La vida nos propone continuamente retos. Es como si viviéramos en casas con techos de cristal mientras llueven pedradas. El reto no es cambiar de techo, sino compartir tejado con otros planteamientos que seguramente son también frágiles si sus habitantes son lo suficientemente valientes como para reconocerlo.
Comprobamos a menudo cómo nuestras convicciones que pensamos robustas y consistentes pueden quedarse hechas añicos si no somos capaces de entrar en un planteamiento que nos deje salir de casa si el cielo se nos viene encima.
Siempre hay alguien capaz de tocar los cimientos de nuestras ideas.
Por mi parte lo tengo claro: prefiero vivir bajo un techo de cristal a hacerlo entre puertas cerradas a cal y canto y muros que aíslan.
Internet y la blogosfera pueden facilitar la revisión de los propios planteamientos tanto de forma como de fondo. Aquí podemos exponernos y contaminarnos en el mejor sentido de la palabra, a una mayor velocidad y también con una mayor libertad. Con los riesgos y fallos propios del medio u otros que éste acentúa, por supuesto, pero también con una mayor posibilidad de rectificación y otras ventajas.
Reconocer que nos hemos equivocado puede no ser fácil. Muchas veces olvidamos el poder de la palabra con la que podemos herir pero también invitar a la reflexión.
Si al final no nos dejamos arrastrar por la rabia y recuperamos la capacidad de pensar podemos dar un paso adelante y hacer un intento de empaparnos en la lluvia de ideas de otros que, aunque mojan, también refrescan.
Supongo que lo que nos hace mas fuertes es precisamente reconocer nuestra fragilidad intrínseca y así hacernos más fuertes para seguir viviendo bajo techos de cristal.
PS: Escrito a pachas o al alimón con Alfonso Carlos. En fin, de todo se puede aprender, y desde luego que de todos, muchas gracias. Si se mira con atención a la foto, se ve que Alfonso Carlos tiene cierto parecido a alguien que acoge al otro (yo es que me afeito el bigote desde hace tiempo) (coño, que no va de rendiciones, sino de rectificaciones y actitud ¿eh?) (no va de malas, que ya sé que eres pacifista, Alfonso Carlos, pero yo no lo soy je je)
PS 2: En cualquier caso, ambos hemos pensado en ir proponiendo cosas para eso de los techos de cristal, la contaminación y el debate civilizado, ya os lo diremos, tenemos un par de ideas al respecto para la blogosfera, a ver qué os parecen.
Vivir en un pueblo tiene estas cosas. Es un pequeño universo donde la enfermedad es más evidente. Veo a Matías en el bar, es el borracho del lugar, el que mueve a la risa con su bamboleo y su hablar entrecortado. Como no molesta mucho, los vecinos le toleran y hasta le jalean. Su enfermedad no va con ellos y les resulta incluso graciosa. Rara vez viene Matías a mi consulta. Su alcoholismo le dejó trabajar y vivir bien durante años. Ha ido lentamente instalándose sin síntomas apenas, sólo ahora empieza a pasarle factura en su soledad de cuarenta años. Yo lo sé pero poco puedo hacer. Le abrazo en el bar y hago que coma algo caliente.
Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Sabes que tu medicina es limitada, aunque algunos de tus vecinos tengan una fe inquebrantable y casi inexplicable en ti. Soy el doctor y como en otras fuerzas vivas de este pueblo se confía en mi poder de un modo a veces casi infantil. Hay quienes buscan que les recete la pastilla de oro, el tratamiento ese mágico y fácil que les curará de sus dolencias. Otros quieren la sabiduría de un diagnóstico certero bajo nombres incomprensibles, cuanto más incomprensibles, más les gustan, es curioso. Ellos mismos ponen a veces unos nombres inventados para lo que tienen. Y los remedios, a veces también se los inventan, a cada cual más raro: "el agua por la mañana bebida en ayunas encomendándose a San Expedito".
Yo sonrío y no corrijo. Les dejo hacer a menudo, total, no me cuesta esfuerzo: que me digan lo que creen que tienen, que me pidan esa pastilla en la que confían a pies juntillas, que me vengan a ver o incluso que no se pasen por la consulta y hasta que se automediquen con cierta prudencia.
Vienen otras veces como en procesión a mi consulta con pretensiones chocantes, sin poderse explicar a menudo. "Doctor, que tengo un dolor como por aquí que me sube y que me baja entre las cuatro y las seis de la tarde..." Es María palpándose la cadera. Le pregunto lo evidente: "Pero, hija mía, ¿tú cargas con mucho peso?" "Pues ahora que caigo, un poco...".
