Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

sábado, 26 de marzo de 2011

"Niña mimada" (2. La abuela Marta y los hijos de los cachicanes)

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Era lo peor que se podía ser a finales de los 60 en mi familia, una niña mimada. Las había en el colegio, no muchas. Niñas que querían ser el centro de atención, acostumbradas a que sus padres cedieran a sus caprichos y a quienes tenían en jaque. Montaban la de san quintín si no conseguían lo que deseaban. Nadie podía con ellas, eran unas cursis, unas remilgadas y todo lo que me espantaba ser. El capricho y el deseo constante han sido una forma de debilidad insoportable para mí, algo de lo que avergonzarse y ocultar bien dentro si se tiene. Había también niñas malas, pero tenían su gracia tan procaces y deslenguadas como eran, esas mayores que fumaban a escondidas en el patio y soltaban de vez en cuando un taco con precisión y cierto estilo mundano. No estaba bien ser así, pero eran, sin comparación, mucho mejores que las mimadas.

“Les consientes demasiado” oí una vez que le decía la abuela a mi padre. “Es lo normal en tu situación, y te comprendo, pero no les haces ningún favor. A los niños hay que saber decirles que no. Tienes que aguantar el chaparrón de que tus hijas lleguen a pensar, o incluso a decirte a la cara, que no las quieres porque les niegas algo. Hasta entonces, hasta que aguantes ese reproche o su odio pequeño, no sabrás lo que es ser padre."

Ahí estaba ella, su madre, para educarnos, niñas huérfanas, pero no por eso mimadas, Dios no lo quisiera. Ser mala era atrayente, pero, sobre todo, yo quería ser como los hijos de los cachicanes, los guardas de la finca, a su aire haciendo lo que les daba la real gana, descalzos, sin horario ni obligaciones aparentes. “¿Y por qué no puedo yo ser como ellos?” “Porque ellos no tienen lo que tú tienes” era la respuesta invariable.

Crecí envidiando a esos niños libres y adorando a mi abuela a la vez, temiendo también su mirada azul y certera que traspasaba.

“Tu abuela es toda una señora” decía María con devoción. Así llegué a creer hasta que fui mayor que las señoras de verdad bebían jerez a media tarde, usaban bastón y eran capaces de notar lo que ocurría en el interior de las personas y qué se podía esperar de cada una de ellas. Mi abuela tenía una clarividencia rayana en lo prodigioso. Viuda también como mi padre a edad muy temprana, ese modo de llegar a conocer a los demás no sé bien qué era, si algo natural o la experiencia de haber tenido que sacar adelante sola negocio, finca y familia. Lidiar desde joven con tanto, sin el apoyo de un hombre, y en un mundo hostil a una mujer como lo fue la España de los años 40 y 50, le hizo desarrollar algo que quizá ya tenía de nacimiento: la capacidad de saber rápido lo importante y la fortaleza de seguir esa intuición sin que el deseo o la esperanza nublara su conocimiento sobre algo o alguien, la realidad siempre de frente y con su nombre puesto.

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(Extracto del cuento "Niña mimada", está completo en Trabalibros)

2 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

¡Qué hermoso texto y qué temprana y maravillosa esa capacidad de raciocinio tan temprana! Ese comprender que la verdadera infancia es la de los niños salvajes. Esa gente como tú narras, entre dos mundos, creo que es la que al final realmente despierta a la inteligencia y al sentimiento.

Aurora Pimentel Igea dijo...

Gracias, Miguel. Tú libro es MUY divertido, creo que he podido identificar a alguno de los poetas, bueno, te lo preguntaré a ver si ...