancio y tantos “no puedo más”.  

Yo soy un Jaguar, no solo el espíritu infantil y descalzo que se acaba de bajar de la cama, ni tampoco ese cuerpo machacado, agotado de la mujer enferma que dejo atrás. Y como tal, todo potencia, precisión y velocidad, se unirá a mí, seré yo. Pero ahora, como he vuelto a ser pequeña, debería sentir mucho miedo en este momento, de niña nunca pude soportar la oscuridad. Así que el ángel que lo sabe marcha delante de mí y me toma de su mano.  Y yo no la voy a soltar como hacía con la de mi madre en el Corte Inglés, en el metro y en la plaza mayor de Madrid.  

Antes de irnos le tiro un momento hacia atrás, se me olvida algo. Es la muñeca esquiadora arrebujada en mi cama del hospital. No la voy a dejar ahí tan sola, me la llevo. En una silla ha quedado también el cuaderno donde el ángel no paraba de escribir, mi diario, el de las Navidades aquellas, con las esquinas rotas, el candado que mi hermano mayor hizo saltar para saber lo que escribía y reírse de mí, el cierre del clic que todavía suena y mis faltas de niña pequeña y mayor, historias reales e inventadas, páginas enteras que escribí o viví, es igual. Está ya acabado, el ángel se hizo cargo de la parte final, cuando yo no podía hacerlo.

"Venga, que es el día de Reyes y nos esperan, Nuria, Nurieta, vamos, mi niña, vámonos”.

Mientras me abre el camino, se vuelve atrás, casi él tan transparente como yo, y me dice “Y por cierto, que sepas que lo de la pluma del pájaro enorme con la que me viste escribir es una concesión al imaginario angelical popular, un tópico, una pésima licencia de aprendiz de escritora y, lo peor, una cursilería imperdonable…”.

Me río. Tiene razón.
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Suena el móvil de Pablo Gallego Estilles a las 7.00 de la mañana del 6 de enero de 2013. Lo coge y escucha al otro lado algo que le hace llorar y abrazar a su novia.

En ese mismo momento muchos niños abren sus regalos con ilusión. Los Reyes Magos han llegado. Ha valido la pena pedir y esperar.

Lento fundido en negro, estrecha oscuridad y fogonazo de luz final.  

Sopla una suave brisa. Hay alegría y paz.




FIN de Y entonces me dio por asesinar. Cuento de Navidad. 

Gracias a los que habéis leído cada día desde el 23 de diciembre o lo habéis descargado 




lunes, 5 de enero de 2015

Y ENTONCES ME DIO POR ASESINAR- CUENTO DE NAVIDAD. Cap.13. Noche de Reyes (5 de enero de 2013)

Oigo ruido a mi alrededor. Tengo una extraña sensibilidad de oír sin oír casi.

Es como si me hubiera pasado un camión por encima que me ha dejado fuera de combate, sin sentir, pero con recuerdo de los sentidos y del dolor, mucho dolor.

Intento abrir los ojos y vuelvo a cerrarlos. Estoy agotada, no puedo mantenerlos abiertos, no... Ahora creo recordar, tras ese primer vistazo rápido a mi alrededor...

Esto debe de ser el hospital…  Ya  está, eso era,  me han operado… y por eso estoy aquí, en el hospital.

Quiero ver, pero sigo sin poder. Qué mal me encuentro, qué mal... Qué sueño más extraño he tenido durante la operación... Se mezcló la Nochebuena de hace un año, cuando me puse hecha una furia, qué horror, con otras cosas inexplicables de las que trato de acordarme…

¿Cómo era?... No sé si todavía es verdad... No, no, era un sueño... ¿lo era?

Yo quería matar a alguien, asesinar. Estaba entusiasmada con ello, qué espanto,  furiosa no sé con quién… Y luego, al final, ni siquiera maté a nadie, o sí... ¿maté a alguien? Ay, Dios... a ver si he hecho una barbaridad… ¿qué he hecho…?

… Una tal Marian creo que se llamaba... Al final sólo era una, sólo una víctima, me acuerdo, sólo una después de todo mi entusiasmo por dedicarme matar...

