
Estos días pasados he visitado pueblos, castillos y monasterios de los alrededores. De todo ello he tomado notas en mi cuaderno. Cuando pueda lo sacaré aquí o en "Un vaso de buen vino", una bitácora alojada en El Norte de Castilla donde me van a echar por vaga, hace meses que no la alimento.
Pero bueno, yo en este momento lo que quería contar es lo que más me ha gustado con diferencia de todas estas visitas. Y es lo siguiente.
Llegas a un pueblo, pongamos Cuellar o Coca, Tudela o hasta Quintanilla u Olivares, éstas dos al amparo de esa parte del Duero donde el buen vino de Ribera se hace. Pues bien, antes que en castillos o bodegas impresionantes, o incluso el Monasterio de Santa María de Valbuena, reparo en algo pequeño, hermoso y constante: los geranios que muchas mujeres cuelgan de balcones, con los que adornan terrazas y ventanas. Son rojos, rosa claro, rosa puñeta, naranja butanero o lila casi, algunos amoratados o granates, menos hay de los blancos, pero todos revientan de flores, son cuidados y alimentados por unas manos femeninas que riegan.
La restauración y mantenimiento del patrimonio castellano y leonés lleva mucho dinero. Aquí hay una colegiata cuando menos te lo esperas, a menudo iglesias en cada pequeño pueblo para caerte de espaldas. Tenemos tanto que casi no podemos con ello, es una cuestión de recursos. Pero junto a arquitectos que saben, restauradores que hacen bien su trabajo, oficios y artesanos (carpinteros, canteros, vidrieros, etc.), empresas y sector público que apoyan sin descanso… a mí me parece que hay alguien que hace algo fundamental que es poner geranios en una maceta, en una jardinera, adornando los balcones, las casas, sin que nadie les diga nada, solo porque ellas quieren.
Sin ellas, sin esas mujeres y sus geranios, ni las iglesias, ni los monasterios, ni lo castillos o las plazas o los cercanos conventos lucirían iguales, sería todo de cartón piedra. Hay un factor fundamental ("agente" diría la burocracía siempre tan cursi) que ha pasado desapercibido en esto del mantenimiento y es la Señora Julia, la tía Marta, la del Zacarías o la Puri, que ponen tiestos, pequeños o grandes, con geranios de todos tipos y alegran lo que vemos.
Tú sabes así que por aquí vive gente, que esto no está muerto o es para enseñar a los turistas solamente. Esas piedras o aquellas, en mejor o peor estado, parecen más humanas y nos recuerdan nuestro pasado y lo que somos si un geranio está cerca. Tras él siempre hay una mujer que hace que algo crezca. Es presente, pero es pasado, porque así se hace la historia: con piedras, esplendor y miseria, con arte, batallas, etc, y, de fondo, el cuidado que mantiene y alimenta la vida pequeña que es la al final nos sustenta.
Vienen los de la Junta, la Diputación dice que esto o que aquello, el Ayuntamiento añade o niega, discuten los expertos… Todo muy bien, pero la señora del geranio es la que tiene no la última palabra ni tampoco la primera, pero desde luego sí el acento en todo esto.
Yo se lo agradezco.
Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.
lunes, 30 de agosto de 2010
La señora de los geranios
viernes, 27 de agosto de 2010
Tomate que sepa
Llevo a la búsqueda de un tomate que
sepa a tomate, se entiende, varias semanas. Estoy en la vega del Duero, cerca también del Cega, voy a Tudela, aLaguna, a Herrera, y sigo probando tomates a ver si encuentro de los buenos. En el supermercado de este pueblo, Boecillo, ni lo intento.
El caso es que los nuestros, los de la huerta, se han atrasado, y eso que por Santiago antes ya estaban para cogerlos, pero este año, según Carlos, el pastor, todo va más tarde, así que los espero
Fui primero a Tudela, donde hay muy buena huerta, pregunté por la calle por tomates de los que supieran. Me dieron las señas de una frutería en la calle Salegas, compré un kilo, sabían, pero no me quedé contenta. Volví a intentarlo en Laguna, me decía Carlos que allí maduran antes que en Tudela. Compré en una frutería que me indicó él.
