Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Entre susto o muerte prefiero muerte

Esta mañana proponía Guadalupe de la Vallina en twitter una encuesta: si todas las opciones fueran posibles ¿qué preferías?: a) Muerte indolora antes de los 80 b) No morir c) Rejuvenecer+eutanasia d) Reencarnación.

Sin tener que pensarlo he contestado. Creo que morir sin dolor y no demasiado tarde es una bendición. También lo es vivir un poco más sin demasiados achaques, pero las opciones eran las que eran.

La muerte ya pasados los 70 (uf, qué poquito me queda)  no me parece para nada una mala opción teniendo en cuenta que soy creyente. Y que no es una opción, es lo que nos toca.

También es posible que influya que mi familia es de Valladolid y pensamos mucho en la muerte -mi marido me lo dice continuamente, él es de Bilbao y los de Bilbao debe de ser que piensan menos en la muerte-, o que pasados los 50 te van faltando muchas personas a las que quieres y echas de menos o, también, que veo cosas cada vez más feas, o es posible que ahora me fije más en ellas. Digo feas en el sentido estético y ético, van unidos.

Así que me siento cada vez más "fuera". Y por eso la opción de muerte me parece preferible a la del susto (que son el resto, de mucho susto además).

He pasado de ser una optimista moderada -optimista consciente-  a ser una pesimista (también moderada) con esperanza. Creo que se puede ser pesimista a corto plazo o en lo terreno, pero tener esperanza en el sentido cristiano del término. Me gustaría ser además una pesimista alegre, no ser aguafiestas o cenizo. Menos mal que tengo a mi marido cerca. Él dice que me falta sentido del humor y tiene mucha razón. El sentido del humor tiene que ver mucho con esto.

"El mundo te expulsa", decía una tía mía. Y es verdad que lo hace. Empiezas a creer menos en cosas que creías antes y a entender todavía mucho menos, o mejor dicho, a darte cuenta que nunca has entendido casi nada. Laboralmente es un puñetero desastre: es complicado trabajar desde el descreimiento y el escepticismo creciente (que no el cinismo). Una entrevista de trabajo desde "el no me lo creo" (para empezar a una misma)  no se puede hacer, ni siquiera enviar un curriculo.

Te parecen una inmensa chorrada las tendencias o modas empresariales -o lo que sean- con nombres ingleses. Te sientes fuera y, lo que es peor, no te apetece siquiera estar dentro (in). Miras cada vez más desde la barrera con algo que se parece a la pereza. Porque te quedan los años y las fuerzas que te quedan y sabes que hay que elegir a qué dedicar los 20, 15 o quizás muchos menos años que tienes. Si hay que ir se va, pero ir para nada es tontería. Pues eso.

Eso sí, lo que te gusta, te gusta más: cocinar, por ejemplo (y comer, ay, y beber, uf), tus amigos, tu familia, que venga gente a casa, sacar adelante cosas concretas (que una niña sepa multiplicar, que una persona tenga su casa pagada este mes, que el cuadro quede colgado bien, etc.), los pájaros, la naturaleza, leer a gente que te interesa, aprender a dibujar, la fotografía... Últimamente me interesan hasta las abejas.

Sí, no son pocas cosas, pero no es ya "el mundo", es "tu mundo" para lo bueno y lo malo, más interior y menos externo pero, quizás, también inevitablemente más pequeño. Quizás esto sea envejecer. O peor, envejecer malamente.

La idea de vivir eternamente me espanta, lo digo con franqueza. Y de hecho, lo del botox y estirarse  me recuerda a las vampiras, tener 70 y parecer 40, uf, qué miedo. Y sobre todo: me parece durísimo ir viendo cómo tus amigos y familiares mueren, entender cada vez menos del mundo y, además, que te interese todavía menos.

Quita, quita, que diría mi amigo Carlos, donde esté una buena muerte en todos los sentidos que se quiten el resto de las opciones que son, de verdad, para dar mucho más miedo.

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