No podía posponerlo. Daba una pereza enorme hablar con Patricio. Se le evitaba.
"A las 10 te veo en el despacho, Patricio" Carmen accedió sabiendo lo que la esperaba.
En fin, sería ya la última vez. Era la jefa del departamento. Guapa, joven y formalmente fiel al ideario, más bien al estilo, del centro universitario, dirigía el área académica de comunicación mientras no hubiera un lugar mejor donde recalar. Sabía que el simple pasar del tiempo era su mejor aliado si era capaz de no hacer nada ni poner dificultades. Y las dos cosas las hacía a la perfección.
Patricio entró con el ceño fruncido. Antes se había ocupado de hacer llegar una carta explicando su dimisión a ella y a la decana, carta que fue cursada como corresponde: se tiró a la papelera. No importaba haber sido evaluado como el mejor profesor de todo el área de humanidades por los alumnos, tampoco la dedicación ni el interés demostrado, los marrones que se había comido por iniciativa propia, no hacía falta ni que se lo pidieran, se ahorcaba él solito.
La carta empezaba con un pomposo "No puedo hacer coches coreanos ni estar en una cadena de montaje llena de chapuzas". Y una larguísima explicación, como acostumbraba, de todo lo que no funcionaba, lo que le parecía inmoral y por qué se iba como antes ya se había despedido de otra universidad privada, no era la primera. Tampoco era la primera carta o conversación. Había escrito diversos correos electrónicos en tono cada vez más incendiario y hablado directamente con la decana y con el sursum corda. Todo caía en saco roto para su desesperación, cada vez más saturado, de peor humor y con doble frente de trabajo y clases, queriendo hacer todo bien, especialmente lo segundo.
Carmen lució la mejor de sus sonrisas y le invitó a sentarse lista para el esperado chorreo y esa proverbial facilidad de comunicación tan incisiva de Patricio que solía derivar en una ironía verbal difícil de esquivar.
"Bueno, pues yo creo que ya os he dicho por qué me voy, pero resumiendo es que los alumnos no se merecen esto: una universidad donde impera el cumpli-miento" —dijo con retintín la palabra partida en dos, ya empezaba— "y donde les damos gato por liebre a precio de oro y para cubrir, nunca mejor dicho, el expediente. Estoy trabajando en el sector desde hace años y te lo digo, Carmen, como lo veo: no saben nada porque no llegamos a enseñarles nada, no nos dejáis. Y no puedo participar en esto, es una pérdida de tiempo en el mejor de los casos y, en el peor, una falta de ética. Y luego decimos que somos cristianos, por Dios..."
Venía calentito y Carmen escuchó de nuevo su relación de quejas que se resumía realmente en una sola. Vaya formas que tenía y lo que estaba soltando, su prepotencia era ya legendaria. Al final de la larguísima perorata intervino ella con lo primero que se le pasó por la cabeza. Dicen que de lo que rebosa el corazón habla la boca.
"No sé por qué te preocupas tanto, Patricio. Mira, aquí a la mayoría de los alumnos les ayudarán sus padres al salir, buscan sólo el título universitario, al final siempre es así, y encontrarán trabajo antes o después, no deberías agobiarte."
No pudo ni acabar, casi se le lanzó a la yugular Patricio.
"Joé, parece mentira, Carmen, que te atrevas a decir esto. Estoy precisamente para enseñar y que nos dejemos de pamplinas y paños calientes. Coño, creía que esto era una universidad, no un club de puñeteros niños bien. Pero ¿a qué venimos aquí entonces?
Recalcaba con soberbia las palabras "atrevas", "precisamente" y "club de puñeteros niños bien". Realmente podía ser, y era, un hombre difícil y con un tono cada vez más molesto. Al parecer Carmen no había sido nada oportuna, porque estaba ahora más fuera de sus casillas y desbarataba hecho un basilisco, qué carácter. Total se iba a marchar, así que le dejo explayarse inmune a sus argumentaciones.
Sabía bien que a ese tipo de personas no les queda más que la pataleta. Mientras que a ella le aguardaba en alguna parte un puesto donde ese paso por la universidad le daría el ansiado aval que profesionalmente no había demostrado todavía. Para eso servía la universidad a algunos, de oca a oca.
Apenas dos años después nombraron a Carmen flamante directora de responsabilidad corporativa de una caja de ahorros y coincidió con él un par de veces. Patricio la saludaba con ese orgulloso desdén de quien se ha permitido el lujo de haber dicho "conmigo no contéis para esto" no una, sino varias veces en la vida. También porque le causaba mucha risa que ella fuera ahora una "experta" en responsabilidad empresarial. Lo que había que ver, Señor. Así que la sonrisita de condescendencia de cada vez no podía disimularla, de mano izquierda o elegancia cero.
