Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

sábado, 12 de junio de 2010

Iguales para que nadie envidie nada (y II). Ese deseo que nos hace humanos





Ay, la envidia tan presente detrás de tanto afán igualitarista. Constante siempre, en cualquier caso. Llevo pensándolo un par de días, porque el tiempo y los comentarios a la anterior entrada me han hecho cambiar mi posición, curioso: ahora creo que cierta envidia es buena y deseable.

¿Qué está en el fondo de todo? Estamos desnudos. Los seres humanos somos limitados, con necesidades, carencias y deseos constantes, a veces hasta cambiantes. Nos hacen de esa pasta. Dos tercios de la población mundial son necesitados de verdad de lo más elemental, pero el otro tercio también lo es aún de modo distinto. Es posible que los de ese tercio rico abusemos del deseo, del quiero y lo quiero ya, lo quiero todo y en este instante. Mala cosa, desde luego, fuente de muchos males, de la insostenibilidad no solo medioambiental, sino económica y humana. Vivir con deseos constantes que “tienen” que ser saciados da muy malos resultados a todos los niveles, lo estamos viendo. Pero creo también que detrás de la pretensión de no desear, del ocultamiento de querer algo que otra persona tiene, se encuentra algo casi peor: una envidia perversa que machaca al que la siente, que le ahoga y le obsesiona acabando por crear a veces un ambiente irrespirable a su alrededor.

Veo algo que tiene alguien o que alguien es algo. Me gusta muchísimo, me encantaría tenerlo o ser así, como es ella, él. Puedo disfrutar ya de mucho, pero eso precisamente que "tiene" esa persona me parece bueno, lo deseo para mí: escribe como a mí me gustaría, tiene tiempo (ay), un compañero que le quiere, qué suerte, ojalá yo lo tuviera, bien que lo echo de menos, una casa preciosa, es amable, pacífico, o constante, o, también, ¿por qué no?, no pasa apuros económicos. Lo veo y lo quiero. Y puedo hacer dos cosas.

Puedo notar que me gusta y aceptar el deseo con paz y sin machacarme. Está ahí. No significa no apreciar lo que uno ya tiene, es, ha recibido o ha conseguido por pura chiripa o con algo de su parte. Se puede estar contento y agradecido con lo que hay y querer más u otras cosas diferentes que otras personas tienen o creo que tienen. Pero hay una censura interior al respecto que no trae nada bueno, pienso. Puede pasar que ese deseo me dé hasta rabia, y que lo primero que haga es negar que eso que tiene el otro –virtud, regalo, don, resultado, lo que fuere, hasta simple suerte- sea tan bueno o exista siquiera. No escribe tan bien, no es tan buena persona, su marido no es tan agradable, su casa al fin y al cabo no es tan grande, debe de ser muy molesto además vivir con tanto espacio. Más que constante esa persona es una pesada, como no tiene talento por eso se esfuerza tanto, etc. Me miento y niego mi deseo porque me molesta desear algo, no tenerlo, echarlo de menos, quererlo. Me da rabia, vergüenza. Soy una puritana. Y se instala a veces vía esa pretensión zen de no desear, que puede ser tan poco humana, en el fondo celos y de los peores. No quiero quizás verme desnuda, necesitada, limitada siempre. No quiero tampoco aceptar la diferencia porque él o ella tienen eso o aquello que a mí me gustaría y no tengo. Y fabulo: niego que haya un hueco, algo que me falta o que quisiera, niego lo que veo en el otro, niego, en tercer lugar, hasta mi deseo, malo, malo, malo.

Creo que España es un país de envidiosos que llegan a la patología porque quizá entendemos equivocadamente aquellos mandamientos que prohíben codiciar los bienes ajenos. Es algo que lo tenemos muy metido, un tema de orgullo más que nada. Me parece que lo terrible es cuando matarías o pisarías suelo sagrado, cuando venderías tu alma al diablo por tener eso que tiene otro. Pero no pienso que sea malo verlo, reconocerlo, ni tampoco desearlo. Tenemos ojos y corazón que están hechos para ver, desear y querer lo que es bueno o así lo consideramos. Es humano que tengamos necesidades o deseos, que estemos desnudos, que nos veamos y seamos limitados, con carencias, o como las fincas, manifiestamente mejorables en todos los sentidos, siempre huerfanitos de Dickens, mendicantes de algo. Forma parte de la vida que a nuestro lado haya siempre gente que tiene o parece tener justo lo que uno no tiene o desea. Es estupendo que seamos diferentes, que haya personas que tienen cosas mejores, o que simplemente a nosotros nos parecen mejores o muy deseables, en ese sentido son envidiables.

