Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Porque no todo es luz



Porque no todo es luz
y hay sombras, huecos y escaleras,
sé que por ahí anda una verdad siempre
pequeña.

Porque no haces lo que espero,
tampoco lo que debieras,
y suenan tus palabras
duras, lejanas, ajenas,
estás cada vez un poco más
cerca.

Porque una risa en la noche
no borra nunca
una pena,
y da igual el cómo o el dónde,
si eres alguien o cualquiera,
ahora tu compañía ya
cuenta.

A veces es la falta de luz lo que
consuela.

Déjame a oscuras, por favor, todavía no
enciendas.

Foto: Alejandro Schifferstein

martes, 29 de septiembre de 2009

Techos de cristal



La vida nos propone continuamente retos. Es como si viviéramos en casas con techos de cristal mientras llueven pedradas. El reto no es cambiar de techo, sino compartir tejado con otros planteamientos que seguramente son también frágiles si sus habitantes son lo suficientemente valientes como para reconocerlo.

Comprobamos a menudo cómo nuestras convicciones que pensamos robustas y consistentes pueden quedarse hechas añicos si no somos capaces de entrar en un planteamiento que nos deje salir de casa si el cielo se nos viene encima.

Siempre hay alguien capaz de tocar los cimientos de nuestras ideas.

Por mi parte lo tengo claro: prefiero vivir bajo un techo de cristal a hacerlo entre puertas cerradas a cal y canto y muros que aíslan.

Internet y la blogosfera pueden facilitar la revisión de los propios planteamientos tanto de forma como de fondo. Aquí podemos exponernos y contaminarnos en el mejor sentido de la palabra, a una mayor velocidad y también con una mayor libertad. Con los riesgos y fallos propios del medio u otros que éste acentúa, por supuesto, pero también con una mayor posibilidad de rectificación y otras ventajas.

Reconocer que nos hemos equivocado puede no ser fácil. Muchas veces olvidamos el poder de la palabra con la que podemos herir pero también invitar a la reflexión.

Si al final no nos dejamos arrastrar por la rabia y recuperamos la capacidad de pensar podemos dar un paso adelante y hacer un intento de empaparnos en la lluvia de ideas de otros que, aunque mojan, también refrescan.

Supongo que lo que nos hace mas fuertes es precisamente reconocer nuestra fragilidad intrínseca y así hacernos más fuertes para seguir viviendo bajo techos de cristal.

Fdo. Alfonso Carlos y Aurora Pimentel Igea.

PS: Escrito a pachas o al alimón con Alfonso Carlos. En fin, de todo se puede aprender, y desde luego que de todos, muchas gracias. Si se mira con atención a la foto, se ve que Alfonso Carlos tiene cierto parecido a alguien que acoge al otro  (yo es que me afeito el bigote desde hace tiempo) (coño, que no va de rendiciones, sino de rectificaciones y actitud ¿eh?) (no va de malas, que ya sé que eres pacifista, Alfonso Carlos, pero yo no lo soy je je)

PS 2: En cualquier caso, ambos hemos pensado en ir proponiendo cosas para eso de los techos de cristal, la contaminación y el debate civilizado, ya os lo diremos, tenemos un par de ideas al respecto para la blogosfera, a ver qué os parecen.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Médico de pueblo (Introducción a "Interjecciones")


Vivir en un pueblo tiene estas cosas. Es un pequeño universo donde la enfermedad es más evidente. Veo a Matías en el bar, es el borracho del lugar, el que mueve a la risa con su bamboleo y su hablar entrecortado. Como no molesta mucho, los vecinos le toleran y hasta le jalean. Su enfermedad no va con ellos y les resulta incluso graciosa. Rara vez viene Matías a mi consulta. Su alcoholismo le dejó trabajar y vivir bien durante años. Ha ido lentamente instalándose sin síntomas apenas, sólo ahora empieza a pasarle factura en su soledad de cuarenta años. Yo lo sé pero poco puedo hacer. Le abrazo en el bar y hago que coma algo caliente.

Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Sabes que tu medicina es limitada, aunque algunos de tus vecinos tengan una fe inquebrantable y casi inexplicable en ti. Soy el doctor y como en otras fuerzas vivas de este pueblo se confía en mi poder de un modo a veces casi infantil. Hay quienes buscan que les recete la pastilla de oro, el tratamiento ese mágico y fácil que les curará de sus dolencias. Otros quieren la sabiduría de un diagnóstico certero bajo nombres incomprensibles, cuanto más incomprensibles, más les gustan, es curioso. Ellos mismos ponen a veces unos nombres inventados para lo que tienen. Y los remedios, a veces también se los inventan, a cada cual más raro: "el agua por la mañana bebida en ayunas encomendándose a San Expedito".

Yo sonrío y no corrijo. Les dejo hacer a menudo, total, no me cuesta esfuerzo: que me digan lo que creen que tienen, que me pidan esa pastilla en la que confían a pies juntillas, que me vengan a ver o incluso que no se pasen por la consulta y hasta que se automediquen con cierta prudencia.

Vienen otras veces como en procesión a mi consulta con pretensiones chocantes, sin poderse explicar a menudo. "Doctor, que tengo un dolor como por aquí que me sube y que me baja entre las cuatro y las seis de la tarde..." Es María palpándose la cadera. Le pregunto lo evidente: "Pero, hija mía, ¿tú cargas con mucho peso?" "Pues ahora que caigo, un poco...".

Decir lo sencillo es a veces lo que no se puede decir.

Cargar con un saco de doce kilos de pienso de los cerdos es la lógica causa de la dolencia. Pero ella quiere la pastillita milagrosa que le hará enfrentarse al dolor con seguridad mientras sigue cargando, una y otra vez. Dejarlo nunca jamás, para ella es imposible, no puede imaginar su vida sin ese fardo, el ir y venir del corral y al corral, los pies sucios y agotada con tanto trajín. Se ha acostumbrado casi hasta al dolor aunque le sea molesto.

Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Sabes que todos tus vecinos están enfermos, que son enfermos. Incluso los que piensan que no lo están ni lo son. Conoces sus antecedentes familiares y has trazado su historial clínico desde hace tiempo, vengan o no a tu consulta. No hay enfermedades sino enfermos, qué gran verdad. La humanidad son enfermos de gripe, cáncer, reumatismo, obesidad y, ahora, anorexia. Enfermos con pulmonías en invierno, úlceras de estómago en primavera y muchas otras dolencias ocultas, conocidas y desconocidas. Algunas se hacen crónicas. Por todos siento la misma compasión, por los que se pasan por aquí y me reverencian en cierto modo y por los que ni me saludan por la calle, esos que piensan que el médico cuanto más lejos, mejor.

Siento una ternura especial por quienes cuidan de su salud, siempre temerosos de los malos vientos, de las bacterias o viruse, viviendo entre algodones, con mil cuidados. No saben que cualquier día se los lleva por delante una enfermedad desconocida, tan expuestos están como los demás. Ser hombre es estar enfermo, bien lo sé yo.

Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Vino el otro día Pablo, buen hombre, le notaba triste y muy desmejorado los últimos meses. Me lo encontré el miércoles en el mercado y le anime a visitarme. Vencí su natural timidez y resistencia con afecto y bromas. Hay hombres que no van al médico aunque se encuentren muy mal, ni muertos quieren venir. Se quitó la camisa sin ganas y como con miedo todavía, lo ausculté con calma. Hablamos un rato.

Al irse me preguntó Ana, la enfermera "¿Qué le ocurre a Pablo?"

"Nada que no hayamos visto, Ana, otra forma de mal de amores", contesté.

Sonrió Ana.

Podría haberle dicho a Pablo que no buscara con tanto ahinco en el lugar equivocado, una y otra vez. Pero soy médico de pueblo y sé que no servirá de nada. Se le pasará.

Estoy para curar y, cuando no puedo, que es la mayoría de las veces, simplemente acojo.

Ahí va Pablo, el corazón roto de parte a parte, abierta la carne y a la intemperie. Sólo Ana y yo lo podemos ver.

(Entrada ya publicada el 19 de marzo y el 18 de agosto. Lo vuelvo a hacer por varias razones: la primera, como un gracias; la segunda porque va a abrir una serie de ficción -como este texto es- que se titula "Interjecciones" de 7 relatos; y la tercera porque no tengo tiempo hoy, estoy concentrada con otras escrituras. Feliz domingo a todos)

viernes, 25 de septiembre de 2009

A menos que cero (un año y un día)



A veces se empieza desde cero, la temperatura justa que dijo alguien. Un año y un día de blog hoy, y todo comienza de nuevo ahí, siempre ahí, a cero. Pero también cabe menos: se puede estar a menos que cero en todos los sentidos posibles.

Libertad y palabra son términos intercambiables a veces, un espacio propio, no pretender nada más que escribir, aunque también era cierto que eso te preparaba para otro comienzo a cero o a menos que cero de algún modo. Así es la vida, empezar no desde el principio, sino con nada o con menos que nada, una y otra vez.

Aprender primero de otros y de muchas maneras. Ya se lo has dicho a algunos, a otros ya se lo dirás, hay tiempo. Donde menos se la esperaba saltó la liebre. Zas, internet, una ventana a otro mundo, a otro orden o caos, tono, temas. En aquella ocasión caíste en la cuenta: ahí estaba, era eso, justo eso que tú sentías y veías  y no podías llegar a expresar, era eso. La palabra ajena a veces sirve para ver esa propia que no llegabas a poder formular por falta de contraste, ese silencio interno que posiblemente protege pero que también uniformiza y no facilita nada la palabra, nada. Al verlo tan bien escrito todo encajó y mucho se te acabó por desmoronar.

Muchos, muchísimos y bien diversos “ahí está, es eso” han sucedido desde entonces desde otros lados. Ahí está esa lejanía elegante o esa proximidad cálida, un modo de decir algo o también de no decir nada, ese giro, un arranque o un final, un tema mínimo o un gran tema, resistencia o avance, la persona y también un personaje, espacio y ritmo. Eso que tanto te gustaba o precisamente eso otro que odiabas y te acaba por gustar, novedad y tradición, brillantez y también esa penumbra que te atrae, el ingenio o hasta el genio duro y puro, mucho oficio al escribir a veces, lo notas detrás, respira oficio y tiempo dedicado, otras no hace ni falta, va de otra cosa y no pasa nada. Gracias a todos ellos, muchas gracias.

