Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

domingo, 13 de mayo de 2012

El establo o los tres Eladios (3 de 3, final)

Pero ahora, Karen, estamos en esta casa del pueblo de mi abuelo, el primer Eladio, donde no paso ni tres días al año, no tengo tiempo para nada. Son muchas las obligaciones, la responsabilidad y el trabajo. El ojo del amo engorda el ganado, que decía mi padre. Así que cuando hay bonanza, porque hay bonanza, y hay que aprovechar el viento favorable. Y cuando vienen mal dadas, como ahora, tampoco puedo faltar... Todo es en estos momentos muy inestable, puede desaparecer en un instante, esfumarse. Y tengo que ser yo quien esté siempre: reuniones constantes, llamadas, viajes... no puedo bajar la guardia.

Por eso, yo, cuando llego a esta casa, duermo siempre en este cuarto y con esta foto en la mesilla, ¿sabes?, la de mi abuelo con las mantas... Y lo hago en la cama que he colocado justo en este ángulo. He calculado que es el lugar donde dormiría el primer Eladio, entonces sin ventanas ni ventilación, sin colchón siquiera, en el suelo encima de una manta, el calor de los animales subiendo y él tiritando.

Entonces pienso en todo lo que ha logrado esta familia con solo tres Eladios, Karen, como quiero que tú hagas... Y vuelvo a ver aquel establo: el agua que no faltara en los abrevaderos, protegidas las ovejas en la noche, saliendo luego por el día con el primer Eladio para volver a recogerse, él agotado y ellas obedientes y también muy cansadas. Dentro todas, ni una sola podía faltar al contarlas, le iba la vida en ello a mi abuelo...

También recuerdo a mi padre echando abajo furioso las piedras y el tejado de aquel primer establo. Había que hacerlo todo nuevo, instalar agua corriente, electricidad, calefacción y cuartos de baño. El segundo Eladio creía que acababa con algo, y edificaba lo que yo luego modifiqué, porque el gusto de mi padre no era el mío, como tampoco las circunstancias, que cambian ¿sabes, Karen? Ya te está entrando sueño, te voy a dejar en la cama, aquí a mi lado, reina, así, dormidita... qué guapa.

Por último me veo a mi mismo, el tercer Eladio, joven todavía, porque no he cumplido los cincuenta, y casarme con una mujer a la que llevo dos décadas, y tener una hija que no llega a los cinco, parece que te quita años, una ilusión que me he hecho... Ya te digo que soy más tonto que mi padre...

Me veo, Karen, y estoy en una ciudad fría, gris y ordenada, donde los negocios parece que están al salvo, otra ilusión que nos hacemos, ¿sabes?. Estoy sentado en un consejo de administración, el único español en la mesa, orgullo de mi padre si él pudiera tener consciencia, una pena que esté ya acabado... Y de mi abuelo si me viera. No de mi mujer ni de mi hijo mayor, que me echan silenciosamente en cara mi dedicación al trabajo. Quieren el resultado, pero no el esfuerzo, y viven su vida aparte, ajenos e indiferentes, they take all for granted...

Por eso guardo esta foto en este cuarto de esta casa, al lado de mi cama, es lo primero que veo y lo último cuando me acuesto. Quizás por esa razón en las noches que paso aquí hay un sueño que me ronda, una pesadilla que no recuerdo bien, solo la angustia que me entra cuando despierto, todo sudado...

Escúchame, Karen, justo ahora no te me duermas, porque es un sueño muy raro. Estoy en el establo aquel que destruyó mi padre, sigue en pie como si el tiempo no hubiera pasado. Fuera hay unas ovejas diferentes a las que por aquí se daban... Son más lanudas o con la lana más ensortijada, más abundante o espesa, más limpias y blancas... Inquietas balan al raso, llaman a mi abuelo hasta que el primer Eladio aparece, les abre la puerta y y con una vara les va metiendo una a una dentro. Allí se mezclan con las suyas, las de pelo ralo, las flacas y feas... Después no sé que ocurre, solo que me levanto angustiado con la imagen de esas ovejas de ojos un poco más grandes, con orejas ligeramente más lacias y una lana que parece mejor, más sedosa, pero tan temerosas como el resto, igual de cobardes, todas apelotonadas para que las cobijen en el establo donde hay comida, sueño y agua, con mucho miedo porque ya probaron la oscuridad y el frío del invierno y no hay lana que las proteja. Y sólo se sienten seguras como el resto del ganado: guardadas en un establo.

2 comentarios:

Outsider friar dijo...

Ya en la primera edición me pareció inquietante, inquietante, inquietante, pura inducción a la pesadilla...
Aparte de eso... pero qué bien escribe usted, caramba!

Aurora Pimentel Igea dijo...

Fraile por libre o proscrito ;-), gracias por su lectura y su ánimo, ¿qué tal va la cosa por allí?