Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

sábado, 27 de marzo de 2010

"La novia" de Chéjov (Pedazo de actriz en un teatro maravilloso y casi doméstico)




Fuimos al teatro, uno que no conocía, el Teatro de Cámara de Chéjov allá por la calle San Cosme y San Damián, detrás de Santa Isabel. Llegamos un poco pronto. Hay una puerta muy chica, un pequeño cartel y solo dos parejas fuera. “¿Es aquí el teatro?”, pregunto para asegurarme. Nos dicen que sí. “Pues parece una casa normal, qué curioso…” comento.

Abren la puerta y entramos a un recibidor con sofás, sillones y otros muebles. El que hace de portero nos da las entradas, las hemos comprado casi todos por internet. Esperamos un rato, viene más gente. Seremos al final unos treinta o cuarenta. Visto el sitio, con ese barro cocido en el suelo, sus jarrones con flores, las fotografías en las paredes, de muy buen gusto todo, pero como de casa de abuela, dice mi amigo “Esto es un teatro doméstico”. Me río. Suso es siempre muy ocurrente y da en diana. Me encanta este ambiente. Hablamos con una pareja de las tempraneras como nosotros, él tiene pinta de profesor y ella un aspecto estupendo, de esas señoras rubias que se hacen mayores sin aspavientos y son guapas de caerse. Nos cuentan que el director, Ángel Gutiérrez, es especialista en Chéjov, que este teatro solo está abierto viernes, sábado y domingo, y que los actores y toda la compañía tienen otros trabajos. A las 8.30 nos abren una puerta y, a través de un pequeño patio y subiendo unas escaleras, llegamos al teatro propiamente dicho, pequeño también. El escenario está decorado como una casa de campo rusa de las de antes, árboles altos con corteza blanca y gris, una especie de mirador, flores, una ventana a la izquierda con vegetación por fuera y a la derecha una puerta, un pequeña mesa.

Son solo 3 personajes, Sacha, Nadya, que es la novia, y Nina, la madre de ella. Es una pequeña historia, un argumento que no parece teatro. Quizá, pensamos, sea un cuento originalmente. Al llegar a casa compruebo que es así. Vida campestre, familia burguesa y sin ocupación aparente, una chica que va a casarse, pero que no puede dormir noche tras noche, un familiar lejano, Sacha, que piensa que esa vida sin hacer nada no es aconsejable, partidario del trabajo, una madre viuda que no es feliz, una abuela que no llega a salir en escena, té en el jardín, el velo de la novia, flores en mayo, en fin, Chéjov: sentimientos hoy perdidos y rescatados del tiempo.

La actriz principal es estupenda, todo un descubrimiento. Físicamente, según Suso, es una mezcla entre Julianne Moore y Meryl Streep, pero en joven, creo yo, no creo que supere la treintena. Se hace con la obra, se la merienda entera, llena la sala, se mueve perfectamente, proyecta la voz como quiere, y es capaz de hacer de una chica más joven, casi una adolescente.Tiene además la obra una música muy bien puesta y una iluminación cuidada. Es todo tan delicado, tan fino, que salgo encantada, creo que a Suso también le gustó.

Voy a seguir de cerca a este pequeño teatro de cámara, casi doméstico, a este director tan bueno, Antonio Gutierrez, y, si puedo, a esta actriz que interpreta a Nadya: María Muñoz.

Madrid tiene a veces tesoritos como estos, también los tiene la vida. No se habla de ellos, no salen apenas en los medios, pero están tan bien hechos, con tanto mimo, que cuando se encuentran hay que decirlo a otros para que disfruten. Si podéis acercaros al Teatro de Cámara de Chéjov no dejéis de hacerlo.

PS: La foto es de La Razón, María Muñoz interpretando a Nadya y Chema Coloma interpretando a Sacha.

viernes, 26 de marzo de 2010

An education (¿Qué es lo que hace que algo bueno sea bueno?)



Fui a ver "An education" de la que me habían hablado muy bien. Me pareció una película excelente. Realmente no entiendes cómo no ha ganado el óscar y se lo ha llevado "The hut locker", estupenda también, pero a años luz de ésta. Fantástico guión de Nick Hornby basado en una experiencia real de una conocida periodista británica, buena dirección (se nota la mirada de una mujer) y unos actores espléndidos todos, medidos y finos, principales y secundarios, se nota la escuela británica.

Esta entrada hubiera estado mejor en el día del padre, justo hace una semana, vaya esto por delante.

"An education" es la historia de una menor de edad inglesa que se enamora de un hombre joven, pero mayor que ella, alguien de cierto mundo, con dinero y una vida, en contraste con la de ella, abierta, interesante y muy divertida. Creo que este tema, con variaciones, se repite, es ya un clásico: fascinación por quien sabe más que tú (alumna y profesor, por ejemplo); fascinación por la riqueza, ante ese atractivo que tienen los hombres ricos, no tanto por el dinero en sí que manejan, sino por lo que hacen, ese entra, sal y pasátelo en grande; fascinación, en definitiva, por quien te abre un mundo desconocido cuando el tuyo es pequeño en un sentido o en otro, en el moral, en el de costumbres, en el de recursos económicos, en el intelectual o simplemente en el vital. Los horizontes vitales son a menudo importantes para algunas jóvenes, no solo para los jóvenes. Si no los tienen abiertos, se ahogan o se fascinan con el o lo primero que pasa.

Situada a principios de los 60 en esa Inglaterra que todavía vive de restricciones, las económicas y las mentales, la protagonista, con muchos esfuerzos de su padre, y como alumna aventajada de un colegio privado, se prepara ya para ir a Oxford, alentada por sus profesoras, el gran sueño que le abrirá… ¿qué? Esa es la cuestión. ¿Posibilidades económicas distintas a las de sus padres, clase media aburrida y previsible?, ¿un desafío intelectual quizás?, ¿formar parte de una futura élite? No está claro, es algo de todo eso, pero, a la vez… ¿no hay otras vías de salir de la rutina diaria, otras más divertidas? Si el fin es salir de dónde se está, "mejorar" de estatus o de "clase", ¿por qué no se puede hacer de otro modo que sea más atractivo, donde te sientas, además, eternamente en una nube blanca? De esto va "An education", de acabar averiguando qué es lo que hace que algo bueno lo sea, de verdad, no por la apariencia, sino por dentro, por lo que es, algo y, también, alguien.