Creo que es parte de la madurez y la consciencia saber que la vida está hecha precisamente de deseos que se logran dándote una alegría. Y de otros que no, y no pasa nada. También de algunos que se logran y luego te dices "Dios mío, casi mejor que no se hubiera cumplido", pasa. Me parece que no se trata de negar los deseos, sino de vivir con ellos jugando, tomándoselos en serio y por eso en broma, con esa envidia que no es oscuridad, es luz por ver lo bueno y lo bello, o lo que nos parece que es así en otros, y ese deseo que nos recuerda que somos humanos. No creo que una sociedad que intenta tener todo lo que tiene el vecino a la voz de ya sea buena. Pero mentirnos sobre lo que deseamos y no es nuestro, sobre la diferencia que hay en dones, regalos, meritos o fortunas y suertes simple y llanamente, no creo que sea sano. Puede acabar por hacer daño. Y sin querer uno puede llegar a ser un envidioso de los peores bajo la pretensión, por ejemplo, hasta de hacer justicia poética, de revelar las verdades de alguien o ponerle en su sitio con la palabra, en la literatura, con la ficción o el ensayo. Bajo la apariencia de sinceridad, hasta de bondad y buenas intenciones, puede haber a menudo envidias que se han enquistado. Detrás de algunos afanes justicieros insistentes puede haber celos, me parece.

Hablé con un buen amigo bueno –valga la redundancia- sobre esto, uno de esos amigos envidiables. Le dije que necesitaba tiempo para escribir, que en la negación de la carencia o del deseo me parecía que está parte de la raíz de la peor envidia. Me dijo que él decía siempre “qué bien” cuando alguien tenía algo, lo que fuera, para alegrarse por el bien ajeno. Es la posibilidad mejor sin duda alguna, poder ver, reconocer y alegrarse siempre en el bien ajeno, un ejercicio muy saludable. Si hay una punzada porque el éxito de otro molesta, duele un poquito, malo. Si esto acaba en negación, todavía peor. Y puede ocurrir. Yo, desde luego, no estoy nada a salvo.

19 comentarios:

Olga B. dijo...

Mira, nadie está a salvo de sentir envidia, como de sentir celos. La cosa es no machacar al otro por causa de nuestros sentimientos negativos.
Ni machacarlo ni castigarlo ni ningunearlo por un asunto nuestro, ya está. No somos ángeles, pero podemos no ser unos bordes cum laude.
Miedo me da cuando todo empieza a disculparse, lo ajeno y lo propio, porque somos humanos. Cuidado, que ahí cabe todo...
Besiños, duquesa.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Pienso como Olga, pero además estoy encantado con esa visión que has dado de la envidia como luz, como virtud de reconocer lo bueno que hay en otros. Y con esta entrada voy a estar atento a mí mismo, porque nada me horrorizaría más que ser de esos que niega el bien ajeno para no sentirse envidiosos. Un beso.

Aurora Pimentel dijo...

Pues sí, Olga, a veces uno se da miedo, por eso ver y hasta decir lo que se envidia a los interesados o no interesados puede servir. Es una manera de huir de la envidia mala y hacer las paces, se conjura el mal poniéndolo en voz alta o con palabras. Un beso, madame.

Jesús, en fin, es difícil a veces, o no lo es, es evidente. La envidia se puede deslizar como una serpiente de esas que no puedes agarrar con un palo y ponerla en otra parte sin machacarla, que no hce falta. Es mejor mirarla de frente y con guasa, que te saque la lengua esa partida y sepas que no te va a morder, que no es venenosa, solo una culebrilla chica que busca sombra, tranquilidad. Un abrazo.

annemarie dijo...

Las cosas buenas en los otros son mías también, y las mías son de todos, para qué me las quedaría, como me las quedaría? No vamos a morir todos? Lo que decía Mauriac, que sentía miedo a que no se le olvidase bastante. Para que sirve una firma bajo unas palabras? Las palabras viven por si mismas, de maneras muy, muy misteriosas, en la cabeza de cada uno, y sirven si sirven, y si no, el tiempo es misericordiosamente implacable, no falla ni se equivoca nunca. Uno de los mejores ejemplos de esto es, en mi opinión, un blog, porque las verdaderas bibliotecas son las bibliotecas mentales, que no dependen de publicaciones ni de reconocimientos de nadie. Un buen blog es la escritura en estado puro, es como escribir en el agua.

Gómez de Lesaca dijo...

1. "Nadie está a salvo de sentir envidia": es verdad. O casi nadie. Por eso es un pecado capital.

2. Hay una envidia sana: se llama emuluación. Se encauza a través de la competencia y el juego limpio.

3.Instalarse en la envidia y convertirla en soberana de la vida propia se llama resentimiento. Es una fuerza muy poderosa, oscuramente trágica y capaz de mover la Historia.

