Comadrona o sage femme, creo que lo dicen así en Francia, lo vi en algunos portales, en vez de poner notario abajo ponía “sage femme”.
No he dado a luz ni he estado embarazada, pero la labor de alguien que ayuda a que otro nazca y está al lado de quien alumbra me ronda desde hace años. Escuchar e identificar las señales de la naturaleza que dicen que alguien llega, que está llegando, animar y alentar a la madre, ocupar siempre un segundo plano o el tercero o el cuarto, es el niño el que cuenta y quien lo ha llevado en su vientre y lo llamará hijo, hija.
Comadrona, un buen papel con vetas interesante. Muchas labores, muchos trabajos, son de estar al lado, simple y llanamente, sin llamarse ni padre ni madre de nada ni de nadie, sabiendo que la vida pasa a tu lado, que se hizo y se hace, pero que tú no la has engendrado, ni la educarás, ni la sostendrás, solo la animaste. Sabías los signos y cuándo había que empujar, pero el esfuerzo real es solo el de la madre y el de la vida que se abre paso por el canal del parto.
Comadrona, mujer sabia y silenciosa que está al lado de dos vidas, apoyando.
Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.
miércoles, 13 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
La señorita Amelia, la señorita Juli
Juli Mayor y Amalia Ayer eran dos de las profesoras de Montealto, las tuvimos a eso de los diez u once años, una edad en la que, al menos antes las niñas, éramos receptivas y maleables. Los dictados, una gran herramienta de aprendizaje. “Hoy dictado” decía Amelia, y todas nos poníamos muy nerviosas.
La señorita Amelia nos ayudaba un poco pronunciando la "b" y la "v" distintas para darnos una pista por si acaso. Mordíamos el bolígrafo. “Señorita, no vaya tan deprisa, que no puedo seguirla…” Acababa el dictado y Amelia lo volvía a escribir en la pizarra o hacía que alguien lo hiciera y ella lo iba corrigiendo sobre la marcha. Te dabas cuenta así de dónde habías fallado.
Ahora dudo de esto, ¿era Amelia quien lo hacía de este modo o era Valery Douglas, en inglés, otra profesora de las inolvidables?
Amelia era morena, cetrina, muy delgada, el pelo negro, la nariz afilada. Juli era redondita y más dulce, también nos dio clases, aunque ahora no recuerdo de qué, solo me acuerdo de su presencia agradable y del cariño. “Señorita, señorita, me estoy haciendo pis… ¿puedo ir al cuarto de baño?” “Bueno, vale…” El frío helador del pasillo, el cuarto de baño todavía más desangelado, las mayores fumando en un rincón a escondidas. Volvías a la clase, un sol cálido entraba por la ventana y abril se desperezaba.
La señorita Amelia nos ayudaba un poco pronunciando la "b" y la "v" distintas para darnos una pista por si acaso. Mordíamos el bolígrafo. “Señorita, no vaya tan deprisa, que no puedo seguirla…” Acababa el dictado y Amelia lo volvía a escribir en la pizarra o hacía que alguien lo hiciera y ella lo iba corrigiendo sobre la marcha. Te dabas cuenta así de dónde habías fallado.
Ahora dudo de esto, ¿era Amelia quien lo hacía de este modo o era Valery Douglas, en inglés, otra profesora de las inolvidables?
Amelia era morena, cetrina, muy delgada, el pelo negro, la nariz afilada. Juli era redondita y más dulce, también nos dio clases, aunque ahora no recuerdo de qué, solo me acuerdo de su presencia agradable y del cariño. “Señorita, señorita, me estoy haciendo pis… ¿puedo ir al cuarto de baño?” “Bueno, vale…” El frío helador del pasillo, el cuarto de baño todavía más desangelado, las mayores fumando en un rincón a escondidas. Volvías a la clase, un sol cálido entraba por la ventana y abril se desperezaba.
sábado, 9 de abril de 2011
Kolya (El amor como invasor)
En el curso de guión que estoy haciendo, más allá de las clases de martes y miércoles, cada viernes vemos una película diferente. Este último vimos "Kolya", una producción checoslovaca de 1996 estupenda.
