A los niños pequeños de mi familia se les calma con un currusco de pan cuando les están saliendo los dientes. Así se consuelan del dolor, lo anestesian. Roen incansables hasta que desintegran con babas e insistencia el pan. Hasta el más duro acaba siendo migas empapadas que suelen caer al suelo, tragan pocas, tal ansiedad tienen.
El hambre hace crujir las tripas. El sábado pasado lo noté de nuevo en el curso que hice. La sala estaba en silencio y mi compañero de al lado pidió que le dieran de comer sin palabras. Se le oía perfectamente.
Luego Eduardo el domingo me dijo lo siguiente “A ciertas edades no hay que pedir ya, estamos para dar lo que otros vayan queriendo”. Parecía él bien servido, contento y en paz. Cuando al final del curso se despidió, como siempre se hace en estos seminarios, con la frase "estoy completo" sonaba auténtico.
PS: Gracias a Eric y Anne Marie, co-lideres en el curso de Process de Coaching del pasado fin de semana, a Eduardo y Maria de Mar, ayudantes, Marta, traductora, y a todos los compañeros.
Antes no teníamos vacaciones, íbamos de veraneo. Recuerdo aquellos veraneos largos de casi tres meses en un pueblo en la casa de mis abuelos, llena de primos, tres familias juntas viviendo, comidas para un regimiento y un solo cuarto de baño.
Leíamos mucho porque las horas de la tarde se hacían eternas y no se podía hacer ruido durante la siesta. Hacíamos excursiones cuando no apretaba el calor, íbamos a los Escoceses andando a misa algunas veces, a las bodegas, al río, jugábamos al ping pong. Comíamos tomate con sal y sandías que sabían sentados en las escaleras. Montábamos en bicicletas que no hacían más que pincharse con las "pesetas", unos pinchos largos que tienen por un lado una púa más larga. Se entretenía uno cambiando ruedas y bañándose en el pilón que luego fue piscina. Había largas tertulias de sobremesas tras la cena.
Tenías tiempo para todo, incluso para quedarte mirando a los escarabajos zapateros. Y así me enteré yo de algunas cosas de la vida, con dos escarabajos zapateros, rojos y negros, enganchados y que no se soltaban. Nos aburríamos en definitiva algo. Formaba parte de la educación que los niños no tuvieran que entretenerse cada minuto, allá nos las compusiéramos.
Pensé en todo esto el sábado en la Igeada que tuvimos, una reunión familiar en la ermita de la Virgen de los Remedios, pasado Colmenar Viejo. Sigo afónica, con un catarro fuerte por el aire acondicionado, faringitis, tos, algo de fiebre. Pero fui a la Igeada, no me lo hubiera perdido por nada. Celebramos misa primero, luego comida. Después leyó mi hermano Juan un texto que nos hizo reír y luego pasó mi primo Alberto el montaje en power point que había hecho con fotos de mis abuelos hasta los ya tataranietos que, de vivir ellos, tendrían. Fue muy bonito, lo pasamos fenomenal. Recordé lo bueno del veraneo, el dejar la vida habitual en suspenso, un paréntesis largo, quizás demasiado extenso, que hemos perdido con la vida adulta y los tiempos modernos. Era otra manera de descansar o de cambiar de aires. De vez en cuando escribías una carta y lo hacías esperando la respuesta. Pero todo tardaba, nada era instantáneo. Como las llamadas de teléfono, que en Boecillo fueron con operador hasta los setenta y tantos. No se llamaba así como así, vivíamos desconectados con quienes estaban a cierta distancia y quizás más conectados con los cercanos a cambio.
Creo que no es mal plan para los meses que vienen, un veraneo como los de antes, largo y sin actividad aparente, cartas esporádicas escritas en aquel estilo infantil “Ayer fuimos de excursión a Portillo, subimos al castillo y luego compramos pastas. El coche se rompió en la carretera… ¿Qué tal lo estás pasando tú en Galicia? Cuando puedas escríbeme…” o una postal de aquellas "Estoy desde Salamanca, he venido con mis padres ... ¿A que es preciosa la Casa de las Conchas?"
Fui al cine a ver "Dos hermanos". De vez en cuando hay que ventilarse con una película en sesión de tarde, casi sola en la sala, ir y volver al Renoir de Cuatro Caminos andando.
La historia va, naturalmente, de dos hermanos. Son argentinos, en torno a los sesenta años, ella, Susana, Mirtha Legrand, él, Marcos, Antonio Agasalla. Entre Buenos Aires y Villa Laura en Uruguay, uno vive en la ciudad, otro se va a vivir a un pueblo pequeño por diversas circunstancias que no hay que destripar. Conviven, tienen también su vida aparte. Uno de los dos es tramposo, manipulador, vitalista, hiperactivo, agotador, no hay quien le aguante y ha creado una ficción en la que vive y enreda a los demás, a su propio hermano. El otro es de esas personas que se "quedaron" cuidando a su madre, con un modo de mirar y de pedir poco, de dejarse hacer resignado. Hay un humor fino, argentino y judío, o a mí me lo parece, ternura y compasión, dos personajes muy bien tallados.