Luego de bruces tú con la escritura, porque cuando no se busca es cuando encuentras. E igual que ocurrió con dar clases, otro regalo inesperado en la madurez, así ha ocurrido ahora. De frente y de repente atreverte con la ficción y saber que no sabes nada, también que estás aprendiendo, pasándolo mal y bien. Enfoca aquí, allá pon sombra, demasiada luz nunca es buena, ahora duerme lo escrito, límalo en este momento, luego olvídalo otra vez un tiempo. No quieras nada más que contar una historia, una mentira bien hecha, perfila los personajes y déjalos luego que crezcan, elimínalos con decisión o déjalos más en sombra cuando sólo distraigan aunque tu tengas que empezar casi a cero, no tengas miedo de volver a empezar casi de nuevas, no es de nuevas. Escribir es elegir y tirar incluso lo que te parece bueno, dejarlo para otra ocasión si no sirve más que para entretener, si emborrona. Cuidado con el roce y el conflicto que planteas, pon más distancia, sé más fría, más laboriosa, viga y bordado, las dos cosas. Atrévete en cambio ahora, no seas ahí cobarde, previsible, complicada, cómplice tampoco. Siente el ritmo de la historia, deja que ella te envuelva y que salga a veces sola y, sin embargo, piensa mucho más en ella, no cedas jamás en pensar 300 veces las cosas, las que hagan falta. Y observa, siempre observa y toma nota. Pon fecha y rutina de oficinista al escribir y a la vez no tengas prisa alguna ni costumbre, no seas vaga, aprende también cuando no lo estás siendo porque estás trabajando la novela de otra manera. Imponte y a la vez no te impongas jamás, sólo narra una historia, nada más que una historia donde manda la narración, no tú.

Una seguridad aplastante en lo que estás escribiendo y a la vez dudas constantes, una soledad añadida y más dura que la que habías conocido nunca. Ya si llegas a publicar será la caraba, una gran alegría, pero sin eso ¡qué gozada ya y qué regalo! Toda escritura trabajada es siempre un regalo, atreverse a abordar una novela es, con todo el esfuerzo que supone, un estupendo regalo que la vida te da y que se inició a través de una bitácora: quizás no hubiera surgido sin ese entrenamiento diario. Y contra lo que parezca, es más soberbio el que no le importa nada llegar a publicar jamás que aquel que no escribe si no tiene editor o visos de tenerlo. Al primero le sobra con la satisfacción interna de haber podido, el orgullo está más metido dentro, quizás con otras cosas que no son solo soberbia: necesidad de escribir, obligación casi, un compromiso con esa historia que luego da igual si llega al papel o no, mucho menos si la leen o no ¿qué más dará ya? Una cosa es que te guste y apetezca, que lo agradezcas, y otra que sea lo más importante. Lo más importante es siempre llegar a saber contarla, es el proceso lo que tiene algo de droga, esa es la droga, una lucha constante desde el quiero, hasta el puedo y luego el sé.

Vuelta a la bitácora, álogos y comentarios, exponerse siempre porque cuanta más carne en el asador, cuanto más esfuerzo y más se escribe o se dice, más se puede equivocar uno, claro. Miedo a ver el contador, ni verlo quieres. A la vez otro miedo, a ser frívola al comentar en otras bitácoras. Y no quieres hacerlo. Quisieras pedir disculpas primero a quienes molestaste incluso con un requiebro no medido, con un halago que sonó a lo peor hueco, precisamente porque no quieres clubs, coros, círculos de iniciados ni de expertos, colegueo o enfrentamientos vanos,  hacerte omnipresente o saltar sin ton ni son de un lado a otro, nada de eso. Por respeto, sólo por respeto, sabes bien que no todo es igual aunque todo pueda ser bueno y tenga siempre su valor, pero no quieres decir lo mismo o comentar por comentar, ni siquiera por saludar, ni siquiera eso a veces. Juega el cariño y la simpatía, claro, la admiración y el simple agradecimiento también, bien está todo, pero no: cada persona se merece tu verdad -nada más que tuya, mínima- o tu silencio -solo tuyo e insignificante también- cuando comentas o cuando no lo haces. Y no porque tengas peso alguno con lo que dices o dejas de decir, es precisamente por un profundo respeto a cada casa, a la escritura de cada uno y al peso que tienen ellos, cada uno, cada vez que escriben: cada entrada es diferente y se merece ese respeto, una palabra con peso, nunca resolver un comentario de un plumazo, o un silencio también con su peso distinto, nunca igual, nunca lo mismo o con el mismo significado. Nunca estar por estar, ni pasar por pasar, ni discutir por discutir, ni estar de acuerdo por estarlo, jamás contemporizar o hablar por hablar, eso no.

El silencio tiene un triple filo, puede que más: el de no me interesa o no me gusta lo que (te) leo hoy -por el contenido o por el estilo - y por eso no comento; el de no tengo realmente nada que decir en esta ocasión porque no conozco el tema o me pilla muy lejos, es demasiado para mí en uno o mil sentidos; y otro, mucho mejor y a veces desconocido, que puede ser me encanta tanto esto que escribes que mientras no sea capaz de decirte bien y con hondura lo mucho que me gusta no voy a hacerlo, quizás no puedo hacerlo, no me sale hoy, o ya hay tanta gente que yo no te voy a decir nada nuevo, etc. Nunca intentar quedar bien, ni formar parte de nada, ni a favor ni en contra, ni coro ni voz cantante, ni siquiera corresponder, tampoco eso, ni caer bien o mejor o menos mal, sabes lo fácil que es el mamoneo en la vida, estás harta de distintos mamoneos, y aquí por razones muy diversas, todas muy humanas y comprensibles, se puede dar, y tú no quieres caer en él. Y has podido caer a veces sin querer: mis disculpas.

Pero lo peor no es eso, bien lo sabes: has caído más veces en cosas peores. Difícil equilibrio ese otro del respeto y decir lo que piensas de algo que dice alguien y que te parece injusto, frívolo y sin ningún peso ni fundamento, de demostrárselo de modo contundente porque sabes, puedes y lo que más pesa, el cuerpo es como si te lo pidiera, zas, pero sin perder jamas el tono ni hacer daño aunque nunca sea de modo intencionado. También de defender tu propia casa contra viento y marea de la ligereza reinante o del barullo creciente, de trolles, críticos y correctores de estilo o pelmazos que hay muchos y muy diversos, tú misma lo puedes ser, bien lo sabes, esto tan largo es la muestra. Difícil equilibrio con un balance final que arroja eso: menos, muchísimo menos que cero. Así es. No importa nada por uno mismo, importa por la herida que se puede causar a alguien, por un público escarnio que no merece nadie o su alejamiento a lo realmente importante, nunca la reputación o fama, el blog o quien está detrás, que es siempre lo de menos y que te importa muy poco o nada, no pretendes jamás ni compañía ni adeptos. Sólo escribir y hacerlo mejor.

Sin querer, sin darme cuenta, he podido caer en la frivolidad de exponer aquí a quienes más quiero, a mi familia, nada importante suyo, bien es cierto. Jamás contaría algo que les dejara en mal lugar, además de que es que no existe, pero es lo muy bueno incluso que cuentas lo que les puede poner en un extraño riesgo, y por eso a su petición quité un par de entradas de más de doscientas treinta y modifiqué otras tantas, como se ve por las etiquetas muchas, muchísimas sobre familia, pero ahora con un doble cuidado: les agradezco que me ayuden a afinar cuando ya no doy más de sí, que sean sinceros y me lo digan cuando lo ven.

Por todo eso, muchas gracias a todos, perdón en su caso a algunos y a comenzar siempre de nuevo aquí o en otra parte, da igual, se piensa y se verá.

Resumen del año y del blog: a menos de cero, a mucho menos que cero. "A menos que cero", creo que puede ser un buen título de un libro, un buen resumen de 366 días de esta bitácora. En fin, veremos.

PS: Pero además 14 amigos y conocidos nuevos y muchos más epistolares o de teléfono a través de la bitácora, increible. Son también una gran alegría inesperada y no buscada al empezar, tampoco se entiende mucho cómo ha podido suceder ni como pueden mantenerse y siguen a pesar de los pesares. Gracias a ellos, siempre, y en fin.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Anticlericalismo y antiojeras 2)



En fin, una a veces cree ver algo donde no lo hay, o hay lo de casi siempre (ver 3, por favor), la vida es así de dura. Sigamos con los tipos de anticlericalismo.

2. Anticlericalismo 2, o sea, de quienes han realizado un proceso intelectual más allá del simple encontronazo vital y/o con (algunos) miembros más que representantes de la iglesia (católica) (sí, los curas no son representantes, son tan miembros de la i. católica como yo, no más, siento dar estas malas noticias), o con alguno de sus mandamientos (6 y 9 habitualmente). Como resultado de dicho proceso intelectual que conlleva cierta elaboración teórica crítica de peso (estoy diciendo crítica de peso, o sea, peso, no epidermis) mantienen una posición contraria de fondo, argumentada, más que contra la iglesia como estructura -les interesa este punto, pero no tanto, son un poco más profundos- contra aspectos concretos no sólo de moral en los terrenos ya conocidos, citados y trillados, sino en otros aspectos morales y hasta no morales (de nuevo lo digo:  me parece que la moral no es lo único en una religión o confesión, hay otra cosa antes que es la visión del hombre, para mí más interesante, pero habrá escuelas).

Estos anticlericales cuando te los encuentras -si tienes suerte, hay que tenerla, constato una vez más- pueden ser apasionantes, hay debate porque hay conocimiento detrás, no un simple rifirrafe. Pueden ser como anticlericales muy activos o no, y aunque como los de 1  muchos son habitualmente "culturalmente católicos" porque han recibido una educación católica y normalmente superan cierta edad (esto ayuda, por cierto, pero no siempre), a veces se insertan o más bien se colocan en un cristianismo crítico, creyente en Dios e incluso en Cristo,  aunque de corte más bien a-católico.

Otras no, otras son agnósticos o ateos, y entonces hay algo también muy interesante casi siempre.