Decir lo sencillo es a veces lo que no se puede decir.
Cargar con un saco de doce kilos de pienso de los cerdos es la lógica causa de la dolencia. Pero ella quiere la pastillita milagrosa que le hará enfrentarse al dolor con seguridad mientras sigue cargando, una y otra vez. Dejarlo nunca jamás, para ella es imposible, no puede imaginar su vida sin ese fardo, el ir y venir del corral y al corral, los pies sucios y agotada con tanto trajín. Se ha acostumbrado casi hasta al dolor aunque le sea molesto.
Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Sabes que todos tus vecinos están enfermos, que son enfermos. Incluso los que piensan que no lo están ni lo son. Conoces sus antecedentes familiares y has trazado su historial clínico desde hace tiempo, vengan o no a tu consulta. No hay enfermedades sino enfermos, qué gran verdad. La humanidad son enfermos de gripe, cáncer, reumatismo, obesidad y, ahora, anorexia. Enfermos con pulmonías en invierno, úlceras de estómago en primavera y muchas otras dolencias ocultas, conocidas y desconocidas. Algunas se hacen crónicas. Por todos siento la misma compasión, por los que se pasan por aquí y me reverencian en cierto modo y por los que ni me saludan por la calle, esos que piensan que el médico cuanto más lejos, mejor.
Siento una ternura especial por quienes cuidan de su salud, siempre temerosos de los malos vientos, de las bacterias o viruse, viviendo entre algodones, con mil cuidados. No saben que cualquier día se los lleva por delante una enfermedad desconocida, tan expuestos están como los demás. Ser hombre es estar enfermo, bien lo sé yo.
Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Vino el otro día Pablo, buen hombre, le notaba triste y muy desmejorado los últimos meses. Me lo encontré el miércoles en el mercado y le anime a visitarme. Vencí su natural timidez y resistencia con afecto y bromas. Hay hombres que no van al médico aunque se encuentren muy mal, ni muertos quieren venir. Se quitó la camisa sin ganas y como con miedo todavía, lo ausculté con calma. Hablamos un rato.
Al irse me preguntó Ana, la enfermera "¿Qué le ocurre a Pablo?"
"Nada que no hayamos visto, Ana, otra forma de mal de amores", contesté.
Sonrió Ana.
Podría haberle dicho a Pablo que no buscara con tanto ahinco en el lugar equivocado, una y otra vez. Pero soy médico de pueblo y sé que no servirá de nada. Se le pasará.
Estoy para curar y, cuando no puedo, que es la mayoría de las veces, simplemente acojo.
Ahí va Pablo, el corazón roto de parte a parte, abierta la carne y a la intemperie. Sólo Ana y yo lo podemos ver.
(Entrada ya publicada el 19 de marzo y el 18 de agosto. Lo vuelvo a hacer por varias razones: la primera, como un gracias; la segunda porque va a abrir una serie de ficción -como este texto es- que se titula "Interjecciones" de 7 relatos; y la tercera porque no tengo tiempo hoy, estoy concentrada con otras escrituras. Feliz domingo a todos)
A veces se empieza desde cero, la temperatura justa que dijo alguien. Un año y un día de blog hoy, y todo comienza de nuevo ahí, siempre ahí, a cero. Pero también cabe menos: se puede estar a menos que cero en todos los sentidos posibles.
Libertad y palabra son términos intercambiables a veces, un espacio propio, no pretender nada más que escribir, aunque también era cierto que eso te preparaba para otro comienzo a cero o a menos que cero de algún modo. Así es la vida, empezar no desde el principio, sino con nada o con menos que nada, una y otra vez.
Aprender primero de otros y de muchas maneras. Ya se lo has dicho a algunos, a otros ya se lo dirás, hay tiempo. Donde menos se la esperaba saltó la liebre. Zas, internet, una ventana a otro mundo, a otro orden o caos, tono, temas. En aquella ocasión caíste en la cuenta: ahí estaba, era eso, justo eso que tú sentías y veías y no podías llegar a expresar, era eso. La palabra ajena a veces sirve para ver esa propia que no llegabas a poder formular por falta de contraste, ese silencio interno que posiblemente protege pero que también uniformiza y no facilita nada la palabra, nada. Al verlo tan bien escrito todo encajó y mucho se te acabó por desmoronar.
