Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

lunes, 29 de agosto de 2022

El arte de la conversación y contar (no contarse)

Tras los pilares de anfitrión y huesped y la libertad de ambos, sigo ahondando. Sin libertad de las dos partes creo que no hay hospitalidad doméstica. Aunque continuo rumiando y tomando notas. 

Junto a compartir mesa y mantel, lo que llaman comensalidad, y en su caso dar cobijo, descanso, a veces cama, la tercera C de la hospitalidad doméstica es la conversación en sentido amplio.

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Sin embargo, leyendo sobre las diversas tradiciones culturales, me quedo fascinada con costumbres japonesas, el llamado camino del té o chadó, del que escribe Pierre-François de Bethune en "La hospitalidad sagrada entre las religiones (Herder, 2009) (p.46)

"Para que el encuentro transcurra en un clima de libertad-vacío, conviene también que el anfitrión y sus invitados renuncien a hablarse. Por el contrario, escuchan juntos, escuchan el sonido de los objetos de bambú o cerámica y, sobre todo, el zumbido del agua que hierve en el hervido (¿acaso no es el murmullo del viento en los pinos?).

No me parece mal esto, la verdad. Incluso creo que me atrae para momentos puntuales. 

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¿Conversación o relato? ¿Contar algo uno... o dialogar varios? 

Caigo en la cuenta de la doble posibilidad: la del relato de alguien y la de la conversación al compartir la mesa o, precisamente, en la sobre-mesa.

A menudo en las mesas familiares hay tanto jaleo, tanto ir y venir de platos, que es difícil hablar. O, también pasa que nos interrumpimos todo el rato. "O interrumpes o no dirás palabra" le decía un familiar mío a su entonces novia. Tenía toda la razón. 

El otro día casi se nos atraganta un bebé sentado entre su madre y yo con una regañá que le dimos. Fue un minuto, nada. 

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Contar historias, tusitalas fantásticos como hay, conozco varios. No de la palabra escrita, de la original, de la hablada. Y luego, buenos conversadores, que es otra especie. Aunque a veces coincidan ser un buen contador y un buen conversador.

El hábito de hablar-se en la mesa mientras se come, de no estar ahí sólo para alimentarse, sino como un momento de socialización, de intercambio, de saber, por ejemplo, cómo te ha ido el día, aunque sea una "small talk" que dicen los anglosajones, una pequeña charla más que una conversación, se perdió con la televisión o la radio de fondo. Ahora con el móvil que se consulta a ratos. No estamos. 

Aunque se hable hoy mucho (y se escriba, ay), contamos peor y conversamos peor, creo. Digo esto generalizando. 

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Es un arte saber contar cosas interesantes. Y es otro arte conversar. Ambos exigen trabajo. Y discutir bien, no pelearse, que es otra cosa, es otro arte. 

A mí me espanta discutir y pienso que es un error. Es pelearse lo que hay que evitar. 

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Decía mi madre, que era silenciosa, que era cómodo tener siempre a un hablador en casa, sólo había que escucharle.

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Interesantísimos los tomos de la vida privada de Arlés y Duby y lo que cuentan de la conversación en el siglo XVIII (y sé que presté el libro "La cultura de la conversación" de Craveri a alguien y lo he olvidado). Me encanta todo ese mundo de las societés y esos otros ámbitos de encuentro y conversación. El papel de la mujer fue clave. 

Ya. A veces hablamos demasiado. 

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Tertulias de amigos o familiares. Cafés interminables. A veces uno se cansa y prefiere darse una vuelta o hacer algo. 

Pendiente leer más sobre la conversación y el hábito de contar (y escuchar) historias, relatos, como parte de la hospitalidad doméstica. 

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Vuelvo a leer "El festin de Babette" y a ver la película. Y como a todo relato bueno, le veo nuevas capas, más hondura, más profundidad aún de la que recordaba. La que es acogida es la hospitalaria. Luz del norte y luz del sur. La misericordia y la verdad se han encontrado. 

Y esa tortuga que me recuerda a la receta de la Marquesa de Parabere... 