A veces las cosas buenas se pueden hacer por las razones equivocadas que acaban pervirtiendo o dejando sin sentido esa bondad original que tienen. Tal puede ser el caso de estudiar en una universidad excelente. A veces los padres son torpes, caen ellos mismos fascinados también por un tipo que es simpático y que tiene dinero. El dinero atrae una barbaridad, ciega incluso a algunos padres. A veces la perspectiva de una carrera universitaria no parece nada atractiva cuando el ejemplo que tienes delante son profesoras, solteras además, que viven modestamente y que no parecen disfrutar nada. A veces una chica joven, inexperta y con muchas ganas de vivir y de encontrar respuestas verdaderas, y no simples convenciones o formalidades sociales, no se atreve a hacer las preguntas clave, no ve lo que está pasando hasta que ya es tarde. Aunque nunca lo es y siempre se puede volver a París como si jamás hubieras estado.

"An education" es una excelente película recomendable, por ejemplo, para hijas adolescentes, menores de 18 años, y sus padres, especialmente para los que saben proteger a una hija, creen que eso no es misión de nadie más que suya –ni de Bibiana ni del Estado-, y no tiran la toalla, aunque se empeñen tantos. Ya digo que esta entrada correspondía al día del padre, del padre protector, del que se llega odiar cuando eres joven porque te parece un pesado. Me acordé de muchos padres, del pasado y actuales, de amigos que son como perros policías, no hay quien les engañe. Ahí están ellos, sólidos como rocas, aguantando el temporal para proteger a sus hijas, y recogerlas y consolarlas cuando el corazón se les rompe de parte a parte.

jueves, 25 de marzo de 2010

"Te acompaño en el sentimiento" (La buena compañía siempre) (y III de "Luto y duelo")



Hace tiempo que creo que ser, lo que se dice “ser”, somos más bien poco, y que, por mucho que te empeñes, no se añade nada al ser, muy limitado y prácticamente inamovible en lo que cada uno es. Así que, por esa razón, me parece que el estar conscientemente con uno mismo primero, y el estar acompañando a alguien cuando sufre o, también, está alegre, es a lo más que se puede aspirar en esta tierra. También lo máximo que se puede pedir a otra persona a veces, y ni siquiera siempre.

Por eso el “te acompaño en el sentimiento”, que se dice a menudo a alguien cuando un ser querido se le muere, es tan bonito si es verdadero. No hace falta sentir la pena como propia, me parece imposible además. Las tristezas son intransferibles, personales, aunque varias personas puedan tener tristezas motivadas por la misma causa, pero se sienten de modo diferente, cada pena es de uno y suena con registros diversos. No se puede explicarlas a menudo ni un “te doy esta parte de pena”, o un "dame, que yo te la llevo", qué más quisiéramos. Lo más es sentir juntos tristezas, las de cada uno, o acompañar en ellas, que ya es muchísimo si la compañía es buena.


Ojalá que tengamos siempre una compañía buena en las tristezas y en las alegrías, que hay también muchas y variadas, y piden también su acompañamiento. En soledad no se pasa bien la vida por muchas cosas buenas que te vengan.


“El tiempo todo lo cura”. Me parece que no es del todo cierto. Las heridas grandes permanecen, pero, como hay que vivir, se sigue hacia delante como se sabe y se puede. Te cosen de parte a parte, la cicatriz se forma por fuera, pero la tajada que te metieron no se borra ya. Y el hueco queda a veces por dentro, que es lo que cuenta. “La mancha de una mora se quita con otra”. Pues tampoco lo creo, aunque se diga y se practique, en todo habrá escuelas, naturalmente.


Me parece que cada abandono pide su propio duelo. Sólo los animales no se duelen, no necesitan de ese tiempo de tristeza, del espacio de movimiento lento para ir reconociendo el hueco primero, el negro y su sombra, todo bien de frente, aunque tengas miedo y no lo quieras. Creo que para vivir cualquier duelo hace falta querer vivir consciente y no anestesiado ni escondido en la velocidad, el ruido o la actividad frenética. Claro está que se puede pasar la vida francamente bien con niveles muy distintos de consciencia, todo es muy respetable y se comprende.

“Te acompaño en el sentimiento”. Sé que no se lleva todo esto de las últimas 2 entradas y ésta- Puede sonar antiguo, de otra época, depresivo o triste. Pero no lo es, de verdad que no. Podría ser más fácil pasar corriendo y de puntillas por ausencias propias o ajenas, no mencionarlas siquiera, como si el no hablar de ellas, o que no nos las cuenten, las hiciera inexistentes. Pero yo quiero vivir conscientemente con la muerte mía o la de otros, con el luto y el duelo, reconociendo el hueco oscuro de ausencias diferentes, en vela acompañando a quien no está y a quién se queda. Y también, por supuesto, pedir sin atisbo de vergüenza que me acompañen en el sentimiento, en las alegrías siempre, muchas más hasta el momento, pero también en las penas. Y cuando esto se pide o se explica espero que no suene a drama, sino como el "Fly with me" de Michael Buble o Frank Sinatra, porque todo lo que tiene peso es a la vez ligero, leve.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Velar a alguien (La muerte en casa) (Luto y duelo II)


Otra costumbre que había antes, cuando muchas personas morían en su casa, en su cama, era velar al difunto. Hasta las 24 horas de la hora de la muerte creo que no se podía, ni se puede, enterrar a alguien. Se pasaba así esa noche a su lado, habitualmente rezando, haciendo también una compañía extraña al cuerpo que alojó el alma. No era solo estar con la familia, era estar en cierta manera con quien ya no estaba.

No sé cómo será encontrarse con un espíritu sin cuerpo, solo sé que en esta tierra amamos con los ojos y con las manos y que en el cuerpo ajeno, y a través del nuestro, reconocemos al otro, nos reconocemos, no me parece una simple carcasa. Por eso creo que, como el luto o el duelo, tenía el velar otro sentido, aparte de rezar por el alma, que se puede hacer con el cuerpo del difunto presente o ausente, siempre y en todos lados. Quizá la vela de alguien antes de darle tierra podría ser hasta una señal de respeto, de reconocimiento hondo de que somos (no tenemos) cuerpo, incluso cuando el cuerpo humano deja de serlo porque le abandona el alma.

Ese velar como acompañar, en señal de respeto y reconocimiento, me recuerda también a esa otra vela de antaño, la de los caballeros en ciernes a sus armas, toda la noche, vestido él de blanco, rezando también, presentando lo que iba a servir para defensa y servicio de los más débiles, él y sus armas.

Tenía a veces el velar a los difuntos hasta su gracia, precisamente porque de tanto como se hacía –como pasa en los funerales irlandeses- perdía la gravedad o el sentido trágico, que no la seriedad ni su significado. Es la muerte vista como parte de la vida diaria con esa presencia más constante, en la propia casa, no fuera de ella.

Recuerdo por ejemplo cómo algunos niños pasábamos a la habitación del finado y ni nos inmutábamos, era lo más natural ver a un muerto así, de cerca, y no los de la televisión o las películas que nos parecen irreales. Y luego otra vela, ya mayor, en la que acabamos los familiares riéndonos que se nos saltaban las lágrimas por un chiste de alguien.

