Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

sábado, 30 de julio de 2011

Al natural (Antes y después)

Angelines es muy pulcra y ordenada. Después de cada sesión cierra con cuidado los botes de maquillaje y todas las sombras y coloretes que ha utilizado. Luego lava con agua y jabón pinceles, brochas y esas esponjitas azules, tan eficaces para extender bien el maquillaje.

Angelines ama su profesión, la adora. Al cumplir los dieciséis hizo los módulos de estética que desde pequeña tanto le gustaba. Se puso a trabajar rápido en la peluquería de su tía Juana, pasó dos años en una perfumería hasta que cerraron. Alguien se lo sugirió entonces, cuando la crisis comenzaba. Había que reciclarse y ese área estaba en auge, quizás por influencia de los americanos. Hizo un curso especializado y en apenas unas semanas volvió a tener nómina, estaba encantada.

Números especiales del Elle, Telva y Marie Claire por todos lados muestran el antes y el después de muchas bellezas desconocidas o famosas, todas las revistas apiladas en la mesa de su cuarto de estar, muchas caras lavadas que, tras técnica y varias capas, cambian como lo exigen los modernos cánones, transformado el rostro por nuevos relieves o sutiles difuminados.

Angelines sabe que ninguna modelo es igual con o sin maquillaje, ninguna mujer, ningún ser humano. Porque ella también maquilla a los hombres que no muestran ninguna resistencia en su caso, como a veces les pasa a algunas compañeras de televisión, que tienen que explicar el efecto de los focos en el rostro humano para que se dejen hacer. No se puede ir a la tele sin maquillaje, se tiene muy mala cara, se nota todo, los poros, las arrugas, la papada, cualquier defecto se agranda y se hace insoportable. Cubiertos todos por espeso maquillaje para que tanta luz no se nos coma la cara. Hay que reforzar los rasgos para la cámara, al natural quedan desvaídos, ralos, sin carácter.

Angelines es muy educada y siempre habla a los clientes con mucho respeto de Vd., algo hoy raro. Está Vd. muy guapa. Ya verá como las ojeras se le difuminan en un pis-pas. Si no le parece mal, le voy a peinar un poco hacia atrás, para que se le vea mejor la cara. ¿Le gustaría este rosa pálido? Tiene Vd. un pelo precioso, ¿sabe?

A veces sin embargo le cuesta y trabaja en silencio cuando es un niño, un joven o una mujer embarazada. Entonces no le sale su vena habladora, calla.

-Mamá se va al trabajo.

Manuel, de cinco años, tira los brazos para Angelines, suplicando que se quede un rato.

-No puedo, cielo, pero cuando vuelva jugamos.

Angelines lleva siempre a su trabajo una chaqueta de punto irlandesa, esponjosa y agradable. Al llegar abre la sala. Tiene dos personas según le ha informado Eladio, el encargado. De un vistazo sabe ya que para el primero será beige 204 mezclado con arena 33 de Lancaster, nada más como base. Menos es más, especialmente en estos casos.

Y es que Angelines lo tiene fácil a menudo, más de lo que pueda pensarse. Porque tras la agonía, el sufrimiento, la resistencia, el dolor y el miedo, la lucha a veces de años contra la enfermedad , el deterioro o la vejez, el cansancio y los achaques, o la simple sorpresa de una muerte no previsible ni anunciada, el rostro humano se relaja al aceptar lo inevitable y entrar en el gozo de Dios, al entregarse.

Ella ha visto cómo al natural muchos rostros humanos adquieren la extraña belleza de quienes ya están en otra parte, mostrando un antes y después que no se parece a nada. Por eso, Angelines trabaja tras la muerte sin excesivas prisas y con la misma paz que ya tiene el finado. Y, a diferencia de sus compañeras de le tele, sin miedo a los focos celestiales. Ella todo siempre silencioso y suave, revelando lo que hay en quien no está ya, no hace falta cubrir ni disimular la cara para el abrazo del Padre.

-¿Está ya listo?

-Sí, hace rato. Puedes llevártelo.

-Los familiares de Clara Sánchez dijeron que les gustó mucho cómo quedó su madre.

Angelines sonríe. Rara vez suele protestar alguien. Es otra ventaja de su trabajo.

viernes, 29 de julio de 2011

Un hombre en casa o la Black & Decker

Estuvieron unos amigos en casa, 11, el número perfecto. Lo pasamos genial, con el noviastro hacían la docena.

-Tus amigos son muy majos.
-Por supuesto.
-Y muy buena gente.
-Sí, de lo mejor. Tengo la suerte de estar rodeada de personas muy buenas.

Sonrió el noviastro. Aproveché que estaba bajo de defensas tras el halago indirecto. Yo tenía algo en la cabeza.

-Y hay que ver lo que valen, ¿verdad, cielo?
-Sí, tu amigo Jesús se puso a hacer la cena...
-Bueno, varias veces la ha hecho, no veas. Y lo mismo improvisa un arroz chino sin apenas ingredientes que nos fríe unos huevos con patatas para un regimiento y hace una ensalada con un aliño secreto... Es muy dispuesto.
-Sí, es muy dispuesto...

