“Marian soltó un suave quejido y se derrumbó. Se quedo muy quieta después,
ni sangre había. La miré. Ahí estaba en el suelo, mi primera víctima, ¿o solo se
había desmayado por el golpe? No lo comprobé. La botella de champán,
contundente como arma, había quedado intacta. Uf, menos mal. La quería para
despedir el año 2010 y darle la bienvenida al 2011”. La chica me está mirando como si no creyera nada de lo que le acabo de contar. Hay un silencio breve roto por dos preguntas.
“Y entonces, ¿qué hiciste con ella?, ¿y cómo saliste de allí? Porque su cadaver nunca se encontró. Ni rastro hay de Marian hasta hoy… El cuerpo, Nuria, el cuerpo, ¿dónde pusiste el cuerpo de Marian Zapico del Real?”
“Soy una mujer digamos que fuerte a la que algunos diseñadores considerarían gorda. No mis amigas, por supuesto, que siempre me dicen lo mucho que he adelgazado, y ahora más. Marian era muy poca cosa, siempre a régimen permanente, aunque no estuviera ya en televisión. Por eso la pude meter en su propio coche en los asientos de atrás, no pesaba nada. La tapé bien con una manta que llevaba en el maletero y me puse su gorro y sus gafas de sol. Salí conduciendo haciéndome pasar por ella. Los cristales oscuros del automóvil impedían que se viera bien el interior. Me abrieron así las puertas del garaje de la radio. Creyeron que yo era ella, que ella era yo.
Luego, una vez en la calle, tuve que pensar rápido, scenario managment lo llamaría mi hijo Santiago, el que vive en Estados Unidos: Escenario 1, Marian está realmente muerta: entonces ir a escenario 1.1.; Escenario 1.1, ¿Cómo me deshago del cadáver?, ¿y qué hago con el coche después?; Escenario 2, Marian no está muerta: pasar a escenario 2.1.; Escenario 2.1, rematarla sin falta y, tras resolver esto, pasar al 1.1.en directo. Al final era verdad que iba a necesitar algo de método, porque en el mejor de los casos yo estaba en el escenario 1.1. y sin saber qué hacer con el cuerpo de Marian ni con su coche además…“.
Noto a la chica incómoda, sin la concentración con la que hasta el momento escribía. Se revuelve en su asiento sin parar. Debe de ser que le estoy metiendo un rollo de impresión, que me pierdo en lo que le cuento… Y es verdad. Tengo un poco de lío en la cabeza, confusión. No tengo muy claro qué pasó después, en la madrugada aquella del día 28. Pero además, en este momento, es como si volviera a revivir, como si fuera presente aquella huida fatal que estoy recordando… ¿o es presente quizá…?
¿Estaba hace un año o es hoy, 28 de diciembre de 2011? ¿Ocurrió entonces o es ahora cuando tiene lugar esa huída singular?

Vuelvo a percibir el olor del cuero, la luz suave, la madera del interior del coche de Marian cuando se lo cuento a esta mujer en esta sala, que no sé bien ni dónde estoy. La luz que tanto me molestaba me vuelve a cegar. Y me parece que hay alguien más aquí, una presencia distinta a la de la chica que se empieza a desvanecer. Ni sé quién era ella ni sé quién más está aquí. Vuelvo a cerrar los ojos, mejor así.
Entonces soy consciente de la señal de reserva de gasolina, ahí está. No me di cuenta hasta ahora, lo que me faltaba. Bueno, seguro que puedo tirar con la que hay, estos coches buenos dan mucho de sí. Así que cojo la M30 y como una autómata conduzco sin rumbo fijo, sin pensar, horas, no sé cuantas, sin parar.
Está amaneciendo y acabo de entrar a la carretera de Colmenar Viejo, la 607, camino al puerto de Navacerrada, y estamos en pleno invierno, vaya por Dios. ¡Como para tener que poner las cadenas de un coche que no es el mío y con un cadáver o una mujer medio muerta detrás!Afortunadamente no parece haber nevado mucho esta Navidad que tan suave está siendo en Madrid. Cayó una helada esta noche, eso sí.