 "Se cuelga la tortuga por las dos aletas de detrás: se le corta la cabeza y se deja que se desangre por espacio de quince o veinte horas. Ya desangrada se le coloca tripa arriba, se parte por en medio y se destripa, teniendo mucho cuidado de no reventar las tripas."



sábado, 27 de agosto de 2022

Ven a mi casa/ Voy a tu casa y Hollywood por medio


Dando vueltas a la hospitalidad, caigo en que no puede ser sólo un "Ven a mi casa", sino un "Ven a mi casa /Voy a tu casa". Y no por reciprocidad, que no va de eso, es otro ámbito que supera el mercadeo, sino porque somos acogidos primero. 

Somos siempre huéspedes antes. 

Cambio el enfoque inicial del TFM. 

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Recuerdo el pisito aquel, las tres viviendo en el mismo espacio, cocina compartida y baño con otros, como en España hace tiempo. Me enseñaron sus pequeños rincones, sus tesoritos, todo ordenado pulcramente. En otras casas la camita del bebé sobre el hogar encalado, para que pudiera dormir caliente, padres en una habitación, niños, todos, en la otra, donde el fuego. 

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Leyendo hace años a Senior, y haciendo la crítica para Aceprensa sobre "La restauración de la cultura cristiana", que me gustó muchísimo, pero algunas cosas me chirriaban, di con una pista: Senior comía dos veces por semana en un burguer de mala muerte, algo que explicaría en parte sus pestes contra el mundo moderno. Lo puse en la crítica y me lo quitaron, asumo que no se entendería bien. Pero es que yo creo que comer "mal" explica muchas cosas. 

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¿Qué es comer "mal"? Hacerlo rápido y corriendo, para empezar. Se reía una jefe mía cuando yo protestaba porque no podíamos comer al menos en la cocina de la oficina, no. Había que hacerlo encima de la mesa del despacho y a toda velocidad. Y solas, cada una por su cuenta, a matacaballo. 

Se lo dije a t pequeña, que mira que la quiero. La pobre no tiene ni tiempo al llegar al máster. "Siéntate por lo menos, no comas de pie, y no comas sola si puedes." Comer sola me da mucha pena. 

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Comensalidad, compartir la mesa. Mesa y mantel. La mesa y la sal. El pan. 

Te das cuenta de la perversa influencia yanqui, anglo o lo que sea, en series como "The big bang", todos comiendo con la comida sobre las rodillas y no en una mesa. Por eso, entre otras razones, se come hoy tan "mal" en un segundo sentido: las formas en la mesa. Hoy no hay quien no ponga el brazo izquierdo por delante del cuerpo apoyado en la mesa mientras maneja con la derecha el cubierto. 

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Del  mismo modo que Hollywood, justo por el otro lado, es curioso esto, ha influido en las bodas haciendo lo que se dice un "evento total" de ellas: una cosa complejísima,  un "algo" de cada cosa, mil peplas. Intentos de "ritualizar" dando un rodeo,  pretenciosamente, la sencillez y profundidad original: me doy a ti, me entrego, para toda la vida. Discursos sobre qué rico fulano, qué mona zutana, son los mejores, los que más se quieren, y cómo se encontraron, etc., etc. Como los funerales hoy, discursitos, "la mejor madre", "la insuperable abuela", sube uno, cuenta otro, y el otro, aplausos, etc.  

En fin, que acabo como Senior, y no quiero. 

jueves, 25 de agosto de 2022

Serenidad y pánico

Vi en casa con unos amigos "13 vidas", la película sobre aquellos 12 niños y su entrenador atrapados en una cueva en Tailandia y cómo los sacaron. Dejo para otros la crítica cinematográfica y más técnica (sí, es larga la peli, soy consciente) .

Quien no quiere que le destripe la historia, que no siga leyendo, aunque lo que pasó ya se sabe: es como si te pones a ver un partido en diferido del que conoces el resultado... aunque no obvia la emoción de cada balonazo en este y otros casos.

Creo que hay varios documentales al respecto que veré, porque todo me parece impresionante por varios motivos.