Le cogí la mano entonces, hay que preparar las cosas cuidadosamente.

-Y David ¿qué me dices de David? Ha arreglado la puerta que rozaba el suelo y la barra de una cortina, ha fijado la caja de luces de fuera que se caía y estaba así desde hace meses, ha pasado la barredera de la piscina... Y casi todo ¡sin herramientas!, que me ha dicho que la próxima vez que venga se las trae...
-Sí, sí... Son encantadores, y ellas también, valen mucho... Y te quieren, se nota...

Seguí al acecho.

Nada de orientaciones y direcciones, mucho menos que parezca que mando. Yo en esto tengo que tener cuidado porque me falta entrenamiento. Y puedo dar la impresión al noviastro que tiro al mando y ordeno, según me ha hecho saber recientemente. Y la influencia es más cómoda que el poder o así lo creo.

Suspiré.

-Es que en esta casa hay que hacer muchos arreglos, ya sabes...

Permaneció el noviastro en silencio. Creí que cogía la idea. Pero especifiqué el tema porque es ingeniero y hay que ser muy concreta. (Ya contaré la anécdota de la raqueta y el gira a la derecha, da para otra historia).

Volví a suspirar.

-Por ejemplo, esta puerta...

La puerta es de madera, da al sureste, sufre el sol prácticamente todo el día y hay que lijarla y barnizarla de nuevo. Y mide 3 metros largos de ancho y casi 3 de alto.

Emplée el plural mayestático que suele funcionar seguido de la declaración de incompetencia, también eficaz habitualmente.

-Tendríamos que lijarla, uf, es un trabajo muy pesado, no tengo ni idea de cómo hacerlo.

El noviastro ama Leroy Merlín, se pierde por allí siempre que puede. Es un manitas y tiene paciencia, ambas cosas muy importantes en la vida según voy viendo.

Volvió ayer muy contento a visitarme. Yo venía de Urueña prometiéndomelas muy felices.

-Mira, mira, mira lo que te traigo...

Abrió la caja. Sacó una Black and Decker. Me enseñó cómo funcionaba, las diferentes lijas , cómo se quitan y ponen y el trabajo que hacen en la puerta. Hasta me trajo una alargadera preciosa roja de veinticinco metros porque además hay que lijar y pintar el portón de la calle que es metálico y promete mucho más curro que la puerta.

Yo, ingenua, pensando que el benchmarking o estudio ese que se hace en marketing mostrando a los mejores competidores había funcionado, que era un aliciente.

Mi gozo en un pozo cuando le sugerí lo siguiente.

-Gracias por la Black and Decker, por traértela. ¿No la necesitarás tú en casa?
-Pero hombre, si es nueva, es un regalo que te hago, te la he comprado...

En fin, sin comentarios.

El caso es que le he cogido el gusto. No sé si para las 30 horas que por lo menos costará lijar la puerta y sus recovecos, eso es cierto. Pero crea cierta adicción esto. Todo en esta vida es ponerse. Y yo, hay que decirlo, no me había puesto a nada en esta casa desde que recuerdo.

Hoy pasé por el Bricodepot de Laguna de Duero y no pude evitarlo, me metí dentro.

El noviastro está haciendo de mi una mujer nueva a los cincuenta, bendito sea.

jueves, 28 de julio de 2011

Sal raspando (Los sabores del verano, 1)

Sal gorda en el tomate recién cortado, en la carne a la piedra, en las sardinas. Da gusto notar esa sal áspera que rasca paladar y hasta garganta.

Ahora se ha puesto de moda la sal, diferentes sales. El otro día en "El rincón del labrador", donde tan bien se come -tomate para empezar, lo cultivan allí mismo, en la Santa Espina, y se nota-, nos pusieron una sal de Gales por si queríamos probarla.

Me gusta explorar sabores diferentes, novedades. La de Maldon en lascas o escamas está bien, pero sigo prefiriendo la sal gorda tradicional española en granos.

Los granos se mastican casi, tardan más en fundirse. Lo bueno es notarlos. Sabe mejor todo, y si ya el aceite también raspa un poco, lo notas al bajar por la garganta entre afrutado y amargo, el placer es doble.

El sabor de la sal, de la buena sal, es el primero del verano. Y es un sabor humano, civilizado. Solo las personas salamos.

miércoles, 27 de julio de 2011

Piel (Tacto en verano,1)

Pieles arrugadas de tanto estar en el agua. "Niño, que salgas ya, que te estás quedando morado".

La piel de los ancianos, cada vez más fina, descolgada, más delicada, pecas y manchas que avanzan.

En el verano somos más conscientes de que el tiempo pasa. Niños que de un año a otro crecieron, padres que de repente se hicieron viejos. Nosotros mismos, el tacto cambia.

Nivea hidratando que intenta luchar contra el efecto de la cal que deja la piel como un rinoceronte o un elefante.

