Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

lunes, 6 de abril de 2009

Y-ya-que. Y ya. ¿Qué? 4) Final.



Vivir puede ser un y ya que tras otro de olas que se ponen a tiro o en las que estás. Con más voluntad o con menos a veces. Te sorprendieron quizás. O te encontraste en ellas, puede ser. Olas chicas, grandes, buenas o, también, menos buenas. De todo hay.

Hay olas que empujan, te derriban y marean. Te diste un revolcón, se te mete el agua en la nariz y al salir a la superficie estás aturdida y un poco asustada, puedes coger miedo. O perdérselo también y volver a atreverte.

Yo creo que hay una alegría muy honda en muchos y ya que, en muchas olas de la vida.

Estás viéndola venir y allá que vas a su encuentro. O de repente surge, la saltas, o te dejas llevar de un lado a otro y te ríes un montón. Atraviesa el sol el agua y llega al suelo de arena, se refleja como mil cristales en la superficie y en el fondo. Sabor a sal por todas partes, no sientes ni tu propio peso. No me quiero ir de aquí, estoy tan a gusto.

Pero, de la misma forma, hay también una ligera tristeza en muchos y ya que, en las mejores olas de la vida precisamente.

Porque sabes que la mejor de las olas no durará.

Y que no eres ola tampoco, no eres agua, aunque como mujer seas bastante agua.

Nuestro reino no es de este mundo. No lo es. De nadie.

Todos nos morimos, independientemente de que creamos que nuestro reino sea o no de este mundo. Así que es igual creerlo que no, porque el hecho es que no lo es en ningún caso.

Por eso, todos sentimos esa melancolía, escondida a veces, incluso tan ignorada o negada, en esas olas que más calan y conmueven por dentro. En aquellas que más gozo provocan de una forma suave, tranquila, pacífica, en las más bonitas.

Sabemos que todo es pasajero y que nada de lo que hacemos prende en el tiempo apenas, que todo se va, se esfuma, se irá.

Menos el amor que queda para esa tarde en la que nos examinarán.

Pero todo, hasta el amor, nos deja un cierto sabor de tristeza que acompañará a los mejores y ya que de nuestra vida.

No somos mar.

Ninguna mujer es mar.

Ningún hombre lo es.

Te encantaría fundirte, ser ese agua marina, tan agradable es la sensación. Pero permaneces como lo que eres: una pobre mujer en una ola, más o menos grande, más o menos rato. Según toque, según la luna, las mareas, si hay viento o brisa. O si la playa es más resguardada o es abierta. Aprovechándola, claro, pero con ese regusto levemente amargo de que la ola pasará.

Y con un deseo que es el más real: querer y llegar a ser mar.

Tú quieres eso. Y ni el mejor día de playa, ni la mejor ola, nada, puede hacertelo olvidar, si acaso te lo recuerda con más insistencia. Aunque disfrutes como una niña y siempre.

Estás hecha para ser mar, para el mar.

No es sólo por fe que sabes esto, es por piel a la que no se le puede engañar tan fácilmente como al corazón o a la cabeza. La piel es lo más inteligente que tenemos a veces. Puedes cerrar los ojos o hacer oídos sordos de mil maneras, pero esta verdad permanece y tú al tacto la reconoces.

Las olas como olas.

El mar como mar.

Y nosotros disfrutando, luchando, o a por uvas en el peor de los casos.

Con un leve olor a tristeza.

Y el constante deseo de mar.

Creo que esa alegría, esa tristeza y ese deseo están en todos los seres humanos independientemente de su grado de consciencia, de conciencia también.

De ahí la soledad que cada uno acoge en mayor o menor medida. La que se niega u oculta con ruido, aunque no sirve de nada. Es al revés, como uno se empeñe, cada vez estará más encerrado en ella, más hundido y más confuso.

Simplemente nada ni nadie es mar y esto se acaba.

Reconocerlo creo que puede ayudar a disfrutar mejor cada ola. Con más alegria y plenitud, pero sin engañarse.

No nos hace falta mentirnos, no hace falta mentir a nadie. Menos, a uno mismo.
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Y ya que…

Y ya.

Qué.

Y ya.

¿Qué?

Pues otro mar. El mar, espero. El de verdad.

"Ni ojo vio, ni oído oyó... " Si amamos.

viernes, 3 de abril de 2009

Y-ya-que. Y ya. Qué. 3)



Y-ya-que, esas olas fantásticas, de una oportunidad que pasa y no hay que dejarla escapar. O esos otros momentos de consciencia extraña, de estar a gusto, muy a gusto, y decir "que se paren los relojes". Y otras olas chiquitas, tímidas, inesperadas, tan bonitas también.

Aprovechar la corriente, sentirla, dejarse llevar, fluir. No tener ideas preconcebidas de cómo tienen que ser las cosas, un orden establecido inamovible. Vivir en católico a fondo: hoy y ahora ¿qué se me da?, ¿qué don, qué regalo? No qué "tengo", no qué "merezco", sino qué se me regala, me regalan. Saber ver, aprovechar y agradecer, mucho, siempre, cada vaso de agua es un y-ya-que.