El pasado año en el tanatorio corrían mis sobrinos viendo muertos de un sitio a otro y sin impresionarles, haciendo unos comentarios entre ellos que te hacían sonreír. Tenían asumida la muerte del abuelo, de su tío abuelo o del bisabuelo para algunos, y encontraban todo, dentro de la tristeza reinante, interesante, curioso y nada estremecedor, angelitos.

PS: La ilustración actual es de Kasia Spiewak, interesante ilustradora (creo que polaca) afincada en Alcalá de Henares, con blog propio. La otra es de Gustav Doré del Quijote.

martes, 23 de marzo de 2010

Luto y duelo (I)

“Si se ha muerto su padre... ¿por qué no lleva Vd. luto?”

La pregunta me salió del alma acostumbrada a que, cuando alguien de la familia se moría, las mujeres vestían de negro una temporada. Eran los años sesenta todavía, y vi entonces en mi colegio a la primera persona que no vestía de luto ante una muerte cercana.

“El luto se lleva por dentro” me contestó la profesora.

Me quedé pensando. Cuando llegué a casa le pregunté a mi madre.

“El luto se lleva por dentro, sí, pero también por fuera. Es para mostrar nuestro dolor y también para que los demás lo sepan y nos traten con cuidado, con delicadeza. Se nos ha muerto alguien y pedimos que nos quieran de una manera diferente, Aurora.”

Tras aquella profesora del colegio empecé a ver a otras mujeres que no lo llevaban. No hubo censura en las palabras de mi madre, solo una explicación diferente.

El luto teñía la vida antes. Pese a que las fotos eran en blanco y negro, otras sepia, se veía claro que abuelas y bisabuelas se pasaron de negro muchos años, media juventud, casi toda la madurez y gran parte de su ancianidad. Hijos que no sobrevivían, abuelos, padres y hermanos que morían, muerte por todas partes, constante, presente y recordada. De negro eterno casi en tantos pueblos pero también en ciudades.

La obligatoriedad del negro como todo lo que sea por norma es cosa mala. Pero sentir una pena por una ausencia de cualquier tipo y mostrarlo, porque es así como te sientes y deseas que te traten, creo que es respetable.

Luto y duelo, ambos desterrados de este mundo donde todo va tan rápido, donde no hay tiempo apenas para una pena sentida, honda y larga, por frivolidad y superficialidad tantas veces. Y con buenas intenciones otras tantas, ese “tienes que salir y animarte”.

PS: Y por contraste, que también cabe, pongo la foto de dos cuadros a los que nos quedamos mirando largo rato el domingo, esa maternidad tan blanca, y la otra, agitanada y negra, ambas tan bonitas. La vida y la alegría que no falten ni en el luto ni en el duelo, es posible tener un poco de todo.

(“Maternidad” y “Joaquina, la gitana” de Joaquín Sorolla y Bastida están en el Museo Sorolla de Madrid, calle General Martínez Campos)

miércoles, 17 de marzo de 2010

Claire O'Sullivan, sus gallinas y Pepa



Claire se apellidaba O'Sullivan. No podía llevar otro apellido siendo de Castletownbere. O ese, o McCarthy, como el famoso bar que estaba en el pueblo y que dio nombre al libro. Sean, el casero y cortejador, también se apellidaba como ella. También otras personas que tenían establecimientos en el pueblo y alrededores: una tienda azul con el apellido ese, otra amarilla, otra naranja, todas casas de colores diversos, pero con el O'Sullivan siempre de frente.

Claire se había impregnado algo de la privacy inglesa y costó el primer verano que me invitara a su casa. Al segundo año me presté a enseñar español a sus hijos, dos niños pelirrojos muy ricos de 6 y 9 años en la época. Así ella venía a traerles y recogerles a mi casa y se quedaba a comer o cenar alguna vez. Nosotros no parcheábamos con sandwiches ni similares, nos sentábamos con platos y cubiertos siempre. Teníamos un hambre espantosa todo el tiempo, quizás el clima o que no parábamos.

El caso es que ese año pasó el verano allí mi primera perra, Pepa, mitad collie mitad no sé qué, aunque realmente fuera una genuina pastora segoviana, raza poco conocida todavía. Un día me dijo Claire que fuera a su casa a tomar un té con algo dulce, era una excelente repostera. Ella tenía un collie de pura raza maloliente, permanentemente embarrado y tranquilo, que no pisaba la casa, lo normal en gente de campo, vamos, que los perros no entren jamás en la vivienda.

El collie aquel, macho por más señas, convivía en pacífica armonía con una docena de gallinas sueltas por el jardín, por eso de que libres las gallinas dan mejores huevos y así las tenía Claire, iban y venían a su aire a menudo. A mí no se me ocurrió cosa mejor que dejar a Pepa también en el jardín aquella tarde de autos que todavía recuerdo. Estaríamos hablando Claire y yo como dos cotorras y no nos enteramos del ruido. Al salir aquello era la debacle, plumas por todas partes y algún hilillo de sangre, de las gallinas ni rastro. Pepa estaba muy contenta, el otro perro parecía algo confundido pero satisfecho. Mi perra había enseñado al collie que con esos bichos con plumas se podía jugar y pasárselo francamente bien, cosa que él ignoraba hasta el momento. No llegaron a comerse ninguna, es cierto, y pasado el tiempo salieron las gallinas de sus escondites, pero estuvieron en recuperación física y psiquiátrica unos días. De hecho, no pusieron huevos una temporada. Claire no me retiró el saludo pero sí, más allá de la interrupción biológica aquella, dejo de darme los huevos que me regalaba. No hubo más huevos en todo el verano . Le sentó como un tiro.

Moraleja: nunca dejes sola una perra española con gallinas irlandesas (aunque la nacionalidad perruna o gallinácea es lo de menos), ni mucho menos corrompiendo a un pacífico collie y enseñándole lo que no debe.

Pepa era una buena perra, pero con los seres alados y terrenales (o sea, ángeles y pájaros que vuelen no cuentan), no se llevaba bien precisamente. Otro día que fuimos de excursión tuvo un encuentro con una pareja de ocas que se saldó a favor de las última, ella salió escaldada. Las ocas son unas guardianas excelentes y como haya 2 pueden a un perro mediano sin problemas.

PS: Hoy es San Patricio, 17 de marzo, un día grande para todos los irlandeses, fuera y dentro del país. ¡Viva Irlanda!

martes, 16 de marzo de 2010

La funeraria y la sociabilidad (España e Irlanda forever)

Al llegar a Castletownbere solo llevaba el nombre de una persona que, por circunstancias diversas, me habían dado desde Madrid. Era la dueña de la funeraria, algo singular, totalmente irlandés. El caso es que al llegar descubrí que no solo tenía ese negocio, imprescindible e importante en cualquier comunidad que se precie, sino que era dueña de la ferretería, un comercio también fundamental en un pueblo.