La textura más propia del verano, la original, es la de la piel humana, frontera que separa y une, diferencia e iguala.

sábado, 23 de julio de 2011

Campanas (Los sonidos del verano, 1)

No hay campanas en muchas ciudades grandes, o si las hay ni se las oye casi. Por eso es tan agradable oírlas dando las horas o avisando a misa tres veces: "primeras", quedan treinta minutos para misa; "segundas", quedan quince; "terceras", la misa está comenzando.

Antes se subía al campanario, palomas, vértigo y escaleras temblando. Ahora dan a un botón o están programadas. Algo se ha perdido, pero algo ha quedado.

Se tocaban también, se tocan, cuando alguien muere, cuando hay un incendio. Recuerdo cómo llamaban para que fuéramos a ayudar a apagarlo, rápido toque constante. Lento en cambio cuando hay alguien que falta, espaciado, tristísimo.

Campanas, el sonido del verano y de la infancia. Cuando hay boda también repican las campanas.

Cloro y lejía (Los olores del verano, 1)

No es el cloro lejía pero casi. Polvo blanco o líquido que al salpicar mancha. Es el olor de las piscinas, antes más fuerte, ahora a menudo impercéptible, ha mejorado.

En los skimmers, que son unos coladores pequeños donde pasa el agua camino a la depuradora, a veces encuentro una pequeña rana y la suelto. En la hierba salta camino a las adelfas.

Lejía también asociada al verano. Los cuartos de baño como están más limpios es con lejía, y las cocinas. Lejía en el cubo del agua, en la fregona, en la bayeta.

Antes echábamos una gotita de lejía al lavar las verduras.

Cloro y lejía dejan un olor de verano.

Tierra, adobe (Los colores del verano, 5)


“El color tierra es muy elegante” decía mi madre. Yo me quedaba escuchando sin entender bien.

¿De qué tierra hablaba?

¿De qué color es el color tierra si tiene tantos?

¿Tierra rojiza, arcillosa, caldera o color terracota como algunos cacharros?

¿Tierra blanca, caliza, como la de los Torozos?

¿Tierra amarilla quizás? ¿Ese amarillo ocre que se hace gris cuando se seca para luego cuartearse?

Tierra blanca de arena de los pinares, no hay apenas humus debajo.

Tierra negra de los bosques, al lado del río, húmeda, vida muchos centímetros abajo.

Tierra abonada por Carlos, intentando aprovechar los excrementos de las ovejas.

En apenas unos metros la tierra cambia, su calidad, color, olor y textura, polvo o piedras, terrones apelmazados o que se deshacen. Con más agua o sin ella, dejando que entre el aire entre las grietas que hacen pequeños animales o el mismo agua, más ligera o compacta, pesada.

De suelos empobrecidos, polvorientos y agotados, que no pueden ni dejar pasar el agua, la escupen casi, hasta los suelos en barbecho, oreándose, cogiendo color de nuevo al darles un descanso.

Tierra del cementerio con los cipreses bien altos.

Adobe, paja mezclada con tierra, arcilla o arena, el color de muchas casas de antes que a veces quedaba oculto tras la cal blanca.

No sólo vivimos sobre la tierra, ésta nos acoge como una madre, la habitamos como hicimos en el útero, en su regazo. Su abrazo es el de un padre, su beso el de una hermana.

Tierra que se hace invisible de tan constante.

PS: In memoriam: José Joaquín Pimentel, (nacido a la tierra en 1926, vivo en ella y en el cielo desde el 21 de julio de 1988); Luis Pimentel Igea (nacida a la tierra en 1968, viva en ella y el cielo desde el 12 de abril de 2001); Concepción Igea (nacida a la tierra en 1924, viva en ella y el cielo desde el 22 de julio de 2010).

In God's own time we shall meet again.

miércoles, 20 de julio de 2011

Las tijeras y el cuarto de los rayos X


Hacía calorcito y se estaba bien allí, cosiendo mamá, en la mesa camilla y con el brasero dentro. Parecía que siempre era enero fuera.
Pero entonces ella, tras la que parecía una invitación o una sugerencia, se lo pidió con firmeza.
"Las tijeras me las he dejado en la consulta del abuelo antes sin querer... ¿me irías tú a por ellas?..."

Era un juego que su madre le proponía para aprender a vencer el miedo. La casa heladora, el pasillo largo y sin luz apenas, y allí al final, en un cuarto siniestro, los temidos rayos X. Siempre imaginaba que alguien, un paciente de su abuelo, podía haberse quedado escondido. Él, o al menos su esqueleto, ahí quieto, esperando para dar a alguien un susto de muerte. Además la idea de salir del calor del brasero y tener que enfrentarse sola, no más de seis años, al frío y a la oscuridad que se le hacían eternos, le daba no solo miedo, sino también pereza.

"Venga, vete a por ellas..." Era una petición que no lo era, el tono de cariño pero con exigencia. Había que hacer lo que no se quería o no apetecía, la vida era también eso.