Volví a Tudela y volví a intentar esa búsqueda callejera, por probar en otro sitio que no quede. “Mire, yo querría tomates del terreno, de los que saben, de los de aquí…” Me contestó uno del pueblo que eso que yo buscaba ya no existía, que las semillas se perdieron, que se cultivan otros… pero que en cualquier caso fuera a… otro sitio en Tudela. Pedí probarlo antes de comprarlo, no me gustó, lo pagué antes de comérmelo y dije al final que no. En fin, de nuevo en la calle Salegas, compré varios kilos para la familia. Mi tía y mis primas, mi cuñada y su familia entera, dijeron que sabían, pero yo, de nuevo, ay, no me quedé del todo contenta. No es la perfección lo que busco, es más sabor lo que quiero.
Así que me acerqué a Herrera de Duero y pregunté. A mí preguntar no me da vergüenza. Y me indicaron una casa del pueblo donde una señora vendía a la puerta. Hablamos, me contó de su operación, de su pierna, de sus hijos y de su marido, en fin, charlamos. Tengo tiempo y me gusta dedicarlo a lo que vale la pena. Me vendió los tomates y me supieron mejor que los de la calle Salegas de Tudela. Quizá fue la conversación, no sé, hay más gusto cuando se conversa.
Sigo no obstante a la búsqueda de tomates que sepan. Según mi amiga Amelia, de Sevilla, que sabe y me ofrece toda confianza, ella compra los de Conil, pero a mí me viene un poco lejos. Sé que Marga, otra amiga sevillana, está como yo a veces, la llamo por teléfono y me cuenta que justo en ese momento está buscando tomates que sepan.
Hablé con mi tío y confirmé la idea de que el tomate hoy es solo fachada, precioso, perfecto, rojito, sin arrugas ni pliegues ni recovecos, liso, sin defectos, como si fuera un dibujo de un niño pequeño …o una miss, o un modelo, pero luego, ay, no saben, dicho sea con respeto de las misses y de los modelos, que habrá de todo, como en la huerta. No es la apariencia lo que importa: es que cuando muerdes sepa a algo, que no sea de serie, insípido, como algodón, sin aroma, sin cuerpo.
A mí me gustan los tomates feos, muy feos, pero que ya huelen al cogerlos. No hace falta quitarles el rabito, como me dijo un paisano en Tudela que había que hacer y al que no hice ni caso, naturalmente. Sin quitárselo el buen tomate ya huele y se adivina cómo va a saber, ya lo intuyes al olor simplemente, de bueno a muy bueno, los malos ni huelen. Y no hace falta que sea rojo perfecto como el Ketchup, hace falta que sea un tomate, con colorados o verdes distintos, y que haya crecido a su tiempo en la tierra. Así saben, el resto no sabe a nada, sea raf o se llame con tres apellidos compuestos. Pagas una barbaridad en Madrid y encima ni sabor tienen.

Seguiré informando de mi búsqueda del tomate que sepa, por el momento los de la frutería de la calle Salegas de Tudela de Duero y los de la señora de Herrera de Duero. Veremos a ver los de nuestro huerto, no me fío ni un pelo.
Nota: la foto de arriba son de los que suelen saber (aunque hay sorpresas), la de aquí abajo de los que no saben por muy monos, igualitos y perfectos que sean.
sepa a tomate, se entiende, varias semanas. Estoy en la vega del Duero, cerca también del Cega, voy a Tudela, aLaguna, a Herrera, y sigo probando tomates a ver si encuentro de los buenos. En el supermercado de este pueblo, Boecillo, ni lo intento.El caso es que los nuestros, los de la huerta, se han atrasado, y eso que por Santiago antes ya estaban para cogerlos, pero este año, según Carlos, el pastor, todo va más tarde, así que los espero
Fui primero a Tudela, donde hay muy buena huerta, pregunté por la calle por tomates de los que supieran. Me dieron las señas de una frutería en la calle Salegas, compré un kilo, sabían, pero no me quedé contenta. Volví a intentarlo en Laguna, me decía Carlos que allí maduran antes que en Tudela. Compré en una frutería que me indicó él.