Esta es mi opinión, quizás por la experiencia personal de haber debatido y vivido con personas que tienen algo, mucho, que enseñarme y de quienes puedo aprender para matizar y hacer dudar también mi convicción y mi visión de las cosas, intelectualmente y vitalmente hablando, ambas cosas. Siento decir esto:  claro que podemos aprender de todos, no hay duda, pero si te encuentras con alguien del 3, como es lo que pasa, no llega a haber debate ni nada, no hay peso suficiente del otro lado, y así no avanzo, no sé, me desespero, dicho esto con todos mis respetos y mi cariño personal, que lo tengo.

La repanocha poder hablar con estos del 2 y escucharles: se aprende mucho. Realmente no son anticlericales al uso: son otra cosa.

3. El anticlericalismo más habitual, lo dije en Cotta y lo mantengo. Bueno, no mantengo todo porque dije todo eso de que no iba a perder el tiempo y mira tú cómo estoy.

Este anticlericalismo 3 es el más habitual, el más frecuente, desgraciadamente. Es el de "a río revuelto, ganancia de pescadores". Al final no es un tema de anticlericalismo, es también otra cosa.

Dime lo sea que me opongo, no por nada: soy lector de Público y de El País, habitualmente no crítico (todavía quedan lectores serios del País, vivo de la esperanza, soy cristiana en eso, no quizás en cosas más importantes, ay, al infierno me voy a ir hoy por lo menos), y como Enric Sopena o Maria Antonia Iglesias en 59 segundos te voy a citar sin haber leído ni vivido un par de lugares comunes, a mezclar a Franco -que murió, coño, hace más de 30 años- y luego al PP y luego la iglesia, y la guerra, por Dios, la guerra de Irak, los yankis, todo junto a ver si cuela. Si se tiene tiempo, ver entrada de ayer y comentarios finales , por favor, lo pido de rodillas, se entenderá mejor la desesperación en la que estoy sumida ahora que no son horas de beber sino de desayunar.

Este anticlericalismo 3 no tiene ni media bofetada intelectual: pueden ser encantadores, estoy convencida, para tomarse una copa, pero si citan, es un poner, a la teología de la liberación, cortan y copian (o sea: no tienen ni pajolera idea de lo que hablan, pero como les suena, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo allí que van), y luego también -porque es el estilillo de ciertas casas- intentan desacreditar a quien tienen delante con alguna referencia biográfica por no sé qué extraña razón:  te googelizan a ver si hay algo donde pueden agarrarse ya que no tienen argumentos serios a lo que tú expones, un trabajo algo raro, una empresa con mala reputación, no sé, algo.

El anticlericalismo 3 es el que hoy vivimos y leemos.

Desafortunadamente también con el que debatimos (¿?), quizás porque internet o un blog -como la televisión- no sean el sitio correcto y es difícil que haya un debate real: un par de líneas y un eslogan viajan mucho más rápido y es mucho más fácil que escribir -y leer- que algo largo (que encima quedas peor, mucho peor, fuera de la ortodoxia y las buenas costumbres blogueras y además pelma). Sobre todo más fácil que escribir algo propio y pensado, sin acudir a terceros o citar de oídas, o a san google para la conclusión final y ya apocalíptica (que no es, que yo sepa, una autoridad o fuente de conocimiento el número de veces que cita google, pero en fin, cosas veredes Sancho, por favor, pasen y lean si quieren y tienen tiempo lo de ayer porque no doy crédito).

Por otro lado y personalmente no me gusta la apologética de ningún tipo, cuando defiendo algo en lo que creo lo hago desde la cabeza y el corazón, la respuesta oficial o la que haya que dar, de un lado o del de enfrente, me importa poco: quiero siempre (la) libertad de pensamiento, de verdad.

Es producto este anticlericalismo de los últimos 20 años de adoctrinamiento cultural por la izquierda menos inteligente y más rancia, no por aquella que merece siempre un respeto porque tiene fundamento, no lugares comunes y barnicito chorra. Hablo de izquierda pero no es correcto: hay un anticlericalismo liberal en su origen, interesantísimo ,siempre eso, que tenga argumentos, no la cosita del 1, que me hace gracia a veces, pero que no da pie a un debate un poquito más profundo que es el que me hubiera gustado, qué le vamos a hacer.

PS: En fin señores, mañana sigo con la cosa cultural del catolicismo y de anticlericalismo y, por cierto, con el  clericalismo español que también es algo muy nuestro (aunque honradamente prefiero todavía el nuestro al yanki, ya me explicaré). También con otras matizaciones diversas de todo lo anterior escrito que creo importantes:  cuando has trabajado en comunicación y en televisión sabes bien que la realidad es compleja y exige un poquito de tiempo, cosa que otros no, hala, a resolverlo de un plumazo. Lo sé, dedico demasiado tiempo a todo, a pensar lo primero, mal hecho quizás.

Odio todo tipo de mantras vengan de donde vengan, las frases sabidas y cortas, así me va, por cierto: haciendo y dejando amigos allá donde voy y en partes muy diversas. No aprendo. Hombre por Dios, que soy libre, que algo pienso las cosas y por eso escribo, aunque demasiado y soy un coñazo, lo sé. Sigo necesitando las antiojeras, las orejeras se las dejo a otros, al lado de las suyas las mías, que las tendré, creo yo que son un poco más pequeñas, me parece, pero mañana me dirán...

martes, 22 de septiembre de 2009

Anticlericalismo y antiojeras



A raíz de la entrada el otro día sobre el aborto tuve un rifirrafe del que no estoy nada orgullosa, pero nada-nada-nada por lo que a mí me toca.

En cualquier caso, poco importa. No escribo para quedar ni bien ni mal, tampoco para ningún otro fin, sino porque me gusta, no hay más. Si meto la pata, la saco, a veces no, pero lo intento si puedo. Otras insisto en el fondo, no en la forma, que es donde se pierden a menudo los argumentos, la razón y cosas mucho más importantes como son la amistad o la paz.

Dejando fuera casi todos los enunciados (creo que no son ni siquiera consejos) de Ridao de hoy, que es sabio, y enlazando con una antigua entrada de Cotta, que también lo es, retomo al hilo del rifirrafe en cuestión un tema como el anticlericalismo. Aunque quizás debiera decir el rechazo u odio a la religión o a la iglesia (católica, es por resumir) o a lo que huela de lejos a ello que es otra cosa. O incluso quizás sería mejor hacer simple referencia a las orejeras o servidumbres de tópicos y prejuicios que hoy dificultan en nuestro país el simple debate cuando no la convivencia.

De todo ello voy a intentar pensar primero y escribir después. Aunque no se crea, ese es el orden propuesto en principio, no digo que siempre lo siga. (Casi) todo está puesto para saltárselo, pienso. Pero además el enunciado 7 de Ridao que incumplo de modo constante dificulta mucho todo, así es la vida.

“A mi señor con razón y sin ella” parece ser el lema en el que podemos estar inmersos sin apenas darnos cuenta. Una de las cosas que más agradezco de los blogs es poder leer opiniones distintas, tonos, estilos, temas, con los que no estás de acuerdo o que ni siquiera veías antes, pero que te pueden hacer pensar e incluso, oh cielos, cambiar lo que pensabas, o incluso el enfoque de cómo lo pensabas. A veces el simple enfoque basta: el "marco" (framing), como decimos en comunicación es básico y sólo por el "marco" obtienes una respuesta u otra. Aunque también cabe el cambio de tus preguntas, no sólo de tus respuestas, lo cual es todavía y casi lo más interesante de todo.

Sólo pido y espero un mínimo de inteligencia, y desde luego que un poquito de por favor, quizás ambas cosas es mucho, no lo sé, creo más bien que no, aunque depende también de dónde busques. Aunque a veces sin buscar se encuentra, serendipity o chiripa en castizo.

Venga, rápido, que me enrollo, anticlericalismo, dos puntos. Pues eso, lo que ya dije, hay 3 grandes tipos. Y eso sólo para empezar, voy a seguir en las entradas que hagan falta, sean 2 más o hasta 6, con no leer el que no quiera, basta.

Eso, hay muchos tipos de anticlericalismo y ni siquiera me gusta ponerlo todo bajo el mismo “lema”. Precisamente porque nuestro país ha sido mono-religión y católico hasta anteayer y  porque el español es un señor –no digamos ya una señora, uf- que se cabrea mucho y se pone muy chulito y hasta insoportable porque lo da la tierra, esto del “me opongo por principio”  o "me opongo por principios" que, con permiso y como demostraré no son tales, tiene que ver mucho con lo que estamos viendo y viviendo en este país, también incluso en algunas partes de la blogosfera que es una parte pequeña del mundo aunque más raro.

Recuerdo para los que no leyeron a Cotta en su día (que es a quien hay que leer siempre, porque se le pone a uno una sonrisa en la cara que es algo muy importante con la crisis que está cayendo):

1. Anticlericalismo 1 (joé, macho, parezco Michael Walzer): el que se deriva de una educación religiosa, en nuestro caso católica, que ha ocurrido hasta anteayer (o sea, todos los que hoy tienen más de 35 años) y que por un desacuerdo en materia a menudo de moral sexual, quizás también por la vara de medir en esa materia, muy posiblemente por algunos excesos y defectos personales de los pobres servidores de la iglesia católica (no sólo curas y monjas ¿eh?, hasta los propios, no sé, se me ocurre hasta que estos quepan aquí, los defectos y debilidades de una misma), también de algunas instituciones particulares y muy diversas dentro de la iglesia, así como de otros factores más ligados a lo vital a veces que a la cabeza solo, han resultado en un hombre o en una mujer con un rechazo epidérmico y más pasional que otra cosa a la cosa esa que no podemos definir bien ¿es la iglesia, son los curas solo, la religión en general y la católica en particular, incluso es posible que sea básicamente un par de mandamientos incómodos los que los alejan? Lo iré relatando más adelante, aquí voy a simplificar si puedo.

No quieren ver a un cura habitualemente o al menos quieren verle lejos, salvo excepciones. No van a misa los domingos, pero tampoco hay mucho más según veo, la verdad, aunque posiblemente accedan a que la iglesia católica ratifique algunos momentos vitales como matrimonio, bautizo y primera comunión de los hijos por la influencia de la segunda parte contratante de la segunda parte contratante que diría Marx (Don Groucho) o de la familia que en nuestro país tiene todavía mucho peso, o la costumbre o lo que sea.

