

Había de todo en aquella época en Nueva York: los que valían
y venían como Juan a Estados Unidos, estudiaban con beca y trabajaban con esfuerzo
y sin recomendación; otros muchos como yo, nada brillantes, pero laboriosos y
constantes, incluso tercos, conscientes de la suerte de tener una oportunidad
como aquella; y, luego, los diletantes, vagos o tontos, niños mimados en su
mayoría, que no estudiaban nada, a quienes muchas veces se les había acabado por
enviar al otro lado del charco para que volvieran con un máster o un curso en
una universidad rara o una experiencia profesional incierta y casi
inexplicable, lo que fuera que acabara teniendo valor en territorio español por
puro desconocimiento, esa fascinación ante lo anglo.
“Tontos globales” Mara, mi primera compañera de piso, los
calificaba así. Y luego agregaba “Y éstos, que además de no saber nada y ser vagos,
tienen muchas ganas de subir y figurar, ya verás qué bien se colocan al volver,
aunque no sepan hacer la o con un canuto, ya lo verás, Laura. Algunas personas
en España piensan que por decir cuatro palabras en inglés y haber estado fuera
ya vales. Hay muchos tontos y de muchas clases en todas partes…". Tenía
razón Mara, me acuerdo aún de sus palabras.
"Vale, Juan, vente al apartamento, pero no se puede
enterar mi familia, por favor, se llevarían un disgusto… Si lo llega a saber mi
abuela…"
Fue muy rápido todo entre el fogonazo fulgurante del
enamoramiento, ese sol y neblina que te rodea, y mi soledad de niña huérfana, que era muy amplia, inmensa, inabarcable. Mara se marchaba además, y yo no podía con el alquiler
sola. Todo vino rodado.
Recuerdo la ilusión de aquella mudanza y los primeros
días de convivencia con Juan, la sensación de llevar por fin una vida adulta,
el amparo que me producía tener un hombre a mi lado, en mi casa, en mi cama, su
cuerpo en el mío protegiéndome.
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