Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

lunes, 2 de febrero de 2015

Niña mimada 1)

“Caprichos no.”

La abuela Marta presidía la mesa, papá medio ausente en la otra cabecera y nosotras cuatro, las niñas, a los lados.

“Si no te lo comes ahora, lo tendrás para cenar. Y si sigues así, volverás a comer en la cocina…”

Era una advertencia más que me repetía la madre de mi padre para hacerme reaccionar. Acababa yo de cumplir los diez años, la edad en que se nos permitía compartir desayuno, comida y cena con los mayores en el comedor, un paso importante y anhelado. Yo comía fatal, no sólo poco, es que no me gustaba nada, un martirio era alimentarme con lo que fuera, salvo lo dulce, lo único que admitía con ganas. Volver a la cocina significaba una humillación completa, y yo quería estar en el comedor aquel de muebles oscuros y grandes, feos, con los adultos. Bastante malo era ser el último mico de la casa, la pequeña.

Tomé rápido las cucharadas finales que me faltaban de aquel potaje, uno de los platos que más me costaban, con sus espinacas nadando, el huevo duro deshecho y repugnante, las zanahorias y el bacalao, todo un asco. Era un viernes de Cuaresma. María desde una esquina del cuarto me daba ánimos con la mirada. Tana, echada al lado de la chimenea, me observaba también, prohibido acercarse a la mesa, siempre a distancia los perros para que no molestasen. 

“Tú no querrás ser una niña mimada ¿verdad?” era la reconvención final y habitual de mi abuela, en esa ocasión yo a punto de llorar por vergüenza. Los demás esperaban pacientemente a que yo acabase. El postre, buñuelos para compensar el rigor del plato único, en la alacena, cubierta la fuente con una tapa de cristal. Yo no alcanzaba a verlos, pero sabía que ahí estaban.

“¡No, no quiero ser una niña mimada, claro que no quiero!” Lo dije con rabia, casi gritando. Las lágrimas de indignación me caían mientras me retiraban el plato sopero vacío que tanto me había costado. 

Podía ser una niña sin hambre y sin madre, pero desde luego no quería ser mimada de ninguna manera. Era una ofensa hiriente que me hacía lloriquear de furia sólo porque alguien lo insinuase, mucho más mi abuela y allí, en mitad del comedor, todos presentes y callados. Solo Tana parecía reaccionar ante mi enfado puesta en pie y gimiendo, mi único apoyo con María que en la cocina hubiera hecho la vista gorda si no me hubiese acabado los garbanzos. 

Era lo peor que se podía ser a finales de los 60 en mi familia, una niña mimada. Las había en el colegio, no muchas. Niñas que querían ser el centro de atención, acostumbradas a que sus padres cedieran a sus caprichos y a quienes tenían en jaque. Montaban la de San Quintín si no conseguían lo que deseaban inmediatamente. No había quien pudiera con ellas, eran unas cursis, unas remilgadas y todo lo que me espantaba ser. El capricho y el deseo constante han sido una forma de debilidad insoportable para mí, algo de lo que avergonzarse y ocultar bien dentro, que no se entere nadie.

Había también niñas malas, pero tenían su gracia, tan procaces y deslenguadas como eran, esas mayores que fumaban a escondidas en el patio y soltaban de vez en cuando un taco con precisión y cierto estilo mundano. No estaba bien ser así, pero eran, sin comparación, mucho mejores que las mimadas.

“Las consientes demasiado” oí una vez que le decía la abuela a mi padre. “Es lo normal en tu situación, y te comprendo, pero no les haces ningún favor. A los niños hay que saber decirles que no. Tienes que aguantar el chaparrón de que tus hijas lleguen a pensar, o incluso a decirte a la cara, que no las quieres porque les niegas algo. Hasta entonces, hasta que aguantes ese reproche o su pequeño odio, no sabrás lo que es ser padre.”

Ahí estaba ella, su madre, para educarnos, niñas huérfanas pero no por eso mimadas, Dios no lo quisiera. Ser mala era atrayente, pero sobre todo yo quería ser como los hijos de los cachicanes, los guardas de la finca, a su aire haciendo lo que les daba la real gana, descalzos, sin horario ni obligaciones.

“¿Y por qué no puedo yo ser como ellos?” “Porque ellos no tienen lo que tú tienes” era la respuesta inevitable.

Crecí envidiando a esos niños libres y medio salvajes y adorando a mi abuela a la vez, temiendo también su mirada azul y certera que traspasaba.

4 comentarios:

Sinestesia Gastronómica dijo...

Ay Aurora, me ha encantado la historia alrededor del potaje, jejeje... En mi casa, no conmigo, porque tenía buena boquita y comía casi de todo, también se ha evitado que fuéramos niños mimados y consentidos. Si no te gustaba algo, pues, o te lo comías o te quedabas sin comer, nada de alternativas.

Cuando somos niños tenemos el "no me gusta" pegado a la boca y lo soltamos antes de probar bocado. Justo el otro día, tomé cocido y me acordé de mi anécdota con el tocino. Ahora,es lo que más me gusta junto con la morcilla, pero hasta los 10 años estuve perdiédome este manjar. Un día comiendo en casa de una amiga, me puso su madre tocino y dije "no me gusta". Su madre dijo "aquí se come tocino, pruébalo y después opinas". Llegué a casa diciendo "mamá que bueno está el tocino, me encantó". :)

Aurora Pimentel dijo...

Jajaja, Raquel, es cierto, así pasaba, era casi una cosa generalizada que comías lo que había y a aguantarse.

Aunque esta no es "mi historia" porque ni tenía una abuela así, ni fui huérfana de madre, ni nada que tenga que ver con lo que los siguientes días colgaré -es un cuento que he cortado en 4 partes para poder ponerlo en el blog-, sí es cierto que lo de comer hasta acabar el plato era una costumbre de los niños de antes que ahora quizás ya no se hace.

El tocino una maravilla, Y si es de cerdo de Barcarrota ya te mueres ;-)

lascosasdecosima@gmail.com dijo...

Parece que vengo del mismo sitio que la protagonista de tu historia. El plato que me hacía vomitar eran los macarrones con tomate. ¡Quien lo diría! No podía con ellos. Pasé años con un plato de pasta como castigo para la cena porque no había podido comérmelo en la comida.
Otra vez enganchada a tus historias. Esta vez en cuatro partes. Al final conseguirás que reine en mi la paciencia.
Un besazo.

Aurora Pimentel dijo...

Gracias, Cósima. Me alegro de que te enganche, pero paciencia no puedo pedirte ;-) ja ja. Está solucionado.

Yo odiaba el arroz con leche por todo el que nos pusieron en el cole. Y las espinacas con bechamel que parecían mocos, también otra comida escolar de mal recuerdo...