Estas personas, por lo menos las que yo conozco y quiero, creen en Dios en su amplia mayoría, en Jesucristo también, y en bastantes cosas de la iglesia (católica, especifico), aún con matizaciones (todo esto en otra entrada). Aunque en algunos aspectos o ellos mismos en general mantengan de vez en cuando un agnosticismo blando, un escepticismo o dudas sobre la “materia” que tratamos, que yo califico al menos de sano, hasta de sanísimo por cierto. Un sano escepticismo, he dicho y lo suscribo.

A mi es que las dudas en general me encantan, como me encantan las preguntas y las respuestas, casi más las primeras. La rotundidad se la dejo siempre a la Belluci que es la experta. ¿Para qué ponerse rotunda existiendo mujeres así? ¿no?. Sobra la rotundidad casi siempre, a ver si tomo nota.

Y aclaro un punto interesante en este área: se puede tener fe y tener dudas, no ser una maquina bulldozer, y entre los creyentes, digamos que hasta practicantes de eso que llamamos fe católica, hay muchos que comparten dudas, miedos, idas, vueltas y venidas, con esos del anticlericalismo 1, que de anticlericales –Dios me acoja- no tienen nada o tienen bastante poco, solo un barnicín pequeñín, un chistecillo de vez en cuando, como un requiebro.

Por dentro, y a veces por fuera también y muchísimo, son estos supuestos anticlericales culturalmente católicos, sensorialmente ya ni te cuento, de comportamiento desde luego y en muchas, muchísimas, cosas. Muchas más de las que ellos creen y también muchas más de las que otros que les ven y juzgan a menudo con poco acierto, en mi opinión. De todo esto más en otras entradas que preparo, me lo estoy pasando bomba pero es el Ribera de Duero, no la materia, bueno, las dos cosas no están nada reñidas (joé, me ha salido hasta teológico esto o sacramental).

Yo por lo menos así lo veo. Quizás porque he vivido en otros países un cierto tiempo y sé lo que es una visión judía o protestante de la vida, qué es un tío calvinista de cabeza y práctica -echate a temblar, Maripili dicho sea con todos mis respetos-, o qué es un tío donde lo que hay es una tabla rasa inmensa en materia religiosa, que no siempre es espiritual, Dios es siempre más grande que todo y todos (a Dios siempre gracias, pues eso)

Y todos estos del anticlericalismo 1 de aquí a la española pues ná de ná, son otra cosa muy nuestra, como el aceite de oliva, son algo que se da en nuestro país, rechace imitaciones de fuera, aunque en Italia hay especímenes ciertamente similares y algunos otros en Latinoamérica, pero no me quiero enrollar más. Tienen algo estupendo habitualmente estos anticlericales 1, además aunque a veces no: simple y llano sentido común.

PS: por eso del vino, de la falta de sueño o yo qué se el título debiera ser "anticlericalismo o orejeras", que las antiojeras son otra cosa que yo debiera usar hoy y todos los días, de la ceca a la meca, 3 viajes en apenas 5 días y lo que te rondaré morena. Lo voy a dejar así porque queda hasta gracios o raro: al aire siempre y expuestas nuestras debilidades y equivocaciones gramaticales, ortográficas y malos entendidos  varios, hasta los serios. Pero que sepaís los que leáis que era orejeras, como las de los burros. Las que podemos llevar todos a veces todos, yo la primera.

domingo, 20 de septiembre de 2009

De sueños y monstruos




"El sueño de la razón produce monstruos", me ronda el título del grabado de Goya desde hace unos días.

Sueños y monstruos, monstruos y sueños.

No se van, no desaparecen, quedan, siempre quedan o incluso vienen nuevos.

El sueño de la razón, la ausencia de la razón cuando no se puede pensar bien porque es de noche y estamos cansados, también cuando hay una vuelta a la tuerca, produce monstruos, bien lo sabemos. Me lo explica mi hermano en relación a la Ilustración cuando le llamo para preguntarle qué quiere decir Goya y la frase más allá de lo que yo en una primera lectura entiendo. Me lo cuenta tan bien que creo que lo comprendo mejor. Creo también ver cómo otros sueños producen otros monstruos diferentes y muy feos.

El sueño del corazón, como escribí ayer, su falta de nervio real por exasperación, por uso no excesivo sino equivocado de algo que ya no es corazón sino pura sensación epidérmica, engendra monstruos. ¿Cuáles? La sensiblería, lo cursi, el manejo de los sentimientos o el sentimentalismo. También a veces la manipulación vía la compasión o la pena fundamentalmente por o de uno mismo, yo, yo, yo. Es un aspecto muy de hoy, quizás de siempre: qué sutil a veces la separación entre el sentimiento y su exceso vía azucar y almibar. Cuánto tiento hay que tener al escribir al respecto para no pasarse jamás, no por lo que vayan a decir o pensar las demás, simplemente porque no es cierto. Porque donde hay mucha azucar ya no hay sabor real de corazón, de sentimiento. Hay manipulación y manejo. Y aunque escribir ficción sea siempre una mentira tiene que ser una mentira real, consciente y muy bien hecha, medida siempre, humilde y creíble aún en la ficción, yo pienso.

El sueño de la soledad, su exceso, esa soledad que necesitamos tantas veces y que buscamos para, por ejemplo, escribir, se puede volver en contra, de hecho se vuelve en tu contra. También esa soledad que te viene o en la que estás por lo que sea, como sea demasiada, como no le pongas coto con sentido común y afectos, con amigos y familia, acaba por tragarte, te devora entera. Es un monstruo feo y horrible el que engendra la soledad. Es una bruja espantosa que te hace dar vueltas y más vueltas en su escoba, buscar razones donde no las hay, quitarte la paz, darte con la cabeza en la pared, llorar desconsoladamente. Y agrandar el hueco que está ahí y con el que se puede vivir y hasta vivir con plenitud. Demasiada soledad por dentro o por fuera no es nunca buena, engendra monstruos de espanto, dragones y minotauros, también monstruos de quejas constantes y de mirarse al ombligo o a otras partes de tu cuerpo sin ver a los demás y sus cosas, que es de los peores monstruos que podemos tener, a mí por lo menos me da mucho miedo ese monstruo.

El sueño del amor, mejor dicho, su somnolencia, o más bien esa medio vigilia o imaginaria casi constante produce monstruos, claro que sí. Es el cansancio del no poder confiar a veces, es el monstruo de los celos o de la sospecha. También hay otros monstruos como crear personajes que no existen más que en nuestra imaginación o en el deseo, elucubrar en la cabeza en vez de salir al encuentro de la realidad, de lo que es cada uno, el otro o uno mismo, de la vida. Uf, qué habitual hoy esto que tan poco sentido de la realidad hay, con esa mezcla de ingenuo adolescente y tipo que ya está de vuelta y se las sabe todas.

Sueños y monstruos. Monstruos y sueños. Siempre ahí, hay que estar vigilantes pero para poder dormir cuando hay que dormir y descansar lo suficiente.

Y luego utilizar la razón, el corazón y hasta la soledad.

Y en todo el amor, siempre ahí, como la realidad.

Es la gran realidad el amor, no evita los monstruos pero los apacigua un poco por el momento.

Pues eso, que gracias a Sunsi, Teresa, Miriam, Marta, Asier, Alvaro y por supuesto a Juan. Y etcétera, etcétera, etcétera.

sábado, 19 de septiembre de 2009

La voz del corazón



No compro periódicos ni apenas veo la televisión, a la media hora de encendida ésta empieza a verse mal. En cambio oigo la radio de vez en cuando y leo las noticias en internet, por eso me he enterado del informe del Consejo de Estado sobre la ley del aborto.

El aborto me produce una profunda tristeza. No creo mucho en el progreso humano, aunque sí creo que en algunos ámbitos concretos sí hemos mejorado, no todos a una, no todos todo el tiempo, pero sí pasos pequeños, evidentemente con algunos retrocesos.

La legalización del aborto primero a través de su despenalización vía los tres supuestos, su práctica extendida –ya sé que no hay datos fiables de los abortos que “antes” de la ley se pudieran practicar, pero estoy segura que eran muchos, muchísimos, menos- y el modo en que viene a formar parte de algo que pasa a nuestro lado, a veces muy cerca, y que llegamos a admitir como una cosa que no tiene remedio, con lo que tenemos que vivir, resignándonos o, en su caso, aceptándolo como un derecho de la mujer es, en mi opinión, uno de los grandes retrocesos de la humanidad.

No me voy a meter en cuestiones jurídicas porque ya hay expertos. Honradamente creo también que el discurso racional, es decir, el que apela a la razón sobre si "eso" es una vida humana o no lo es, está más que demostrado. Salvo algún comentario poco afortunado de la ministra de igualdad que simplemente pienso que es una chica que no da ni el dos, la pobre: no hay que pedirle ni esperar nada de ella, lo que hay es lo que hay, no cabe darle más vueltas. No creo que ni los propios del PSOE la respeten ni la tengan mucho en cuenta, la verdad. Eso sí, es el famoso caso de la tonta útil.

Oí de refilón en la radio, medio dormida estaba, la expresión “la voz del corazón”, y yo creo que hay una parte que es eso.

Es la voz del corazón la que quieren acallar, no sólo la de la razón.

Así de frente vistas las mujeres cuando se nos mira tenemos el corazón a la derecha según se viene y se nos entra, a la izquierda ya si somos nosotras las que hablamos, siempre debajo del pecho, de la teta izquierda nuestra o de la derecha si tenemos a alguien delante, es igual. Debajo del pecho siempre está si lo tenemos.

Late ahí el corazón y nos bombea como a todos los seres humanos, hombres o mujeres, también como a muchos otros seres vivos que tienen corazón. Es de las primeras cosas que notas cuando abrazas a alguien, sea un hombre, un niño, una anciana o hasta un perro, le late el corazón, a veces muy rápido, a veces más lento.