Así media infancia: yendo a por las tijeras al cuarto de los rayos X.
Luego vinieron otros miedos en la adolescencia y otros distintos o iguales en la madurez, acercándose a los cincuenta.
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No sólo es miedo. Es también pereza de enfrentarse sola, en mitad de la oscuridad y el frío de un corredor largo e interminable a veces, para ir a buscar unas puñeteras tijeras, las que sean, dejando atrás el brasero donde te quedas adormilada, tranquila y quieta.
Miedo, soledad y pereza a partes iguales y siempre. Siempre, siempre, siempre.

lunes, 18 de julio de 2011

Amarillo sol portátil (Los colores del verano, 4)

Paro el coche en medio del campo. Traigo las tijeras recién afiladas. Los cojo de una esquina, a veces algunos solitarios que crecen despistados. Uno para mi tía, otro para mi prima, el resto para nuestra casa.

Pones flores amarillas y una habitación cambia. Pero ya girasoles , tan grandones, es una provocación, son de una alegría desaforada.

El girasol no es una flor, es un pequeño sol portátil, y eso que le da la espalda.

Amarillo limón, menos cálido. Un centro de limones y la cocina se da otro aire.

Espero invitados. Limonada encima de la mesa de la entrada con un poco de hierbabuena y hielo en abundancia. Y pan con nocilla. Y nesquick por si acaso.

Y, por supuesto, pipas, un verano sin pipas no es verano.

sábado, 16 de julio de 2011

Negro resucitado (Los colores del verano, 3)


-¿A qué no sabes de qué pájaro es esta pluma?

Carlos me muestra una pluma inconfundible. Parece negra, pero a la luz se tornasola en verde. Me atrevo.

-¿De una urraca...?

Carlos sentencia.

-Aquí les llamamos maricas y son muy malas, acaban con todo.

La carretera que decíamos "de las maricas" era la que cruzaba Boecillo desde Tudela a Simancas.

Este negro es parecido a otro negro aún más verde, el de las avefrías que andan por Castronuño en invierno. Y más a otro negro, el de sus parientes, los rabilargos, grises, azules y negros, que cruzan las encinas a un lado y otro de la carretera cuando voy por Torrelobatón hasta Urueña, un camino que me pone alegre.

Las plumas de algunos pájaros tienen ese negro que de tan negro ya no lo es, se hace azul o verde, incluso amarillento. Es un negro resucitado.

(Fundido a negro)

Noche de insomnio. No es ni el calor ni el ruido, pero me despierto. No enciendo la luz. Prefiero la penumbra y hundirme con paz en ella.

Salgo de casa. El olivo, los chopos, los pinos, los prunos y hasta las adelfas oscuras. Éste es un jardín negro. Me acerco a la piscina de tinta negra. Nado en tinieblas y en silencio. El muro está de luto, velo de iglesia. Negro ala de mosca, negro de hormiga negra, de las buenas (según Carlos, son las grandes), o de las malas (de nuevo, según Carlos, son las pequeñitas, que muerden rabiosas lo que encuentran). Negro cucaracha como un charol reluciente. Tengo que poner trampas para que se mueran. Olimpia es una masa peluda aún más negra que husmea buscando un gato que no aparece.

Me seco. Me meto en la cama. Me duermo.

Al salir a la superficie de la noche, cuando la luz choca con ellos, los negros vuelven a sacar los colores que tenían por dentro o por fuera: jardín verde, agua transparente que deja ver el verde de las teselas, muro blanco y perra negra, pero menos.

Dejo la pluma de la urraca sobre la mesa de la entrada: un día más y una noche menos.


viernes, 15 de julio de 2011

Caipirinha (De flores y gallos) (Cuento, 5 de 5)


Yo, para empezar, a hombres que hablan así de las damas no les dejaría pasar, reservado el derecho de admisión. Casi me vuelvo y les saco a los dos a patadas. Pero me contuve al final. Al fin y al cabo estaba escuchando una conversación ajena y en voz baja, y yo soy el portero, y no estoy para pelearme. Y, además, en el fondo, me gustó escuchar aquello. No por él, sino por ella, por mi Celia, porque eso me daba algunas esperanzas bien fundadas.

Viva mi Celia, flor blanca y tostada. Tiene Vd. arrestos, y me gusta ahora más de lo que ya me gustaba. Espérese, guapa, que el próximo sábado libro yo, y Vd. ya no se me escapa. Verá como no me dedico sólo a ese sujetar la barra del bar por si se cae, o a pavonearme de si me acerco o no durante cuatro horas para luego nada. En cuatro horas, o en menos, le habré dicho yo sin falta lo importante, sin dilaciones y sin andarme por las ramas, como un hombre a una mujer, suavemente, pero a la cara.

Saldremos luego los dos juntos o por separado por la puerta grande o la chica del Caipirinha con destino o no a otra parte. Con Vdes., las flores, nunca se sabe. De Vd. será la primera palabra. Luego será Dios el que diga algo. Y yo diré lo oportuno en tercer lugar, con el propio tiempo y las diversas circunstancias. Por este orden se resuelve esto, y hasta Nuestro Padrecito Dios lo sabe. Es el segundo en lo del decidir en este campo tras las mujeres o flores, que son las que realmente mandan. Lo sabe Él como lo sé yo, que depende de muchas cosas y, de la primera, de Vd., mi flor blanca.


