Tenía la sensación de escuchar siempre lo mismo por unos o por otros, las "noticias" habían perdido su significado. Y lo que era más importante: llegué a sentir una creciente antipatía hacia el tertuliano, el locutor, la cadena de radio, donde no se salvaba nadie.
Me vi como mi padre, que encendía la televisión y decía en cuanto aparecía alguien hablando "Y ese imbécil ¿quién es?". Y eso que mi padre era un hombre afable y simpático. Así que para no acabar odiando, que es poco cristiano, decidí limitar mi exposición diaria a la información radiada, especialmente por la mañana.
Pero de fondo, mientras trabajo y aprovecho las horas en las que mejor me concentro, de 6 a 9 de la mañana, oigo roncar a Gonzalo de fondo y también a su radio. Es una combinación extraña, al principio chocante. Bach tan delicado, solemne, profundo, tan perfecto... y mi marido con ese ruido verdaderamente inhumano, o tan humano, que produce y que se oye desde cualquier punto de la casa salvo que te pongas los cascos.
El caso es que no me molesta. Y parecen acompasarse. Me quedo mirando a los gorriones de la casa de al lado dando sus saltitos en el tejado. Si solo tuviese a Bach o solo tuviese a Gonzalo mi vida sería peor, pero tengo a ambos. Es para dar muchas gracias.
2 comentarios:
Bien, muy bien, Osezna, así, trabajando. ¡Qué bien y qué hermosa esta entrada! Gonzalo y Bach, ahí es nada. Ya sabes, decorar la casa puede esperar. Esto, no.
Hola, Susiño, sí, el resto puede esperar.
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