El caso es que el corazón, más allá de la víscera vital de la biología, es también metafóricamente hablando y precisamente el centro de muchas cosas, la prueba también de nuestra diferencia de otros seres vivos que no se rigen por el corazón sino simplemente por el instinto; el examen del peso específico que a veces tenemos como humanos; también algo así como la evaluación de la calidad de lo queremos o deseamos, también de lo que poséemos. Tengo la peregrina idea de que la inteligencia, que puede ser muy agradable también para la convivencia, no sirve absolutamente de nada si no se acompaña del corazón que es la piedra angular de todo, también creo que la de toque. Con luz pero sin calor no hay gitano que viva, o si no, viviríamos en bibliotecas, museos, reales academias y no en pisos o casas pero en familia.
La compasión y la piedad, sustantivos antiguos y hoy totalmente en desuso en su hondura original, no en la epidérmica quizás, se apoyaban precisamente en el corazón de los humanos, pero especialmente en el de muchas mujeres. No creo en esencialismos y me horroriza hablar de “la mujer”, pero sí que tenemos un cierto cableado distinto y que gracias a él, a esa ligera y machacona diferencia, pero también y sobre todo a las cualidades que hombres y mujeres, ambos, juntos o por separado, podemos tener, cultivar y sobre todo ejercitar, la vida se hace posible. Digo la vida de verdad, no la supervivencia que es a lo que vamos a pasos agigantados, o a lo que volvemos. Quién sabe si nunca hemos dejado de sobrevivir.

Cuando no hay corazón, cuando no se escucha su voz, no sólo la de la razón, no hay vida posible, sólo hay supervivencia. Y ahí sólo cabe una lucha por ella donde quienes pierden son los débiles, los menos "aptos", los que no se pueden valer por si mismos o lo hacen peor, que no son siempre niños, ancianos o discapacitados, son también otros muchos a los que el sistema expulsa o les exige una pretendida autosuficiencia o independencia que no pueden tener. Eso es lo que se pretende al final de muchas mujeres embarazadas que se encuentran sin apoyo alguno real, sólo con la sugerencia de que el aborto es la única solución, la necesaria o imprescindible.

Confundimos así hoy independencia -que puede ser una cosa muy buena, especialmente la de cabeza, la interna, que es la que no hay de ninguna manera en este debate y en otros- con el puro y duro egoísmo, el egoísmo más salvaje vestido encima de una solidaridad vacía y hueca: es muy fácil sentirse solidario con la tribu amazónica y ser un completo egoísta en la vida familiar, personal, social, ahí dónde, coño, nos cuesta, donde pagamos un precio personal, real.

Nada es gratis, todo tiene si no un precio en monedas sí un coste, un esfuerzo, un peaje (toll que dicen los anglos) y la idea blanca y lela de la vida donde todo se nos debe y todo lo podemos tener por cojones y todo al mismo tiempo siendo encima seres angelicales y buenos no apela al corazón, apela a la simple gilipollez: ese es el mundo de Zapatero y adláteres -nada que ver con el socialismo, por cierto-, no es un tema político, es de saber lo que vale un peine y haber vivido fuera del amparo de lo políticamente correcto, en la calle, que es donde estos y otros no viven, viven simplemente del cuento y de las teorías. Y sí, claro que el aborto tiene que ver también con eso, con acallar la voz del corazón que no habla con voz melíflua como a veces se piensa -eso es otra cosa-, sino con una voz firme, fuerte pero delicada a la vez, creo yo. Esa es la que quieren acallar: podrán hacerlo antes de un aborto, pero es más difícil después. El corazón de una mujer siempre está ahí, bombeando.

La voz del corazón es la que te dice siempre dónde estás y quién eres, no es sólo la de la razón, que bien está, no digo que no, pero es la del corazón la que te sugiere ahí constante y fuerte que hay suelos sagrados que no puedes arramplar como un elefante en cacharrería. Que hay un peculiar “silencio, se rueda” que hay que respetar de modo suave pero decidido.

Creo yo que lo que pasa hoy en día es que confundimos el culo con las témporas, y pensamos que algo parecido al sentimiento, que es importante y existe desde el me mola, me apetece, me gusta, me da pena, hasta otros muy pero que muy serios, como el no puedo con esto, no me encuentro con fuerzas, me supera, quiero evitar más sufrimiento a otros, incluso al futuro bebé etc.,

Todo esto sustituye esa convicción primera, verdadera y cierta, que te corre por dentro, como la sangre por las venas, diciéndote “párate, bonita, tú quieta”, un "deja vivir" de un modo o de otro. Siempre al final es un dejar vivir aún con distintos calados.
Nos quieren hacer olvidar lo que es el corazón capaz de apiadarse de quien es más débil o hasta posiblemente y luego será más fuerte que nosotras, de compadecer también de veras la vida que se hace, se forma o la que se va, en cualquier etapa o de cualquier manera.

La vida, es siempre la vida al principio, durante y al final: una vida, muchas vidas a veces enlazadas, que se hacen y que no se deshacen si una respeta, espera, simplemente espera. La espera, muchas esperas, yo creo que es algo muy del corazón, no de la cabeza. Esperar siempre es una cuestión del corazón. Por eso hoy es evidente que lo que nos falta es corazón: no estamos acostumbrados a esperar, no queremos esperar.

La voz del corazón es también la que habla con determinación cuando se instala la duda, cosa que sucede a menudo a poco que uno viva de verdad, esto es, que no crea en protecciones ajenas, ideológicas, de grupo, de partido, ni siquiera de religión, mucho menos de cualquier secta.

Es la voz del corazón la que hay que seguir siempre, creo yo. Si eres libre, coño, si eres libre de verdad. Y ese es el problema: nos hacen pensar que no somos libres, oír una voz que no es la del corazón, estar más solas que la una o sentirnos así, sin otra salida. Ese es el juego al que nos someten y ese es el drama también: por eso estar a favor de la vida es estarlo a favor de las mujeres, justo al contrario de lo que algunos pretenden dibujar.

Porque lo que ocurre hoy es que no somos libres, o lo somos mucho menos, y por nefas o por befas parece ser que en esto de aborto, como en otras muchas cosas, hay que estar a veces con “los tuyos” o "los nuestros",  no vaya a ser que te tachen de retrógrado y piensen que tú estás contra las mujeres, con la que está cayendo, o que te alineas con los que insinúan que la sexualidad está unida de alguna extraña manera y hasta desmesurada a la procreación. Huy, qué horror, los carcas esos, con lo bien que se pasa sin rendir a nadie cuentas. Porque vivir mancha, y siempre mancha a todos, no hace falta tampoco estar libre de pecado alguno no para tirar la primera piedra, eso jamás y nunca, pero sí para decir que eso no está bien y que no puede ni debe hacerse.

Yo creo que sólo por la sospecha de ser tachados de fachas muchas personas no dicen de verdad lo que piensan sobre el aborto. Pero sobre todo, creo que es una cuestión de oir la voz del corazón que nos habla a poco que queramos escucharla, a todos, pero a las mujeres las primeras.

No eres tú, es otra vida, es una complicación más a menudo, inesperada, no deseada o planeada (que no significa luego no querida), a veces una vida “defectuosa” que es lo que viene y asusta, claro, y es un compromiso desde luego que vital, una gaita, una carga, una responsabilidad, todo lo que Vd, quiera, pero no te lo puedes quitar de en medio aunque la ley te lo permita.

Y desde luego que además lo que hay es una inmensa soledad: una soledad dura, pétrea, inabarcable, antes y después del aborto, una mujer sola que tiene que tomar una decisión, que se siente presionada, de un modo u otro, no apoyada a menudo, o no apoyada lo suficiente.

Hay una soledad antes y hay una terrible soledad después, ese es el drama del aborto: no sólo la indefensión del feto y su soledad sino también la indefensión y la soledad de muchas mujeres.

Si escuchamos la voz del corazón, ahí a la derecha según se entra, o a la izquierda si eres tú la que miras, sabemos bien que no. Siempre con reverencia ante la vida, sea como sea, sea la que sea, dentro de ti y también fuera, en otros vientres, pero también cuando están ya fuera, ahí haciéndose, otro "silencio, se rueda". No sé cómo explicar lo que es respetar la santa infancia hoy que tanto se habla de niños y de verdad tan poquísimo se les respeta.

Creo que muchas mujeres que han abortado lo saben y lo saben bien, en carne propia, en su corazón ellas ya lo saben y ahí les queda, lo sé. Nunca jamás se trata de meterlas en la cárcel, bastante tienen con lo que tienen, solamente de impedir que esto se instale como se está instalando, como se ha instalado ya, como quien no quiere la cosa, con patente de corso, como si fuera inevitable, o peor, como un derecho. Acallando esa voz primera y vital, la nuestra, la del corazón de las mujeres.

Da igual la ley ya, o no da igual, por supuesto que no, pero sin recuperar la voz del corazón, esa que está ahí siempre, bajo el pecho, la que permite tantas cosas cuando se la escucha de veras, no hacemos nada.

No es a lo jurídico ni a la razón tan solo a lo que hay que apelar, ni siquiera al sentimiento tal y como hoy se entiende, es a la voz del corazón, mucho más dentro, mucho más cierta y más verdadera.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Tras





Tras lo de la Pelas no me queda ya nada más que contar. Creo que ya lo he dicho todo. Bueno, de Nati apenas hablé, pero vamos, que me la encontré de casualidad, como ya dije, cuando todavía Mario estaba.

Pedimos juntas las dos, dormimos juntas las dos, nos entendemos bien aunque también nos peleamos. Nati es un poco lenta, todavía más que yo, y a veces no entiende las cosas y se empeña en algunas que no pueden ser. Pero es una buena mujer. Sale conmigo temprano para la misa esa de primera hora que si nos la perdemos pues tampoco pasa nada porque, como ya saben, a esas horas todo el mundo está todavía dormido y dan poco o nada, tienen mucha prisa y salen como disparados.

Dice Nati que nos debíamos ir a su pueblo este invierno, por eso del frío en Madrid que es muy duro. No sé, no lo veo claro y me he acostumbrado a lo que me he acostumbrado. Lo de pedir en un pueblo de la costa me suena como raro. Claro está que allí tendríamos casa y no estariamos como estamos ahora, de un lado para otro. En fin, ya veremos. Yo tengo a mi hija aquí y de vez en cuando paro en su casa, la veo y veo también mis nietos un rato.