"Estoy muy ocupada esta semana y la que viene, me vas a disculpar que no te atienda". Sí, hubo varios muertos en una semana. Nada grave, solo vejez afortunadamente, y, claro, se le amontonaba el trabajo a ella y a la parroquia. Así que me presentó a su hija por si tenía yo algún problema, Ella se llamaba. Había trabajado en España en unas bodegas y hablaba español estupendamente, era encantadora. Ella tenía además un hermano, el pequeño, con el que intenté que hicieran migas mis sobrinas el segundo año que fui, eran de la edad. Pero las dejó tiradas un día con la bici en mitad del campo a las pobres.

Claire fue mi mejor amiga irlandesa. Vivía a unos 10 minutos andando en el mismo Tir Na Hilan.Trabajaba en la fábrica conservera del pueblo unas horas, le permitía dedicarse a sus hijos. Tenía Claire una casa preciosa que construyó su marido porque sabía hacerlo. El matrimonio, como hacen muchos irlandeses, se había marchado a Inglaterra al casarse. Él había trabajado mucho de albañil cualificado, habían ahorrado lo suficiente -o sea, mucho-, y se habían vuelto a Irlanda a tener los niños y criarlos allí. Los dos tenían familia en Estados Unidos que venían con frecuencia, ellos también les visitaban.

Claire no bebía nada, era abstemia, algo relativamente común allí, en esa zona. Asumo que porque vio cómo otros de cerca el efecto del alcoholismo ajeno, familiar seguramente, o porque quizá tuvo problemas en el pasado. La gente que no lo prueba suele pertenecer en el caso de Irlanda a esas dos categorías. También los había que se subían Hungry Hill sin pestañear y luego bebían a espuertas. O que bebían primer y luego subían, que también los había.

Recuerdo un par de fiestas en mi primera casa, la encantada, con mis sobrinos el primer año, en la otra que Sean y Ruth me alquilaron el segundo año, con mis sobrinas. La gente no hacía más que entrar y salir continuamente de nuestra casa a veces. Y no solo es que fuéramos sociales, que lo somos, es que también dábamos de comer gratis y francamente bien a quien llegaba. Y eso hace muchos amigos en cualquier parte, pero en Irlanda, que comen de aquella manera, pues más.

Hoy víspera de San Patricio, patrón de Irlanda, tengo a la península de Beara donde siempre, en el corazón, bien dentro. God bless Ireland.

PS: Las fotos son con mi hermano J., mis sobrinos C. y J. y mi perra Pepa, su último verano viva. La oveja también se metía en casa, eso desde luego. Nublado y sol, porque hay sol en Irlanda, lo prometo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Mimosas y letargo

13 y 14 de Marzo 2010.
Fin de semana espléndido en Madrid. El sábado tenía la intención de ir a la exposición de Fortuny y Madrazo en el Museo del Traje. Metí a Olimpia en el coche y fui a recoger a N. Esperamos a que bajara y mientras tanto vimos un verderón buscando algo que comer en la mediana. La universitaria estaba hasta los topes, no pudimos aparcar ni ver la exposición por tanto, debía de haber una oposición y por eso tanto coche en fin de semana.

"A esta perra ni se la siente" dice N. Es cierto, se tumba en el coche o en mi casa y no da la lata, la pobre. Tras un año en El Boalo, en plena sierra de Madrid, a las faldas de la Maliciosa, se ha acostumbrado de nuevo a la vida urbana, es una santa. Duerme mucho, a todas horas. Es ya mayor y está entrando en esa especie de letargo de la ancianidad.

Fuimos a la Dehesa de la Villa a tomar el aperitivo como plan alternativo. Varias familias aprovechaban el sol, hay muchas ganas y los niños además en casa se ponen muy pesados. Comimos sesos, el sitio muy agradable, La Paloma se llama, volveré. Me tienta el camarero con callos que yo no sé hacer y que me encantan, aunque mi madre dice que es como si te comes una toalla. Caigo en la tentación y me llevo una ración en un paquete en plan take away castizo.

El domingo igual de sol. Tenía vigilada a la mimosa de Juan Hurtado de Mendoza que comenzaba a brotar, y eso que en donde está ella, sombra casi permanente, todo florece más tarde. Dimos un paseo por San Fernando, el durillo ya abierto, más niños en el parque, los mirlos muy activos y alguna urraca que persigue a los perros a distancia. No sé si es que está criando y los prefiere lejos o es que tiene mal carácter.

Comí con unos familiares en las Tablas, ese Madrid del norte nuevo y recién puesto, una solanera es, ni árboles tiene casi. Pero vi una lavandera en mitad del asfalto. Al volver hacia mi casa en metro a eso de las siete de la tarde, fui a dar con una mimosa en mitad de un descampado, justo al lado de los barracones que, por el momento, hacen de parroquia en este nuevo barrio. Esta mimosa ya toda abierta, espléndida, no como la de mi calle, que va lenta por la falta de calor y de luz, aunque crezca en un jardín cuidado.

viernes, 12 de marzo de 2010

La hoja roja


Ayer en casa de mi madre vi en el telediario una imagen de Miguel Delibes ya muy anciano. Decían que estaba mal. Murió esta mañana. Supongo que una generación de españoles, mejor dicho, varias, nos hemos criado con los libros de Delibes. Hemos crecido como lectores con él y nuestra primera adolescencia quedó marcada por "La sombra del ciprés es alargada", un libro impresionante, tristísimo, precioso. Luego vino "El príncipe destronado", tan cercano, y recuerdo ese horror de personaje de "Mi idolatrado hijo Sisí". También "Las ratas" y otros muchos sobre esa vieja Castilla, Castilla la Vieja, como la llamábamos antes. "Cinco horas con Mario" fue una revelación, creo que recordar por COU o así, me parece que formaba parte de lo que teníamos que leer.

Los diarios de un cazador y un pescador nos apasionaban y, con Delibes de una mano, y de la otra Felix Rodríguez de la Fuente, como Javier Barbadillo nos recordó hace unos días, muchos aprendimos a amar el campo, ese de rastrojos de Castilla, de páramos desnudos, pobre a veces, luego verde en esa primavera que no sé si nos va a llegar este año, visto como está finalizando el invierno, justo ahora cuando Miguel Delibes nos deja. No la verá desde Sedano, será esta vez en el valle de Josafat que dicen los de su época, tan bíblicos ellos.