4. El resentido es más culpable que el envidioso porque cultiva su falta de nobleza.

Saludos.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Has rematado muy bien la anterior entrada. Nadie está a "salvo". Yo ahora envidio a quien podrá tomarse vacaciones con tranquilidad, pues yo no podré.
Un abrazo.

lolo dijo...

Es apasionante el tema del deseo; creo que sin deseos somos poco.
Lo que es difícil es alegrarse de los dones ajenos. Las carencias nos limitan y lo sabemos, el esfuerzo para ser lo que uno no es, es vano. Los dones están repartidos en "modo aleatorio" con una justicia inexplicable, sin sentido para nosotros. Todos diferentes, pero iguales. De esa enorme diversidad creo que es de donde viene ese afán igualitario; creo que no entendemos nada. Pero es normal, el "diseño" nos supera y una de nuestras carencias es precisamente la de preferir la cualidad o bondad del vecino... qué le vamos a hacer. Hay que procurar no ser muy envidioso y bueno... también ayuda tu pluma bisturí. Gracias, Aurora.

Aurora Pimentel dijo...

Annemerie, lo que dices idealmente está muy bien, pero me parece que la realidad es que el don ajeno, el mérito o lo que sea puede molestar a menudo cuando no es uno quien lo tiene, incluso aunque compartas sus frutos o disfrutes de él cuando se puede (no siempre se pueden compartir dones, regalos o cosas que otro tiene).

Respecto a la escritura tienes mucha razón lo que dices, pero en mi caso además de disfrutar (y pasarlo mal, forma parte del disfrute casi) escribiendo y dedicando de 2 a 8 horas diarias según se presente el día, deseo ganar peso, hacerlo mejor, ampliar registros y tonos...cambiar de escala, etc... y deseo publicar, tener lectores en papel, ganar premios, etc. Yo tengo todos esos deseos al respecto y los digo abiertamente. Y muchos más que no cuento ;-)

Hay gente consagradísima o desconocida que pasa de todo eso. Yo no, y no vendo a mi madre por ello, pero me aplico con ahinco. ¿Sale? Estupendo. ¿No sale? Yo habré hecho lo que he podido para conseguir mi deseo.

Aurora Pimentel dijo...

Sr. Gómez de Lesaca, de acuerdo con los 4 puntos. Uno nota la punzadita, a veces eso de la emulación en plan juego y competencia, el resentimiento se puede instalar y cronificarse por algo viejo que te hicieron y que queda ahí y lo sacas hasta vestido de justicia poética. Es bueno saber que con la escritura no hay malos ni buenos ni fines donde se den recompensas ni premios o castigos, que las valoraciones siempre quedan fuera de la historia. Es un alivio. Un abrazo, caballero.

Aurora Pimentel dijo...

Uf, te entiendo, yo también les tengo envidia, pero no solo a esos... hay muchos otros. Un abrazo, JM, suerte...

Aurora Pimentel dijo...

La hierba siempre parece más verde del otro lado, dicen los anglos, Lolo. Un abrazo, a ver esos exámenes, ejem.

Elena Nito dijo...

Qué bueno, Aurora. Tu desarrollo y todos los coments, Olga define perfectamente los límites de esa envidia "puñetera", que cuesta abajo lleva a la crítica destructiva y al obstruccionismo y los puntos de Gómez de Lesaca para enmarcar.

Efectivamente, estamos desnudos. Pero Adán y Eva andaban desnudos y tan pichis, hasta que..qué pasó? Vieron maldad en su desnudez y se avergonzaron..y hoja de parra al canto.

Los filósofos de los sg XVII al XIX consideraban ignorantes a los que se sintiesen satisfechos con la vida. Su influencia, dicen los que saben, podría explicar por qué en España no está bien visto que alguien afirme en grupo (si preguntas individualmente la valoración es simpre más alta) que es optimista y se siente bien, en comparación con USA donde existe una glorificación del optimismo.

El que se alegra con el bien ajeno, y no siente el escozor de la envidia, no es menos humano, ni más tonto, ni naïf. Puede que simplemente lo vea como un avance, como algo bueno per se y no como una amenaza en primer término.

Habitualmente, si piensas en positivo avanzas, minimizas inconscientemente las dificultades y tiendes a conseguir más facilmente tus objetivos. Y a la inversa es lo que nos pasa aquí, creo. La teoría de la indefensión aprendida, el pesimismo se retroalimenta, aleja de nosotros sueños alcanzables y nos bloquea. Lo aplicamos en nosotros, avergonzados de nuestras miserias, y lo proyectamos a los demás.