No hay nada cierto así, mi señora Celia, y ni yo lo quiero siquiera. Aunque algo concreto sí deseo de Vd. si le soy sincero y le hablo con el corazón en la mano. Ya digo que soy un gallo, y voy de frente siempre, sin ocultarme. Pero como me llamo Manuel Alejandro Zárate Urrutia le digo que no vamos a perder ninguno de los dos el tiempo el próximo sábado. No estamos ninguno para bobadas: por su aroma y su color; porque Vd., mi bella, se engalana con sumo cuidado cada fin de semana; por lo mucho que trabajamos los dos, como dos mulas de carga; y porque Vd., mi Celia guapa, es una flor que todo lo vale, siempre con tantos colores y tan perfumada. Y yo soy un buen gallo, y algo sé ya de las mujeres, aunque todavía no me haya licenciado. En cuestión de damas uno siempre se anda estudiando y en prácticas. Por éstas, beso la cruz que heredé de mi madre, Celia, mi reina, le prometo que el próximo sábado Vd. no se me escapa. Al menos tendremos unas horas de risas. Esas no nos las va a quitar nadie.

jueves, 14 de julio de 2011

Caipirinha (De flores y gallos) ( 4 de 5)





Fue hace dos sábados.
Tuve que entrar en la discoteca y dejar la puerta sola porque llamaron los de seguridad de la sala, “Manuel Alejandro, te necesitamos…”, me dijeron.


Algunos clientes se ponen nerviosos: que si has mirado o no has mirado, que a mí mi flor no me la roba nadie, a ver si te parto la cara, que si te he dicho, mujer, que así no bailes... El alcohol o el cansancio de la semana hacen a veces más que los celos y estas peleas ocurren con frecuencia para terror de las flores, aunque la indiferencia puede ser lo más doloroso para algunas de ellas, o la falta de nervio real de un gallo, según he comprobado. Pero claro, ésta es la opinión de un gallo, aunque está fundamentada en lo que
a veces veo : mujeres tristes, apagadas, porque no les hacen caso, porque no se muestra el interés que ellas merecen.

Pasé dentro a ver si hacía falta sacar a alguien, pero todo ya se había calmado. Algunos al final son más fáciles de apaciguar de lo que parece. Se quedan dormidos, agotados en un rincón, y se les pasa. Me quedé en la barra un rato, eran las dos y media de la mañana. No había gente fuera esperando para entrar, pedí una copa con calma. Sé que no debo beber mientras estoy de servicio, pero por un día no me van a llamar la atención ni pasa nada. A mi lado un gallo de los que no saben y escarban y escarban buscando lo que no encuentran, se quejaba a otro, también, al parecer, de los expertos en cacareadas. Furiosos los dos estaban.


Me ha dicho que no la de la minifalda y las botas altas esa, la muy…” decía el primer gallo.


¿Cómo que no?, ¿qué no te daba el teléfono te ha dicho?, pero, ¿por qué?...” le preguntaba el otro intrigado.


Que está muy ocupada, y que si no he demostrado interés real con algo más que miradas de lejos en cuatro horas en las que ella ha estado bailando, pues que ya cabe esperar de mí poco o nada… Que sólo he hablado con ella al final para pedirle el teléfono como gran hazaña, y que no me lo iba a dar para tener que esperar cuatro o siete días a que le llamara y otro fin de semana perdido… que ella no está para retrasos. En resumen, que no, gracias” contó el pavo apesadumbrado

“Será puta la tía esa, será guarra…” dijo el otro como para consolarle.

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Caipirinha (De flores y gallos) (3 de 5)

Tengo que hablarles ahora de Celia y de Josianne, dos flores brasileñas de lo más granado. Flor blanca la primera ligeramente tostada, pétalos algo carnosos, hojas verdes y lustrosas, y tallo corto, firme y fuerte donde uno quisiera agarrarse. Suele irme con minifalda de las cortitas y con botas hasta la rodilla, ¡mi madre bendita!, bien bonita que me va arreglada. La otra es una flor más morena, medio india y medio mulata, como una orquídea, pero no salvaje, de las cultivadas. Delicada por dentro más que por fuera, su aroma entre cacao y selva, tiene risa de cascabel y es alta. Como una diosa me anda mi Josianne, el suelo tiembla a su paso.

Dos flores como dos soles estas que les cuento que vienen algunos sábados al Caipirinha, pero no todos, que algunos van y me fallan. Y es una pena, porque yo las echo mucho en falta.
Siempre espero a que lleguen para abrirles la puerta de la discoteca y decirles alguna gracia, porque soy peruano y sé cómo hay que hablar a las mujeres y qué contarles. Es mi tierra natal quien me ha lo ha enseñado. Aunque luego he hecho todo lo posible por entrenar ese don natural que, a poco que se trabaje con paciencia y humildad, da sus frutos, les doy mi palabra.

