En los abismos marinos hay monstruos, seres vivos extraños, deformes, incoloros, transparentes, sin ojos, ni oídos, la piel rugosa o inexistente, apenas un esqueleto. Están aplanados por el peso del agua, hechos a la falta de luz, a la oscuridad perpetua. Atacan por sorpresa cuando detectan el más pequeño movimiento, lanzan su veneno con una sola púa larga que tienen. Llevan mucho tiempo a la espera con mucha presión que los aplasta. También es la falta de alimento, el hambre, lo que les hace aprender una sola regla: atacar para luego retraerse. A veces quieren comer y no ser devorados, el resto no existe para ellos en su cueva eterna, no hay juego ni descanso. El sufrimiento siempre engendra sufrimiento, hasta en el mar se cumple esta máxima terráquea.
Realmente cualquier criatura puede inspirar miedo al verla diferente, y también si se la percibe amenazante por la dimensión que tiene, aunque sea pacífica y no coma peces. Muchos animales marinos grandes son así a menudo inofensivos, no necesitan atacar ni para alimentarse ni para defenderse. Pero su sola presencia puede asustar a muchos seres vivos que se apartan a su paso. Abren la boca estos animales y entra todo el alimento que necesitan con el agua, se filtra por sus barbas que no son dientes, comen sin lucha alguna, sin forcejeo. El mar gratuitamente les llena así, les nutre, no sólo les sostiene generoso en su inmenso peso. Van llenas de mar, literalmente, no matan.
Pero hay otros cetáceos que cazan con una técnica muy depurada, como el cachalote. De pacíficos, nada. Son velocidad y un perfecto radar, no solo peso y dimensión. Se sumergen largo tiempo en lo más hondo, y allí en las profundidades detectan, eligen y matan. No sólo son grandes, son impresionantes en su rapidez y precisión letales, monstruos reales.
Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.
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viernes, 4 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
Fondo marino
Amortiguado el ruido, ya casi inexistente, desplazando agua con el movimiento. Mil peces distintos, corales, algas y estrellas, también extrañas criaturas a las que hay que mirar de frente.
Más adentro la oscuridad se hace presente, salir a la superficie solo cuando necesite coger aire, mientras pueda sigo nadando, dejándome llevar por la corriente.
Todo en calma, cada cosa sucede a su tiempo. Mil colores, como me dijo Perlado, muchos de ellos imperceptibles al ojo humano, puestos ahí, en lo más hondo del mar para que nadie los vea. Es el derroche de la naturaleza.
Se está bien suspendida y flotando en el agua salada que sostiene todo, pasado, presente y futuro. Agua de mar, en ti no hay miedo.
Intento detectar las señales que emiten otros seres vivos que están muy lejos, también en el fondo marino, el ruido exterior imperceptible ya. Es el propio, el interior, la contaminación acústica y lumínica más fuerte, la que hay que hacer callar poco a poco hasta hacer silencio, más silencio, mucho más silencio. Más adentro, todavía más lento, a la escucha, observo, me muevo. Paciencia.
Más adentro la oscuridad se hace presente, salir a la superficie solo cuando necesite coger aire, mientras pueda sigo nadando, dejándome llevar por la corriente.
Todo en calma, cada cosa sucede a su tiempo. Mil colores, como me dijo Perlado, muchos de ellos imperceptibles al ojo humano, puestos ahí, en lo más hondo del mar para que nadie los vea. Es el derroche de la naturaleza.
Se está bien suspendida y flotando en el agua salada que sostiene todo, pasado, presente y futuro. Agua de mar, en ti no hay miedo.
Intento detectar las señales que emiten otros seres vivos que están muy lejos, también en el fondo marino, el ruido exterior imperceptible ya. Es el propio, el interior, la contaminación acústica y lumínica más fuerte, la que hay que hacer callar poco a poco hasta hacer silencio, más silencio, mucho más silencio. Más adentro, todavía más lento, a la escucha, observo, me muevo. Paciencia.
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