A la salida de misa de una en esta parroquia de San Fernando por lo menos sé con qué me encuentro, son ya muchos años. Me daría pena perder de vista a tanta señora viuda, al cura gordo y calvo y al otro de gafas de culo de vaso, a la Pelas y a su olor, a Jaime con su cartel de "soy güerfano y de Jaén", al negro tan extraño, tan listo y que habla tan raro, a los recuerdos de Mario, el Cantinflas, siempre por todos los lados aquí en el barrio. También, la verdad, a la perra negra, peluda y vieja a la que cuido cuando su dueña está en misa. Como a mí, a esa perra no le quedan ya muchos años, y yo la he cogido cariño.


Fin de "Preposiciones".
(En memoria de Mario, el Cantinflas. En recuerdo de los mendigos de San Fernando que siguen ahí, siempre. Con mi agradecimiento. Dice el evangelio que valemos más que gorriones, que ni siquiera uno de ellos cae si no es con la voluntad del Padre. En fin).

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sobre


Sobre la Pelas, que ya he dicho que vive la que mejor, hay mucho que contar.

Ella no pide, simplemente espera. Y esa es, como decía Mario, la mejor manera de pedir a veces, sólo esperar, que algo ya caerá. Ya te ven ahí a la puerta del supermercado o de la iglesia como eres y estás, no hace falta decir nada. Con tener la bolsa ahí abierta, el cartón en el suelo o la mano extendida debiera bastar. No hay que dar explicaciones, se hacen cargo de tu situación los que quieran hacérsela, claro. Y los que no, no valen la pena. Todo eso al menos piensa la Pelas.

Aunque es cierto que hay gente que está muy hecha a que anden detrás de ella: "Señorito, deme pa'esto y pa'lo otro, que me pasó lo de allá o lo de más allá". Por lo que sea, son señoritos o señoras que le encuentran como el gusto a ese no responder a la primera, ni a la segunda, ni tampoco a la tercera. Quieren que estés trás de ellos porque son ricos de alguna manera y viven acostumbrados a que se les persiga, a que les rían siempre las gracias y hasta a que les cuenten las penas. También porque entre los que pedimos hay algunos que piensan que tenemos que contar historias verdaderas o a inventadas para dar así más lástima, que si no, no hay manera. Como decía Mario también, "quien no llora, no mama". En fin, que de todo hay.

Pero la Pelas, sin pedir, y pareciendo ella la que da a quien le da, que es que no hay quien se lo crea, y mira que tiene delito, es la que al final obtiene más entre nosotros. No por nada, ella es así. Y aunque no tenga ni dónde caerse muerta, pobre como todos nosotros, ni pueda decir esta casa es mía, porque tener, lo que se dice tener, no tiene nada ni a nadie, al final sobrevive y acaba saliendo a flote. Es la que consigue más monedas y algún billete que otro que guarda para cuando vengan malas y de verdad.

Se coloca al final de la iglesia la muy sinvergüenza. Escucha al cura como si se enterase, muy atenta. Piensan los feligreses que es hasta piadosa y los que asisten a misa se acaban sintiendo conmovidos, no porque pida, sino porque espera ahí, callada y quieta.

Bueno, también es por el olor ese que desprende la Pelas, todo hay que decirlo.

Es un poco sucia, se lava muy de tarde en tarde, y no por pobre, sino porque no le da la real gana hacerlo. Y al final es esa pobreza suya tan olorosa con la apariencia de piedad, con el orgullo o su dignidad, vaya Vd. a saber, es precisamente esa mezcla lo que les hace darle.

Pero ya digo, ella, pedir, no pide nunca. Simplemente está, y va como sobrada pero con el bolsillo del delantal bien abierto, que se vea vacío como está siempre, y al final, oye tú, que le da su resultado. Es la más vieja de nosotras y todavía sigue en esto. Así que es posible que esa manera suya de pedir sin pedir, con su presencia muda y constante, como de mula, funcione mejor que la nuestra.

Sin



Sin esperanza no se puede vivir o se vive mal, pienso yo. Bueno, sí, hay gente que vive así, claro, y no sólo en la calle. Los hay que tienen casa, trabajo y familia, pero esperanza como que no tienen. Como diría Mario, el Cantinflas, el mundo a veces está hasta bien repartido, y esperanza a algunos les queda poco o nada. Tampoco quizás la quieren o necesitan ya tenerla, todo es posible: que los que tengan, precisamente porque tienen ya mucho, no les haga falta tener esperanza, les sobre ésta, que incluso la desprecien o hasta que se rían de ella y de nosotros, los pobres, que algunos la tenemos.

A menudo se cree que quienes estamos pidiendo, viviendo de lo que nos dan los demás, no tenemos esperanza porque nunca tuvimos nada, porque lo perdimos casi todo. Pero yo creo que puede ser al revés. Porque vivimos en la calle, y dependemos de la bondad ajena, tenemos algunos todavía esperanza.  Porque cada día es distinto al otro, y aunque sabemos que lo más seguro es que jamás tengamos una casa, que encontremos un trabajo o que alguien nos quiera sin pegarnos, nos queda siempre un hueco para esperar. Aunque no nos hacemos idea muy bien de qué ni cómo, pero es lo único que realmente tenemos.  No sólo son las monedas que hoy podamos conseguir y con las que comeremos, pagaremos una pensión o lo que sea. Es otra cosa distinta que no sé explicar y que algunos llevamos por dentro, muy metida en nuestra pobreza, entre las penas, en medio de la soledad, del frío o de la tristeza, dándonos calor unas veces más y otras menos, pero ahí está, aunque a veces no se vea.

Llueve en Madrid, acaba el verano y empieza el otoño, más frío y menos luz, pero ya nos arreglaremos de alguna manera como siempre hacemos Nati, la Pelas y yo. Por cierto, me falta contar lo de la Pelas, esa sí que es lista y vive bien.

Bajo el techo del atrio de San Fernando vinieron corriendo del parque las cuidadoras, que las llaman ahora, negras unas, otras muy blancas, casi todas extranjeras, que estaban con unos niños tan pequeños que no van ni al colegio ni a la guardería todavía, casi todos en sus carritos. También llegó la perra esa negra toda mojada con su dueña. Sin paraguas habían salido porque hacía bueno y el chaparrón las pilló en mitad de la calle. Las ayudamos a secarse entre risas, las pobres, caladas las dos hasta los huesos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Según



Según vinieron se tuvieron que ir del barrio. Se pusieron a dormir en el patio entre Padre Damián y Hurtado de Mendoza y armaron tal escándalo, eran tan sucios, restos de comida por todos lados, ropa dejada de cualquier manera, caca y pis iban dejando a la vista y sin ningún cuidado, que en unos meses los vecinos hicieron vallar el patio y luego acabaron echándolos no sé dónde. Si hubieran sido más discretos no les hubiera pasado.

Nosotras continuamos aquí, por el parque de San Fernando. Nos aliviamos a veces detrás de los setos, cuando no hay más remedio, pero no a la vista de todos. Sólo los jardineros municipales, los curas, los de los perros y algunas madres que salen al parque o las que cuidan a los niños saben que por detrás de los árboles y pegando a la iglesia no se debe ir.

Alguna parejita que no lo sabe se ha llevado alguna sorpresa y salen aullando de los setos cuando pensaban estar tan tranquilos ahí metiéndose mano. Nati y yo nos reímos al verles intentándose limpiar los zapatos, un pie, un brazo, con asco.

Si no nos reímos con estas cosas, díganme Vdes. con qué nos vamos a reir ahora que ya no está Mario y suelta las gracias esas suyas que, aunque no fueran nunca para mí, me gustaban.

"Eres chiquita pero muy guapa. Te lo dice un pobrecito que no pierde ni gana nada en ello". Esto lo decía como Cantinflas, con acento mejicano, a una bajita.

 "No se preocupe, que las bolsas, sólo por volver a verla y dárselas a Vd. en la mano, se las guardo yo", eso a una de cuarenta que venía toda cargada.

Y luego ya muy crecido con las ancianas que le miraban incrédulas a la entrada de misa de una: "Señora, Vd. seguro que es buena, pero es que encima está Vd. hoy muy guapa, y cómo se nota que ha ido a la peluquería, si no se lo dice su marido, aquí estoy yo para decírselo". Alguna ya le contestaba que el marido llevaba criando malvas hacía unos cuantos años, pero él ni se inmutaba. "Pues por eso, para eso estoy yo, para decírselo a Vd, porque él ya no se lo puede decir". Y claro, se acababan riendo todas.

Lo dicho, se le echa mucho de menos a Mario. Se nota a todas las mujeres más tristes, éste que es un barrio de personas mayores y solas, de mucha viuda.

martes, 15 de septiembre de 2009

Por



Por primavera, ya bien entrada ésta, cuando Mario se puso muy mal y estaba en los huesos, dejó de salir y yo lo hice por los dos. Fue entonces cuando conocí a Nati y empezamos a ir juntas a pedir como yo con Mario al principio, ella, como yo, aprendía rápido.

Un día cuando se puso a hacer calor, como pasa en Madrid de repente, que no tenemos un respiro y pasamos casi del frío a no poder parar sin darnos ni cuenta, quiso Mario acompañarme a San Fernando, se empeñó. Llegamos muy malamente, pero llegamos. Quiso ir con el carro suyo de siempre, el del Topo Gigio atado al frente, el ratón ese que él había crucificado extendiéndole las patas en aspa. Él, vestido como Cantinflas, la ropa se le caía de verdad, todo le venía muy grande, estaba hecho un cuadro.

Se sentó en las escaleras de donde viven los curas, y allí se fue quedando dormido, con su carro al lado, apoyado en la verja y al sol que pegaba lo suyo ese día a últimos de mayo. Nosotras, la Nati y yo, estábamos a lo nuestro, cuidando a la perra negra peluda, esperando a que acabara la misa de mediodía. Salieron todos, primero en tromba y hablando sin parar, todo mujeres, luego al final ya de uno en uno. Iban a cerrar la iglesia y pasó al lado de Mario Don José, el  cura gordo y calvo, y se le quedó mirando mientras dormía. Le tocó, luego nos llamó y nos acercamos todos rápido. Al intentar despertar a Mario se cayó de lado.

Hubo un poco de revuelo aquel día. Se lo llevaron y a los dos días murió en el hospital. Le enterraron no sé muy bien dónde. Yo ya estaba con Nati que, como es mujer y más joven que yo, no me pega. Por eso no llegué a llorar a Mario como tampoco lloré a Martín, aunque a los dos les quería.