Seguía así Patricio igual de bocazas pero todavía algo eficaz en su trabajo. Y, sobre todo, libre y cañero. Era ya una costumbre muy arraigada. Pasados los cuarenta generaba hasta adicción ese cantar las verdades del barquero a quien se le pusiera delante, un placer inmenso.
Patricio entró con el ceño fruncido. Antes se había ocupado de hacer llegar una carta explicando su dimisión a ella y a la decana, carta que fue cursada como corresponde: se tiró a la papelera. No importaba haber sido evaluado como el mejor profesor de todo el área de humanidades por los alumnos, tampoco la dedicación ni el interés demostrado, los marrones que se había comido por iniciativa propia, no hacía falta ni que se lo pidieran, se ahorcaba él solito.
La carta empezaba con un pomposo "No puedo hacer coches coreanos ni estar en una cadena de montaje llena de chapuzas". Y una larguísima explicación, como acostumbraba, de todo lo que no funcionaba, lo que le parecía inmoral y por qué se iba como antes ya se había despedido de otra universidad privada, no era la primera. Tampoco era la primera carta o conversación. Había escrito diversos correos electrónicos en tono cada vez más incendiario y hablado directamente con la decana y con el sursum corda. Todo caía en saco roto para su desesperación, cada vez más saturado, de peor humor y con doble frente de trabajo y clases, queriendo hacer todo bien, especialmente lo segundo.
Carmen lució la mejor de sus sonrisas y le invitó a sentarse lista para el esperado chorreo y esa proverbial facilidad de comunicación tan incisiva de Patricio que solía derivar en una ironía verbal difícil de esquivar.
"Bueno, pues yo creo que ya os he dicho por qué me voy, pero resumiendo es que los alumnos no se merecen esto: una universidad donde impera el cumpli-miento" —dijo con retintín la palabra partida en dos, ya empezaba— "y donde les damos gato por liebre a precio de oro y para cubrir, nunca mejor dicho, el expediente. Estoy trabajando en el sector desde hace años y te lo digo, Carmen, como lo veo: no saben nada porque no llegamos a enseñarles nada, no nos dejáis. Y no puedo participar en esto, es una pérdida de tiempo en el mejor de los casos y, en el peor, una falta de ética. Y luego decimos que somos cristianos, por Dios..."
Venía calentito y Carmen escuchó de nuevo su relación de quejas que se resumía realmente en una sola. Vaya formas que tenía y lo que estaba soltando, su prepotencia era ya legendaria. Al final de la larguísima perorata intervino ella con lo primero que se le pasó por la cabeza. Dicen que de lo que rebosa el corazón habla la boca.
"No sé por qué te preocupas tanto, Patricio. Mira, aquí a la mayoría de los alumnos les ayudarán sus padres al salir, buscan sólo el título universitario, al final siempre es así, y encontrarán trabajo antes o después, no deberías agobiarte."
No pudo ni acabar, casi se le lanzó a la yugular Patricio.
"Joé, parece mentira, Carmen, que te atrevas a decir esto. Estoy precisamente para enseñar y que nos dejemos de pamplinas y paños calientes. Coño, creía que esto era una universidad, no un club de puñeteros niños bien. Pero ¿a qué venimos aquí entonces?
Recalcaba con soberbia las palabras "atrevas", "precisamente" y "club de puñeteros niños bien". Realmente podía ser, y era, un hombre difícil y con un tono cada vez más molesto. Al parecer Carmen no había sido nada oportuna, porque estaba ahora más fuera de sus casillas y desbarataba hecho un basilisco, qué carácter. Total se iba a marchar, así que le dejo explayarse inmune a sus argumentaciones. Sabía bien que a ese tipo de personas no les queda más que la pataleta. Mientras que a ella le aguardaba en alguna parte un puesto donde ese paso por la universidad le daría el ansiado aval que profesionalmente no había demostrado todavía. Para eso servía la universidad a algunos, de oca a oca.
Apenas dos años después nombraron a Carmen flamante directora de responsabilidad corporativa de una caja de ahorros y coincidió con él un par de veces. Patricio la saludaba con ese orgulloso desdén de quien se ha permitido el lujo de haber dicho "conmigo no contéis para esto" no una, sino varias veces en la vida. También porque le causaba mucha risa que ella fuera ahora una "experta" en responsabilidad empresarial. Lo que había que ver, Señor. Así que la sonrisita de condescendencia de cada vez no podía disimularla, de mano izquierda o elegancia cero.
Seguía así Patricio igual de bocazas pero todavía algo eficaz en su trabajo. Y, sobre todo, libre y cañero. Era ya una costumbre muy arraigada. Pasados los cuarenta generaba hasta adicción ese cantar las verdades del barquero a quien se le pusiera delante, un placer inmenso.