Volví a Tudela y volví a intentar esa búsqueda callejera, por probar en otro sitio que no quede. “Mire, yo querría tomates del terreno, de los que saben, de los de aquí…” Me contestó uno del pueblo que eso que yo buscaba ya no existía, que las semillas se perdieron, que se cultivan otros… pero que en cualquier caso fuera a… otro sitio en Tudela. Pedí probarlo antes de comprarlo, no me gustó, lo pagué antes de comérmelo y dije al final que no. En fin, de nuevo en la calle Salegas, compré varios kilos para la familia. Mi tía y mis primas, mi cuñada y su familia entera, dijeron que sabían, pero yo, de nuevo, ay, no me quedé del todo contenta. No es la perfección lo que busco, es más sabor lo que quiero.
Así que me acerqué a Herrera de Duero y pregunté. A mí preguntar no me da vergüenza. Y me indicaron una casa del pueblo donde una señora vendía a la puerta. Hablamos, me contó de su operación, de su pierna, de sus hijos y de su marido, en fin, charlamos. Tengo tiempo y me gusta dedicarlo a lo que vale la pena. Me vendió los tomates y me supieron mejor que los de la calle Salegas de Tudela. Quizá fue la conversación, no sé, hay más gusto cuando se conversa.
Sigo no obstante a la búsqueda de tomates que sepan. Según mi amiga Amelia, de Sevilla, que sabe y me ofrece toda confianza, ella compra los de Conil, pero a mí me viene un poco lejos. Sé que Marga, otra amiga sevillana, está como yo a veces, la llamo por teléfono y me cuenta que justo en ese momento está buscando tomates que sepan.
Hablé con mi tío y confirmé la idea de que el tomate hoy es solo fachada, precioso, perfecto, rojito, sin arrugas ni pliegues ni recovecos, liso, sin defectos, como si fuera un dibujo de un niño pequeño …o una miss, o un modelo, pero luego, ay, no saben, dicho sea con respeto de las misses y de los modelos, que habrá de todo, como en la huerta. No es la apariencia lo que importa: es que cuando muerdes sepa a algo, que no sea de serie, insípido, como algodón, sin aroma, sin cuerpo.
A mí me gustan los tomates feos, muy feos, pero que ya huelen al cogerlos. No hace falta quitarles el rabito, como me dijo un paisano en Tudela que había que hacer y al que no hice ni caso, naturalmente. Sin quitárselo el buen tomate ya huele y se adivina cómo va a saber, ya lo intuyes al olor simplemente, de bueno a muy bueno, los malos ni huelen. Y no hace falta que sea rojo perfecto como el Ketchup, hace falta que sea un tomate, con colorados o verdes distintos, y que haya crecido a su tiempo en la tierra. Así saben, el resto no sabe a nada, sea raf o se llame con tres apellidos compuestos. Pagas una barbaridad en Madrid y encima ni sabor tienen.

Seguiré informando de mi búsqueda del tomate que sepa, por el momento los de la frutería de la calle Salegas de Tudela de Duero y los de la señora de Herrera de Duero. Veremos a ver los de nuestro huerto, no me fío ni un pelo.
Nota: la foto de arriba son de los que suelen saber (aunque hay sorpresas), la de aquí abajo de los que no saben por muy monos, igualitos y perfectos que sean.
martes, 24 de agosto de 2010
Las tinieblas
De los 8 a los 12 años, más o menos, cada vez que nos invitaban a casa de una amiga jugábamos a lo que llamábamos “las tinieblas”. Era sencillo, se apagaban las luces de una habitación, se dejaba totalmente a oscuras, y la que se la ligaba tenía que entrar e intentar a atrapar a alguien de quienes se habían escondido en sus rincones, tras las cortinas, debajo de los muebles, y adivinar quien era. Si lo adivinaba la otra se la ligaba. El juego era una tontería, salvo por el miedo que se pasaba. En la oscuridad la imaginación crece.Pocos niños conozco, incluso adultos, que no teman algo a la oscuridad más completa. No sólo es que no ves y te puedes dar con los muebles, es además ese silencio que supone la falta de luz, aunque en este caso se oían las risitas y así descubríamos por dónde había que tirar para pillar a quien fuera.