Miguel Delibes era un vallisoletano como hay muchos. Tenía de la tierra, también propio de su generación, la de nuestros padres, la de los míos al menos, una admirable sobriedad y la mirada acuosa de los jóvenes que hicieron la guerra o de los niños que la vivieron. Como ocurre con otros escritores su mujer le dio ese fuerte apoyo que le permitió escribir con tranquilidad, centrarse en lo que tenía que hacer. Cuando ella murió su desconsuelo, como muchos viudos, fue grande. De ahí esa "Mujer de rojo" que escribió pasado un tiempo.

En fin, una vida dedicada a la literatura y a la familia también, lejos y ajeno a estupideces, que hay muchas. No entró jamás en las envidiejas que se dan hasta en los más altos niveles de excelencia literaria, no se libran ni los más grandes. Pero él no, iba a lo suyo en el mejor de los sentidos. Inteligente, algo pesimista, con él muere no sólo un modo de señorío personal y literario sino, también, en cierta medida, una generación de los que ya tenemos pocos exponentes. Hay que cuidarlos. Gente recia, dedicada a hacer bien lo que sabe hacer, gente profunda que abomina del ruido reinante, de la estupidez y la banalidad. O sea, le costaba ya estar en esta tierra tan dominada por chisgarabís varios, como les pasa a otros de su edad.

Escuché hoy en el telediario del mediodía a Delibes hablando de la vida como algo que no hay que celebrar mucho, tan melancólico era. Recordé sin embargo su amor a la naturaleza y por tanto a la vida humana, aquel artículo suyo en el ABC defendiéndola.

Descanse en paz Miguel Delibes y cace con un buen perro en el cielo. Dios le pagará los buenos ratos que nos ha dado, lo felices que nos han hecho sus libros a pesar de la tristeza que algunos destilaban. Disfrutar es compatible con algunas penas.

PS: Su discurso al recibir el Cervantes fue emocionante. Ya había sacado la hoja roja del papel de liar tabaco y se notaba.
La foto es del diario "El norte de Castilla"

miércoles, 10 de marzo de 2010

"Andábata", de Olga Bernad. (El grifo de agua que se atasca a veces)



Siempre he pensado que el ambiente de oficina da para muchas novelas, desde las de misterio, hasta las de amor o, si me apuran, de asesinatos. Lo último los lunes, aunque también algún que otro viernes. Supongo que hay muchas personas con ganas de decirle al jefe como Bartelby, “preferiría no hacerlo”, para cruzarse luego de brazos sin dar ninguna explicación, hale. Pero más vale no andarse con literaturas con los tiempos que corren. Así que ahí siguen muchos, con suerte ocho horas trabajando, cuando no más. Como para no contarlo.

Cuando Olga Bernad me mandó, al pedírselo yo, su novela “Andábata”, entré en ese ambiente de oficina que me sonaba de algo. Me preguntaba yo además qué tendrían que ver los latines con la contabilidad y los jefes que se pueden tener a veces. De todo eso te vas enterando a medida que lees. Me di cuenta rápido que estaba ante una novela de amor y el amor me encanta. Así que agradecí mucho que lo hubiera entre las fotocopias y algún berrinche que otro. Es un amor cercano el de “Andábata”, y, a la vez, de los que te tienen la cabeza encharcada unos cuantos meses, entre pensando y elucubrando. No hay nada como la imaginación. Bueno, sí, pero poco. Casi todo empieza o acaba en ella. Ahí las mujeres creo que ganamos por goleada y gana en general todo: la realidad, aunque la quieras, se suele encargar de fastidiar bastante las cosas, pero ¡y lo bien que se pasa mientras pensamos…! Eso es “Andábata” en parte: lo que te ronda y lo que tienes bien delante, una combinación de ambos lugares ,“mezclados pero no agitados,” como la bebida de 007, y con la aceitunita esa, que le da también su gracia. Ni la realidad ni la imaginación pueden quitarnos, con las dos se avanza.

Estaba yo con el amor ese que entretiene tanto cuando me di cuenta de que no. No iba realmente de amor “Andábata”, vaya por Dios, con lo que contenta que yo estaba con el amor, sino de intriga… Y es que no hay misterio, es cierto, salvo si se saca la protagonista el carnet de conducir, que en general es un misterio bastante insondable cómo al final se lo sacan algunas personas. Pero es que cogí la novela antes de comer un día 30 de diciembre y no la pude dejar hasta esa misma noche de cómo me enganchó. Si eso no es intriga que me digan qué es.

El caso es que, más allá de lo laboral, el amor y el suspense ese peculiar de “Andábata”, por encima de todo se ríe una mucho: tiene un sentido del humor podríamos decir que entre jotero y británico, una mezcla un tanto insólita. “Andabata” es algo así como una Agustina de Aragón de hoy que quiere resistir con un aire a Emma Thompson que no puede con lo que tiene intentando aclararse en la confusión reinante, sobre todo en la propia. Todo esto con una música variada de fondo: esas familias tan españolas de te quiero tanto pero a veces me torras; el sentirse de los otros con los unos y de los unos con los otros y, al final, de nadie; preguntarse como en la zarzuela La del manojo de rosas “hace tiempo que vengo al taller y no sé a qué vengo”; saber que tú estás hecha para algo más que para cobrar la nómina cada último viernes de mes, y eso cuando cobras, etc. En fin, reconocerse perdida y a la vez poder encontrarse de vez en cuando con o en alguien, una noche a veces, una tarde otras. Es ya mucho poder encontrarse con alguien, me parece. Ya digo que “Andábata” es de amor, pero en el amor están también las amigas, no solo los hombres, que conste en acta.

Me han gustado además otros muchos aspectos de fondo y estilo la novela que paso a contar. Uno, es que no haya ni rastro en “Andábata” del, para mí, cansino tono intimista que causa furor. Ese que confunde el discurso interior de una mujer con palabras rebuscadas. Por ejemplo, poner “infinito” por todas partes: ¿alguien se dice “infinito” mientras habla para sí misma fregando los platos? No sé, me parece raro. Por eso, en mi opinión, es tan de agradecer que en “Andábata” corra la vida como el agua de ese grifo del cuarto de baño, que funciona pero se atasca a veces. Vida con sus rutinas y pequeños desastres, el grifo, ya lo sé, se ha vuelto a atrancar, pero dúchate ya, por Dios, que hay que salir a la calle, sin autocompasión ni victimismo, otra plaga en tantas escrituras femeninas, no en la de Olga Bernad. El meneíto se puede llamar también al modo de escribir aquí de la autora: cuando estás cocinando y, para que no se pegue aquello al fondo del cacharro, lo meneas, le das un golpe pequeñito a la cazuela, zas, el meneíto, vamos, y sin que se agarre abajo, se sigue haciendo el guiso al fuego vivo. Es literatura del meneíto “Andábata” y, como tal, no hay atisbo tampoco de autocomplacencia, otro peligro posible, como lo es saldar cuentas o vengarse a través de la escritura de ficción, algo que Olga no permite de ninguna manera que pase. Jotera, pero contenida siempre, literatura, claro, y por eso escritura siempre a una prudente distancia temporal y hecha en frío, muy ligada sin que se note nada ese trabajo.

