Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El padre eterno (y la madre que nos parió)



Me ha cogido la entrada de Sunsi floja, me ha hecho llorar a moco tendido, no hay derecho.
Esto de la maternidad y paternidad ejercientes da para mucho pensar, no sé, emociona siempre.

Se da el caso que ayuda a los ajenos ver el modo en que algunos son padres o madres, da como calor por dentro, tranquilidad.

Tenía mi padre un amigo de toda la vida, Enrique Carbonell, un tipo genial, padre, por cierto, de un conocido torero muerto (el cantante). Enrique era un caballero de los pies a la cabeza, iba hasta con sombrero. También era un loco genial que se marchaba su mujer de viaje y él hacía barrabasadas tan inocentes como comprar una mesa de ping pong y ponerla en el pasillo impidiendo totalmente el paso, esas de las que yo me acuerde. Recuerdo haberla oído hablar por teléfono preocupada con qué demonios estaría haciendo su santo esposo en su ausencia, diciéndole luego a mi padre "Es que me tengo que ir ya, José Joaquín, que no sé qué se le habrá ocurrido a éste esta vez". Y allá que se volvía a Cadiz.

Pues lo dicho, era Enrique padre de ese cantante y actor, muy gracioso, otro loco, pero ya de los años 90, un poco más peligroso, que tocaba en su día, por cierto, en garitos de mala muerte cuando no era tan famoso todavía. Pues ahí te veías a Enrique Carbonell, como un señor, lo que era, rodeado de mala vida y escuchando a su hijo, que para eso era su padre. Sentado, muy serio, quitándose el sombrero, claro, pero vestido con su traje en mitad de aquel ambiente: pa'verlo.

Realmente uno mira a esos padres, incombustibles, aquí estoy para lo que tú quieras, y realmente es como para tener fe en el padre eterno.

Ocurre lo mismo con muchas madres. Que de tontas no tienen un pelo ni tampoco es un camelo esa mezcla de "venga, adelante" y luego el capón o la reconvención, de fondo siempre esa inquebrantable fe.

"Yo lo que no quiero es que pierdan su alma", todavía lloro con la frasecita de marras, joé, hay que ver cómo son algunas con esa pose de brutas y tremendas con la que van luego. Es una puñetera pose y a mí no me la dan con queso.

Son todas esas madres también como el padre eterno, tienen eso que se llama confianza en que nosotros somos, también, buenos. En que podemos. ¿Podemos? Ay, yo lo espero. 

A veces es como si oyera a la mía que, no sé por qué extraña razón, nunca parece preocuparle absolutamente nada de lo que me pasa de fondo y yo considero vital, es decir, la situación financiera, laboral y sentimental. Oyes, como si con ella todo eso no fuera. En cambio se preocupa horrores y me da la vara cuando cojo un avión (o sea, siempre), conduzco el coche (frecuentemente) o salgo a cenar y vuelvo a las dos, ¡con 48 tacos que tengo! (esto menos frecuente, es que me duermo antes). Te paras a pensar y resulta que a lo mejor tiene razón, que con lo que hay que preocuparse algunas a veces es con las pequeñas cosas y dejar las grandes en otras manos. A ver si mi santa madre es más sabia todavía de lo que yo pensaba.

Lo dicho, no me hagas llorar que tengo mucho trabajo, Sunsi. No te lo perdono. Felicidades al guapo ese, tiene a quien salir (joé, tú y tu santo, con permiso).