El juego éste siempre lo jugué con niñas, asumo que con niños y mayores hubiera sido otro tema. Nos encantaba el juego con su inocencia, por sus nervios. Ahora pienso que nuestra vida tenía tanta luz, estaba todo tan claro cuando tienes 8, 9 años, que era un modo de enfrentarnos de modo voluntario a unas tinieblas artificiales que nosotras provocábamos. Unas tinieblas que duraban poco y de las que se salía con solo darle a la luz o atrapar a quien pudieras.
Con el paso de los años te das cuenta de que el juego se repite, lo quieras o no lo quieras. Una habitación totalmente a oscuras, tú que entras, se oyen risas, tienes un poco de miedo o mucho, no ves absolutamente nada. De repente, consigues coger por el brazo a alguien, lo palpas, deberías saber quién es por sus rasgos, a veces puedes, pero a veces no aciertas. O crees que lo sabías, pero te equivocaste y tienes que volver a intentarlo de nuevo. Y sigues en la oscuridad, en las tinieblas, por un buen tiempo, jugando, pasándotelo bien incluso, aunque con un cierto miedo, es posible que algo cansada del juego.
El juego éste siempre lo jugué con niñas, asumo que con niños y mayores hubiera sido otro tema. Nos encantaba el juego con su inocencia, por sus nervios. Ahora pienso que nuestra vida tenía tanta luz, estaba todo tan claro cuando tienes 8, 9 años, que era un modo de enfrentarnos de modo voluntario a unas tinieblas artificiales que nosotras provocábamos. Unas tinieblas que duraban poco y de las que se salía con solo darle a la luz o atrapar a quien pudieras.
Con el paso de los años te das cuenta de que el juego se repite, lo quieras o no lo quieras. Una habitación totalmente a oscuras, tú que entras, se oyen risas, tienes un poco de miedo o mucho, no ves absolutamente nada. De repente, consigues coger por el brazo a alguien, lo palpas, deberías saber quién es por sus rasgos, a veces puedes, pero a veces no aciertas. O crees que lo sabías, pero te equivocaste y tienes que volver a intentarlo de nuevo. Y sigues en la oscuridad, en las tinieblas, por un buen tiempo, jugando, pasándotelo bien incluso, aunque con un cierto miedo, es posible que algo cansada del juego.
lunes, 23 de agosto de 2010
El bocadillo de Marita Torres y 7 niños en un 600
-Yo me llamo Marita, ¿y tú?
-Aurora…
Empezamos a jugar juntas en el patio. Marita Torres fue mi primera amiga, llegó al colegio un poco más tarde que yo. Al año o así nos fuimos a vivir cerca de su casa, fue todo mucho más fácil.
Marita era sensata y aplicada, generosa hasta decir basta. Llevaba siempre un bocadillo para comérselo a media mañana, en el descanso de las 11. Otras mucha no llevábamos nada por las prisas de nuestras madres o las nuestras, o simplemente nos olvidábamos de cada vez. Íbamos en procesión a pedirle un trozo de ese bocadillo tan bueno de sobrasada, salchichón o chorizo, y ella siempre nos daba. Dudo que Marita se tomara algo de su bocadillo, como mucho un trozo pequeño alguna vez. Lo mismo fue en los estudios del BUP más tarde. Se iba a estudiar contigo, a explicarte las matemáticas o lo que fuera, aunque a ella no le hiciera falta ese estudio, esas horas sin dormir casi.
Recordar a Marita es recordar a su madre. Ella y la mía se turnaron una temporada para llevarnos y traernos al colegio, salía más barato que el autobús escolar, como llevar la comida de casa. Eramos, sin contar a la madre conductora de cada vez, 7 niños en total, ellos 4, nosotros 3. Mi hermana Luisa iba a un colegio especial, no se montaba en esa ruta del coche. El caso es que íbamos en un 600 blanco, que era el automóvil de Marita madre (se llamaban igual madre e hija), los 7 niños entre los 8 y los 13 años, luego en un 850, el de mi madre. Ahí cabíamos todos, no se entiende muy bien cómo ahora, no había ni cinturones de seguridad, ni policía que te vigilara, todo mucho más fácil.