Hemos conseguido mantener nuestro puesto, antes de Mario y mío, ahora de mí y de Nati, en la parroquia de San Fernando. Estamos ya casi todo mujeres, hombres van quedando menos o no aparecen por aquí.

Aunque hace tres años una banda de gente de fuera, de rumanos, búlgaros o de polacos, no sé bien, pero todo hombres, jóvenes y fuertes, nos amenazaron, nos querían echar.

Pero resistimos y aquí estamos.

Para



Para mi el invierno es lo peor. Con ese frío lo paso mal y siempre acabo acordándome del día en que Mario, el Cantinflas, me lo contó, porque era una madrugada de esas de heladas, como algunas en Madrid en enero, que te duele la nariz y entre los ojos si estás en la calle.

Se le escapó una noche de borrachera donde también acababa pegándome. Es como si algunos hombres bebieran a propósito para poder pegar a alguien luego y no sentirse mal por ello. Hay que saber cuándo están bebiendo así y cuándo empiezan a estar fuera de sus cabales para quitarse rápido del medio. Luego se les pasa y se quedan tranquilos, se duermen y ya.

Me había escondido detrás del lavadero viejo de la casa donde estábamos, era cuestión de tiempo, hasta que le hiciese efecto todo lo que había bebido y se cayera redondo.  Entonces le oí gritar  "¡La quiero! ¡La quiero! ¡La quiero!" mientras me buscaba a tientas porque había bebido y porque no había luz suficiente, furioso. Yo no sabía a quién quería, por quién era esa letanía, pero tampoco me importaba ni mucho ni nada, la verdad. Yo quieta donde estaba, a salvo en el lavadero. Él era demasiado grande y yo cabía en el hueco ese donde él no podía ni verme ni encontrarme. Hasta que agotado se dejó caer en un rincón y mientras lloraba repetía ya cada vez más bajito "Te voy a matar, te voy a matar, no la tratas como merece, la dejas sola mucho tiempo y yo la quiero, yo la quiero, yo la quiero". Luego se acabó durmiendo.

Entonces supe lo qué había pasado, por qué no se había ahogado Martín, mi marido, por descuido o porque se cayera. Por qué Mario apareció al mes siguiente de muerto y no hablamos apenas de él. Y lo entendí todo y a la vez no entendí nada, como siempre me pasa. Cuando lo veo todo claro es cuando es peor, porque es cuando ya no comprendo nada y lo paso muy mal.

Nunca le dije a Mario que yo lo sabía. Él ya estaba muy enfermo y por eso también bebía más, tenía dolores. No quería pasarse por el hospital, cada vez más delgado y con un ardor que no le dejaba dormir. Un día en la parroquia de San Fernando un médico se lo llevó, le hicieron unas pruebas y le dijeron que  podía curarse si se trataba. Se ofreció el mismo médico a internarle en el hospital, a hacerle todos los papeles, porque sabía que él no iba a ir al tratamiento sin estar dentro. También sabía que yo no podía cuidarle. Pero Mario dijo que nones, que él en el hospital no se quedaba de ninguna manera, que se lo agradecía mucho, pero que le dejasen en paz.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Mediante



Mediante el juego o bebiendo el tiempo se pasa antes, todos lo sabemos.

Pero, por prudencia, si pides, no debes de beber alcohol delante de quienes te pueden dar dinero, especialmente si eres una mujer. Una mujer bebiendo en la calle produce mucho rechazo, más que un hombre. Luego les cuesta más, te dan menos, no sé qué pasa, aunque hay excepciones, claro. Hay gente que entiende que bebamos como beben ellos, pero lo normal es que no guste, es como si no nos pudiéramos tomar una cerveza, ginebra o un tinto en público.

En nuestras manos una botella o un tetra brik que no sean de zumo o coca cola parece la confirmación de que estamos aquí porque queremos y que el dinero es para el vicio.Y algunas personas lo del vicio en los que pedimos lo lleva muy mal. Ellos pueden beber, pero que lo hagamos nosotros no gusta nada, tendríamos que ser todos abstemios, y sólo beber cuando tienes algo detrás: casa, trabajo, mujer o marido, amigos, dinero o posición, si no, no hay premio.

También otros piensan que algún vicio, algo malo, tuvo que pasarnos para que estemos ahí, pretenden que merezcamos de algún modo estar en la calle, buscan el rastro del mal comportamiento. Es como si así se tranquilizasen, pero en el fondo al final no quieren que el vicio se vea tanto, prefieren que quede oculto, en silencio. Que haya como una justificación, vamos, pero no que la mostremos.

Y la mayoría sienten que su dinero es inútil si nos ven con vicios que ellos pagan. Piensan que nos dan para vivir, no para el vicio, como si éste no formara parte de la vida, ni tampoco de sus vidas.

Lo mismo ocurre con otras cosas, se ve a pocos de nosotros darse un beso, un abrazo, meterse mano, en público, claro.

Que nos queramos o nos gustemos, que nos deseemos o nos busquemos, tanto da, choca a veces. La gente piensa que todo eso para quienes vivimos en la calle pidiendo no existe, o, si existe, que es distinto, más sucio y oscuro que lo que se da entre ellos. Pero hay líos entre nosotros, parejas que se hacen y se deshacen, hombres o mujeres que buscan sólo compañía, algunos amor, otros un cuerpo, hay dinero de por medio, a veces ganas simplemente, y luego soledad, tristeza y mucho miedo, también hay mucho miedo. De todo hay, como entre quienes nos dan, pero en nosotros sin casa fija a menudo, y sólo con más suciedad por fuera quizás, pero todo lo demás igual por dentro. Por dentro siempre es igual, yo creo.

Hasta



Hasta que aprendes a hacerte invisible para que no te vean cuando no interesa, es decir, cuando dormimos o estamos cansados o en nuestras cosas, pasa un poco de tiempo. Hay que ser discretos o incluso familiares, formar parte de lo que la gente no ve ni mira o, al contrario, de lo que ve y reconoce como parte del sitio y les hace sentir cómodos.

Por ejemplo, si duermes como hace el huérfano de Jaén en la tienda de caballeros de Cristobal, hay que saludar a los que pasan, hacerte amigo de los porteros vecinos. En este caso el dueño es un hombre bueno, y,  pese a los precios de lo que allí vende, todo gente de mucho dinero, no le parece mal que él se refugie cuando tiene necesidad. Luego le pide que deje libre el paso y quite sus cosas cuando vienen los señores a comprar.

En otros, en las casas abandonadas o medio destruídas, conviene también no armarla de cada vez si no quieres llamar la atención, la de los vecinos o la de otros que te pueden acabar quitando el sitio, o venirse a donde estás tú y llenarse aquello de gente, y seguro que entonces hay pelea. Ahí se impone el silencio casi, nada de atraer la atención, como si por allí no hubiera nadie. Claro que es difícil a veces, acabas por creerte que estás en tu casa y que de allí no te va a mover nadie.

Otras veces, cuando ya no pedimos porque no se puede estar todo el día con la mano extendida, nos sentamos a jugar a las cartas en algún lado, nos echamos la siesta o hablamos, también algunos leemos, y entonces estamos de descanso. No vamos a pedir a quien se acerca, no estamos ya trabajando, pero tampoco conviene que te vean mucho desocupado, porque en nosotros el descanso de pedir parece raro, es como si tuviésemos que estar todo el rato esperando la moneda,  y si no pues como que qué hacemos ahí.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Hacia


Hacia las diez y media o así, cuando ya hemos desayunado, nos ponemos en marcha para hacer algo hasta el mediodía. La gente piensa que estamos todo el día pidiendo o mano sobre mano, pero no es así. Vamos a comprar algo para luego, visitamos a alguien, nos damos una vuelta por el barrio, algunos hacemos algún recado. Madrid es grande y hay que organizarse bien.

Cantinflas, Mario, decía siempre que se nos tiene que ver bien y luego que no ver casi, dependiendo del momento del día, de lo que queramos.

A él, para que le vieran, y porque le gustaban estas cosas, se hizo un disfraz como el Cantinflas del cine, igualito que él estaba, como además se llamaba Mario, pues le iba. Se acompañaba de un carrito del Día con un muñeco en la cabecera del carro que ató, que crucificó, los brazos y las piernas extendidas le puso al Topo Gigio ese, una especie de ratón que salía en la televisión de hace muchos años y que encontró en la basura. Así se sabía que era su carro y además gustaba más a la gente.

Allí llevaba sus cosas y con él hacía el número de Cantinflas al que se le iban cayendo los pantalones mientras empujaba el carro. Atraía a los niños que se quedaban mirándole siempre y, con ellos, a las mujeres que suelen ir detrás de los niños. Y es que las mujeres, cuanto más mayores además, mejor, parece más fácil que den algo. Y si él les decía algo agradable pero chistoso, y ellas no eran muy serias y tenían posibles, las tenía aseguradas con la gracia esa, algo acababa cayendo.

Que conste que en esto del pedir ser mujer a veces es una ventaja, da más pena y movemos más a que nos den. Otras, son los hombres los que inspiran mayor lástima, es como si diera vergüenza verlos, aunque también se puede pensar que ellos pueden trabajar en otra cosa, que son todos unos vagos.

Yo, la verdad, creo que nos acaban dando igual, salvo si los que piden son jovenes, que entonces la gente cree que podían estar ganándose el dinero de otra manera y les dan menos o nada. Pero cuando ya eres mayor, seamos hombres o mujeres, por pena, con sospecha o hasta con reproche, porque hay más mujeres que dan y los hombres suelen dar menos, pero somos más mujeres que hombres las que pedimos, no sé qué pasa pero al final algo te dan, siempre eso, que tengas una edad.

Entre



Entre las nueve y media, que ya han salido todos de misa, y el mediodía, que es la siguiente, tenemos tiempo. Como no hay nadie en la iglesia nos vamos a desayunar Nati, la Pelas, si está, y yo.

Tomamos un cafelito en la barra de una cafetería que está como en un hueco del parque de abajo, el de enfrente del ministerio. Todavía no bajan los que trabajan allí, que van un poco más tarde. Nos conoce la dueña, nos saluda siempre, y de vez en cuando nos pone un chorrito chico de algo en el café sin preguntarnos siquiera ni cobrarnos tampoco, como para no ir.

