Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

jueves, 14 de julio de 2011

Caipirinha (De flores y gallos) (3 de 5)

Tengo que hablarles ahora de Celia y de Josianne, dos flores brasileñas de lo más granado. Flor blanca la primera ligeramente tostada, pétalos algo carnosos, hojas verdes y lustrosas, y tallo corto, firme y fuerte donde uno quisiera agarrarse. Suele irme con minifalda de las cortitas y con botas hasta la rodilla, ¡mi madre bendita!, bien bonita que me va arreglada. La otra es una flor más morena, medio india y medio mulata, como una orquídea, pero no salvaje, de las cultivadas. Delicada por dentro más que por fuera, su aroma entre cacao y selva, tiene risa de cascabel y es alta. Como una diosa me anda mi Josianne, el suelo tiembla a su paso.

Dos flores como dos soles estas que les cuento que vienen algunos sábados al Caipirinha, pero no todos, que algunos van y me fallan. Y es una pena, porque yo las echo mucho en falta.
Siempre espero a que lleguen para abrirles la puerta de la discoteca y decirles alguna gracia, porque soy peruano y sé cómo hay que hablar a las mujeres y qué contarles. Es mi tierra natal quien me ha lo ha enseñado. Aunque luego he hecho todo lo posible por entrenar ese don natural que, a poco que se trabaje con paciencia y humildad, da sus frutos, les doy mi palabra.

Pasen mis reinas, pasen. Y Vdes. todos, apártense, dejen paso a estas dos flores con reverencia. Mírenlas qué dignas y qué guapas… “Así les digo cuando las veo a lo lejos, en la cola de entrada. También exclamo en alto “¡Viva o reino do Brasil, señores!” mientras les recojo el ticket y me inclino ante ellas. O, a veces, incluso me insinúo un poco "Mis dos flores brasileñas, diviértanse, pásenlo bien en grande… “… Luego hago una pausa y sigo … “pero si pasa algo, o si no pasa, casi mejor, mis damas, que no pase nada… aquí estoy yo fuera, a su servicio, yo siempre las estaré aguardando…”. Ellas se ríen, claro.

Y es que a todas las mujeres les encanta que les hablen y les digan cosas hermosas, suaves o hasta picantes, que les recuerden lo que son, siempre flores delicadas. Además, por algo hay que empezar con ellas, y ¿qué mejor que las buenas palabras que tantos corazones abren? Luego ya caldeadas por la lisonja y el halago, si se da la ocasión, que puede no darse, vendrán los hechos concretos y exactos si uno tiene la suerte de dar con la flor adecuada y si ésta está dispuesta, que puede no estarlo. Unas veces ocurre y otras no. A qué contarles más, Vdes. ya sabrán de qué les hablo.

Así que es una pena que esté de portero yo aquí casi todos los sábados y no me pueda dedicar a lo que querría y para lo que realmente valgo: a ver si doy con esa mujer a base de intentarlo, que bien que me aplico con los hechos y las palabras. Porque yo no pierdo nunca ni el entusiasmo ni la esperanza. Estoy, además, en el lugar apropiado. Es cierto que habrá muchos gallos en Caipirinha, pero algunos sólo sirven para cacarear o pavonearse como ahora quiero contarles. Por eso los gallos de verdad lo tenemos a menudo mucho más fácil con las flores de lo que a menudo nos imaginamos, con tanto descuidado como hay, con tanto hombre tan torpe, tan poco hábil.

(El cuento completo está en Trabalibros)

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