La madre de Marita era una mujer muy simpática, lista y amable, psicóloga de profesión, y, como mi madre, química, trabajaban ambas fuera de casa, algo que no era muy habitual a principios de los años 70 todavía en España. Marita heredó de su madre un modo de mirar el mundo con calma y responsabilidad, de estar en él haciendo cosas, trabajando mucho, sin darse ninguna importancia. “La dama” le llamaban en la universidad sus compañeros: fina de alma, delicada en el trato, fiel retrato de su madre que murió siendo ella joven, antes de casarse, una enfermedad dura en la que su hija mayor, Marita, estuvo ahí, cuidándola con esmero, sin separarse de ella ni un instante.
Marita, que ahora se llama María, sin el diminutivo de antes, sigue preparando unos bocadillos formidables con los que ha criado a dos hijos que crecen altos y fuertes y juegan a todo tipo de deportes, como su padre, el marido de María. Ella ahora esquía porque el amor puede mucho, hasta lo que no esperabas que pudiera“A todo se aprende aunque tengas 40 años, mis hijos se ríen de mí, pero a mi no me importa, allí voy…”
Seguimos siendo amigas pasados ya 43 años de aquel primer encuentro en el patio.
-Mañana podemos jugar juntas otra vez...
-Vale.
-Aurora…
Empezamos a jugar juntas en el patio. Marita Torres fue mi primera amiga, llegó al colegio un poco más tarde que yo. Al año o así nos fuimos a vivir cerca de su casa, fue todo mucho más fácil.
Marita era sensata y aplicada, generosa hasta decir basta. Llevaba siempre un bocadillo para comérselo a media mañana, en el descanso de las 11. Otras mucha no llevábamos nada por las prisas de nuestras madres o las nuestras, o simplemente nos olvidábamos de cada vez. Íbamos en procesión a pedirle un trozo de ese bocadillo tan bueno de sobrasada, salchichón o chorizo, y ella siempre nos daba. Dudo que Marita se tomara algo de su bocadillo, como mucho un trozo pequeño alguna vez. Lo mismo fue en los estudios del BUP más tarde. Se iba a estudiar contigo, a explicarte las matemáticas o lo que fuera, aunque a ella no le hiciera falta ese estudio, esas horas sin dormir casi.
Recordar a Marita es recordar a su madre. Ella y la mía se turnaron una temporada para llevarnos y traernos al colegio, salía más barato que el autobús escolar, como llevar la comida de casa. Eramos, sin contar a la madre conductora de cada vez, 7 niños en total, ellos 4, nosotros 3. Mi hermana Luisa iba a un colegio especial, no se montaba en esa ruta del coche. El caso es que íbamos en un 600 blanco, que era el automóvil de Marita madre (se llamaban igual madre e hija), los 7 niños entre los 8 y los 13 años, luego en un 850, el de mi madre. Ahí cabíamos todos, no se entiende muy bien cómo ahora, no había ni cinturones de seguridad, ni policía que te vigilara, todo mucho más fácil.
La madre de Marita era una mujer muy simpática, lista y amable, psicóloga de profesión, y, como mi madre, química, trabajaban ambas fuera de casa, algo que no era muy habitual a principios de los años 70 todavía en España. Marita heredó de su madre un modo de mirar el mundo con calma y responsabilidad, de estar en él haciendo cosas, trabajando mucho, sin darse ninguna importancia. “La dama” le llamaban en la universidad sus compañeros: fina de alma, delicada en el trato, fiel retrato de su madre que murió siendo ella joven, antes de casarse, una enfermedad dura en la que su hija mayor, Marita, estuvo ahí, cuidándola con esmero, sin separarse de ella ni un instante.
Marita, que ahora se llama María, sin el diminutivo de antes, sigue preparando unos bocadillos formidables con los que ha criado a dos hijos que crecen altos y fuertes y juegan a todo tipo de deportes, como su padre, el marido de María. Ella ahora esquía porque el amor puede mucho, hasta lo que no esperabas que pudiera“A todo se aprende aunque tengas 40 años, mis hijos se ríen de mí, pero a mi no me importa, allí voy…”
Seguimos siendo amigas pasados ya 43 años de aquel primer encuentro en el patio.
-Mañana podemos jugar juntas otra vez...
-Vale.
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