El primero es el entrenador. Estoy fascinada con alguien que durante 8 días mantiene la calma no sólo él, es que hace que se mantenga la calma entre adolescentes en mitad de la oscuridad y en un cueva. Por lo visto había sido monje budista antes y les hacía meditar. Bueno, en cualquier caso me hizo pensar mucho en la capacidad de liderazgo y servicio, ¿términos hiperónimos, hipónimos?...

El segundo es el sentido de equipo de los muchachos: somos jugadores de fútbol, somos equipo, nos ayudamos los unos a los otros, nos apoyamos. Sin palabras. Edificante. 

El tercero es el de los "achicadores de agua" que trabajaban en paralelo, otra labor admirable y como imposible. Era como achicar el mar casi en mitad del monzón aquel. En fin, pues nada, ahí estaban, achicando agua para que no entrara más en la cueva. Parecen como menos que los buzos, pero no, los achicadores son clave. Los campesinos que dejan que inunden sus campos, joer. 

A todo esto, la oración, venga a rezar, a lo thai, que cada uno reza como sabe. La diosa tumbada. Me es igual. Los que no achican ni bucean están rezando mayormente. 

Ah, sí, la prensa alrededor, siempre hay prensa, pero... ¿qué hacen? Pues que ni transparencia ni nada, había  que ocultar a la prensa lo que pensaban hacer, porque lo que faltaba era gente molestando o cuestionando un plan de locura, que lo fue. Ya, el gobernador, los militares, los seal tailandeses, aquel llorando, hay más protagonistas. Sería largo. 

Los que parecen que son protagonistas, y lo son, pero no sólo ellos, los buzos, Colin Farrell y Viggo Mortensen, aquellos dos voluntarios, uno consultor informático, go figure, el otro bombero. Y aquel anestesista con un plan descabellado, totalmente descabellado, pero es que no había otra. Era eso o nada. Y los otros que vienen. 5 horas buceando sin ver nada, sin ver nada. Y la vuelta con "el paquete".

Jolín, que los sacan. Que es un puñetero milagro, 13 milagros. 


Y sí, el pánico. Con lo que me he sentido más identificada. Porque el pánico existe. Y pasa. Y no pasa nada. Una puede caer presa del pánico y hay compañeros que te ayudan. Hay que tener compañeros buceando. Hay que saber que el pánico es humano. Tan humano como el heroísmo. No es pavor, es pánico. 

Me ha parecido tan actual esa cueva, agua, mucho agua, oscuridad, miedo, personas heroicas, resistencia, muchos achicando, "planes" de locura que humanamente tienen casi cero posibilidades de salir, rezar esperando un milagro...  En fin, la vida. 

Me decía un hermano mío que con esos mimbres Clint Eastwood hubiera hecho una obra de arte, bueno, vale, no es el caso, pero la historia vale la pena y la película. Insisto: es la vida. 

lunes, 22 de agosto de 2022

La invitación

La vida es como el colegio a veces. O yo, al menos, vuelvo a re-visitar sensaciones que sé que tuve. Dando vueltas a la hospitalidad, recuerdo precisamente eso tan bonito de que "te invitaran" a casa de alguien. A estudiar. A un cumpleaños. A pasar una tarde de sábado. 

Yo fui a un cole de niñas, quizás por eso no soy feminista. Esto es una broma o una boutade, pero es cierto. Bueno, el caso es que éramos solo niñas. 

Recuerdo la ilusión de que te invitaran a un cumpleaños. Y lo fácil que parecía ser todo. O sea, coca-colas, sandwiches y ganchitos y ya. Tampoco se daba mil vueltas al regalo. Cero formalidades. 

También recuerdo eso tan que cuesta como la soledad, el ser "la nueva", o el no ser "aceptada"... o simplemente, el ser ignorada. No porque me pasara a mí, que no lo recuerdo, sino porque mi santa madre, que siempre pensó en los demás, y pensaba incluso en quienes no veía, me lo recordaba de modo constante: "acércate siempre a quien ves que está sola en el recreo", "haz caso a quien nadie hace caso". 