Pasen mis reinas, pasen. Y Vdes. todos, apártense, dejen paso a estas dos flores con reverencia. Mírenlas qué dignas y qué guapas… “Así les digo cuando las veo a lo lejos, en la cola de entrada. También exclamo en alto “¡Viva o reino do Brasil, señores!” mientras les recojo el ticket y me inclino ante ellas. O, a veces, incluso me insinúo un poco "Mis dos flores brasileñas, diviértanse, pásenlo bien en grande… “… Luego hago una pausa y sigo … “pero si pasa algo, o si no pasa, casi mejor, mis damas, que no pase nada… aquí estoy yo fuera, a su servicio, yo siempre las estaré aguardando…”. Ellas se ríen, claro.

Y es que a todas las mujeres les encanta que les hablen y les digan cosas hermosas, suaves o hasta picantes, que les recuerden lo que son, siempre flores delicadas. Además, por algo hay que empezar con ellas, y ¿qué mejor que las buenas palabras que tantos corazones abren? Luego ya caldeadas por la lisonja y el halago, si se da la ocasión, que puede no darse, vendrán los hechos concretos y exactos si uno tiene la suerte de dar con la flor adecuada y si ésta está dispuesta, que puede no estarlo. Unas veces ocurre y otras no. A qué contarles más, Vdes. ya sabrán de qué les hablo.

Así que es una pena que esté de portero yo aquí casi todos los sábados y no me pueda dedicar a lo que querría y para lo que realmente valgo: a ver si doy con esa mujer a base de intentarlo, que bien que me aplico con los hechos y las palabras. Porque yo no pierdo nunca ni el entusiasmo ni la esperanza. Estoy, además, en el lugar apropiado. Es cierto que habrá muchos gallos en Caipirinha, pero algunos sólo sirven para cacarear o pavonearse como ahora quiero contarles. Por eso los gallos de verdad lo tenemos a menudo mucho más fácil con las flores de lo que a menudo nos imaginamos, con tanto descuidado como hay, con tanto hombre tan torpe, tan poco hábil.

(El cuento completo está en Trabalibros)

miércoles, 13 de julio de 2011

Caipirinha (De flores y gallos) (2 de 5)




Desde tiempo inmemorial, así me lo han contado mis antepasados, cada sábado las flores se vienen engalanando con el bendito fin de atraer a los gallos. Del mismo modo que ellos, los gallos, salen y se lucen algo para acabar cortejando a las flores. Esta es la historia natural de las flores y de los gallos, aunque luego habrá otras de flores intocables que se arreglan sólo para mirarse al espejo, para pasar el rato o para que las amigas las envidien. Como también hay entre los gallos los que sólo saben cacarear sin llegar a nada, sujetabarras de bar o hasta simples pavos reales como ahora les relato. Pero lo deseable, creo yo, es que flores y gallos salgan para poder encontrarse, para estar luego cerca, muy juntitos andando, agarraditos, flor y gallo, flor y gallo, flor y gallo.


Y es que flores y gallos son mi mundo porque soy portero en una discoteca, ¿saben? Y soy, lo han adivinado, un buen gallo. Sólo un hombre como yo, como muchas de esas flores emigrante, peruano, treinta y tantos años, divorciado, con una herida casi cicatrizada de arma blanca de veinticuatro centímetros y medio en el costado, puede llamar gallos a otros hombres, y a las mujeres flores porque lo somos ambos. Nosotros habitualmente gallos, y ellas siempre flores, mis señoras flores, mis damas.


A mí me gustan todas las flores, aunque a veces en particular una más que otras, sin que pueda olvidar nunca a las demás que me siguen, ay, deleitando. Al menos todas las flores siempre entretienen mis ojos y mi nariz, que no los dedos ni los labios. Y esto a veces es fuente de fuertes conflictos de pronóstico complicado. Pero, en fin, ¿qué les voy a contar que no se imaginen con mis antecedentes, los que les he contado? Así que vayamos al grano. Soy un gallo ¿no? Pues eso, voy al grano.


Trabajo en Caipirinha, una disco grande de moda, música latina, bachata, samba, ballenato, salsa, baile desde 6 de la tarde hasta bien entrada la madrugada en el centro de Madrid, siempre llena los domingos y, sobre todo, los sábados. La cosa decae entre semana porque no vienen ni esas flores tan hermosas ni los gallos que son más gallos, están todos trabajando. Los sábados son por eso mi día preferido, cuando mejor me lo paso, aunque sean también cuando estoy más atareado.


(El cuento completo está en Trabalibros, por si quieres bajártelo)

martes, 12 de julio de 2011

Caipirinha (De flores y gallos) (1 de 5)



Los sábados por la tarde se acicalan muchas flores. Es el día que libran y por eso están una o dos horas, las que hagan falta, frente al espejo adornándose con otras flores amigas. A ellas les divierte más hacerlo así, en comanda.




–¿Me pongo esto o lo otro?




