Todavía lo recuerdo: moreno,
alto y guapo. Con muchísima clase. Carlista. Y, evidentemente, navarro. Con un
sentido del humor impresionante, siempre de guasa. Se había casado con Nelly, de San Sebastián,
elegante y también alta. Y, encima, rubia. Tenían unos hijos de edades parecidas
a las nuestras. Nos habían invitado.
Y de repente, no sé por qué, pusimos música y comenzó el
baile.
No tendría yo más de trece años. Un poquito de vergüenza, nervios y, sobre todo,
una sensación de halago desconocida y francamente agradable. Las piernas temblando y las manos
apoyadas en sus hombros sin llegar casi, me llevaba prácticamente en volandas. Todo daba vueltas.
Fue emocionante.
Toda mujer debería ser invitada a bailar por primera vez por alguien como Emilio Huarte Mendicoa.