El argumento es el siguiente. Un músico de 40 o 50 años, Louka Franta, que toca en funerales (cremaciones más bien) -fue expulsado de una orquesta-, mujeriego, y solitario porque él quiere, dorador de letras en cementerios, y con problemas económicos serios, acepta un matrimonio de conveniencia con una joven rusa. Son los años de la perestroika, los rusos siguen por el momento en Checoslovaquia. El caso es que la rusa desaparece y a Franka le cae el niño de 5 años de ésta sin comerlo ni beberlo. Kolia, el pequeño ruso, es así invasor en la torre -literal- donde vive el músico checo.
Esta película tiene muchas vetas y profundidad, y un ritmo sereno, sonrisas y alguna lágrima. La emoción en algunos países del este se muestra de forma elegante, suave y discreta y, por eso, más efectiva que si fuera con aspavientos. El amor es a veces una invasión armada o pacífica que ocurre en la juventud o en la madurez, cuando sea, porque alguien se instala poco a poco o de repente haciéndose un hueco. En este caso es un niño que solo habla ruso y no hay quien le entienda. De nuevo, a menudo el invasor no habla nuestra propia lengua, se trata de otra diferente, pero acabas chapurréandola de alguna manera.
Miran los ojos de Kolia a Louka que no es un héroe ni pretende serlo, como un cachorro que levanta la cabecita por debajo de la mesa y saca el morro pidiendo cariño, alimento. Hay más, una fiebre de 42 grados, perderse en el metro y la inoportunidad de todo infante que se precie.
El final lo es con la primavera real que llega cuando el muro acaba cayendo. Louka Franta vuelve a tocar en una gran orquesta y ya no para los muertos. Y la invasión, las dos invasiones, dejan de serlo, pero ya han dejado su huella. La vida se abre paso siempre, y la soledad como defensa bien argumentada se quiebra cuando quien invade vale la pena, venga armado o desnudo, tenga 5 años o esté en la treintena, o incluso navegue en el vientre de una mujer con unas piernas muy bonitas y una voz que no está hecha para cantar a la muerte.
Kolya es, en definitiva, una película tierna, muy divertida y cuidada al detalle, una joya que vale la pena.
El argumento es el siguiente. Un músico de 40 o 50 años, Louka Franta, que toca en funerales (cremaciones más bien) -fue expulsado de una orquesta-, mujeriego, y solitario porque él quiere, dorador de letras en cementerios, y con problemas económicos serios, acepta un matrimonio de conveniencia con una joven rusa. Son los años de la perestroika, los rusos siguen por el momento en Checoslovaquia. El caso es que la rusa desaparece y a Franka le cae el niño de 5 años de ésta sin comerlo ni beberlo. Kolia, el pequeño ruso, es así invasor en la torre -literal- donde vive el músico checo.
Esta película tiene muchas vetas y profundidad, y un ritmo sereno, sonrisas y alguna lágrima. La emoción en algunos países del este se muestra de forma elegante, suave y discreta y, por eso, más efectiva que si fuera con aspavientos. El amor es a veces una invasión armada o pacífica que ocurre en la juventud o en la madurez, cuando sea, porque alguien se instala poco a poco o de repente haciéndose un hueco. En este caso es un niño que solo habla ruso y no hay quien le entienda. De nuevo, a menudo el invasor no habla nuestra propia lengua, se trata de otra diferente, pero acabas chapurréandola de alguna manera.
Miran los ojos de Kolia a Louka que no es un héroe ni pretende serlo, como un cachorro que levanta la cabecita por debajo de la mesa y saca el morro pidiendo cariño, alimento. Hay más, una fiebre de 42 grados, perderse en el metro y la inoportunidad de todo infante que se precie.
El final lo es con la primavera real que llega cuando el muro acaba cayendo. Louka Franta vuelve a tocar en una gran orquesta y ya no para los muertos. Y la invasión, las dos invasiones, dejan de serlo, pero ya han dejado su huella. La vida se abre paso siempre, y la soledad como defensa bien argumentada se quiebra cuando quien invade vale la pena, venga armado o desnudo, tenga 5 años o esté en la treintena, o incluso navegue en el vientre de una mujer con unas piernas muy bonitas y una voz que no está hecha para cantar a la muerte.
