Desde que Lucas recuerda su mayor ilusión ha sido tener un perro.
"Un perro”, pide en su cumpleaños.
“Un perro”, escribe ahora dibujándolo al lado, en la misma carta, para que así Sus Majestades puedan hacerse una mejor idea, o por si no entienden bien el español, porque ellos vienen de Oriente donde se hablan lenguas francamente raras.
La madre de Lucas le vuelve a dar esa larguísima explicación de que a los perros hay que cuidarlos. Que mean y cagan. Que Lucas es aún pequeño. Que no quiere ella acabar ocupándose. Y que lo más seguro es que los Reyes Magos tengan en cuenta todas estas “consideraciones” —una palabra muy rara— y crean que es mejor esperar unos años a traerle un perro.
El padre de Lucas escucha callado. Y como ve que Lucas se queda triste, le guiña un ojo y le propone algo.
—Se me ocurre que tengas un perro invisible, imaginario, que tú te lo inventes. Así te puedes ir entrenando en lo que supone cuidarle y demuestras a mamá que vas a ser responsable...
A Lucas le parece fantástico. Dicho y hecho.
“Voy a llamarle Chico” dice.
Y decide que Chico no será ni muy grande
ni pequeño, más bien mediano. Y sin raza, un chucho de esos “que son los más
agradecidos y simpáticos”, como opina su padre. Con el pelo marrón claro, las
orejas puntiagudas y los dientes pequeños y muy afilados. De unos tres años, que ya
sepa hacer sus necesidades fuera de casa.
Las primeras horas con Chico son geniales: Lucas le hace una camita con una manta vieja, le pone dos cuencos para agua y pienso y salen luego a dar un paseo.
Pero a medida que pasan los días es más difícil. Porque hay que sacarle cada día varias veces, y no un rato, sino media hora, y llevar las bolsitas esas, y recoger siempre su caca, una responsabilidad muy grande.
En casa su madre insiste en que el perro suelta mucho pelo. Así que la Roomba tiene que funcionar todo el rato y a Chico le encanta y la persigue ladrando como si fuera su enemiga. "A ver si la va a romper..." dice su madre.
Lucas enseña a Chico a jugar al pilla-pilla, al escondite y a rodar por el suelo como si fueras una croqueta. Hay momentos de mucha risa con Chico, hay momentos verdaderamente inolvidables.
Y así pasa Lucas un mes largo con las ventajas y los
inconvenientes de tener un perro, con lo bueno y con lo malo.
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Es la mañana de Reyes y Lucas se
despierta de un lametazo. Hay un perro que no es Chico al lado de su
cama. Y el primer pensamiento de Lucas es “¡Vaya lío que
vamos a tener ahora con dos perros en casa, a ver qué dice mi madre!”
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(Nota: este un cuento "ejercicio" o práctica para el Máster en Escritura Creativa que estoy haciendo, asignatura de Literatura infantil y juvenil (gracia, Rocío Arana). He descubierto que a mí lo que "realmente" me gusta es escribir y escribir para niños en concreto. Bueno, también me gusta cocinar, la dehesa de detrás de casa, los pájaros, mi marido [no en este orden, Esperanza, claro...], mis amigos y que venga gente a comer a casa.)
Seguiré colgando cuentos y textos una vez me los hayan calificado. Tienen que ser, oh-ah, ·"inéditos" o no les valen, ay, mi madre...
3 comentarios:
Es MARAVILLOSO. Sigue, por favor.
Qué delicia, Aurora. La ilusión mueve montañas.
Sobre lo que dices, la verdad es que me imagino tu casa como un lugar cálido, que huele nien, con algo siempre al fuego y con un sitio siempre libre a la mesa. Generosidad y bondad. No hay más que leerte. Besos.
Gracias, bueno, está (estoy) hecho(a) un desastre a veces, pero no pasa nada, se ordena y a empezar de nuevo
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