Dando vueltas estos días a la dinámica anfitrión - invitado, a la invitación,  al papel en todo esto de la libertad, la voluntad y la gratuidad, leyendo, caigo en que, siendo duro no ser invitado,  peor es cuando alguien te extiende la mano, te abre su casa, y, por lo que sea, lo pasas por lo alto. Y no te presentas. No vas. O ni siquiera te das cuenta de que te están invitando ni del feo que haces.

La vida está llena de invitaciones que ni se cae. Esa niña en su casa a la que no viene nadie. 



jueves, 18 de agosto de 2022

Casa propia

 Investigando sobre la hospitalidad doméstica, la que me interesa en este momento, sobre la que quizás vaya a  hacer mi trabajo de fin de máster, vuelvo a leer textos que ya leí en su día, como "La casa. Historia de una idea", de Witold Rybzynski, que me gustó ya tanto, hace... no sé, ¿veinte años?, ¿treinta? Una amiga arquitecta y yo nos quedamos fascinadas con el libro, entretenidísimo, aunque echamos de menos más referencias a lo mediterráneo. 

Y es que toda hospitalidad doméstica se asienta sobre un concreto espacio, la casa, nuestra casa, -una que tenemos como propia, aunque estemos alquilados, y donde vivimos protegidos, amparados... y acogemos en su caso a otros-. Y sí, toda hospitalidad parte de un anfitrión, un invitado, y una invitación que se hace y que se acepta... los elementos clave. Casa, anfitrión, invitado, invitación... luego comer, conversación y, en su caso, quedarse a dormir, pasar unos días... 

Frente a la industria de la hospitalidad, que así se llama a la comercial,  o a la pública o institucionalizada, a mí me interesa la doméstica, la chica, la muy chica, valga la redundancia. Ni siquiera, aún pareciéndome fascinante (soy fan de Downton Abbey) quiero investigar sobre esa hospitalidad doméstica de las "grandes casas",  la de las prodigy houses de la que habla Peter Burke en esto tan interesante. 

No, no es el "recibir" o el "entertaining" una  deriva hoy de lo que escribe Emily Stimpson Chapman en La mesa católica, es otra cosa mucho más de... andar por casa (precisamente). 


La casa siempre me ha interesado. Desde muy pequeña jugábamos mi prima Mariángeles y yo a dibujar planos de casas en verano. Compartíamos entonces la de nuestros abuelos maternos, llegamos a estar en ella creo que casi cuarenta personas entre niños y adultos. Impresionantes logísticas aquellas en una casa que entonces tenía un único baño, por cierto. 

Nuestra cara, el rostro, es importante, nos identifica, comunica a otros que ahí hay una persona diferente a otra, no cualquiera, no una masa sin cara. Por eso odio la mascarilla y no puedo con ella, me supera. Pero tras la cara y nuestro cuerpo, que no tenemos, que somos, quizás lo segundo que es más "nosotros", más "cada uno", es nuestra casa. O yo lo he vivido así. Lo vivo así. 

Una casa es otra intimidad que se abre. Y no se abre a cualquiera: hay puertas, hay muros, hay techo y suelo. Y hay un dueño, no es tierra de nadie. 

Trabajando ahora sobre Chesterton no puedo estar más de acuerdo en la importancia de la propiedad... y, en concreto, de la propiedad (o la posesión al menos "sin sobresaltos") de una casa. El nomadismo tiene su lado romántico, coger tu mochilica y poder trabajar en cualquier lado. Así me lo contaban hace unos años. Pero estamos hechos (también) para tener algo nuestro, una casa. Ya, hay fascinantes historias de seres humanos... que vivieron en hoteles, de eso (también) estoy leyendo... pero son, creo, 

licencias literarias, es decir, el común de los mortales, la gente normal (perdón por esto, espero que se entienda) está hecha para poder vivir en algo que considera suyo, su castillito. 

Recuerdo a Eva y el rinconcito que cada niño suyo tenía en su piso, no muy grande, todo muy organizado, diminuto a lo mejor, un estante o una balda, una esquinita con sus cosas... pero suyo. Que los niños sintieran que era suyo, me explicaba. Luego compartían otras cosas -cuarto de baño, cuarto, armarios, todo-, claro, pero esa balda era la de ... y nadie la tocaba. 

