Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

viernes, 20 de agosto de 2010

Un pollo en el cuarto de baño y otras historias con animales (I)




-Mamá, ¿a que tú pensabas que el yogur lo daban directamente las vacas? Pues no, que lo sepas, lo fabrican con la leche que ellas dan…

Mi madre asentía muy seria y escuchaba una explicación que, naturalmente, no necesitaba. Habíamos visitado las instalaciones de Clesa con el colegio y para mí fue una revelación, creía que las vacas tenían dos tetas, una para leche y otra para el yogur, cosas de la infancia. Muchos años pensé también que las cartas que metíamos en el buzón iban por túneles subterráneos hasta llegar a su destino a cada casa, siempre por debajo de ciudades y campo.

Pero las visitas educativas escolares a veces tienen consecuencias inesperadas, cambian tu vida y la de tu familia casi. Fuimos a una granja poco después y volví encantada con un pollito que me regalaron. Estaba tan ilusionada que, a diferencia de otras madres, que se deshicieron del animal sin contemplaciones, la mía me dejó meter el pollo en un cuarto de baño muy chico, solo retrete y lavabo, que no usábamos. Allí el pollo se crió estupendamente. Fue mi primer animal de compañía. Volvía del colegio e iba a visitarle, a ver cómo había pasado el día. Le soltábamos un rato y al poco mi madre decía que de nuevo al cuarto de baño. Le puse nombre, ya no recuerdo cuál, pero tenía nombre, era alguien. Era bonito volver del colegio y saber que, además de mi familia, el pollo estaba allí, esperándome, contento de verme. Pero claro, creció y hasta le salió una cresta, comenzó a cacarear como es lo propio de estos animales. Un día cuando llegué a casa el pollo ya no estaba…

-Mira, Aurora, el pollo... necesitaba más espacio, vivir más libre, y aquí no podemos… Se lo hemos dado a Manolo, el portero, que tiene sitio en el patio… Tú entiendes que es por su bien, ¿verdad, hija?...

A mí las explicaciones de mi madre me convencían siempre, y lo del espacio, la libertad y la felicidad de otro ser vivo me ha parecido un argumento incontestable para una separación de alguien al que quieres desde mi más tierna infancia. Así que lo acepté, aunque me costaba, pero, por si acaso, no miré en el patio. Es como si un sexto sentido me dijera que algo terrible podría haber pasado. El no preguntar demasiado es a veces otra táctica de la infancia que evita males peores que el no saber bien qué pasa.

Pero hubo más animales alados en esos primeros años. Para empezar, los pavos que le regalaban a mi abuelo, médico, un espanto, porque había que matarles, desplumarles, etc. Recuerdo uno borracho –se les emborrachaba antes - y descabezado corriendo por la galería de General Mola en Valladolid y mis primos y yo detrás entre espantados y divertidos. Hoy afortunadamente la Seguridad Social ha sustituido esos pagos en especie a los médicos, muy habituales hasta los años setenta en España. Entre la gente que no tenía dinero, y también a veces como agradecimiento en Navidades, las casas de médicos se llenaban de animales. En cambio los jueces no podían aceptar nada. Una amiga mía, nieta de juez me lo contaba “llegaba un cordero, y mi abuelo firme, que se lo devolvieran a quien fuera que él no aceptaba ni cordero, ni pollo, ni un chorizo, todo de vuelta, fuera chico o grande..."
Los pavos de Campo Grande de Valladolid, tan azules, tan orientales, eran y son unos animales que hacen un ruido siniestro. Están en los árboles y a menudo desde allí se lanzan para atacar al que pasa aunque tú no les hagas nada. Dan muchísimo miedo. Les guardo cierta prevención desde los cinco años.

Luego que vengan los americanos con tonterías de Freddy Kruguer, vamos, son para quienes no han sufrido verdaderas películas de terror en sus carnes.

8 comentarios:

Montse Viver dijo...

Ja,ja, qué refrescantes historias, ideales para el verano, algunas de ellas con cierto componente terrorífico que en contraste con el candor infantil, llegan suscitar emociones fuertes.
Genial la conclusión de que no hay que preguntar demasiado, mejor hacer caso del sexto sentido y basta.

Una miniserie que es oro en paño, por el poder evocador de detalles de nuestra propia infancia quizá olvidados ya, como lo de los animales sacrificados en la casa, o las mentiras piadosas de los adultos al respecto.

Aurora, qué prodigio de memoria, muchas gracias por estos "flashback" tan bien escritos.

Montse

lolo dijo...

Preciosa tu manera de recordar y regalar, Máster.
Es tan pequeño todo y tiene tanto valor...
Este finde me voy a la playa porque me han dado suelta, como a los pollitos... necesito un poco de libertad y más espacio, yo también.
No tengo miedo. Tú tampoco.
Te mando un beso muy grande y mi recuerdo cada día.
lolo

impresiones de una tortuga dijo...

Precioso el recuerdo del pollito, me has hecho retroceder al pasado y ver, también, un pollo descabezado que se le escapó a mi madre, por el que corrimos durante media hora por toda la casa. A mí padre, también le regalaban gallinas, pollos,corderos,tomates, melones, etc. no era juez, está claro,tampoco médico, pero era un funcionario que daba trabajo a la gente y la gente se lo agradecía así. Bonitos años, aquellos Aurora.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

En el mercado vendían pollitos teñidos de colores, que solían sobrevivir poco tiempo. En casa tuvimos también un gorrión, y una pata, que mi madre hizo que lleváramos al parque cuando se hizo grande. ¡qué de recuerdos asociados a esos pobres animalitos!
Muchas gracias, Aurora.

Aurora Pimentel dijo...

Montse, gracias por tu entusiasmo, los niños a veces preguntan mucho y otras nada, a veves saben bien cuándo hay que hacerlo y cuándo no y por instinto se callan.

Lolo, asumo que mejor la cosa ¿no?, en fin, que me acuerdo... Miedo hay, pero se vence como se puede... Disfruta de la playa doblemente, hazlo por mí. Gracias por estar ahí, permanente.

Impresiones, lo del pollo descabezado, como lo de nuestro pavo, es para película de terror. Gracias por leer siempre.

JM, yo -porque soy más vieja que tú- no llegué al pollo en tecnicolor, solo al amarillo natural... de patos no sé nada, solo de ocas que atacan y defienden como perros guardianes ;-) Un abrazo, tus vacaciones me gustan diga lo que diga el fantasma ese.

El Naranjito dijo...

Aurora no me digas que las cartas no circulan por túneles subterráneos. Entoces ¿por donde circulan tus historias? porque a mi me llegan.
Gracias y, por favor sigue.

Juanma dijo...

Me siguen encantando estas historias. Muy certera esa intuición, certera también a su vez, que tienen los niños cuando saben que mejor ni preguntar ni mirar.

Besos.

Aurora Pimentel dijo...

Naranjito... no, si al final va a ser que me adelanté a internet de algún modo en vez de tener una imaginación calenturienta y demasiados pájaros en la cabeza ;-) Gracias por leer y comentar.

Juanma, me choca a veces cómo sabíamos, cómo saben, cuándo es mejor pasar de puntillas por algo... A veces los niños tienen más sentido de la oportunidad, son más delicados, que los adultos y las inconveniencias que decimos sin importarnos un guano el daño que hacemos. Un abrazo fuerte.