Despertar católico, decimos. O sea, cuando Dios quiere. Cuando Dios quiera, cómo Dios quiera, lo que Dios quiera. Que suele ser lo que se te pone delante, donde estás, la ola. No hay que buscar, hay que reconocer, sentir. Hierba que está para ti no hay vaca que se la coma, pues eso. La ola, las olas, verlas venir o dejarse sorprender. Y-ya-ques que pasan a nuestro lado, súbete, boba.

Y ya que habéis subido hasta El Boalo, quedaos a cenar, o a merendar, nos damos una vuelta luego, vamos al Artesanado y bajáis más tarde a Madrid. Se puede estar muy a gusto con amigos, con familia. Pero ese y-ya-que convive a veces con la necesidad de un aparte. Pasa. Hay un fondo que necesita de una cierta y puntual soledad.

Aunque luego en la soledad no hay un y-ya-que que valga. Salvo cuando se lee, se escribe o se trabaja. Se llega a estar tan metida, se disfruta tanto, que no te acuerdas ya ni de tu soledad, se ausenta un rato.

Creo que no hay realmente un y-ya-que estás sola, déjate llevar en esa ola, eso no.

La soledad no es una ola, no puede ser un y-ya-que.

Es, si acaso, una alberca de agua transparente, verde y fría, agradable en verano. Ahí a la sombra, en el jardín, cuando hace mucho calor.

Pero hay que tener cuidado. Te puedes quedar helada nadando si estás mucho tiempo, sin darte cuenta. Entumecida.
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Y ya que... nos hemos reido tanto en el teatro.

Tú le das un 6 a Boadella, yo un poco más. Sabemos ambos que es previsible. A la media hora ya presentíamos qué iba a pasar. Tiene sus fobias, como otros tenemos nuestras filias. ¡Qué manía con la Iglesia y con los símbolos cristianos, por Dios!. Y es mejor director y actor que autor, estamos de acuerdo.

Pero tiene gracia "La Cena". Especialmente esa ministra de medio ambiente, la reunión en el ministerio del ramo al más alto nivel (salvo la mesa). O la cena encomendada a España en una conferencia internacional para hablar, como es habitual, de nada, si fuera de la nada sería algo. Tronchantes los cocineros eco-sostenibles de nueva cocina-solidaria-y-a-la-vez-respetuosa-con-la naturaleza. Sin mencionar la propia cocina ecológica donde un grifo te insulta si lo dejas más de 45 segundos abierto. Y no cuento más que la destripo.

Y ya que ... hemos cenado tú yo.

Quizás no excelentemente, pero con una conversación interesante. Con algunas pausas, qué importantes son. Sucesión de otra conversación anterior, de otra más y de otra. No hay nada como las palabras y las miradas. El silencio y muy poco más.

Y ya que...


Y ya, qué.


Y ya.


Qué.


Hasta aquí cuento la vida, se hace esta bitácora.

Y ya que estamos viviendo, vamos a ver hacia dónde vamos.

Será divertido, seguro. Siempre lo es, incluso cuando no lo es. Porque es eso, vida. Olas. Y ya ques ... No se tiene el control, no siempre son agradables, no siempre.

Pero estás en el agua.

Buen fin de semana. El siguiente y-ya-que será para el lunes.

Con Dios, pues.

jueves, 2 de abril de 2009

Y- ya- ques peligrosos 2)



Y-ya-que tienes clases dedicas no 5, sino 25 horas a prepararlas, a tutorías, a decir a todo que sí. Y en trabajo igual. No por perfeccionismo, ese es un tic o virtud de otras personas. Es por pasión, por ganas. Porque estás ya ahí y quieres coger esa ola y-ya-que también, la del esfuerzo y la dedicación, otra ola en la que se entra y se está hasta con gusto.

A veces, tras muchas horas, un largo y ya que de concentración, entras en un estado de fluidez y rindes a tope. Esto da unas extrañas alas y una pesada carga. Por un lado, aceptar más trabajo, siempre puedes y quieres hacer más, hasta lo disfrutas. Por otro, ay, quien trabaja con alma pone su alma y con ello se pierde el miedo a decir lo que se piensa, lo que se ve, especialmente a quien no se debe, a los que hacen cabeza sin ella. Esto último es lo realmente extenuante. Y se puede acabar con un buen nivel de competencia y un altísimo nivel de incomodidad.

Rendimiento, implicación y sinceridad son un trío peligroso que se salda a menudo en agotamiento. Lo que empezó en un y-ya-que laboral se transforma en un serio aviso si no se quiere acabar rota por dentro o por fuera. Hay que cambiar de ritmo y controlar los y-ya-que laborales, poner distancia, coto.