Kolya es, en definitiva, una película tierna, muy divertida y cuidada al detalle, una joya que vale la pena.
viernes, 8 de abril de 2011
Narciso y su pena
Sentado a la puerta Narciso espera mañana y tarde. Me lo cuentan y le veo yo cuando llego, ahí permanentemente, aguardando.
-Tenía yo una biblioteca muy grande, pero cuando me vine la dieron a un depósito donde los guardan…
La voz se le deshace como siempre que habla y acaba en quiebra, en un sollozo mudo. Narciso cree que su mujer murió hace poco y está inconsolable, se hable de lo que se hable acaba mencionándola. Su muerte se le hace reciente e insoportable. Entonces su ojos se aguan y cae una lágrima, solo una, lentamente por la mejilla izquierda y va a parar al cuello de su camisa de cuadros.
Leemos “El bosque animado”, llevamos haciéndolo un par de semanas. Esa fraga que casi la hueles, los sonidos del mar y la lluvia que hace el bosque, Morriña y los gatos libres, Marica la Fame, tantos personajes inolvidables. Luego más de la Pardo Bazán, de Mark Twain “Diario de Adán y Eva”, de Medardo Fraile unos cuentos preciosos del colegio, de Becquer las leyendas, nos hemos quedado a la mitad del organista sevillano, vaya narración que engancha.
Narciso a las 6.30 se quiere ya ir, dice que tiene que cenar o que le viene a buscar alguien.
-Pues si te vas tú nos quedamos sin hombres, por favor, no te vayas…
La galantería le ha gustado. Se queda un rato más a mi lado.
Antes le leí a él solo, cuando las señoras iban llegando y todavía no estábamos todos.
Llamé a Cotta por el móvil.
-Jesús, mándame ese poema tuyo, lo necesito para leérselo a alguien…
Sonó la blackberry, el mensaje llegó rápido. Leí despacio “Última voluntad” solo para él. A Narciso le cayeron entonces dos lágrimas, no una, dos. Luego nos adentramos en la fraga todos, en la humedad y humildad de sus árboles.
-Tenía yo una biblioteca muy grande, pero cuando me vine la dieron a un depósito donde los guardan…
La voz se le deshace como siempre que habla y acaba en quiebra, en un sollozo mudo. Narciso cree que su mujer murió hace poco y está inconsolable, se hable de lo que se hable acaba mencionándola. Su muerte se le hace reciente e insoportable. Entonces su ojos se aguan y cae una lágrima, solo una, lentamente por la mejilla izquierda y va a parar al cuello de su camisa de cuadros.
Leemos “El bosque animado”, llevamos haciéndolo un par de semanas. Esa fraga que casi la hueles, los sonidos del mar y la lluvia que hace el bosque, Morriña y los gatos libres, Marica la Fame, tantos personajes inolvidables. Luego más de la Pardo Bazán, de Mark Twain “Diario de Adán y Eva”, de Medardo Fraile unos cuentos preciosos del colegio, de Becquer las leyendas, nos hemos quedado a la mitad del organista sevillano, vaya narración que engancha.
Narciso a las 6.30 se quiere ya ir, dice que tiene que cenar o que le viene a buscar alguien.
-Pues si te vas tú nos quedamos sin hombres, por favor, no te vayas…
La galantería le ha gustado. Se queda un rato más a mi lado.
Antes le leí a él solo, cuando las señoras iban llegando y todavía no estábamos todos.
Llamé a Cotta por el móvil.
-Jesús, mándame ese poema tuyo, lo necesito para leérselo a alguien…
Sonó la blackberry, el mensaje llegó rápido. Leí despacio “Última voluntad” solo para él. A Narciso le cayeron entonces dos lágrimas, no una, dos. Luego nos adentramos en la fraga todos, en la humedad y humildad de sus árboles.
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