En mitad de esta primavera anticipada que ya se nos acaba has venido, Paula.
Ojos muy abiertos desde el principio. Tu padre, como si fueras el Rey León, te sacó ante los que esperaban fuera, risas.
Todo recién nacido es un heredero y, si no la selva, algo muy importante es tuyo ya.
Recibo un sms con tu foto en mitad de lo que nada importa, intensa tarde de trabajo, llego tarde, llego tarde, llego tarde, corriendo, como la liebre de Alicia.
Y en éstas eres tú la que vienes sin prisas, que es el modo de llegar a tiempo, ya podíamos aprender.
Rompo a llorar al llamar a tu madre. Una horita corta ha tenido, con lo mucho que le has costado, Paula, el final, que es otro principio, lo ha tenido fácil.
Todo niño es un milagro, una desmesura total que rebasa la biología y nuestra torpe medida de las cosas y hasta del amor. La sensación es de reverencia, aunque no sabes muy bien ante quién arrodillarte y a quién rendir pleitesia.
En la duda siempre rezar dando gracias aunque sea moqueando.
Faltaba él, el único, el primero e inigualable. Hay otros, seguro, pero él es el mejor.
Reconozco que ya está algo cascado, pero tanto a amigas y primas como a mí nos trae al pairo. Bueno, sólo a las que superamos los 35, pongamos esa cifra "amable". Esa parece ser la edad a partir de la cual te gusta, antes no. Es un amor para mujeres muy adultas, mis sobrinas adolescentes y jóvenes ponen cara de espanto y dicen horrorizadas "¿Ese viejo os gusta?"
Sin vergüenza alguna lo reconocemos, es lo que tiene la edad, apuro te dan otras cosas, en esto siempre de frente. "Pues sí, hala niñas, iros del cuarto que vamos a dedicarnos a cosas serias". Y nos ponemos una película suya. Orlando Bloom o incluso Brad Pitt casan mejor con High School Musical en la matiné o a primera hora de la tarde. En la sesión de noche siempre él.
Supongo que tiene menos peso, menos "conversación", que Clint Eastwood cuya mirada es tan profunda y especial. Pero desde luego el escocés se come las películas como un señor. En "Indiana Jones y la última cruzada" le robaba plano a Harrison Ford continuamente y te olvidabas de Indi cuando su papá estaba delante. ¡Ay esa escena en la playa haciendo levantar a las gaviotas el vuelo!
No ha habido otro James Bond como él, a pesar de que Pierce Brosnan lo haya intentado. Nunca su Majestad fue tan bien servida ni el Imperio Británico, del que tanto reniega, tampoco. Aunque lo más curioso de todo es que es más atractivo de mayor, de joven tiraba un poco a cursi y recortadito, la verdad. Es de los que con la edad mejora un montón. Quizás habrá un punto de inflexión a partir del cual ya va para atrás, pero yo francamente no se lo he encontrado todavía.
Es cierto que tiene películas regulares, claro está, pero tiene otras memorables y algunas bastante buenas. Mi favorita es "La caza del Octubre Rojo" (¡esa maniobra de Loco Ivan!), seguido de "Marnie la ladrona" (de antología algunas escenas). En "Los intocables" borda su papel, le va como anillo al dedo. "Causa justa" también es una buena película suya, como "Descubriendo a Forrester", otra interesante.
Personalmente me encanta "Robin y Marian", melancólica y triste, con una de las declaraciones de amor más bonitas que yo he oído (de Audrey Hepburn-Marian a Robin, ya talluditos los dos).
En aventuras es genial. "El hombre que pudo reinar" es muy entretenida, con Michael Caine y una historia de Kipling fantástica. Sin olvidar esa donde le da la replica Candice Bergen y él hace de árabe, está perfecto, "El viento y el león" con Teddy Roosvelt al fondo.
Tiene ese algo que tienen las personas morenas y de ojos oscuros al mirar, como le pasa a Omar Sharif, pero encima en él con cierto cachondeo, porque mira con guasa, lo que le añade más atractivo, por supuesto.
Como decía el chiste "Decidle a la señora baronesa que mis últimas palabras al morir fueron Ava Gardner".