Muchos, muchísimos y bien diversos “ahí está, es eso” han sucedido desde entonces desde otros lados. Ahí está esa lejanía elegante o esa proximidad cálida, un modo de decir algo o también de no decir nada, ese giro, un arranque o un final, un tema mínimo o un gran tema, resistencia o avance, la persona y también un personaje, espacio y ritmo. Eso que tanto te gustaba o precisamente eso otro que odiabas y te acaba por gustar, novedad y tradición, brillantez y también esa penumbra que te atrae, el ingenio o hasta el genio duro y puro, mucho oficio al escribir a veces, lo notas detrás, respira oficio y tiempo dedicado, otras no hace ni falta, va de otra cosa y no pasa nada. Gracias a todos ellos, muchas gracias.
Luego de bruces tú con la escritura, porque cuando no se busca es cuando encuentras. E igual que ocurrió con dar clases, otro regalo inesperado en la madurez, así ha ocurrido ahora. De frente y de repente atreverte con la ficción y saber que no sabes nada, también que estás aprendiendo, pasándolo mal y bien. Enfoca aquí, allá pon sombra, demasiada luz nunca es buena, ahora duerme lo escrito, límalo en este momento, luego olvídalo otra vez un tiempo. No quieras nada más que contar una historia, una mentira bien hecha, perfila los personajes y déjalos luego que crezcan, elimínalos con decisión o déjalos más en sombra cuando sólo distraigan aunque tu tengas que empezar casi a cero, no tengas miedo de volver a empezar casi de nuevas, no es de nuevas. Escribir es elegir y tirar incluso lo que te parece bueno, dejarlo para otra ocasión si no sirve más que para entretener, si emborrona. Cuidado con el roce y el conflicto que planteas, pon más distancia, sé más fría, más laboriosa, viga y bordado, las dos cosas. Atrévete en cambio ahora, no seas ahí cobarde, previsible, complicada, cómplice tampoco. Siente el ritmo de la historia, deja que ella te envuelva y que salga a veces sola y, sin embargo, piensa mucho más en ella, no cedas jamás en pensar 300 veces las cosas, las que hagan falta. Y observa, siempre observa y toma nota. Pon fecha y rutina de oficinista al escribir y a la vez no tengas prisa alguna ni costumbre, no seas vaga, aprende también cuando no lo estás siendo porque estás trabajando la novela de otra manera. Imponte y a la vez no te impongas jamás, sólo narra una historia, nada más que una historia donde manda la narración, no tú.
Una seguridad aplastante en lo que estás escribiendo y a la vez dudas constantes, una soledad añadida y más dura que la que habías conocido nunca. Ya si llegas a publicar será la caraba, una gran alegría, pero sin eso ¡qué gozada ya y qué regalo! Toda escritura trabajada es siempre un regalo, atreverse a abordar una novela es, con todo el esfuerzo que supone, un estupendo regalo que la vida te da y que se inició a través de una bitácora: quizás no hubiera surgido sin ese entrenamiento diario. Y contra lo que parezca, es más soberbio el que no le importa nada llegar a publicar jamás que aquel que no escribe si no tiene editor o visos de tenerlo. Al primero le sobra con la satisfacción interna de haber podido, el orgullo está más metido dentro, quizás con otras cosas que no son solo soberbia: necesidad de escribir, obligación casi, un compromiso con esa historia que luego da igual si llega al papel o no, mucho menos si la leen o no ¿qué más dará ya? Una cosa es que te guste y apetezca, que lo agradezcas, y otra que sea lo más importante. Lo más importante es siempre llegar a saber contarla, es el proceso lo que tiene algo de droga, esa es la droga, una lucha constante desde el quiero, hasta el puedo y luego el sé.
Vuelta a la bitácora, álogos y comentarios, exponerse siempre porque cuanta más carne en el asador, cuanto más esfuerzo y más se escribe o se dice, más se puede equivocar uno, claro. Miedo a ver el contador, ni verlo quieres. A la vez otro miedo, a ser frívola al comentar en otras bitácoras. Y no quieres hacerlo. Quisieras pedir disculpas primero a quienes molestaste incluso con un requiebro no medido, con un halago que sonó a lo peor hueco, precisamente porque no quieres clubs, coros, círculos de iniciados ni de expertos, colegueo o enfrentamientos vanos, hacerte omnipresente o saltar sin ton ni son de un lado a otro, nada de eso. Por respeto, sólo por respeto, sabes bien que no todo es igual aunque todo pueda ser bueno y tenga siempre su valor, pero no quieres decir lo mismo o comentar por comentar, ni siquiera por saludar, ni siquiera eso a veces. Juega el cariño y la simpatía, claro, la admiración y el simple agradecimiento también, bien está todo, pero no: cada persona se merece tu verdad -nada más que tuya, mínima- o tu silencio -solo tuyo e insignificante también- cuando comentas o cuando no lo haces. Y no porque tengas peso alguno con lo que dices o dejas de decir, es precisamente por un profundo respeto a cada casa, a la escritura de cada uno y al peso que tienen ellos, cada uno, cada vez que escriben: cada entrada es diferente y se merece ese respeto, una palabra con peso, nunca resolver un comentario de un plumazo, o un silencio también con su peso distinto, nunca igual, nunca lo mismo o con el mismo significado. Nunca estar por estar, ni pasar por pasar, ni discutir por discutir, ni estar de acuerdo por estarlo, jamás contemporizar o hablar por hablar, eso no.
