Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

jueves, 5 de marzo de 2009

María y el poeta


El 6 de marzo 1881 nació en Santander María Gutierrez Cueto, más conocida como María Blanchard. Aunque creo recordar que en historia del arte en COU, allá por el pleistoceno, ya supe de ella -unida siempre a Juan Gris-, la redescubrí en la exposición “Fuera de orden: mujeres de la vanguardia española” en el Centro Cultural Mapfre de Madrid en 1999.

Compré también un libro que hablaba brevemente de María entre otras mujeres artistas e intelectuales de principios de siglo pasado. Me quedé enganchada tanto a su pintura como a su historia desde entonces.

Me conmovió, me conmueve todavía.

Deforme físicamente de nacimiento –era jorobada-, alentada por su padre marchó a Madrid para aprender a pintar. Fue amiga de Diego Rivera, de Juan Gris y muchos más, prima de Ramón Gómez de la Serna. Vivió en París donde volvió tras una breve temporada en esa España despiadada y cruel donde la llamaban bruja y no entendían lo que pintaba.

Tuvo una etapa cubista sin esa desestructuración final, unos planos que se desdoblan levemente, como ella misma.

Sus cuadros respiran ternura, soledad, nunca rencor o amargura. Me parece impresionante que alguien con tanto dolor pinte con suavidad y paz. Murió en París en 1932.

Las palabras que dijo García Lorca en el Ateneo poco despúes de morir María son impresionantes. Me "reconciliaron" con el poeta sobre el que pesaba en mi caso, qué pena, esa vara que nos dieron en los 70, Lorca hasta en la sopa. Y luego él era otro, qué alegría, y no ese de la propaganda. Como ocurre en la vida a menudo.

Qué bien (re)descubrir a alguien porque sabe hablar del pelo de una mujer, porque sabe verla. Y más.

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"Señoras y Señores:

Yo no vengo aquí, ni como crítico ni como conocedor de la obra de María Blanchard, sino como amigo de una sombra. Amigo de una dulce sombra que no he visto nunca pero que me ha hablado a través de unas bocas y de unos paisajes por donde nunca fue nube, paso furtivo o animalito asustado en un rincón. Nadie de los que me conocen pueden sospechar esta amistad mía con María Gutiérrez Cueto, porque jamás hablé de ella, y aunque iba conociendo su vida a través de relatos originales siempre volvía los ojos al otro lado, como distraído, y cantaba un poco porque no está bien que la gente sepa que un poeta es un hombre que está siempre ¡por todas lascosas! a punto de llorar.

¿Usted conocía a María Blanchard? Cuénteme...

Uno de los primeros cuadros que yo vi en la puerta de mi adolescencia, cuando sostenía ese dramático diálogo del bozo naciente con el espejo familiar, fue un cuadro de María. Cuatro bañistas y un fauno. La energía del color puesto con la espátula, la trabazón de las materias y el desenfado de la composición me hicieron pensar en una María alta, vestida de rojo, opulenta y tiernamente cursi como una amazona.

Los muchachos llevan un carnet blanco, que no abren más que a la luz de la luna, donde apuntan los nombres de las mujeres que no conocen para llevarlas a una alcoba de musgos y caracoles iluminados, siempre en lo alto de las torres. Esto lo cuenta Wedekind muy bien y toda la gran poesía lunar de Juan Ramón está llena de estas mujeres que se asoman como locas a los balcones y dan a los muchachos que se acercan a ellas una bebida amarguísima de tuétano de cicuta.

Cuando yo saqué mi cuartilla para apuntar el nombre de María y el nombre de su caballo me dijeron: "es jorobada".

Quien ha vivido como yo y en aquella época en una ciudad tan bárbara bajo el punto de vista social como Granada, cree que las mujeres o son imposibles o son tontas. Un miedo frenético a lo sexual y un terror al "que dirán" convertían a las muchachas en autómatas paseantes, bajo las miradas de esas mamás fondonas que llevaban zapatos de hombre y unos pelitos en el lado de la barba.

Yo había pensado con la tierna imaginación adolescente que quizá María, como era artista, no se reiría de mí por tocar al piano "latazos clásicos", o por intentar poemas, no se reiría, nada más, con esa risa repugnante que muchachas y muchachos y mamás y papás sucios tenían para la pureza y el asombro poético, hasta hace unos años, en la triste España del 98.

Pero María se cayó por la escalera y quedó con la espalda combada expuesta al chiste, expuesta al muñeco de papel colgado de un hilo, expuesta a los billetes de lotería.

¿Quién la empujó? Desde luego la empujaron; "alguien", Dios, el demonio, alguien ansioso de contemplar a través de pobres vidrios de carne la perfección de un alma hermosa.