Y era alguien que no existe en la realidad o yo no la conozco, o no sé... Ya ni sé si hubo esa víctima o no, y a quién o a qué demonios era a quien tenía tanta tirria... y no podía aguantar... y quería matar, quería matarla, acabar con ella…

Pero no, qué alivio. Sé que no he matado a nadie al final, ni me he muerto yo... Aquí estoy… Dios mío, todo parece haber salido bien, estoy aquí todavía, gracias, Dios, gracias. Tengo ganas de llorar de alegría, también porque me encuentro muy mal, y el miedo no se me ha quitado del cuerpo, sigo con él...

Abro los ojos ya, puedo abrirlos y mantenerlos abiertos... aunque me cuesta... Tenía tanto miedo a la operación, lo tengo ahora, Dios mío, pero cómo estoy... ¿qué narices me han hecho? Parezco una momia, estoy hecha un cristo… Intento moverme algo, pero el dolor me clava y los músculos no me siguen, estoy como si me hubieran pegado, fatal, pero quiero moverme... ver a alguien...

“Tranquila Nuria, no intentes hablar, tranquila, todo ha salido bien, tranquila...” Es la enfermera que me  me mira con cariño, que intenta calmarme. Dios mío, en qué buenas manos he estado y estoy, qué tonta soy....  ahora toda cables y tubitos, conectada a no sé qué, a varias cosas, no quiero ni ver cómo estoy, pero ella mira con afecto a esta especie de Frankenstein que debo parecer. Cambia algo, un suero que cuelga, o una medicina en un aparato en lo alto, no sé, comprueba algo...

Ahora empiezo a recuperar como un dolor viejo en el pecho, abierto de par en par y luego cerrado. A la vez me siento como borracha, me encuentro fatal, no sé si será la anestesia, ¿será esto normal?...

“Venga, Nuria, tranquila, que todo va... que todo ha ido bien...”

Un año más que he tenido de vida, gracias a Dios. Al final ha sido otro año tras el horroroso diagnóstico de diciembre de 2011. Pero me han tenido que operar en plenas Navidades del 2012.  

Qué suerte de año pasado, qué bendición de 2012 pese a todo. En primer lugar, mis amigas, que tanto me han ayudado a afrontar mi miedo desde que se lo conté en febrero a todas, que me apoyaron para seguir con mi vida, en la logística complicada de una enfermedad como la mía y en lo emocional, tan importante siempre.

Mis hijos también han estado ahí, al pie del cañón, como han podido los pobres. Hasta Mauro, que al final Gina volvió con él este año, menos mal... No está bien Mauro solo, mejor siempre acompañado. Los hombres siempre lo están, aguantan mal solos, no como las mujeres, que estamos más hechas a la soledad. Bueno, yo al menos estoy ya muy hecha a la soledad, esa es la verdad. Ya me he acostumbrado a la soledad.

Qué curioso la chica esa que tomaba notas en el sueño. Me acuerdo con claridad. Era una presencia constante. Escribía todo aquello que le quería contar, como abogado o así, ¿notario?, ¿escritora?...

Dios mío, ¿por qué escribía tanto esa mujer…? Y el vaso en el aire, cuando bebía, curioso, se parece al suero que me cuelga del aparato ese…¿Y la pluma y el cuaderno?  Una pluma larga y un cuaderno usado, forrado de tela escocesa, pequeño, infantil…

Y el olor, es como si todavía la oliera cerca, ¿a qué olía esa mujer? Era muy peculiar, delicado, pero presente, fresco, como de alguien de mi infancia ¿mi tía, mi abuela? , era un perfume tan familiar…

Ay, no, que lo sigo oliendo otra vez y ahora mucho más… ¡Ya está!  ¡es la colonia de Nenuco o Denenes!  Ya caigo, una de esas colonias que te ponen de pequeña… Era eso, ese olor… ¿me habrán puesto colonia mientras me operaban? No creo…pero la chica del sueño olía a Nenuco u otra similar, la colonia de los bebés… qué gracia, sigo oliéndolo.