Otro de los aspectos mejores de la novela formalmente hablando es que la autora empieza y acaba cada capítulo que parece una gimnasta de las que clavan el ejercicio en el suelo: no hay ni uno solo que no tenga un inicio y un final así, exacto, perfecto. Ni se le mueve un pie o una mano al caer en el suelo, firme siempre. Mantener eso, como el ritmo narrativo, capítulo tras capítulo, hacer un relato redondo en cada uno, y luego en el conjunto total, no es fácil, y se agradece como lector: por eso engancha "Andábata". Y eso ¡qué difícil lo de los comienzos y los finales en todo! Así que creo no hay más que decir que, si podéis, la leáis y la regaléis. Os va a gustar. A mí me ha encantado esta primera novela de Olga Bernad.

("Andábata" está publicada por Paréntesis, tiene 228 páginas y se puede encontrar en la web de la editorial y en librerías varias, tenéis el link de la primera en el último párrafo)

lunes, 8 de marzo de 2010

La mirada de Tana (una felicidad discreta) (Vida Perra XI)



Los ojos de los perros tienen algo de canica oscura, de vidrio redondo y tenebroso donde te reflejas. Te mira tu perro y entiendes un poco más lo que es la tristeza. Es extraña esa devoción que sienten por ti. Casi mejor a veces no hacer contacto visual con ellos. Te sabes indigna de su ¿amor?, de su lealtad más bien.

Tuve una cachorra de bóxer fruto de un impulso estúpido. Ya tenía perra, Olimpia, adoptada tras la muerte de Pepa, otra perra igualmente sacada de la protectora. Siempre me llevo a la que más lo necesite. Ya lo saben y me escogen siempre a la perra que nadie quiere, demasiado vieja, demasiado negra, siempre son demasiado algo... Pero Tana fue la ilusión de pensar que yo podía educar a alguna perra que no viniera con el bachillerato ya hecho, como vienen todas las de la protectora de Segovia, allí donde yo voy a buscar a mis perras, al lado de la destilerías Dyc. También me dijeron que no encontraban dueña, dueño ,para una boxer de pura raza, preciosa es y era. Como hago siempre, di un paso hacia delante que nadie me pedía realmente, sobrevaloré mi capacidad y mis fuerzas.

Llegó Tana un día de febrero de hace un año y se montó la de san quintín en mi casa y en la de mi madre. Dos meses tenía, inquieta, meona, cagona, divertídisma, indisciplinada y muy inteligente. Me cogió el aire, los bajos, nada más verme. Soy fácil hasta para un perro. No pude con ella y en este blog dejé constancia, hay varias entradas al respecto. Vivía entonces en el campo pero ni con esas, no había manera. Busqué una entrenadora en Madrid. Luego Alejandro, con quien me tope un día frío por la Maliciosa y quien se quedó prendado de la perra, volvió a encontrarme al cabo de 5 meses y se ofreció a entrenarla y, si no podía yo al final con ella, a llevársela él, tenía ya cuatro perras. Al final se la di en agosto con gran dolor de mi corazón. La sensación de que la abandonaba era de horror, que había sido toda una inconsciente. Lo último era cierto, no lo primero.

Alejandro tiene a Tana a raya, la manda con la mirada solo, qué suerte. De hecho la utiliza para entrenar a otros perros, él sigue el sistema ese del de la tele. Mejor dicho, Alejandro ya lo hacía antes de conocer el programa, sabe bien que los perros se educan mejor en manada y con un líder firme al frente que es él (yo no soy líder ni puedo serlo, sniff). Me envía fotos de Tana, me la trae ahora a mi casa a Madrid, me informa de cómo va. Ella me mira en directo o a través de la cámara de Alejandro con ojos que quiero pensar que son de agradecimiento.

Al final quisiera creer que cuando uno renuncia a algo, a un perro, pero también a alguien, es por amor y no por simple comodidad del que tira la toalla o simplemente no puede. Es reconocer incluso con dolor que la otra persona que acoge a ese ser vivo no es ni mejor ni peor que nosotros, pero sí mejor para él, para ella. Que así ella será más feliz, que es de lo que se trata ¿no? Cuesta mucho decírselo una a sí mismo sin sentirse de pena. Pero da tranquilidad el verse de nuevo reflejada en los ojos de vidrio de Tana, en esa oscuridad y tristeza de una perra que te mira, el rastro quizá en ellos de que ha entendido de alguna manera lo que has hecho y está... maldición, ¡está tan campante y tan contenta! ¡ay!

... Me podría echar algo de menos la muy... Pues no señor, ahí está la Tanita, feliz de la vida, la muy sinvergüenza... Lo dicho: a veces una desearía la felicidad del amado al que renuncia más o menos voluntariamente... Pero tampoco que se pase, vamos, una cosa discreta de felicidad, tampoco una felicidad a lo grande... Somos humanos ¿no?, los perros son definitivamente más simples, ni se enteran.
PS: Las fotos, naturalmente, son de Alejandro Schifferstein, la de la piscina de agosto de 2009, la de la cara de Tana hace 4 días, recién despierta.

sábado, 6 de marzo de 2010

Derrota y silencio

No puedo.
Tengo miedo.
No lo he planeado ni lo quiero.
No es un hijo deseado de esos.

No sé de quién es siquiera.

Sé de quién es, pero no quiero un hijo suyo de ninguna manera.

Sé de quién es, y él lo sabe, pero es él quien no lo quiere, y yo, así, no puedo tenerlo.

El padre lo quiere, pero soy yo la que no lo quiere. Y yo mando en mi cuerpo, es mi decisión, él no lo va a tener 9 meses dentro.

Se lo he dicho a él y me ha dicho que bueno, pero yo sé que voy a criarlo sola luego, me temo. Y no puedo.

Se lo he dicho a él y tenemos los dos miedo, no tenemos trabajo, no tenemos dinero, somos muy jóvenes, dime tú... ¿cómo vamos a tenerlo?

No puedo.
Tengo miedo.
Estoy sola.

No me atrevo a contárselo a mis padres, no nos atrevemos.

Me da vergüenza, ¿qué dirán mis amigas, mi familia, en el instituto entero? Se reirán de nosotros, nos llamaran lelos, no podremos salir ya más como hacemos. No sólo es el embarazo, es lo que se me viene encima, lo que se nos echa encima sin quererlo.

