Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

martes, 28 de octubre de 2008

La piel del elefante


Hace muchos, muchos años, antes de que el Zoo de Madrid se montase cerca de Batán, teníamos la Casa de Fieras. Esta Casa era como un zoo pequeñín, precioso. Estaba en el Retiro, muy cerca del Florida Park que creo que sigue en pie.

En esta Casa de Fieras los niños de mi generación, los de los años 60, vimos por primera vez en vivo y en directo a elefantes, llamas, jirafas, hipopótamos. Era muy chico, era casi nada, pero era lo que teníamos. Y nos encantaba.

Mi preferido era el elefante Perico. También había una llama que había nacido el mismo día que yo, mi madre siempre me decía: mira, es tu llama. Pero me daba igual la coincidiencia, aparte de que las llamas me han parecido siempre un poco extrañas. Me acuerdo siempre de la llama esa tan irascible comiéndose la barba del Capitan Hadock en no sé qué Tintín. No sé, me recuerda a alguien terriblemente familiar y no caigo en quién puede ser.

El caso es que Perico, el elefante, era impresionante. Asumo también que cuando uno es pequeño todo le parece mucho más grande, inabarcable. Perico era un elefante africano, no el indio, que es distinto. Se acercaba a la verja donde estábamos todos los niños expectantes. Poníamos en nuestras manitas cacahuetes, había que dejar la mano muy extendida, muy, muy extendida, para que Perico sin dificultad pudiera con su gran trompa aspirar el cacahuete. Daba mucha impresión y a la vez mucho gustito.

Zas, pasaba Perico por tu mano y el cacahuete desaparecía. Veías su trompa enorme, con los pelillos al final, y había un momento también casi de contacto visual con el animal. El contacto visual con los animales siempre es impresionante. Miras a los ojos a tu perra, a un gato, incluso a una vaca y te quedas pensando: ¿qué pensara éste?, ¿pensará algo?, ¿cómo me verá?, ¿cómo verá al mundo?, ¿cómo se verá él?.

Hay una infinita tristeza en los ojos de muchos animales, una mirada a veces cálida pero como de incomprensión, como un cristal duro donde rebota la mirada del ser humano

El caso es que de Perico impresionaba mucho también esa piel rugosa, gris, dura, fea a veces, de elefante. Daban como ganas de darle un poco de Nivea. Como en el verano, esos veranos de Castilla con agua calcárea que en combinación con el cloro acaban dejando la piel de los niños y de los adultos como si fuera papel de lija. Y hay que echar Nivea, la de caja azul que es la mejor, para que esa piel mejore.

Me acordaba de Perico estos días, mucho. La piel del elefante es gorda, puede ser muy fea, no es nada atractiva a veces. Nada. Pero tras la piel está el corazón de un animal enorme, un corazón que late. Y hay ojos que ven, ojos curiosos, que intentan a veces también hacer contacto visual contigo.

Supongo que la comparación es una auténtica estupidez. Ya hay metáforas, imágenes o, mejor dicho, realidades, mucho más ricas que explican qué cosa es la Iglesia. Así que esto es sólo personal, a mí me sirve, quizás sólo a mí. Tras la piel rugosa del elefante, tras esa costra que a veces no es muy atractiva y que está hecha no de las debilidades institucionales, que también, sino de las nuestras, de las de cada uno, late el corazón de la Iglesia. Hay carne y huesos que sostienen esa mole que parece que bambolea pero que está firme. Hay mucho más, lo sé, está Jesucristo que la sostiene, y muchas más cosas.

La piel rugosa del elefante, el contacto visual, los niños esperando que se coma nuestro cacahuete impresionados, fascinados en parte, atemorizados también.

La Iglesia como elefante.

Las personas, incluso personas concretas, como elefantes también.

Mujeres elefantes.

Hombres elefantes.

Uf...

Tonterías de una mañana lluviosa.

5 comentarios:

Jose A. dijo...

Tierno, Master, muy tierno. Me ha gustado mucho tu escrito aunque -permíteme decirte- el final, comparando a la Iglesia con el elefante, no era necesario aunque muy cierto.

Máster en Nubes dijo...

Gracias, tienes razón, es posible que la comparación sobre. A mí siempre me sobran y me faltan muchas cosas. Y otros las han dicho y dirán mucho más completas, mejor: como son ellos.

Tu limonero me gusta mucho, las cartas a tus hijos MUCHO MÁS (todavía)

Que conste que tendría que haber citado a la fuente de dicha comparación: un cura amigo, Javier, nos lo dijo en la homilia de una celebración familiar. La piel rugosa del elefante, la Iglesia.

Llevo desde septiembre con la copla.

Javier, cura mediático, que veas que cito la fuente.

No sé si será bueno o malo para tí. Asumo que te da igual. Eres muy libre.

Modestino dijo...

En ocasiones esa piel del elefante son como el camuflaje, como el disfraz que nos ponemos para ocultar nuestros sentimientos.

Es curioso, en ocasiones parece como si nos avergonzáramos de tener corazón, de sentir afectos, de querer a otros.

Complicado mecanismo la naturaleza humana.

Me ha gustado mucho lo que has escrito, Master.

Máster en Nubes dijo...

Hola, jurisconsulto, gracias. Es una suerte no tener miedo a mostrar los sentimientos ni los afectos, pero también tiene sus servidumbres, bastantes. Como todo. Como comer fetuccini con jabalí, se pasa muy bien, pero luego pueden repetir... ¡qué cosas mas ricas comes, ladrón!

Modestino dijo...

Restaurante "DiLola", en Amador de los Ríos esquina con Alcalá Galiano: yo lo puedo hacer una vez al mes, tú siempre que quieras;).

Saludos¡