¿Por qué "Yes, we can"? ¿Por qué ese humor sajón que se ríe hasta de su sombra, y ese tan acusado sentido del ridículo español? ¿Por qué no miramos a lo positivo y nos quedamos con lo mejor siempre nuestro y de los demás?. ¿Por qué no aceptamos que los errores, incluso empezar de cero las veces que haga falta, no es motivo de vergüenza, sino parte a veces imprescindibe del proceso de mejora? No deberíamos considerarnos más tontos por ello, más bien al contrario.

Para mí la envidia SÍ es el pecado nacional, pero creo que parte de un mal enfoque que hemos heredado y que deberíamos poder cambiar. Me parece que sólo descubriendo y potenciando lo mejor de cada uno podemos salir de ésta. Pero eso requiere tiempo y cierto esfuerzo. Es infinitamente más fácil igualar a todos, siempre por abajo. Pero nadie se sentiría ofendido si encontraran en él esa capacidad con la que puede brillar y ser útil, y sentirse realizado y ser feliz.

Aurora Pimentel dijo...

Elena, MIL GRACIAS por tu interesantísimo comentario... A veces en la envidia hay cierta ternura, es una llamada a que te quieran, un miedo a que si quieren a otros no te quieran a ti, no sé, es otra manera de verlo. Es un miedo a que la luz de otros haga sombra la tuya, cuando realmente cada persona tiene una luz que es suya, insustituible y siempre diferente. Ea, me voy a cenar y cierro el kiosko por hoy. Un beso.

jaimemarlow dijo...

"Y sin querer uno puede llegar a ser un envidioso de los peores bajo la pretensión, por ejemplo, hasta de hacer justicia poética, de revelar las verdades de alguien o ponerle en su sitio con la palabra, en la literatura, con la ficción o el ensayo. Bajo la apariencia de sinceridad, hasta de bondad y buenas intenciones, puede haber a menudo envidias que se han enquistado. Detrás de algunos afanes justicieros insistentes puede haber celos, me parece."

Me quito el cráneo por estas palabras, Aurora. Ahora mismo tengo una tremenda envidia por no haberlas dicho yo.

Aurora Pimentel dijo...

Jaime, las palabras escritas son por el miedo que me doy a veces. Hay que tener mucho cuidado con no saldar cuentas tontas ni a través de la ficción siquiera, es la Oración del Aprendiz que repito, me espanta: finales abiertos, personajes matizados -en ficción pero reales, un malo muy malo sin matiz de bondad es un espanto y al revés-. No hay mensajito ni recado, ni moralejas, ni nada, solo entretenimiento, trama y desenlace, escribir como un testigo, subjetivo siempre, claro, pero siempre a distancia, ponerla en el sueño o donde se quiera, pero dejando espacio y silencio. Escribir ficción es jugar vamos, contar, huir del discurso, aún tapado, y de lo fácil. Un abrazo.

Fcº Javier Barbadillo Salgado dijo...

Pues, servidor envidia su capacidad de trabajo, su inequívoco estilo literario, su don de gentes...y hasta las nubes de su máster. Los envidio, Aurora, y por ello me alegro de esos dones y los admiro.
A la envidia sana prefiero llamarla admiración.

Aurora Pimentel dijo...

Javier, que nos conocemos y no cuela, hombre, te estoy viendo con la sonrisa al decir esto... y con tus frases frescas o frescas frases... Por cierto ¿cómo va eso?, ¿marcha, tira adelante? Ya me contarás.

irene dijo...

Todo el mundo siente envidia. Y no creo que sea nada malo. La envidia lleva muchas veces a la ambición. Y creo que la ambición, si nos es llevaba, por supuesto, al extremo; puede hacer que queramos mejorar, esforzarnos más, alcanzar aquello a lo que aspiramos. Somos seres humanos y todos lo hemos sentido alguna vez.

De lo que muchas veces no nos damos cuenta es de que seguramente esas personas "envidiables" también tienen algo que envidiar. Y quién sabe, seguramente habrá alguien que envidie algo de mí...

En fin. Creo que la envidia es, simplemente, inevitable.

Un beso,

Irene

Aurora Pimentel dijo...

Sí, Irene, estoy de acuerdo, la ambición tiene muy mala prensa en este país, hay que ir como si no quisiéramos algo a veces, tambiñen por el miedo al fracaso en público -eso también, tenemos un sentido del ridículo de espanto.

Y desde luego que hasta los parques más espléndidos (vistos desde fuera) tendrán sus sombritas.

Y tú ¿por qué lees tan rápido? ¿y eres joven? yyyyyyyy..... hablas inglés tan bien... ehhhh? por quée????