No podré seguir con los estudios, no podremos, es todo un problema.
Me han dicho mis padres que ellos me apoyan y que no lo tenga.
Me han dicho los padres de mi novio que de ninguna manera.
Nuestros padres nos apoyarían pero no se lo vamos a contar de ninguna manera.

Me va a deshacer la vida.
Nos va a deshacer la vida.
No puedo cargar con esto ahora, ni tampoco mi familia puede.

No puedo.
Estoy sola.
Tengo miedo.

Mira, no, es otro el tema. El tipo es un gilipollas integral o intermitente de esos con los que te acuestas a veces, por costumbre o hasta por norma, incluso con el sacramento o la unión de por medio. Soy una de esas mujeres que hacen esas tonterías. La soledad es muy dura ¿sabes? y no todo el mundo puede con ella. Así que lo que menos quiero ahora es tener un recuerdo o algo en común que nos una más o para siempre, también que nos acabe de separar, es otra manera de verlo.
Tú no lo entiendes. Es un momento delicado por el que pasamos y ahora un niño no es lo que más conviene. Acabará por liar más lo que tenemos. Un hijo ahora sería muy complejo, yo no estaría segura de si él seguiría conmigo por el niño o por mí... y así no quiero, no quiero que se sienta presionado. Si antes ya no sabía qué hacer, un niño no arregla nada, lo pone más confuso. Y el niño tampoco tiene la culpa de que nosotros no nos entendamos o sepamos qué coño queremos, sufriría mucho. Mejor no lo tengo... No es el mejor momento.

Tengo un trabajo muy exigente ahora y no es la relación que yo quiero. Cuando llegue el hombre adecuado, el que me quiera, digo yo que alguna vez llegará, ¿no?, ¡quiero ser optimista al respecto!, pues cuando llegue... tendré hijos y será estupendo. Esto ha sido un error y no sé cómo ha podido pasar, tengo siempre cuidado, lo tenemos. Pero el caso es que no lo voy a tener de ninguna manera, ni por él, ni por el momento, ni por nada. No lo tengo.

No, no es él, ni soy yo, pero me echarán del trabajo, me lo han dicho ya varias veces y ¿sabe Vd.?, no podemos realmente. Él está en el paro, yo hago lo que puedo, pero no llegamos a fin de mes… y ahora por favor no nos hable de condones ni de precauciones, se lo ruego.

Es para toda la vida, es algo muy serio y no puedo. Todo el mundo me ha dicho que es mejor que no lo tenga, que tendré hijos más adelante, que tengo mucho tiempo, que debo pensar en mi futuro, que haré del niño un desgraciado, sin padre siquiera o con dos lelos como padres, dos niños casi y él, que será el tercero.

Estoy sola.
No puedo.
Tengo miedo.

Viene mal, muy mal: me lo han asegurado los médicos, están convencidos, es horroroso lo que me han contado ¿sabes?.Y yo no quiero que sufra, mejor que así no venga. Yo no tengo derecho a traer al mundo a alguien que viene a sufrir... Sería una completa egoísta si lo hiciera. (Es síndrome de down, tiene una anomalía, algo no marcha bien, etc., etc., etc.)

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Es relativamente rápido, indoloro incluso en ese momento para la mujer la mayoría de las veces.

A los dos días puedes estar trabajando como si nada.

Pero es una derrota siempre, una vida humana que se cercena violentamente.

A veces dos, la que viene y la de la mujer, que queda hecha papilla, rota por dentro.
Porque luego tiene lugar un gran silencio que no hay quien lo llene, ni otro niño, ni nadie, por mucho que te empeñes.

Por eso… ¿de qué se ríen éstas?
¿por qué sonríen tan contentas?

Creo que la cuestión del aborto no tiene que ver ni con las creencias ni con la ideología ni con el género. Tampoco tiene que ver con el cariño que tienes por muchas personas que han abortado y están a veces muy cerca. No es eso y bien lo saben ellas.

Es una cuestión de la verdad, simple y llanamente. Y tiene que ver con la razón y la ciencia que nos señala que “eso” es una vida humana, alguien. Y con la humanidad que nos dice que eliminarla, eliminarle, no es bueno.
Y que el aborto, por tanto, no puede ser nunca un derecho, será siempre una derrota y un gran silencio.
Por eso yo estaré mañana, día 7 de marzo, en la manifestación. No me gustan nada las manifas, por cierto, pero eso es lo de menos. Estaré con pena por cada derrota y por cada silencio.

Meditaciones ante el niño de Vallecas (Luisa y su huella)


Fuimos el sábado pasado al Museo del Prado Josianne y yo. La hora de la comida es un buen momento para hacerlo. Lo pasamos bien. Siempre vuelves a descubrir aspectos nuevos de cuadros que has mirado cien veces. Se disfruta más en compañía también, me parece. Otros ojos a tu lado ven detalles que tú pierdes. La condesa de Chinchón era la mujer de Godoy, no tenía ni idea. Qué manos las de la Virgen de la Adoración de los pastores tan regordetas, tan de mujer de pueblo. Y ese niño fajado y expuesto en vertical con esa carita tan rica, redonda y serena. Otra vez la magnanimidad en la mirada y el gesto del vencedor en la Rendición de Breda. Luego el plata y rojo que se repiten en los vestidos de la infanta y la reina en Velázquez.

Llegamos a los bufones de Velázquez y me preguntó Josianne qué eran. Fui explicándole lo que sabía, poco. Tocó el niño de Vallecas y me paré más tiempo ante esa mirada y la del propio pintor en ella.
Cuántos recuerdos. Qué huella tan ligera sobre la tierra dejan. Ni el más mínimo daño hacen de cómo pasan, tan leves. Y qué silencio tan duro cuando se nos mueren. Se fueron esos ruiditos suyos constantes, ni palabras eran. Luisa, 1968-2001, en la paz de Dios descansa, en la que estuvo desde que nació, pero ya "oficialmente" desde aquella madrugada de Jueves Santo, día del amor fraterno. No fue una coincidencia.

N. me envió hace unas semanas un poema que me emocionó como el niño de Vallecas. Los pintores, los poetas, los músicos, en fin, tanta gente, saben decir lo que otros sentimos muy dentro. Espero que no le moleste al autor y que me perdone en su caso.

BELINHA (1958-2005)

Para mi hermana Ana

Un oscuro designio de Quien es
el propio Amor y toda la Justicia
te denegó la luz de la razón.
Algún día veremos que era bueno,
que fue un resorte decisivo para
la Gloria del Señor del Universo.
Hasta entonces guardemos estas cosas
en nuestro corazón -arca de Fe-.

Pero ya algún atisbo me anticipa
la claridad final: esa carencia
tenía un reverso misterioso de
privilegio: que nunca hicieras mal
y tu paso dejara en esta vida
la misma estela pura que los ángeles.
Más: tu debilidad nos hizo ser
a cuantos estuvimos cerca de ella
mejores que nosotros. Y hoy que ya
vives la luz del rostro del Eterno
a todos tus hermanos nos mejoras
un poco más con tu oración perfecta.