Yo, sin título nobiliario, haré lo mismo.
Antes de expirar,
recibidos los santos óleos
y oída en confesión general,
sursuraré sólo dos palabras que todavía no he pronunciado en esta entrada:
La primera será Sean
La segunda Connery.
Y luego que Dios me acoja en su seno. Sé que Él comprende mi entusiasmo.
Iba a poner un trozo de una película, pero no puedo ni elegir. Sus compañeros hablan de él en un homenaje reciente, lo que cuenta Andy García del rodaje de Los Intocables tiene bastante gracia ("no es mi primera barbacoa", "no estás haciendo Hamlet"), y lo de Julia Ormond, elegantísima, mucho encanto, nada tan atractivo como no ser arrogante.
Hungry Hill es el título de una novela de Daphne du Murier, la misma autora de "Rebeca", que tanto me gusta, y de "La posada de Jamaica". Está inspirada creo que en la montaña -de colina, nada de nada- del mismo nombre que se sitúa antes de llegar a Castletowbere en plena península de Beara.
El doctor John Lyne, médico retirado, subía Hungry Hill todos los días desde que le dijeron que le convenía hacer ejercicio, sin faltar uno, a menudo varias veces en el mismo día. Por eso, con setenta y tantos que tenía, parecía un hombre de apenas cincuenta años. En ese verano de 2005 hizo su subida número 1000 e invitó a que le acompañármos vecinos y visitantes. Allá que fuimos.
Siempre que miro a una montaña siento lo mismo: me gustaría subirla. Puedo tardar algo, pero suelo acabar por hacerlo de una manera u otra. No me gustan los valles, sin horizontes respiro mal, pero en lo alto de una montaña soy feliz. Como el físico no me acompaña, el entusiasmo, la voluntad y, más que nada los amigos, suplen la falta de fondo o entrenamiento. Hungry Hill no fue una excepción.
Subimos aquel día cerca de 100 personas, niños, ancianos, mujeres de toda edad, adolescentes. Beara es un lugar estupendo para los aficionados a las montañas, a andar, a travesías más o menos largas o duras por ese granito y verde pasto sin árboles que compone las montañas de Caha y el anillo que circunda a toda la península.
John Lyne a la cabeza, pelo blanco y piernas de acero, sus hijos, sus nietos, familia, todos le seguíamos. Los irlandeses del lugar, habituados a andar, subir y bajar, iban todos como cabras, como si fuera un paseo.
En tres horas y media habíamos subido y bajado Hungry Hill, a toda mecha. Posamos arriba para la posteridad y, sobre todo, para el periódico local. Estuvo bien porque pude morir desnucada, a la bajada, claro está, cuando las piernas te flojean por el esfuerzo hecho y el cansancio acumulado. La dueña del bar McCarthy's de Castletwonbere me dejó un bastón viendo mis grandes esfuerzos por seguir el ritmo, no me quitaba ojo. Pero yo ya figuraba en la foto, podía morir tranquila.
Al día siguiente me trajo Sean O'Sullivan, mi patrón, el periódico, furioso. "No sales, no hay mención de una española que también subió". Estaba en la foto final, claro, pero no en el texto, no me ocupé de hablar con el periodista, la verdad. "Tranquilo, no pasa nada, John". "De ninguna manera, voy a llamar al periódico para protestar, hablan de alemanes, de holandeses, de australianos... ¡y de una española no dicen nada". Creo que John en parte tenía razón: merecía figurar en el cuadro de honores local al menos por las ganas que le puse.
Cada vez que veo una montaña querría subirla.
Tardaré más o menos.
No lo hago jamás sola.
Pero sabe Dios que suelo acabar arriba. Porque siempre lo puedo intentar con una pequeña (o gran) ayuda de mis amigos, como cantaban los Beatles. Y con ellos casi seguro que puedo.
Hubo un tiempo que trabajé para moda y luego en televisión. En ambos mundillos aprendí que hay mucho borde, mucho tipo que va de supuesto genio o artista (increíble, pero cierto) al que "había" que perdonar, no sabes muy bien por qué, no un desplante, sino cien, el gesto hosco, la mirada de perdona vidas o el capricho tantas veces.