María Blanchard viene de una familia fantástica. El padre un caballero montañés, la madre una señora refinada; de tanta fantasía que casi era prestidigitadora. Cuando anciana iban unos niños amigos míos a hacerle compañía y ella, tendida en su lecho, sacaba uvas, peras y gorriones de debajo de la almohada. No encontraba nunca las llaves y todos los días tenía que buscarlas y las hallaba en los sitos más raros, por debajo de las camas o dentro de la boca del perro. El padre montaba a caballo y casi siempre volvía sin él, porque el caballo se había dormido y le daba lástima el despertarlo. Organizaba grandes cacerías sin escopetas y se le borraba con frecuencia el nombre de su mujer. En esta distracción y este dejar correr el agua, María Gutiérrez se iba volviendo cada vez más pequeña, una mano le tiraba de los pies y le iba hundiendo la cabeza en su cuerpo como un tubo de "Don Nicanor que toca el tambor".

En este tiempo que corresponde a la apoteosis final de Rubén, vi yo el único retrato de María que he visto, y era una criatura triste, no sé de quién, en la que está al lado de Diego Rivera el pintor mexicano, verdadera antítesis de María, artista sensual que ahora, mientras que ella sube al cielo, él pinta de oro y besa el ombligo terrible de Plutarco Elías Calles.

En la época en que María vive en Madrid y cobija en su casa a todo el mundo, a un ruso, a un chino, a quien llame a la puerta, presa ya de este delicado delirio místico que ha coronado con camelias frías de Zurbarán su tránsito en París.

La lucha de María Blanchard fue dura, áspera, pinchosa, como rama de encina, y sin embargo no fue nunca una resentida, sino todo lo contrario, dulce, piadosa, y virgen.

Aguantaba la lluvia de risa que causaba, sin querer, su cuerpo de bufón de ópera, y la risa que causaban sus primeras exposiciones, con la misma serenidad que aquel otro gran pintor, Barradas, muerto y ángel, a quien la gente rompía sus cuadros y él contestaba con un silencio recóndito de trébol o de criatura perseguida.

Aguantaba a sus amigos con capacidad de enfermera, al ruso que hablaba de coches de oro, o contaba esmeraldas sobre la nieve, o al gigantón Diego Rivera que creía que las personas y las cosas eran arañas que venían a comerlo, y arrojaba sus botas contra las bombillas y quebraba todos los días el espejo del lavabo.

Aguantaba a los demás y permanecía sola, sin comunicación humana, tan sola, que tuvo que buscar su patria invisible, donde corrieran sus heridas mezcladas con todo el mundo estilizado del dolor.

Y a medida que avanzaba el tiempo, su alma se iba purificando y sus actos adquiriendo mayor trascendencia y responsabilidad. Su pintura llevaba el mismo camino magistral, desde el cuadro famoso de "La primera comunión" hasta sus últimos niños y maternidades, pero atormentada por una moral superior daba sus cuadros por la mitad del precio que le ofrecían, y luego ella misma componía sus zapatos con una bella humildad.

La vida y pasión de Cristo fue tomando luz en su vida y, como el gran Falla, buscó en ella norma, dogma y consuelo. No con beatería, sino con obras, con grave dolor, con claridad, con inteligencia. Lo más español de María Blanchard es esta busca y captura de Cristo, Dios y varón realísimo; no al modo de la fantástica Catalina de Siena que se llega a casar con el niño Jesús y en vez de anillos se cambian corazones, sino de un modo seco, tierra pura y cal viva, sin el menor asomo de ángeles o milagro.

Su cintura monstruosa no ha recibido más caricia que la de ese brazo muerto y chorreando sangre fresca, recién desclavado de la cruz.

Ese mismo brazo fue el que, lleno de amor, la empujó por la escalera para tenerla de novia y deleite suyo, y esa misma mano la ha socorrido en el terrible parto, en que la gran paloma de su alma apenas si podía salir por su boca sumida. No cuento esto para que meditéis su verdad o su mentira, pero los mitos crean al mundo, y el mar estaría sordo sin Neptuno y las olas deben la mitad de su gracia a la invención humana de la Venus.

Querida María Blanchard: dos puntos... dos puntos, un mundo, la almohada oscurísima donde descansa tu cabeza...

La lucha del ángel y el demonio estaba expresada de manera matemática en tu cuerpo.