Y luego sensaciones ya oscurecidas, mucha velocidad en un coche Jaguar, a mí, que me da espanto ir a más de 120, y un osito de Tous, como el que llevo yo que me miraba… ¿Por qué esos ojos mirándome por dentro, unos ojos que sólo yo veía, que sólo yo notaba?... ¿Qué significará? …

Me regaló el osito mi hijo Santiago, que es un poco pijo, y no me lo voy a quitar, aunque no me guste nada. Un regalo es siempre un regalo, siempre lo es, así que llevo el osito que me espanta...

Había oscuridad, tranquilidad también, paz. No he tenido miedo mientras soñaba...  ni tampoco en esa especie de impase en el que estuve, como en tierra de nadie… creo recordar…

Pero ahora sí que tengo miedo, como antes de la operación, un miedo cerval que sigue ahí. Sé que he debido de pasar por algo importante, recuerdo todo con cierta agitación, otras con calma.  No sé, quizá me digan ahora qué pasó...

“Mamá…”

Ahí está mi hijo Pablo, le han debido de dejar entrar... Menos mal, qué gusto ver a alguien que conozco. Nos miramos, nada más.... Solo hace falta eso para entendernos. Por si acaso le pedí que me ayudase a dejarlo todo listo antes de la operación. Todo, por si acaso, se lo dije así...

“Lo ves, tonta, como todo ha salido bien. Te queremos mucho…” Me da un beso a distancia, hace como si me abrazara, porque no se me puede abrazar ahora.

Le hago una seña con los ojos, él lo entiende, me conoce tan bien...

"Es víspera de Reyes..." Me dice. Ve que me quedo pensando y se apresura a contestar. 

"Nada, no hagas cuentas, que ha sido un poco más largo todo, pero tranquila, que salió bien, que estás bien... Bicho malo nunca muere, debe de ser eso…" Sonríe como si tal cosa el hijo de su madre que soy yo. Compartimos los dos este humor negro.

Cómo les quiero a mis hijos, qué falta me hacen los tres, Pablo, Santiago, Juan, ahora cada vez más. Con la edad soy yo la que les necesita, ellos ya no…

Mi otro hijo Juan, el pequeño, tan preocupado siempre, me mandó una tarde de noviembre a Javier a mi casa, así, sin avisar. Un amigo suyo con el que, para empezar, me puse a discutir sobre la iglesia. Yo discutiendo siempre, ay Dios. Pero luego no, luego dio igual. Yo sólo quería estar en paz, sentir que si me iba,  no sería con ningún rencor, con nada importante por limpiar, todos los perdones que había que pedir y dar en su caso, todos los "lo siento" en su sitio, por si acaso, a todos, a quien fuera, los iba a pronunciar. Todos los "te quiero" también dichos. He dicho perdón y te quiero sin parar este año.

“Y ya de paso, y que estamos aquí... pues si te parece lo de los santos oleos, la extremaunción, que se decía antes...”. Me hizo gracia cómo me lo propuso Javier, como si tal cosa.  Le contesté con una broma: “Yo a todo lo que sea belleza general, aceites esenciales y tal, voy a decirte que sí... ”.

Así que con todo puesto me vine al hospital este mes de diciembre, tras un año, el  2012, que ha sido de aúpa, me encontraba fatal…

Al final del todo han tenido que operarme, no había otra posibilidad ya. Aunque se resistía el Doctor Rufilanchas, no acababa de verlo claro. Huy, que le veo ahí. Ay, Dios, mira que es guapo el condenado doctor y que de edad me viene hasta bien. Le miro, como siempre hago a los hombres, las manos, el dedo anular. No, sigue sin anillo, qué bien, aunque cualquiera sabe hoy... Que estupidez, estoy o muy bien o muy mal... ¿cómo me da por pensar estas cosas ahora? Estoy de atar…

“Que sepas que tu interior es casi tan interesante como tu exterior…Te lo hemos dejado todo en su sitio, por si acaso...”