Acaso a ti, de todos la más pobre,
a la que todo lo necesitaba,
a la que en tanto tiempo llegó apenas
a balbucir «las vacas» y unos cuantos
nombres propios cercanos (eso sí:
uniendo con un raro instinto los
matrimonios), precisamente a ti,
nosotros, tus hermanos, los llamados
normales, los que siempre te mirábamos
con lástima, por una de esas bromas
de la Divina Providencia, acaso
cuando llegue la hora verdadera
te debamos la Bienaventuranza.

Miguel D’Ors
PS: Volvimos andando un rato desde el museo a casa. Josianne al paso suyo, o sea, el famoso paso brasileño, cadencia en el suelo mojado del Paseo de Recoletos. No sé cómo lo hace... ¿las entrenan?. Yo, al mío, trote de legionario, más bien cochinero. Acabamos cogiendo el metro, difícil acompasamiento.

jueves, 4 de marzo de 2010

Enemigos y aliados (ambivalente)





Este pedazo de arco iris doble, cortesía de Dios nuestro Señor a través de ella, la naturaleza, y luego de Alejandro Schifferstein, amigo del alma, que me ha mandado la foto (esa y otras muchas, preciosas), ha aparecido esta mañana en la sierra de Madrid, entre Cerceda, Matalpino, El Boalo, etc.

Días ya de sol, menos mal. Y de lluvias todavía. Vaya invierno que tenemos, un espanto. A ver si se acaba. Días ahora de clases, afortunadamente. El aula es estupenda. Quita mucha energía pero te la da de otra manera. Es fantástico: te ríes, te agotas mucho, aprendes, en fin, conoces a gente muy interesante. Y te das cuenta que aquello que has preparado así lo debieras haber hecho de otra manera. Creces, sabes que la próxima lo tienes que cambiar. Nunca repito una clase, no tiene sentido, me parece.

A veces se lucha con lo externo. Por ejemplo escribes y lo pasas bien pero mal. Te llega a quitar el sueño una trama, un personaje, un párrafo o una página que no acaba de quedar como debiera o, mejor dicho, muchas páginas que no marchan. Y lo ves con el tiempo. A veces todo el texto completo: hay que empezar de nuevo casi. Te das cuenta que el peor enemigo que tienes es precisamente aquello que podría ser visto por otros o por ti misma como un activo, algo bueno.
La facilidad al escribir es, por ejemplo, una maldición gitana como otra cualquiera. Es el peor enemigo que a veces se puede tener. Cuesta mucho dominarlo, utilizarlo sin que se crezca, conseguir que esté a raya siempre, que no te pueda. "Quieto, parado, vete a seducir a quien tú quieras, pero a mi no, que te veo venir... eres malo y no te quiero"...

Batallar contra aquello que alguna vez puede ser bueno, contra esa tendencia, como decíamos en televisión, que te hace alcanzar el éxito (cierto éxito, digamos), es clave en muchas cosas, no sólo escribiendo.

Es lo dual que aparece de nuevo. Si eres optimista puedes caer en la ingenuidad, si pausado en llegar a ser un poquito lento, si activo en la hiperactividad, si fuerte en llegar a ser duro. Y así con todo: si sensible en poder caer en el exceso de sensibilidad, en la hipersensibilidad, si curiosa en la eterna dispersión o el picoteo, etcétera.

El enemigo siempre está dentro y duerme con nosotros. Y a veces lo peor es que no duerme siquiera.
Pero ahí está el arco iris, que a veces es hasta doble y sale para recordanos ... no sé ¿alianzas nuevas o ya viejas? De muchos tipos y siempre.
Pues eso: el sol que sale y los aliados que se tienen, tan diversos.

lunes, 1 de marzo de 2010

Kafka y la muñeca viajera

Jordi Fabra i Serra, escritor barcelonés con una extensa carrera y éxitos, ganó en 2007 el premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con "Kafka y la muñeca viajera". El texto, publicado por Siruela, se basa en la historia que se cuenta del escritor, quien en el último año de su vida se encontró en el parque Steglitz de Berlín una niña que lloraba desconsoladamente porque se le había perdido su muñeca. Kafka le dijo a la niña que su muñeca se había ido de viaje y que él lo sabía porque era cartero de muñecas. Desde ese día y durante unas tres semanas el escritor fue entregando a la niña diversas cartas que venían desde lugares distintas donde la muñeca estaba. Nunca se encontraron dichas cartas y fue a través de Dora Aymant como nos ha llegado esta anécdota sobre la cual Fabra i Serra escribe una novela preciosa, delicada y emocionante, que ha servido de base para la representación teatral que Ayanta Barili ha dirigido en en teatro Lara de Madrid.

Quizá lo primero que cabe destacar de esta versión teatral es que se han reunido un conjunto de estupendas coincidencias: fantástica historia original, texto de Fabra i Serra espléndido, fino y elegante, adaptación inteligente y llena de magia de Ayanta Barili y una interpretación por parte de sus tres únicos actores estupenda. La obra es de una gran simplicidad y su fuerza me parece que reside en esa sencillez que suele tener lo bueno.

La niña, el escritor y una estatua están muy bien, medidos y contenidos, la niña es para recordar, una monada. Se han utilizado unos recursos escénicos mínimos pero muy eficaces, unas marionetas que sobre un fondo negro nos van pintando esos viajes a través de un globo que luego se hace barco dirigible, de una gaviota y de unos paisajes cambiantes desde París a Tanzania, flores, confeti, todo suave y alegre, simpático y sugerente.

Te emocionas y ríes con el texto y esa muñeca que se ha ido no porque estuviera harta de la niña, sino porque con ella aprende a ser libre, algo no siempre fácil pero sí deseable, con esas cartas desde París o Londres y el desenlace de la muñeca que encuentra el amor y se casa en África con los animales como invitados.

No sé si se va a llevar esta obra fuera de Madrid o si va a estar mucho tiempo en la ciudad, pero hay que verla. No es sólo para niños, creo. A mí como adulta me ha parecido preciosa. Es cierto que no tiene pretensiones y que quizá su sencillez choque con obras y cine que tienen a los niños hiperexcitados con un ritmo trepidante, mucha luz, mucho ruido, todo siempre demasiado. Esto es otra cosa: tranquila, poética, casi silenciosa, hablan poco y lo justo, tanto el texto como las imágenes, ese escenario tan bien discurrido. Yo creo que ahí, en su falta de artificio, está lo mejor de ella, su fuerza que te llega sin tanta alharaca, por dentro, y se queda un rato en tu interior, callada.