Si los niños te vieran de espaldas exclamarían: "¡la bruja, ahí va la bruja!". Si un muchacho ve tu cabeza asomada sola en una de esas diminutas ventanas de Castilla exclamaría: "¡el hada, mirad el hada!". Bruja y hada, fuiste ejemplo respetable del llanto y claridad espiritual. Todos te elogian ahora, elogian tu obra los críticos y tu vida tus amigos. Yo quiero ser galante contigo en el doble sentido de hombre y de poeta, y quisiera decir en esta pequeña elegía, algo muy antiguo, algo, como la palabra serenata, aunque naturalmente sin ironía, ni esa frase que usan los falsos nuevos de "estar de vuelta". No. Con toda sinceridad. Te he llamado jorobada constantemente y no he dicho nada de tus hermosos ojos, que se llenaban de lágrimas, con el mismo ritmo que sube el mercurio por el termómetro, ni he hablado de tus manos magistrales. Pero hablo de tu cabellera y la elogio, y digo aquí que tenías una mata de pelo tan generosa y tan bella que quería cubrir tu cuerpo, como la palmera cubrió al niño que tú amabas en la huída a Egipto. Porque eras jorobada, ¿y qué? Los hombres entienden poco las cosas y yo te digo, María Blanchard, como amigo de tu sombra, que tú tenías la mata de pelo más hermosa que ha habido en España."

Por orden los cuadros son: Primero a la izquierda, "Mujer sentada", 1928. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Segundo a la derecha, "Jeune Fille Lisant". Tercero a la izquierda, "Maternidad", 1925.

15 comentarios:

ana dijo...

Máster... si encuentras un libro titulado "Con un dedo en los labios" de José Jiménez Lozano... no dejes de leerlo.

Esta historia me lo ha recordado.

Hay presencias en el mundo, que desde su humildad e imperfección, lo llenan todo.

Toi dijo...

perlas en el basurero

nos reconcilian con la vida

gracias por la entrada, corazón

Suso Ares Fondevila dijo...

Hija, ¡el texto de García Lorca me ha dejado sin respirar! ¡Qué enormidad de amor y talento! ¡Qué profundidad religiosa y teológica y yo qué se! Gracias mil, Boreal.

Suso dijo...

¡Gracias!,¡un hallazgo!

Máster en Nubes dijo...

Me encanta Jiménez Lozano, intentaré encontrarlo y comprarlo, Ana. De verdad ¿tú has leído "todo", como me parece a mí?

Besos, y gracias por antes...
Aurora

Máster en Nubes dijo...

Gracias a ti, Toi, la vida de esta mujer me tiene impresionada, y la descripción de Lorca de "la época" en este texto más allá de la elegía de María es de impresión.

Máster en Nubes dijo...

Como me pasó a mí la primera vez que lo leí, Suso. Me pareció de una hermosura, profundidad... en fin. Desde esa lectura me interés por García Lorca que me gusta mucho.

Y eso de que un poeta es un hombre que está a punto de llorar por todas las cosas ;-) me hace pensar que algunos sin serlo lo somos...

Gracias, hombre del Norte...

Aurora

Máster en Nubes dijo...

A que sí, Suso, es una cosa tan bonita dicha tan bien que te emociona.
Un abrazo, Balú
Aurora

Modestino dijo...

Sencillamente precioso. Gracias por compartir algo tan bonito.

ana dijo...

No... yo no he leído todo... no... pero como tú dices... mi tierra es fría.

Asier dijo...

master, como no escibas algo te lijo!!!
Estoy de vuelta,ya te he contada.
Ana, un beso enorme.te mandaré un mail.
Saludos atodas y todos.

Sunsi dijo...

Sin palabras... ¿Que más se puede decir... y mejor dicho que Lorca?

Me alegro de que lo hayas descubierto y que nos hayas regalado este texto. Es de una delicadeza exquisita.

Besos y grcias otra vez por esta maravilla de entrada.

ana dijo...

Hombre Asier... ya se dejaba sentir tu vacío en esta casa.

Qué bien que has vuelto!!

:))

Y sí... los días cada vez cunden menos...

ana dijo...

Hombre Asier... ya se dejaba sentir tu vacío en esta casa.

Qué bien que has vuelto!!

:))

Y sí... los días cada vez cunden menos...

Olga B. dijo...

Lo bueno que tienen los poetas de verdad es que siempre encuentran manera de tocarnos, si lo que escuchamos son sólo sus palabras, y de hacer desaparecer los prejuicios heredados y personales. Miran de otra manera, saben hacernos ver.
María y el poeta. Qué injusta fue la vida con ambos, pero ambos nos han dejado algo por encima de sus tragedias.
Tu entrada me hace recordar palabras de otro ilustre:
"Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito"
O cuanto he pintado, diría ella;-)
Un abrazo, Aurora.