Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

martes, 15 de septiembre de 2009

Para



Para mi el invierno es lo peor. Con ese frío lo paso mal y siempre acabo acordándome del día en que Mario, el Cantinflas, me lo contó, porque era una madrugada de esas de heladas, como algunas en Madrid en enero, que te duele la nariz y entre los ojos si estás en la calle.

Se le escapó una noche de borrachera donde también acababa pegándome. Es como si algunos hombres bebieran a propósito para poder pegar a alguien luego y no sentirse mal por ello. Hay que saber cuándo están bebiendo así y cuándo empiezan a estar fuera de sus cabales para quitarse rápido del medio. Luego se les pasa y se quedan tranquilos, se duermen y ya.

Me había escondido detrás del lavadero viejo de la casa donde estábamos, era cuestión de tiempo, hasta que le hiciese efecto todo lo que había bebido y se cayera redondo.  Entonces le oí gritar  "¡La quiero! ¡La quiero! ¡La quiero!" mientras me buscaba a tientas porque había bebido y porque no había luz suficiente, furioso. Yo no sabía a quién quería, por quién era esa letanía, pero tampoco me importaba ni mucho ni nada, la verdad. Yo quieta donde estaba, a salvo en el lavadero. Él era demasiado grande y yo cabía en el hueco ese donde él no podía ni verme ni encontrarme. Hasta que agotado se dejó caer en un rincón y mientras lloraba repetía ya cada vez más bajito "Te voy a matar, te voy a matar, no la tratas como merece, la dejas sola mucho tiempo y yo la quiero, yo la quiero, yo la quiero". Luego se acabó durmiendo.

Entonces supe lo qué había pasado, por qué no se había ahogado Martín, mi marido, por descuido o porque se cayera. Por qué Mario apareció al mes siguiente de muerto y no hablamos apenas de él. Y lo entendí todo y a la vez no entendí nada, como siempre me pasa. Cuando lo veo todo claro es cuando es peor, porque es cuando ya no comprendo nada y lo paso muy mal.

Nunca le dije a Mario que yo lo sabía. Él ya estaba muy enfermo y por eso también bebía más, tenía dolores. No quería pasarse por el hospital, cada vez más delgado y con un ardor que no le dejaba dormir. Un día en la parroquia de San Fernando un médico se lo llevó, le hicieron unas pruebas y le dijeron que  podía curarse si se trataba. Se ofreció el mismo médico a internarle en el hospital, a hacerle todos los papeles, porque sabía que él no iba a ir al tratamiento sin estar dentro. También sabía que yo no podía cuidarle. Pero Mario dijo que nones, que él en el hospital no se quedaba de ninguna manera, que se lo agradecía mucho, pero que le dejasen en paz.

2 comentarios:

Olga B. dijo...

Dios mío, pareces ella, eres muy convincente en esta serie. Eficacia y emoción, sin darle alas.
Muy bien, duquesa;-)

Máster en Nubes dijo...

En fin, aprendiendo que es gerundio con y de otros, y a veces hasta sola estrellándome.

Un abrazo, guapa, y gracias. ´

Aurora