No, la propiedad es tan natural como el ser humano civilizado y absolutamente clave para la crianza. Y para la muerte. 

Morir en tu casa, qué aspiración hoy más ¿inalcanzable?

jueves, 11 de agosto de 2022

La chambre


Chambre en mi casa (con gata okupa)
A veces bajo a Madrid y hago noche allí. Pocas veces, lo reconozco. Pero esos escasos días que tengo que quedarme, sé que tengo mi chambre en casa de una prima. Así lo dice ella cuando me despide: "que sepas que tienes tu chambre aquí esperándote."

Suena sofisticado, como si estuviéramos en París y yo tuviera una mansarda o una habitación propia en un hotel chic y con encanto de esos. Pero yo sé bien que es mucho mejor que todo eso. 

Llego a Príncipe Pío, hago lo que tengo que hacer, y luego cojo el metro a Sanchinarro. Haga calor o frío, con el sudor pegado en el cuerpo o aterida a veces, llamo al timbre de su casa. A oscuras la tiene si es verano, para evitar que el calor entre, luminosa y cálida si es invierno, con sus lamparitas, la cena dispuesta en la mesa. 

Yo sé que en Madrid me espera mi chambre, la cama hecha, la toalla preparada y un pijamita que me presta y deja extendido. Cama, conversación y comida, las tres ces de alguien que te acoge. No es mi casa, pero me siento en ella. Como en otras. 

Colchones a veces por el suelo, cuartos de baño con cola, la cocina a tope, pasillos llenos de niños, mesas repletas, esas imágenes de verano o de Navidades, cuando unos van y otros vienen, casas de abuelos o de primos. Casas donde uno puede quedarse y, de hecho, se queda. 

La habitación de los abuelos, esa que mi marido y Julia tenían ambos en mente cuando compraron esta casa, "hay que tener un cuarto para cuando vengan." Murió Julia, mi marido se casó conmigo años después... y yo hice de este cuarto mi despacho, ya no había abuelos. Trabajo en el cuarto de los abuelos, en el que pensaron para ellos, una gran responsabilidad. 

Terrazas cubiertas para ampliar a veces el espacio de la vivienda y donde compartían cuarto a veces un nieto y un abuelo en tantas casas de los años 60 y 70. Madrid es un continuo de terrazas cubiertas. 

He vivido aún en esa época donde los abuelos vivían a menudo en casa de un hijo o de una hija o pasaban temporadas repartidos a veces. Recuerdo a mi padre afeitando a su suegro y cantando fígaro fí, figaro fa.

Estudiando en casa de Marita o de Marta, cuartos compartidos por hermanas, tres o cuatro a veces. Cumpleaños, jugar a las tinieblas, no sé si las casas eran más grandes entonces o si era posible traer a a 15 niños y que nos comportásemos debidamente. 

De las cosas peores de la pandemia fue lo que implicó el confinamiento. No llevé tan mal lo de no ir al bar (y me encantan los bares) como lo de que no pudiera venir nadie a casa y no poder pisar tampoco casa ajena. 

Tener una casa que consideras tuya es importante. Que te acojan en otras, acoger en la tuya, forma parte de la vida. Estoy ilusionada ahora con la casa que están poniendo mi nuera y mi hijo. La vida es la casa, las casas propias y ajenas son vida. Las dos grandes alegrías de muchos abuelos, según me cuentan: el momento en que llegan... y en el que se van. La paz vuelve, también el silencio. Una mesa bien puesta o nada puesta, llegas y te sientas en la cocina, cero formalidades; todos tumbados en el sofá o por los suelos, mesas que se extienden. 

Que vengan a casa, ir a casa de alguien, anfitriones e invitados que han sido invitados... e invitados por sorpresa.

Llaman a la puerta. Si no sabes quién viene, si no esperabas a nadie, suele ser que estás en un pueblo o en un sitio pequeño y cualquier puede venir. 

"Pasa, entra..." naturalmente.