Mira, y encima gracioso, haciendo bromitas el doctor... De verdad, debo de estar estupendamente del corazón, casi noto un pellizquín dentro... Ay, a ver si me pongo peor ahora, que estoy recién operada.  Rufilanchas se da un aire a Clint Eastwood y no hay derecho a que venga y me diga este tipo de cosas al despertar después de una operación que ha durado…

¿Pero cuánto ha durado esto…? No puedo ni pensar, pero sí que sé que debería estar prohibido por la Constitución este tipo de doctores que dicen estas cosas a una mujer cincuentona, divorciada y a la que él mismo ha abierto de parte a parte... Menuda carnicería lo de la cirugía al final... y luego van de artistas y son unos carniceros... En fin, no, agradezco mucho la carnicería... y encima me hace gracia él.

“Bueno, estás encarrilada ya, pero no te vamos a llevar a planta hasta mañana, vamos a esperar una noche más...” me dice. Y se va.

Vaya por Dios, no te vayas, que eres muy guapo… Pero no puedo ni hablar... Veo en un aparte a mi hijo Pablo y a él en la sala. Quiero dormirme otra vez, cierro los ojos... no puedo más... Estoy agotada, todo se mezcla.

…Víspera de Reyes ya, Dios mío, algo debió de complicarse, seguro…Recuerdo que no me operaron en enero, ahora en 2013, sino antes, a finales de diciembre, sino al inicio de las Navidades de 2012. Sé que esta Nochebuena no estuve en casa, pero no sé bien qué día entré en quirófano, no puedo recordar, ¿el 23 quizás? Algo ha tenido que pasar, ¿entraría en coma?, ¿me pondría peor después de la operación?, ¿se complicaría el post operatorio quizá…? Han pasado… ¿más de diez días, dos semanas?... No puedo ni calcular…

Sólo quiero agradecer.

Gracias por un año más, por esta operación que parece haber salido bien, por todo, por tantas cosas. Dios mío, gracias, muchas gracias. De verdad, tengo todo lo que podría desear...

Y hablando de deseos, de querer… la cabalgata de Reyes hoy...

Minita debe estar en ella con su padre y con Gina, muchos niños, algún nieto de alguna amiga mía, los vecinos del 8º y los del 3º de mi casa estarán... esos gemelos tan rubios, la niña adoptada del 4º.

Qué bonita la cabalgata en Madrid, qué espectacular es. Cómo me gusta esta noche tan especial, la mejor noche del año, qué nervios, qué emoción, qué ilusión la espera esa,  a ver si vienen y te ponen los Reyes los regalos,  a ver qué te ponen al final…

... Y la chica esa ¿quién era? ... ¿quién?, ¿quién?... Abro los ojos otra vez por el recuerdo insistente, el olor otra vez de Nenuco, ¿pero por qué me rocían otra vez o quién se pone esa colonia a chorros que no hago más que olerla? La noto cerca otra vez, me da paz, me estoy durmiendo…

Ha debido de pasar tiempo ya. No hay nadie por aquí, ni mi hijo, ni el doctor.  Creo oír a unas enfermeras por allí trajinando, deben de ser ellas. Oigo también como un zureo de palomas también muy cerca. Debe de haber una ventana por aquí donde aniden y se acurruquen las pobres, con el frío que hace...

Ay, qué gracia, que la veo allá, a la chica, tras los cristales, al fondo, es ella, la que tomaba notas, es ella, la chica esa o lo que fuera, es  verdad... Tiene pelo de chica, ¿o no?, pero es como si no fuera una mujer, ... no tiene ya pinta ni de hombre ni de mujer... No, no es una mujer... no lo es. No es una mujer, tampoco un hombre… Entonces ¿qué es? ¿un ángel quizá? Los ángeles no tienen sexo, mira, eso que ganan al final, menos problemas…

Tengo sueño, mucho sueño, quiero dormir otra vez, me pesa todo muchísimo... me duele todo. Estoy agotada, solo quiero descansar.

Noche de Reyes, a dormir y a esperar, como las niñas buenas.


Eso es lo que yo quisiera ser: una niña buena que ha escrito la carta y solo espera confiada en que los Reyes vendrán al final y me traerán lo que les pedí. Siempre escribí mi carta con tanta ilusión…

Cuento de Navidad por entregas en este blog, cada día (salvo uno) un capítulo, hasta el 6 de enero. 
Y si lo quieres leer entero, aquí lo tienes