Pasa a veces en la vida que conoces a personas que te recuerdan vagamente a otras, y, de repente, caes. Así me pasó hace unos días, caí en que alguien me recordaba a mi tío Jesús.
Tío Jesus, hermano de mi abuela materna, era el pequeño de muchos hermanos. Tío abuelo mío, pero mucho más joven que mi abuela, era una mezcla entre vividor y alma caritativa. Nada que ver con mi abuela en lo primero, mucho menos con su cuñado, mi abuelo, que era todo lo contrario: frivolidades, ni una. Todo el mundo muy trascendente en aquella casa. Pero Dios, siempre sabio, nos puso en la familia a alguien como tío Jesús. Algún gen creo que ha dado un salto trasversal cuando miro a algún que otro primo.
Creo que todos los sobrinos nietos tenemos el mismo recuerdo del tío Jesús, que vivió mucho tiempo en Córdoba y te lo decía con acento del lugar, con lo que ganaba un montón.
"Ven aquí, sobrina, acercate, que tu tío Jesús quiere decirte una cosa".
Y tú fascinada, porque ya conocías de qué iba la historia, te acercabas. Entonces te deslizaba a una velocidad de vértigo un billete ¡un billete de los años 60, o sea, una fortuna! y te decía, "y no le digas a tu madre nada, que quiero yo que te gastes en caramelos ese dinero, chitón, chitón, que ya vienen".
Los niños de mi época no sabíamos mentir, así que le reñían, le decían que no lo hiciera nunca más, y él pasaba de todo: volvía a las andadas. Billete va, billete viene, como un mago, lo hacía rapidísimo y en cuanto podía.
Adorábamos que viniera, primero porque era muy simpático, pero luego, también, porque dinero no nos daba nadie, y nos hacía ilusión, la verdad. Algunos niños vivíamos sin la más mínima noción del dinero, nuestros padres no hablaban de él, tampoco lo hacíamos con nadie. Ni paga ni nada hasta bastante mayores. No entendíamos muy bien su valor, tampoco sabíamos bien qué se podía hacer con un billete, pero nos gustaba ver aquello que nunca pasaban por nuestras manos. Casi como los Mortadelos, pero esos de verdad.
Tío Jesús fumaba Lark, eran finales de los 60. Lark era una marca de cigarros con doble filtro, de carbono o no sé qué, un signo de distinción y hombre de mundo. Siempre pensamos que tío Jesús era rico, quizás lo fue. Pero en lo que no teníamos dudas era sobre su generosidad rayana en la prodigalidad. Me temo que para su familia más directa algo difícil de llevar.
El dinero que le entraba por un lado, le salía por otro a manos llenas, y, desde luego, que no sólo con sus sobrinos, que no tendría mérito alguno. Le compraba a su mujer un bolso y acto seguido daba la misma cantidad al pobre de la esquina, "cómo no voy a darle a éste lo que te acabo de regalar a tí, que no te hace falta alguna". Vivió como médico entregado a los enfermos, especialmente a los mineros, por quienes trabajó incansablemente cuando morían de silicosis.
Cayó en alguna depresión que le hacía pensar que nos había engañado a todos, que no era realmente médico. Electroshock creo que le dieron. En fin, las depresiones son terribles y casi lo eran más antes con esos tratamientos. Esa idea de que engañamos a la gente perdura en la familia: mi madre sueña a veces que no acabó la carrera, como me pasa a mí.
Salió de una checa de Madrid sin poder andar al acabar la guerra, tuvo que aprender de nuevo, y se casó con mi tía Carmen al poco. Todo el pelo blanco tenía ella y no era mayor de 30 años. Tuvieron dos hijos.
A tio Jesús le gustaban las señoras que te mueres. Vivió una época en casa de mis abuelos, para desesperación de mi abuelo. Se levantaba a las tantas, como un señorito, y mi abuelo, todo orden, no lo podía entender. Estaba todavía soltero y era joven, antes de la guerra. Coincidió con dos jesuitas que tenían refugio allí. Salían de paisano porque los jesuitas habían sido expulsados entonces de España.
Tío Jesús quería pasar por la perfumería inglesa de Valladolid porque había una chica que era una monada. El Padre Zapico lo acompañaba, tuvo una vocación tardía, era mayor y sabía de mundo, aparte de reirse hasta de su sombra. Salía la chica a recibirlos y Zapico le decía luego a mi tío al salir "Jesús, que sepas que no sale por ti, que sale por mí". Y a mi tío, que era un coqueto de narices, se le llevaban los demonios, porque era verdad: iba solo, y la niña no salía. Maldición.

Murió el Padre Zapico en casa de mis abuelos, le ardía el pecho en su agonía y decía todavía con humor "madruca -llamaba así a mi abuela- si me pone un huevo, lo frío". El Padre Gonzalez vivió más sirviendo a Dios y al prójimo en la compañía de Jesús, otro buenísimo sacerdote.
Tío Jesús era un lector excelente, un conversador todavía mejor e incansable. Podías pasarte con él una tarde, una noche, tertulias eternas que enlazaban comida y cena y, como te descuidaras, desayuno. El whiski o lo que se terciara iba bajando de nivel poco a poco. Y luego ya no quedaba nada de nada. Entonces tío Jesús pensaba que ya era hora de terminar y se iba a dormir.
Dios tenga en su gloria a tío Jesús.
Bebiendo Chivas y fumando Lark.
Para diversión de los ángeles y algún que otro paisano. Y, seguramente, cierta desesperación de su mujer. Que también la tendrá Dios en su gloria. Porque no es lo mismo tener a tío Jesús de tío que de marido. Y algo de cielo se ganó también ella, creo.
