Pero no todo es felicidad en este viaje en el Jaguar. Aunque no debiera decir “viaje”, realmente no viajo en el Jaguar, él y yo somos uno de un modo que no se puede explicar. Y es que, de repente, por el retrovisor, he visto que una mano de la Zapico asoma ligeramente tras la manta con la que la cubrí. Tiene una pulserita con uno de esos colgantes de Tous, un osito de plata, ese muy pequeñito que llevan algunas mujeres. Y me está mirando, mudo como es, sin boca, no puede hablar.
Sonrío con condescendencia. Le pega todo a Marian el osito de Tous,
ese detallito de cursilería final.
Tranquilidad: nadie desde fuera puede ver el interior del Jaguar por los
cristales tintados, no hay cuidado. La Zapico está tras la manta, oculta
hasta para mí, tan delgadita que ni se la nota. Sólo el osito de Tous sale por un pliegue del tejido de lana, colgado de la muñeca de Marian estrecha como la de una niña. Y únicamente lo puedo ver yo y él a mí, nada más.
Bueno, venga, yo a lo mío, al Jaguar. Que mire el osito todo lo que quiera desde el asiento de atrás.
Vuelvo a conducir a pleno pulmón, encantada de la vida, feliz, cogiendo una curva y luego otra, a toda velocidad. ¡Qué placer!
Preciosas las encinas y los pinos más adelante, el cielo brillante, hoy hace un viento infernal y helador. La montaña de la Maliciosa al fondo, tan azul y misteriosa, acercándose ya, acercándome yo. La hierba, muy verde; el ganado, suelto y comiendo; y yo, subiendo hacia el puerto de Navacerrada, con la música a todo volumen, buen soul, blues y rock. Estupenda selección la de Marian, qué sorpresa, qué bien. Pensé que iba a tener a Celine Dion y al Divo, pero afortunadamente no.
Más velocidad, más; más comunión, más, entre el Jaguar y yo. Sin frenar ni acelerar, simple potencia en acción, directa y arriba, suavidad y facilidad en cada giro, en cada cambio de la carretera.
Vaya, hombre. El osito de Tous sigue ahí, qué pesado. Los dos ojos fijos,
sin cerrar, mirándome. Es un tostón. Nada, que le den.
Venga, otra vez, despego casi, no toco el suelo, huy, qué impresión.
Pero no hay manera, no. El Jaguar, todo equilibrio, no se mueve ni tiembla por dentro, permanece muy quieto en su interior. Así que el condenado osito mantiene bien su mirada en mí, en el espejo del retrovisor, no la quita el muy…
Vamos, a lo que hay, la carretera, el Jaguar, yo. Yo.
Pero no. Definitivamente no hay nada que hacer. El maldito oso continua ahí con sus ojitos de par en par, más grandes de cada vez.
Mierda, mierda, mierda…
La vida es complicada: no se puede
disfrutar ni cuando estás conduciendo un pedazo de Jaguar
verde con un cadáver o una mujer medio muerta detrás.
Ni aún así te pueden dejar en paz …
Todo porque a un puñetero osito de Tous le da por estar mirándome sin parar con sus dos ojitos que no cierra jamás, dos puntitos, sin pupilas siquiera, una bobada de osito además.
Es una ingenua figura, una caricatura de oso, una representación infantil, todo pura ficción, un simple invento humano, nada más; un oso en definitiva para niñas, no para mujeres adultas como yo, con todo un Jaguar entre las manos, osos a mí.
Y en este momento, ¡zas!, la molestia de la mirada osezna deja paso a algo peor: caigo en la cuenta de que me he cargado o casi a una estrella de la radio, una pelmaza, eso sí, que había llegado a comprar un osito de Tous, o se lo habían regalado, peor aún, toda una muestra palpable de su inocencia total. He matado a una inocente, una víctima más. Alguien que lleva colgado un osito de Tous tiene que ser como los Santos Inocentes, no cabe otra explicación. Y yo la tengo detrás, hecha un fiambre completo o a medio hacer por obra de mi propia mano y de la botella de la Veuve Clicquot que, a Dios gracias, quedó intacta, menos mal.
Pero, ¡por Dios bendito!, soy un animal, bruta como un arado, sin piedad ¿Qué he hecho y qué estoy diciendo, además, de la viuda y del champán, con un ser humano detrás medio muerto o ya cadáver? Necesito descargar mi conciencia de algún modo de la terrible sensación de haber arrasado con algo, alguien, que debía haber compadecido de corazón, mirado como lo que es: una inocente, una víctima más de su propia maldad o estupidez, de ambas a la vez quizás.
Una inocencia de fondo total es la suya, la de Marian Zapico del Real. Ahí está el puñetero osito de Tous para demostrarlo, para demostrármelo. Sólo le falta hablar al pobre oso y decir "¿cómo están Vdes.?”, aquel saludo de los payasos de la tele. ¿Cómo no pude ver yo esa inocencia de Marian tras su tonta maldad? ¿Cómo soy incapaz de darme cuenta, de no saber ver más allá?
Entonces el Jaguar verde empieza a desvanecerse. Se deshace primero el volante entre mis manos, los asientos luego y la parte de atrás, incluyendo, afortunadamente, al osito de Tous, al que tengo una manía totalmente irracional. Todo fuera se esfuma también, carretera, vacas y hierba, encinas y pinos, se funden en polvo, se los va tragando la oscuridad.
Mientras, la montaña de la Maliciosa se crece ante mí, impone su sombra
y me abraza con su cálida penumbra ya gris, negra al final. Me dejo acoger
por sus tinieblas, no hay temor. Y aparece algo ahora que no sé bien qué es, un vacío o sólo un hueco, una fuerte presión en el pecho y una doble llamada de fondo, "ven" y "no te vayas", las dos a la vez y por igual.
En esta oscuridad y este vacío que no me dan miedo yo creo que debería saltar.
Pero no sé bien hacia dónde.
¿A qué llamada seguir? ¿A la de ven? ¿O a la de quédate? ¿Hacia delante o hacia atrás?

Ya es rara en mí esta indecisión.
.... ¿Y si mejor sigo donde estoy?
Porque sin moverme, quieta, en la inacción y sin ver, siento una gran paz.
Quizás me quede un tiempo así.

2 comentarios:
Definitivamente enganchada.
Gracias por leer, Cósima, un abrazo y lo mejor para ti y tu hija.
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