Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.
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viernes, 25 de mayo de 2012

El metro de mi madre (Firma invitada: Juan Pimentel Igea)



El metro de mi madre

Estuve a punto de tirarlo al punto limpio, andábamos mi hermano y yo tirando las cosas de la casa de mi madre. Vaciar la casa materna es algo muy duro. Y además bastante laborioso, hay que dividir y separar: lo tuyo, lo mío, lo suyo, lo de ellos, lo nuestro, lo que queremos dar, vender, tirar. En el punto limpio te encuentras una curiosa taxonomía del mundo: muebles, metales, plásticos, electrónicos, envases, dvds, radiografías. Hay categorías claras, pero otras son complicadas. Está claro que es un plástico, aunque hay plásticos duros y blandos. Pero ¿y un enser? ¿Qué rayos es un enser?

Es una cinta de metro, como tantas, amarilla, de costura, 150 centímetros enrollados como una serpiente. Iba a tirarla junto a 200 cosas más: trapos, agujas, retales, ceniceros, cerámicas, cestos, macetas, apliques, cacharros. ¿Qué es un cacharro? ¿Alguien sabe qué es un cacharro?

Es increíble lo mucho que tenemos y lo poco que sabemos de las cosas que nos rodean. Cuando llega la hora de colocarlas en su sitio, de clasificarlas, qué es la operación básica de todo hombre de conocimiento, de todos los coleccionistas y naturalistas desde Noé hasta la fecha, nos asaltan las dudas. Sólo sabemos que a los muertos se los entierra en los cementerios y que las pilas van a un contenedor específico.  

Mi madre murió hace casi dos años. Mirada azul, manos temblorosas, cabeza  erguida. Mujer de altos vuelos y pocas palabras. Me alegro de haber tenido reflejos para salvar su cinta de metro. L a recuerdo utilizándola con su dedal y las agujas, haciendo algún jersey o metiendo algún pantalón para alguno de nosotros. Y su máquina de coser, ¿dónde estará? Debió dársela a alguien en vida, no estaba en la casa. No es fácil decidir si conservar o tirar las cosas, aunque lo más común es perderlas, esta es la certeza más segura. Tampoco es fácil clasificarlas ni medirlas. Asignarles su verdadero tamaño, proporcionarlas, cortarlas por donde hay que hacerlo, plegarlas y coserlas, darles su caída exacta para que se ajusten al cuerpo.

Quizás conservando el metro de mi madre pueda retener algo de su antigua sabiduría, de su saber estar, de su saber medir y colocar la palabra precisa en el momento justo, la sonrisa cómplice, la mirada generosa sobre el cielo de esta mañana.

Juan Pimentel, 2  de mayo 2012