Superado el tiempo de la farándula, tras pasar por empresas más "normales" o la vida misma, te das cuenta que hoy no sólo estamos todos peor educados, es que parece estar de moda ser un borde, todo lo contrario que la amabilidad.
Bordes en todas partes, gente que debe de quererse muy poco -siento caer en el diagnóstico de autoayuda, pero así lo pienso- que incluso a las buenas formas y ganas de agradar responden con un ladrido. Los hay en todas partes.
Asumo que no hay que ir con sonrisa zapateril o de idiota, tampoco cantar con Michael Jackson "We're the world, we're the chidren" o con mirada bobalicona pensar en andaluz "too er mundo e güeno".
Pero digo yo que hay una distancia considerable entre el complaciente (o autocomplaciente) así lo maten y la persona que, simplemente, quiere agradar e intenta tener una mirada amable sobre los demás, al menos mientras no le demuestren aversión, mala leche o ganas de fastidiar.
Honradamente creo que es un tema quizás de ritmo exterior o incluso interior. Si vas deprisa es más difícil sonreír o ser simplemente amable, pedir por favor las cosas, dar las gracias o pedir perdón si metiste la pata.
A veces no es cuestión del rapidez, es que por dentro se puede estar tan enfadada con la vida, con una misma o con quién sabe quién, que acaban pagando no sé si justos por pecadores, pero desde luego gente que no se merece un corte o simplemente un mal gesto.
Asumo que la falta de dinero, las facturas que uno no cobra o que tiene que pagar, dificultan mucho hoy la amabilidad, desde luego que personalmente me afecta: si veo que no llego a fin de mes estoy bastante más nerviosa, cuesta más ser amable. Pero creo que no lo puedo pagar con el tipo del banco que me niega el crédito: él no tiene la culpa. Es un mero funcionario.
No son buenos tiempos para la lírica, pero la simple amabilidad parece cosa hoy de idiotas, de gente que no se entera de qué va la vida y lo mal que está el mundo, de ingenuos. Como los optimistas, los amables tienen muy mala prensa, y pasan por tontos o frívolos cuando no superficiales o blanditos.
La amabilidad atrae, creo yo, los amables son eso, "ama-bles". La mala contestación, el enfado o la simple y llana mala leche, una sí y otra también, sea de artista, diseñador, intelectual, adolescente, funcionario, señora de Serrano o de Móstoles o cura de barrio, repele, echa para atrás, por lo menos a mí. Y desde luego que, si uno se lo puede permitir (que habitualmente podemos), no hay por qué aguantarlo. Sea quien sea.
Creo que no se hace un favor a nadie dejando pasar una y otra mala constestación: al revés, se alimenta que cada vez se crezcan más los bordes. Lo he visto en determinados ámbitos laborales, pero ocurre ya casi en cualquiera, hay gente cada vez más antipática, con peores formas porque no sé por qué extraña razón se les tolera.
Unas veces es porque tienen quince años, pobrecitos; otras porque tienen tanto dinero o poder que no hay valor de enfrentarse a ellos;, e, incluso, hay quien alega que fulanito es tan listo, tan genio o lo que sea que es como una gracia ese bufido que sueltan, y se lo ríen.
Así, honradamente, se explica una que haya tanto insoportable y tanta soledad de verdad, por dentro: no hay gitano que aguante a algunos, a algunas, no se aguantan ni ellos. Hay personas que parecen hacer oposiciones para que nos les quieran, para acabar alejando de ellos el cariño o la ternura, es como si les fastidiara.
Bordes, ni uno, cerca al menos. Que solucionen sus problemas de frente o no lo hagan, me es igual, ellos sabrán o no por qué esa mala follá, esa amargura o mal genio interior permanente, ese contestar con tan poca calidez y dando un mandoble a veces a quien con mas tacto les trata. Porque esa es otra: ni con guantes de seda, se crecen más si encima pones más tiento en cómo les tratas.
La vida es corta y yo desde luego estoy aquí para disfrutarla entre otras muchas cosas. Y con bordes es imposible: me ponen borde a mí también.
Es muy fácil ser borde, la verdad. Cuesta quizás un poco más ser amable y no debe de estar al alcance de cualquiera al parecer.