Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.
sábado, 5 de septiembre de 2009
A
A la una vienen a misa las señoras que dan limosna. Por eso yo siempre a la puerta de misa de una. A las doce y media me coloco allí y ya nadie me mueve hasta las dos, cuando todas han salido. Antes pedir me daba vergüenza, pero ya me he acostumbrado, y pienso que peor es robar que pedir.
Al principio no sabes cómo hacerlo, aprendes con la práctica y con la necesidad. Miras a otros cómo lo hacen y con intención o sin ella acabas copiando sus modos.
"Cómo es posible tanto trocito de cielo" y la chica vestida de azul, tan poquita cosa, no podía menos que reírse. El Cantinflas me lo enseñó todo, su estilo era el de méndigo cómico, mitad piropeador, mitad lastimero, un maestro. Tenía cogidas las vueltas a todas las mujeres del barrio. Me da pena no ser hombre para seguir sus pasos.
Haga calor o frío, a la sombra de muchas iglesias nosotros sabemos que algo caerá, es una cuestión de hábito y casi de tradición. Puedes preferir Serrano y colocarte entonces a la puerta de esas tiendas grandes que huelen tan bien, o en los cines de Gran Vía donde la gente todavía va a divertirse, o incluso en los alrededores de museos donde los extranjeros nos miran con compasión. Pero al final, donde uno consigue más si tiene paciencia, si es constante, día tras día, es a la entrada o salida de una misa de barrio bien en torno al mediodía. Esas misas de diario donde van señoras muy mayores y algún viejecito que no se anticipó a su mujer muriéndose antes que ella.
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