Pero además en Villa Laura aparece un actor de mediana edad que está montando "Edipo Rey" y en Buenos Aires un galán parecido a Clint Eastwood. Se puede aprender a montar en moto a los sesenta años o subirse a un escenario, solo hacen falta ganas. O sea, esos milagros constantes que tiene la vida. Y para eso está el cine, para recordárnoslo.
Me ha encantado la película. Los hermanos hacen muchas cosas por los hermanos. A veces se olvida porque se va demasiado rápido, o se es muy desgraciado, se está muy solo como para apreciar a quien se tiene o tuvo cerca. Y luego ese retrato, aunque no es el tema de la película para nada, tan medido en mi opinión, de un hombre homosexual que no va de loca ni va de nada, lejos de los tópicos habituales.
Creo que la dirección de Daniel Burman es estupenda, el guión excelente y diferente, nada ya contado o así contado. Está basado en la novela "Villa Laura" de Diego Duckobski. Y las dos interpretaciones son una desmedida y la otra medida, como corresponde a cada personaje. Los secundarios también son muy buenos. Da gusto ver a actores tan contenidos y creíbles. Conviene no perderse los títulos de crédito al final. Es posible que un piano, Irving Berlin con su "Tipping on the Ritz" y Edipo Rey casen.
Volví andando calle Raimundo Villaverde abajo. Oí a unos pájaros en mitad del ruido del tráfico. Me paré un rato. Identífique a tres o cuatro herrerillos. Javier Barbadillo o Jesus Dorda lo podrían decir con seguridad. Era curioso escucharles a pesar del estruendo reinante. Al lado un parque lleno de niños pequeños de todos los colores, como corresponde al barrio, también piando.
Ayer acudí al fallo del III certamen de novela corta Zayas donde había quedado entre los diez finalistas, una sorpresa muy buena. Fui acompañada de amigos, sola intento hacer lo menos posible. El caso es que el premio se lo dieron a Juan Manuel que trabaja en el teatro Santa Marta de Jerez, un hombre encantador que ya ha ganado varios certámenes. No pongo el apellido porque no me acuerdo. En cuanto encuentre la nota de prensa que no han debido de enviar todavía, porque no veo nada en internet, lo pongo todo completo. Ahora me lío con el título de su novela y las otras dos menciones de honor que hubo. Uno era Julio Cesar Romano, que escribe cuentos para niños (es evidente, Julio Cesar… y Romano el apellido, no hay quien se olvide).
Creo que es un buen entrenamiento poner toda la carne que se pueda en el asador, la que una da de sí, que es la que es por el momento, santa paz. Me parece que la escritura es un cocido que se hace a fuego lento con gas, carbón o leña, la vitro o la inducción a mí no me convencen. A todo hay que dedicar tiempo de trabajo y de pausa para que lo que sea cale, poner todas las ilusiones y las esperanzas que se puedan sin temor al no (ni al sí tampoco, que existe). Hay personas que quizá no se ilusionan (y menos en voz alta, que da corte) para no sufrir al desilusionarse luego. No es mi escuela, yo no me quemo. Quizá es el entrenamiento profesional de hacer veintitantas propuestas para ganar una o ninguna durante años en agencias o consultoría, o el andar laboralmente sobre la incertidumbre a menudo. Me gusta la tienta, la exploración, el riesgo, el no, el sí, el puede ser, el luego, el ahora, y el seguir dale que dale cansada, disfrutando y, a veces con algo de sufrimiento, luego remontando y otra vez ea, qué bien, ahora con fuerzas, luego sin ellas. Y con amigos siempre.
Llegué a casa, cené y volví a repasar algo de lo escrito, de lo que guardo o he ido enviado estos cinco meses pasados a premios, cómo voy en la novela larga que empecé en agosto, la lista de certámenes ya fallados, pendientes y otros que van abriendo plazo para enviar textos. Volví a confirmar que estoy haciendo lo que quiero y con lo que disfruto. Éste, que para mí empieza mañana, será un verano de lecturas, cine, escritura y reescritura, algo de trabajo y preparación de clases que, afortunadamente, van saliendo. Me apetecen mucho estos 3 meses, sé que tengo suerte.
Esta mañana, como ayer, tenía clases en la Fundación Luis Vives, 7 horas casi seguidas hablando de nuevo. He amanecido totalmente afónica. Ayer estaba ya enferma por el aire acondicionado de Renfe, Socibus y los Amarillos (quieren que nos muramos, es un tema evidente), dos días llevo con faringitis. Hoy ni una palabra que no fuera un susurro, ni eso. No sé cómo he podido dar la clase, pero la he dado. Todavía no entiendo cómo lo he hecho.