–Déjame que te pinte yo los ojos, que te quiero hacer bien la raya…




–Pues yo, la verdad, te veo más bonita con los pantalones ajustados estos que con la minifalda…




Risas y muchos nervios, a las flores les encanta desplegar sus encantos, salir juntas y mostrar que son eso, flores, y que tienen todo lo que ellas tienen: pétalos en su sitio, más o menos apretados, tallos bien perfilados, estambres y pistilos largos, y corolas entreabiertas como corresponde, ni de par en par, ni tampoco del todo cerradas. Exhiben sobre todo sus colores tan variados, cada una su tono y matiz: cien rosas distintos, doscientas clases de naranja, muchos rojos, violetas, amarillos, azules y hasta malvas. Y ese olor, el suyo, ninguno igual a otro, fragancia de flores y de cada flor, aroma de canela en rama, de azahar o de limón, de ámbar, alhelí o nardo, de vainilla o musgo, hasta de lluvia y tierra mojada. ¡Ay, cómo me gustan todos esos colores y perfumes, mi Dios bendito, cómo me encantan!



También el sábado se pasean por la calle los gallos. Estiran el cuello algunos porque quisieran parecer más altos, y todos, sin excepción, para otear el horizonte y ver mejor a las flores o a una flor en concreto si se llega a dar el caso. Luego, en cambio, bajan los gallos la cabeza y picotean a menudo en la tierra escarbando, buscando algo que pueden encontrar si se afanan un poco, si ponen verdadero interés, vamos. Cantan a veces esos machos y cacarean a su tiempo, o incluso a destiempo, no siempre van acompasados. En fin, también se entretienen algunos gallos mostrando su plumaje, para acabar por acercarse a las flores cuando les dejan y pueden. También cuando ellos saben hacerlo o les han enseñado.



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sábado, 9 de julio de 2011

Verde corral o primavera de Castilla (Los colores del verano, 2)

Si pudiera escoger un color del verano, elegiría el verde de algunas puertas y algunas ventanas en los pueblos. Es un verde brillante, no el oscuro, más serio, el inglés ese elegante, sino el otro, verde campo de Castilla en primavera. Con él se pintan sobre todo los corrales.

Pintaba el otro día una vecina de Boecillo la puerta de su patio de ese verde. Nosotros tenemos la del palomar así, en negro en cambio el portón que da a la calle. Lo miré dos veces. Hay que pintarlo ya, el negro deja paso al óxido que avanza. Hace feo, dejado.


Consultaré a mis hermanos, pero me gustaría que fuera ese verde brillante y optimista que recuerda a la primavera.

jueves, 7 de julio de 2011

Albino trigo segado. Los colores del verano (1)

No es amarillo ni ocre. Tampoco es solo blanco. Es el color del trigo recién segado distinto del color que tiene cuando está alto. No se parece a ningún color. Es ese y nada más que ese: color de trigo albino, casi blanco, pero sin ser blanco a secas, color de rubio trigo cortado.

Tampoco el gris de las nubes cargadas de agua es un color fácil. Gris plomo quizás, pero menos oscuro, más claro, pero no perla. Ni tampoco plomo. No, no se parece a nada. Es color gris de nube castellana cargada de agua en verano a punto de estallar la tormenta, un gris que merecería un nombre propio. A veces, cuando deja pasar el sol ya muy tarde, ese gris se convierte en uno violáceo si las nubes se dispersan y abren.

El blanco de los montes Torozos y sus estribaciones es un blanco calcáreo y manchado, casi tiza de antes. El blanco se hace ceniza de cigarro, o de leña quemada, depende de la hora en que pases.

Y las casas de adobe no son naranjas. Vienen de ser pardas en la noche, se hacen rosas por la mañana y luego se cargan de luz hasta hacerse casi blancas para volver a tomar color por la tarde.

A mediodía casi todo son blancos distintos, pero blancos. Y hay que meterse en casa para no estar deslumbrada, ciega de tanto blanco, transparente el aire, todo volumen y todo blanco.

Terminé de leer "Mi abuelo, el premio Nobel" de José Julio Perlado el fin de semana pasado, escribí sobre ella. Me ha hecho muy feliz, me lo he pasado bomba con ella. La pena es que se acaba rápido.


domingo, 3 de julio de 2011

Thoreau y el olor a hierbabuena

Cayó una tormenta breve e intensa. Llovió sobre lo ya había regado.

Por la mañana temprano vuelvo a darle a la manguera y descubro un olor nuevo. Es una pequeña mata de hierbabuena que nace tras las piedras y que yo creía desaparecida. Carlos limpió de hiedra parte del jardín y ahora se ve también un laurel tímido y verde.

Empiezo “Escribir” de Thoreau. Contiene pequeños fragmentos de su diario, pensamientos como la hierbabuena de un aroma delicado.

sábado, 2 de julio de 2011

Es gratis (No ofendes mi fe, sino mi inteligencia, ¿sabes?)

Meterse con la iglesia católica, criticar a los católicos, especialmente a los curas, -hoy los malos más malos, todos siempre pederastas-, venga o no venga a cuento, se trate de lo que se trate, está de moda, no cuesta nada. Es más: es totalmente gratis. Nadie va a decirte nada. Nadie va a contestarte.

