Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

viernes, 6 de agosto de 2010

Nivaria, el campo y nuestros antepasados ("Los últimos paganos" de Luis Díaz Viana)




Si conozco a alguien por el blog o en persona, si le escucho hablar en una conferencia o jornada, suelo acabar leyendo sus libros si escribe. Tal es el caso de Luis Díaz Viana, que moderó una mesa en Urueña. Vi un libro suyo en la libería Almudí, allí mismo, y lo compré de inmediato. Lo he leído con ganas. Parte de lo que él describe en “Los últimos paganos” es la villa romana de Puras o Adaja, el Museo Villa Romana, que está a unos pocos kilómetros de la casa de veraneo de mis padres.

Lo primero que me ha gustado es el ritmo “romano” de narración , perdón por esta manera tan torpe de expresar algo. Se trata de una carta que Antonio escribe a la muerte de Máximo recordando a su amigo esa noche. Estamos en el siglo V en España, en concreto en Castilla. “Pagano” viene de pago, antes aldea, campo. Esta Castilla nuestra todavía está llena de “pagos”. Con ese nombre, "pago", se publicitan hasta urbanizaciones enteras de chalets adosados, lo contrario a esa soledad o aislamiento de antaño.

En esa carta donde Antonio recuerda a Máximo se nos presenta Nivaria, el hogar refugio del “pagano” en el sentido también de creyente en los dioses romanos o, más bien, en la forma de vida romana. Un hilo conductor que conduce el relato es el paganismo, más como cultura o visión que como creencia en algo. Aunque si te pones a pensar ¿no es eso también un modo de fe, de creer en algo? Así parece y bien se cuenta en estas páginas.

La novela se lee estupendamente. Es elegante, pausada, medida y sobria. Me recordaba en momentos a “Los idus de marzo” de Thornton Wilder, aunque no tenga nada que ver salvo en la coincidencia romana. Creo que no puedo decir nada mejor como alabanza, lo merece.

Tiene, además, la virtud, hoy escasa en lo que se califica como “novela histórica” (aunque ésta no lo sea, es una novela a secas, mejor así, sin adjetivos), de que el autor no te inunda demostrándote lo muchísimo que de la época sabe -aunque lo sepa y se note-, sino que traza breves pinceladas. Algo, me parece, más difícil que poner páginas y páginas de descripciones y detalles a veces innecesarios y pesados.

El relato describe la figura de Máximo también como pagano en el sentido de resistente o reticente ante la fe cristiana que se va imponiendo. A través de él se percibe la manera en que el cristianismo o, quizás más bien, el cristianismo pasado por el estado o la política, podría ser visto como amenaza y elemento disolvente de lo que Roma había sido, era. Se desliza así la sensación al leer de superioridad moral o intelectual de algunos "paganos" frente a la intolerancia, simpleza de cabeza o afán de poder temporal de algunos "cristianos". Supongo yo que pudiera ser la visión de un romano pagano, aunque personalmente algo me ha chirriado a veces: no me creo "Quo Vadis" a pies juntillas, pero tampoco el relato alternativo por el otro lado. Es el único "pero..." que le podría poner acaso a "Los últimos paganos", que es una novela, ficción y parcial por lo tanto, no un ensayo que, por lo demás, también son parciales.

El contexto general de desmoronamiento que narra y la historia de los tres personajes principales, Antonio y Máximo y Cynthia, tienen una suavidad triste muy agradable y sus ratos de intriga, de ¿qué habrá pasado? Se mantiene el interés hasta el final y da pena acabarla. Hay incluso un romanticismo raro literariamente hablando. Raro por sobrio, de una sobriedad castellana o romana, quién sabe. Qué gusto da encontrar el rumor ese de fondo, imperceptible casi, de una historia de amor que no sea tópica, almibarada ni con lugares comunes o elementos previsibles, de puro marketing, contada con tan pocas palabras, tan sin explicarla, no hace falta. Muchísimas gracias.

Pero si algo emociona de todo el texto es su melancolía y la descripción de Nivaria, el lugar donde se honra a los antepasados, en sentido estricto y laxo, los dioses familiares, los de la casa, los que guardan el pasado, que eran ellos y somos nosotros a quienes ellos también guardan. Siempre en la memoria la tierra y quienes la pisaron antes. Lares, manes, penates,“Los últimos páganos” recuerda esa constante humana de rendir culto a los que nos antecedieron y de invocar su protección ligada al lugar que habitaron. La casa puede ser el lugar más sagrado, el templo donde el fuego arde.

Dice alguna crítica o la solapa del propio libro, ya no recuerdo, lo acabo de prestar, que el autor describe nuestra época. Creo que es cierto. Notas el paralelismo y deseas que exista algún lugar como Nivaria donde las alegrías y esfuerzos del campo, su ritmo, hagan olvidar el imperio que se cae a pedazos, decadente, mundano, vulgar y bárbaro: la ciudad de los hombres nunca es la de Dios, que suele habitar en el campo. Aunque, como Cynthia, se pueda creer que en Cristo todo está redimido y salvado, a veces entran ganas de echarse a un lado y de que un perro como Céfiro, el de Máximo, te acompañe mientras guardas memoria de quienes fueron e intentas honrarles. De todo esto trata "Los últimos paganos".

PS: La novela ha ganado el premio Ciudad de Salamanca 2009, está publicada por Ediciones del viento y tiene 171 páginas. Por si no ha quedado claro, su lectura es muy recomendable, da gusto.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Muchas gracias por la crónica, Aurora. Muy bonito lo de que Dios suele habitar en el campo. Ese culto a los antepasados y a los penates de la casa ha sobrevivido en cierto modo en la oración por los difuntos, que es también mantenerlos un poco vivos, en la esperanza de que les sirva de ayuda y ellos para nosotros.
Un abrazo.

Aurora Pimentel dijo...

Gracias, JM, del otro lado ya pero en éste siempre. Un abrazo.