Cuidar a quienes tenemos más cerca. Es muy fácil sentirse solidario con la tribu amazónica y más complicado con un adolescente pelmazo, una madre que te dice 200 veces lo mismo o un hermano con el que discutes.
Por eso me creo poco la solidaridad y hasta me fastidia la palabra en cuestión, más falsa que Judas a menudo. Prefiero el cuidado, siempre personal.
Este invierno que estoy pasando, casi con más días sin calefacción que con ella, me he dado cuenta de lo difícil que es hacer subir la temperatura de una habitación una vez que se ha bajado mucho.
A 6 grados, hasta que la pones a 19 para vivir, cuesta un montón. Se gasta más energía, más combustible, lleva más tiempo. Por eso es bueno no quitar la calefacción, dejar sólo una distancia corta a recorrer, a lo sumo 4 grados, de 17 a 21 por ejemplo, cuando no estés en casa.
Se puso muy enfermo un tío mío lejano, era un "liberalote" que decían en mi familia, descreído, anticlerical, vividor y tal. Al llevarle al hospital preguntó si ese hospital era laico o religioso. Con miedo se le dijo que, por supuesto, era laico, y para nuestra sorpresa nos contestó "Si no os importa, llevadme a uno donde haya monjitas, de esas que te cogen la mano y te dicen "pobrecito, qué malito está Vd"." Debían de ser de la misma orden de monjitas que cuidaron durante 14 años a Eluana Englaro.
La luz es estupenda. Es bueno que nos ilumine y veamos el contorno de las cosas, los colores, las sombras, su profundidad. Me encanta la luz, no puedo vivir sin ella. Pero una luz que sólo ilumina y no tiene calor te acaba echando para atrás. Miras lo bien que ilumina, miras lo que ilumina, y luego te vas al calorcito, al cuerpo que desprende calor, como los cachorritos.
El cuidado necesita del calor, es alegre, se alimenta de la amabilidad, esa que nos permite esbozar una sonrisa a pesar de cómo está el patio. Precisamente por cómo está.
No estoy hablando de la sonrisa zapateril o de idiota. Aunque algunas sonrisas de discapacitados de verdad darían para explicar el mundo, no solo para dar calor. Doy fe de ello.
Estoy hablando de la inteligencia práctica que hace que algunas personas tengan esa rara capacidad, el deseo también, de hacer un mundo más agradable a su alrededor, para quienes les rodean, también para ellos mismos a menudo.
No sabes cómo lo hacen, pero sucede. Son cuidadores, gente siempre de inteligencia práctica.
Sin cerrar los ojos a la realidad, precisamente por no cerrarlos, mantienen el calor, propio y ajeno, ambiental, no ceden en la alegría ni un ápice ni por resultar más listos, más brillantes o acertar más en lo que dicen. Les da igual, no es su prioridad, eso queda para otros.
Hay un tipo de inteligencias estupendas que nos explican los muchos y variados desastres que padecemos. Es cierto que para ver el mal no hace falta mucha inteligencia, solo abrir los ojos.
Pero para levantar el mapa de la maldad con mano segura hace falta ser inteligente, tener cierta técnica también. Hay inteligencias que trazan a veces un diagnóstico certero. Calibran a la perfección qué pasa y por qué. Dominan las palabras y encuentran el nombre exacto de las cosas.
Son inteligencias muy atrayentes, la verdad, y escuchándoles o leyendo lo que escriben se disfruta mucho, se piensa, se aprende. Aunque a veces te quedas triste, hecho polvo. No es que no tengan razón, es que no tienen toda la razón, creo.
Y lo que ocurre es que las personas no vivimos de diagnósticos, por muy acertados que sean, sino de cariño y buenos alimentos, que diría mi tía Charo.
Así que para convivir, para tenerla cerquita, la inteligencia práctica, la del cuidador que tan a menudo tiene esa alegría sandunguera que te hace levantarte -o quedarte en la cama si estás malito- con otra actitud. Sin despreciar para nada otras inteligencias, de quienes siempre podemos aprender leyendo o yendo a una conferencia suya. Luego en casa y con amigos, calorcito, por favor.
Que Dios nos ponga cuidadores cerca, en la familia, con los amigos, en el amor.
Inteligencia práctica.
Calor que acaba dando luz. Además.