En algunos ámbitos supuestamente culturales, de creación artística, es quizás un paso diría que obligado en este país. Forma parte del examen de iniciación, de diplomatura y de grado. Se lleva, es in, una condición que forma parte de las troncales, un tic constante se trate de ficción o ensayo.

A mi me parece que se suele unir a esta crítica, y siento mucho decir esto, el más profundo de los desconocimientos o ganas, al menos, de documentarse, de saber de qué se habla. Creo así que la crítica de antaño, con fundamento y conocimiento, con base, ha dejado paso a la más fatal ignorancia y, encima, arrogante, sentando a menudo cátedra.Tengo la sensación por tanto de que no es una crítica seria, que las hay (las había) en otros lados y muy interesantes. Porque hoy habitualmente de lo que se trata es de un latiguillo, de un eslogan o una gracia que forma parte del guión sabido y esperado: hay que meterse con lo católico como coda, inicio o final de algo.

Si te ofendes e intentas explicar que quien habla quizás no sepa y comete errores de órdago a la grande -no quiero pensar, por Dios, que se mienta a conciencia o por simple mala baba y sectarismo, por odio, es totalmente impensable- eres un facha, un extremista, un retrógrado, no tienes sentido del humor, no eres dialogante.

Perlitas de Huelva que dejo a los lectores de esta bitácora:

-Idea para un guión: se atribuye en plena década de los 70 en España la utilización de una sabana con apertura para la introducción del miembro masculino en un matrimonio católico, y en concreto, del Opus Dei. Cuando explico que esa sabana existió (yo la he visto en museos textiles franceses, por ejemplo) y que me parece que dejó de utilizarse en el siglo XIX como tarde, se me dice que seguro que hay fanáticos que la siguen usando en España. De verdad, ¿alguien se cree que solo en este siglo de luces y progreso hayamos sido capaces de descubrir, por fin, el sexo y que nuestros ancestros, abuelos o padres fueran o sean unos pazguatos en lo que se refiere a esto?

-Otra idea para un relato. Se sitúa a finales del siglo XIX a la Inquisición. Y si no la había, es lo mismo, porque los tribunales "siguen igual, como la policía, todos comprados al capital, a los fachas, a la iglesia y demás, son todos iguales".

-Se atribuye –literal- “el enriquecimiento con la muerte a los católicos porque son quienes entierran y no incineran”: es decir, la inhumación debió de empezar con San Pablo, y los egipcios y otros pueblos -griegos, romanos, judíos, por decir solo unos cuantos- debían enterrar pero por otras razones, tócate esa.

-O, en otro caso, se esgrime la oposición a la “muerte digna” de la iglesia, los católicos quieren que nos jodamos y que suframos porque sí: debe de ser que los camilos, un ejemplo, o tantas órdenes y, más que órdenes, personas individuales que han acompañado a bien morir, con lo material y lo espiritual, son insignificantes.

Estoy harta, verdaderamente hasta el alma. Pero no voy a agachar la cabeza ni en una clase, ni en una librería, ni en un bar, ni en Urueña, ni con amigos o colegas en ninguna parte. Y por supuesto que me tomo personalmente esto, claro. Precisamente porque es mi cabeza de lo que se trata, es mi inteligencia a la que se ofende con semejantes papanatadas y chorradas. Por eso me enfado tanto.

viernes, 1 de julio de 2011

Desdolida

Ha hecho demasiado calor. Aunque pusimos el riego automático hay que estar encima de los árboles y arbustos a los que éste no les alcanza. Tenían hongos o bichos algunas plantas, pero ahora me encuentro con varios arbustos machacados tras la calorina del pasado fin de semana. Al insecto o lo que sea le gusta la falta de agua y se crece así.

Miramos preocupados las manchas blanquecinas que avanzan. Hay demasiadas hojas amarillas. Es muy raro. De camino vi varios chopos amarillentos en la autovía de los pinares, y otros ya coritos y totalmente desecados, parecían muertos, en la carretera de Simancas. No sé qué pasa, es demasiado temprano. Debe de ser una enfermedad muy mala.

Vamos a quitar la enredadera del suelo y a poner, quizás, uña de gato, que es fuerte y se extiende rápido. Pediré consejo, no vaya a ser que como su predecesora nos invada y levante el empedrado. También me gustan las adelfas porque son duras. Las que tenemos están crecidas y bastante sanas a pesar de las heladas que soportan en invierno. Se lo comento a Carlos.

-Desdolida, la adelfa es muy desdolida...

Ya se lo había oído decir varias veces, pero me quedé pensando.

En Urueña pregunté si alguien había oído la palabra. No está en el diccionario, pero es evidente que significa “que se duele poco”, resistente, con aguante.

El lunes 4 empezamos la actividad “La literatura está en la calle” en Boecillo con Carlos como primer invitado. El libro será “El bosque animado” de Fernández Florez. El lunes 11 pondremos la película del mismo nombre dirigida por José Luis Cuerda. Estoy muy ilusionada.