Y te haces algo vaga por una meditada decisión que no por pereza, porque sabes que si la calidad es lo percibido, se puede dar mucho menos y peor, que nadie se dará ni cuenta. Vivirás no mejor, simplemente vivirás. Y-ya-ques laborales limitados, aprovechar las rentas de conocimiento de lo ya currado, de una formación siempre continua, de la eterna curiosidad, confiar en el propio instinto y en la experiencia, menos en los brazos.

Y, lo más importante, trabajar para una misma: más riesgo, eterna incertidumbre, pero más libertad. En la duda, siempre la libertad, si hay elección, claro. Es una suerte poder elegir. Y, curioso, las cosas van saliendo sin sudar la camiseta como acostumbrabas, con mucho más relajo.

Dejas los y-ya-ques de subidón para la cocina. Haces croquetas, 2 primeros y 2 segundos. Ahí ya interviene el por si acaso, cierto. Y ya que haces bechamel pues aprovechas y haces el doble. Y ya que vas a manchar tanto cacharro, pues ya los mancho todos. Sábados por la mañana, día habitualmente intenso de cocina. Eestos y-ya-que no llevan jamás tensión, a diferencia de los laborales, sino una profunda relajación de mente y espíritu. Aunque te canses.

Pero hay muchos otros y-ya-que estupendos. Mañana.

miércoles, 1 de abril de 2009

Y-ya-que 1)


Estaba en la cola de la pescadería del Gigante y vi el gambón argentino. No pensaba comprarlo, pero no me pude resistir. A menos de 8 euros estaba el kilo.

Y ya que estaba allí, pues cayó junto a los chipirones, el salmón para marinarlo, la rosada y los mejillones para los pimientos rellenos que salen siempre bien.

"Y ya que estoy aquí, ponme medio kilo de gambón..."

En la cola del super me llama Miriam a las dos de la tarde tras haber quedado con ella que subiría el fin de semana.

"¿Dónde estás ahora?"

"Haciendo la compra. Tenía la nevera vacía después de 15 horas de clase en 2 días..."

"Y digo yo que, y ya que estoy en el coche con tía Teté, ¿y si nos subimos a tu casa y comemos allí hoy, en vez de mañana? ¿Te hacemos mucha faena?"

"Acabo de comprar gambón y chipirones, venid las 2 que me encanta la idea".

Hace un día espléndido en el Boalo, conozco a su tía política, interesante señora. Subimos al Bosque a ver el spa, otro día lo probaremos. Lo pasamos en grande sin haber previsto nada. Qué a gusto se está cuando se está a gusto.

Un y ya que y otro y ya que que se juntaron y salieron fenomenal.

La vida está compuesta de muchos y- ya- ques.

No son un puro impulso, es algo más, creo. Aunque algo tienen, ya que estás en un sitio, caes o te dejas llevar. Pero un dejarte llevar ... a propósito y, precisamente por eso, sin él. Lo mejor.

Un y-ya-que que se precie no es un por- si- acaso, ni hablar. No se pueden confundir, y los segundos no son tan malos, desde luego que no.

Los por-si-acaso son de personas previsoras o, simplemente, que piensan las cosas dos veces o tres o cuatro. Hay personas que piensan las cosas dos veces, es impresionante.

Son esas que planifican su vida o su futuro, en todos o en algún sentido. No solo que organizan -organizar es fácil- sino que planifican y prevén. Creo que es una suerte vivir con algún por si acaso. Pero hay quienes confían que nunca nada realmente malo les pueda pasar. Ni que lo bueno les faltará alguna vez. Y como no tienen hijos, no temen por ellos tampoco.

Soy de y- ya- ques. Unos son buenos. Otros regulares. Y los hay peores.

Me pasa en el blog. Ya-que- estoy, y estoy tan a gustito, escribo y escribo. Una bitácora me parece todo menos una obligación, una tortura, un deber, ni escribir, ni mucho menos contestar a los álogos. Es un placer, por Dios. Es un y-ya-que siempre sin pretensión, ni literaria -es evidente-, ni ninguna, nada. Puro disfrute. Sale solo, sin esfuerzo alguno o yo no lo noto. Un y-ya-que estupendo y casi diario.

Se me cruzó otro y- ya-que el lunes al decirme que iba ser su cumpleaños. Me nació escribírselo. Primero, porque es verdad. Segundo -pero no por orden, hay que ser sincera-, porque me produce un gran placer hacerlo.

Un y-ya-que surge como una ola grande o chica donde se está, en el momento. A veces es una a la que se ve venir. Y se mete en ella una. De cabeza y sin cabeza. Con poca a menudo. Cada entrada es una ola. Cuando escribo, cuando pienso -es un decir-, cuando estoy con algunas personas. Sin planificar, sin medir, sin táctica ni estrategia. Porque sí. A por ella, a por ello. Oé falta decir.

Ella es una mujer prohibida y le iba a gustar escuchar esa verdad, y otras, en el día de su cumple. Un día quizás duro para toda mujer que rebasa los 30... Aunque sea muy levemente, como es su caso.

Pasaba por allí. Y surgió el y-ya-que. Sólo sé que fue eso. Como el gambón argentino. Sin más.