El silencio tiene un triple filo, puede que más: el de no me interesa o no me gusta lo que (te) leo hoy -por el contenido o por el estilo - y por eso no comento; el de no tengo realmente nada que decir en esta ocasión porque no conozco el tema o me pilla muy lejos, es demasiado para mí en uno o mil sentidos; y otro, mucho mejor y a veces desconocido, que puede ser me encanta tanto esto que escribes que mientras no sea capaz de decirte bien y con hondura lo mucho que me gusta no voy a hacerlo, quizás no puedo hacerlo, no me sale hoy, o ya hay tanta gente que yo no te voy a decir nada nuevo, etc. Nunca intentar quedar bien, ni formar parte de nada, ni a favor ni en contra, ni coro ni voz cantante, ni siquiera corresponder, tampoco eso, ni caer bien o mejor o menos mal, sabes lo fácil que es el mamoneo en la vida, estás harta de distintos mamoneos, y aquí por razones muy diversas, todas muy humanas y comprensibles, se puede dar, y tú no quieres caer en él. Y has podido caer a veces sin querer: mis disculpas.
Pero lo peor no es eso, bien lo sabes: has caído más veces en cosas peores. Difícil equilibrio ese otro del respeto y decir lo que piensas de algo que dice alguien y que te parece injusto, frívolo y sin ningún peso ni fundamento, de demostrárselo de modo contundente porque sabes, puedes y lo que más pesa, el cuerpo es como si te lo pidiera, zas, pero sin perder jamas el tono ni hacer daño aunque nunca sea de modo intencionado. También de defender tu propia casa contra viento y marea de la ligereza reinante o del barullo creciente, de trolles, críticos y correctores de estilo o pelmazos que hay muchos y muy diversos, tú misma lo puedes ser, bien lo sabes, esto tan largo es la muestra. Difícil equilibrio con un balance final que arroja eso: menos, muchísimo menos que cero. Así es. No importa nada por uno mismo, importa por la herida que se puede causar a alguien, por un público escarnio que no merece nadie o su alejamiento a lo realmente importante, nunca la reputación o fama, el blog o quien está detrás, que es siempre lo de menos y que te importa muy poco o nada, no pretendes jamás ni compañía ni adeptos. Sólo escribir y hacerlo mejor.
Sin querer, sin darme cuenta, he podido caer en la frivolidad de exponer aquí a quienes más quiero, a mi familia, nada importante suyo, bien es cierto. Jamás contaría algo que les dejara en mal lugar, además de que es que no existe, pero es lo muy bueno incluso que cuentas lo que les puede poner en un extraño riesgo, y por eso a su petición quité un par de entradas de más de doscientas treinta y modifiqué otras tantas, como se ve por las etiquetas muchas, muchísimas sobre familia, pero ahora con un doble cuidado: les agradezco que me ayuden a afinar cuando ya no doy más de sí, que sean sinceros y me lo digan cuando lo ven.
Por todo eso, muchas gracias a todos, perdón en su caso a algunos y a comenzar siempre de nuevo aquí o en otra parte, da igual, se piensa y se verá.
Resumen del año y del blog: a menos de cero, a mucho menos que cero. "A menos que cero", creo que puede ser un buen título de un libro, un buen resumen de 366 días de esta bitácora. En fin, veremos.
PS: Pero además 14 amigos y conocidos nuevos y muchos más epistolares o de teléfono a través de la bitácora, increible. Son también una gran alegría inesperada y no buscada al empezar, tampoco se entiende mucho cómo ha podido suceder ni como pueden mantenerse y siguen a pesar de los pesares. Gracias a ellos, siempre, y en fin.