Comienzo a sentir una tranquilidad cada vez mayor, siempre me relajó conducir. Va desapareciendo la angustia, la sed se me va. Es como si entrara en otra dimensión. Ni siquiera me molesta el móvil de Marian que suena por algún lugar del coche. Porque el mío no es, desde luego que no. Es un tono nada habitual, un pitido insólito para un teléfono. ¿Será su móvil ese sonido constante, cada vez más largo? Bip-bip, bip-bip, bip-bip, biip, biip, biiiip, biiiip, biiiiiip
“Vamos a ver Nuria, lo del cuerpo ¿qué hiciste con él?, ¿dónde lo pusiste? ... El cuerpo, Nuria, el cuerpo, ¿dónde está el cuerpo de Marian? “
La chica que toma notas a mi lado ya no está, es como si me interrogase alguien. Hay un hombre en la habitación, tiene cara de inspector y de pocos amigos además. Me está agobiando tan cerca, no me deja ni respirar. Ahora tengo frío y calor, ya ni sé, y sigo sin soportar la luz. Además no llego a recordar lo del cuerpo en este momento, si está muerta Marian o la tuve que rematar luego… ¿Y qué hice al final con ella, con su cuerpo, qué hice yo…?
El coche, sólo el coche de Marian. Yo en el coche y la carretera, nada más.
El teléfono comienza de nuevo a sonar con pitidos más largos y seguidos, más. Que suene, ni me molesta. Bip-bip, bip-bip, bip-bip, biip, biip, biiiip, biiiip, biiiiiip.
Y es que en este momento sólo tengo conciencia de la formidable
sensación de conducir un Jaguar verde. Porque eso era, eso es,
el coche de la Zapico: un auténtico Jaguar en un verde inglés
exquisito, una auténtica preciosidad. No me había dado ni cuenta de lo que era al
cogerlo en el garaje por los nervios y las prisas al matar. Caigo
más adelante, cuando he conducido toda la noche, con este sol espléndido
del 28 de diciembre, a la altura del Parque Natural de la Cuenca Alta del
Manzanares.
"¡No me lo puedo creer!, pero…
¡si tengo todo un Jaguar
entre las manos!"
Un pedazo de Jaguar conmigo dentro se desliza por la carretera casi
desierta, pasando él y yo de radares y controles de velocidad. Sé que estoy hecha para la vida en general y la buena vida en particular. La botella intacta de la Veuve Clicquot en el asiento delantero del Jaguar es una evidencia palpable de que me gusta vivir bien. Y eso también es conducir este coche: una experiencia impresionante sin la cual no se debería ir nadie al otro barrio. Las manos en el volante, levantándolas cada vez más, dejándome llevar por el Jaguar que parece saber dónde vamos, confiada ya. No hay nada más que hacer a punto de acabar este año, en una dirección que yo no decido, ¿qué más da?, con el cuerpo de Marian Zapico del Real vivo o muerto detrás, y el pitido ese de fondo. Anda que no hay diversión: el Jaguar y yo, yo y el Jaguar, fundidos, uno solo, velocidad y comunión perfecta, él parte de mí, una extensión natural de mis brazos y piernas avanzando hasta el final, yo también maquinaria y carrocería perfecta, elegancia, clase y estabilidad.
Han tenido que pasar cincuenta y pocos años para caer en ello: no me merezco nada menos que esto, y de ninguna manera voy a tener menos ya. ¿Cómo he podido conducir antes coches que no fueran este impecable Jaguar verde? Incomprensible: ahora sé lo que es conducir de verdad. Lo demás es otra cosa que se le puede parecer algo, pero que no llega a ser lo que con propiedad se llama conducir. Conducir es conducir siempre un Jaguar y nada más. Ligera, ni mi peso noto, ni el roce de la carretera; rápida, a la DGT que le den, y al carnet por puntos también. En ese momento soy realmente mortal. Sé que lo soy a toda velocidad, hacia arriba y sin parar.
“Nuria, venga, no te vayas por las ramas, no te vayas, por favor… ¿Qué hiciste con el cuerpo?... ¿Lo vas a contar o no? “

Una voz me insiste a lo lejos. El bip del móvil de Marian o quien sea al fondo, un pitido ya constante en mis oídos, nada molesto, simplemente está. Biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip
Sigo con el Jaguar. No me quiero bajar. Me estoy acercando hacia la montaña que se ve al final. No tengo miedo. Me lo estoy pasando genial.
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