Pero algún día vamos a la cafetería nueva, con nombre de fuera, la que está en Padre Damián. Ahí no hay camareros ni dueño, sino chicos jóvenes vestidos de negro con delantal  verde. Es muy cara, pero el café está bien porque le puedes poner cosas raras: chocolate, canela, vainilla, lo que quieras. Eso sí, te lo dan en vaso de papel, con tu nombre escrito en él y tienes que hacer cola aunque no haya gente, todo un poco extraño hasta que te acostumbras.

Nosotras al principio no nos aclarábamos como era la cosa esa, por dónde había que ponerse a pedir y esperar, ni cómo y qué pedir. Era un lío de nombres que no conocíamos y decíamos "un café con leche" en vez de "late" que es como dicen ellos, nos tuvieron que enseñar. Tampoco entendíamos por qué había que dar tu nombre y tanta historia para tomarse además un café tan caro. Pero luego pensamos que valía la pena ir, porque está bueno y es diferente, aunque a nosotras el que más nos gusta es el café el de toda la vida con un poco de coñac y los churros mojados, pero allí no sirven nada de eso, una faena.

Te puedes quedar dentro de la cafetería esa, es muy grande. A la hora que vamos nosotras no hay gente en el piso de abajo, allí nos sentamos en unos sillones que tienen muy cómodos, se está caliente en invierno. Otras veces, como hace la gente, salimos a la calle con los vasos esos de papel que te dan, con la pajita que coges para tomarlo como hacen todos, está muy caliente siempre el café, algunos que pasan se nos quedan mirando.

Luego guardamos bien el vaso ese para pedir, que es muy bueno.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Y dice Vd. que pasa todos los días... / Al sol no le da vergüenza



Las bicicletas en el suelo o apoyadas en la pared. Eso que llaman "sol" cayendo, como una bola, lentamente, en el mar. Un viento muy ligero.

-Y dice Vd. que esto pasa todos los días...

-Sí, esta película la echan todas las tardes...

-Qué me dice Vd., ¿todas las tardes? ¿ni una sola descansa?

-Nada, nada, todas las tardes, hasta el 21 de diciembre o así, siempre con un minuto de atraso, luego de adelanto. Cada tarde del año, primero un minuto menos y luego de más, seis meses y seis meses.

- Pero no me lo puedo creer, bueno, será siempre igual, un aburrimiento al final de tanto repetirse, hala, bola roja pa'bajo, nubes, cielo, mar, viento... ¿no?

-Pa'ná, es que es siempre distinto, no hay un atardecer igual a otro, nunca el mismo viento, las mismas nubes ni el mismo mar... Cambia todo aunque sea lo mismo...

-Hombre, pero luego nos cobran, a la salida digo, alguien habrá que nos pedirá la entrada y el dinero ¿no?

-Qué va, si es que además es gratis, la entrada es gratis, para todos...

-Pero ¿qué me dice Vd., hombre de Dios? ¿Cómo va a ser gratis esto? ¿y para todo el mundo?

-Como lo oye Vd., gratis para todas las edades, admitidos todos los públicos y credos...

-Qué barbaridad, qué derroche de medios, qué cosa, no me lo puedo creer, por Dios. Bueno, pues estonces hasta mañana a esta hora...

-No, mire Vd. es que por la mañana, más o menos a las siete y algo sale por el otro lado la bola esa, la del sol.

-Vamos hombre, está Vd. de guasa, ¿cómo va a salir otra vez por la mañana el sol ese?

-Que le digo a Vd. que sí, que el proceso es doble además de diario, mañana y tarde: por la mañana sale por allá, también un minuto más tarde hasta diciembre, luego un minuto menos. Y luego se pone por la tarde. Creciendo el día 2 minutos o disminuyendo... depende de la época del año.

-De verdad, mire, no puede ser, pero vamos, por lo de la mañana ya cobrará alguien entonces y de una vez. Se pondrán a la entrada, habrá acomodador, vigilante, conserje, algo, pa'controlar, no sé...

-Nada, de nuevo es gratis. Y también es siempre distinto. Nunca es igual, ni por la mañana ni por la tarde, cada vez es diferente, no se repite nunca ni cuando sale ni cuando se pone... Doble, distinto,  gratis, para todos y desde el principio de los tiempos...

-Mire Vd., me está tomando el pelo, y yo soy ya muy mayor ¿sabe? Hala, con Dios, buen hombre, que de mí no se ríe nadie, cómo va a ser doble y distinto y todos los días ¡y encima gratis, universal y eterno!

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Y a pesar de lo anterior, y precisamente por ello, al sol no le da vergüenza e insiste en salir todos los días, cuando alguien importante, necesaria, imprescindible, buena y mil cosas más ya no está.

Y se la echa de menos.

En silencio y precisamente en ese momento, cuando la soledad de algunos es más ancha, honda y triste.

Un gran silencio.

viernes, 11 de septiembre de 2009

En



En una ocasión le robaron la mochila a Jaime, o la perdió él, no se sabe. Estuvo como loco el hombre, ofreció hasta dinero por ella, pero no apareció. Por eso ahora escribe más, para recuperar lo que descuidó o le quitaron, y no se separa ya de la mochila azul, como sus cuadernos, ni a sol ni a sombra la deja ni se la confía a nadie.

Otra vez fueron unos gamberros que entraron en el cajero donde dormía Jaime con intención de molestarle. Él se lío a guantazos y casi deja tiesos a los muchachos. Vino la policía y estuvo detenido, pero al final salió. Debió de ser la familia de Jaime que de vez en cuando responde por él.

Jaime se mezcla con nosotros pero tampoco mucho, habla poco, va a su aire, no necesita de nadie. Dice que se ha acostumbrado a la calle y que no podría vivir ya de otro modo.

A mí me gustaría ser como Jaime, sólo le importan sus cuadernos y a los demás que les den. Y tener su dinero, claro. Porque aunque podría pedir, porque la historia que cuenta esa de que se fue de casa por no matar a la mujer mueve a alguna gente a ayudarle, él se empeña en que no, erre que erre.

Está claro que él o su familia tienen posibles, porque de algo hay que comer. Y Jaime es grande y tiene hambre siempre, aunque sólo escriba y no se mueva apenas.

Durante



Durante la noche pasan cosas, duermas por detrás de Bravo Murillo o te quedes en este barrio. La noche es tan larga, sobre todo en invierno, que tienes que acostumbrarte a ella, a lo que trae.

Lo primero es la oscuridad, pero también esa luz, la de las ciudades, si te quedas al aire libre, en un subterráneo, en un cajero o un portal. A la vez que está oscuro y da tristeza, hay esa luz artificial que no se va hasta que amanece. Si fuera noche cerrada como en el campo sería mejor,  porque no es la luz que hay dentro de una casa, que ilumina pero que la apagas tú cuando quieres, sino la de las farolas o la de algunos letreros, ahí permanente, todo el tiempo. Y no hay quien duerma a veces.

No sólo molesta a los ojos, es que hay un ruido que llegas a oír, el de la electricidad, de las bombillas o yo qué sé, que suena cuando ya quieres silencio, a las cuatro, las cinco, o las seis de la mañana, como un zumbido de fondo de abejas que no para, bizzzzzzzzzzzzzzz. Por eso se rompen las farolas y algunas luces, para poder pegar ojo y acabar con ese sonido. Tampoco me acaban de gustar del todo los cajeros por lo mismo, demasiada luz para dormir. En cambio, Jaime, que está en la calle como nosotros, pero que no pide nunca, es donde prefiere estar por la noche.

Jaime es grande y alto, calvo y de ojos azules, tendrá unos cincuenta años y escribe sin parar. Lleva siempre una mochila donde va guardando todos sus cuadernos de tapas azules con papel blanco y de cuadritos. Durante el día se coloca a la salida de una iglesia o de un supermercado. Lo hace por costumbre y como por compañía, no porque quiera nada, se ofende si le dan. Allí escribe mientras puede, mañana y tarde, luego ya en un cajero donde tiene luz cuando anochece y puede quedarse sin llamar la atención.

Algunas personas les choca el verle escribir sin parar o cuando rechaza el dinero y le preguntan. El cuenta que vive en la calle porque quiere, que no necesita nada y que escribe desde que se marchó de casa. Que no aguantaba a su mujer y que prefirió irse antes de tener un disgusto de los serios. Lo dice así tan tranquilo y sin darle importancia, que impresiona más. A la gente a veces les acaba de parecer bien la decisión de Jaime, eso de que viva en la calle y se dedique a sus cuadernos en vez de armarla. Y asienten como si estuvieran de acuerdo con él ,en cómo él lo razona: mejor irse de casa y escribir, que hacer daño y sin remedio.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Desde


Desde donde pido hasta donde suelo dormir no hay mucha distancia. Sólo cruzar la Castellana.

De un lado, la iglesia de San Fernando con su parque, más arriba la otra parroquia, la que todos conocemos como la de los peces porque hay unos peces en la puerta. San Jorge está más abajo, en el centro del barrio hay un supermercado Día, luego algunas tiendas y casas de pisos donde vive sobre todo gente mayor, pocos jóvenes en ellas, niños tampoco muchos, sólo hay más en los chalets de más allá donde no hay luz casi por la noche.

Andas la Castellana, pasas unas cuatro o tres calles donde la gente trabaja y llegas a Bravo Murillo. Lo atraviesas y sigues hasta que empiezas a ver casas blancas o de ladrillo, pero pequeñas, tres pisos las que más.  Por allí queda alguna pensión que puedo pagar y algunas casas abandonadas que se pueden aprovechar antes de que las tiren. Allí íbamos alguna vez cuando estaba vivo Mario el Cantiflas. Como ahora no construyen ya, hemos podido volver. Hubo unos años que nos hacían movernos casi de cada noche. No sabíamos si cuando volviéramos nos íbamos a encontrar sin colchón, sin ropa, sin comida, sin nada. A veces acababa todo tragado entre los escombros. Esos que dejan antes de que comiencen a hacer el hueco grande en la tierra para construir en ella.

Nati y yo pedimos juntas y dormimos también juntas. Dependiendo de si tenemos casa segura o no, aunque va también por temporadas, nos vamos hacia Bravo Murillo o nos quedamos por el parque. A veces nos buscamos un cajero, de los que tienen puerta, si hay frío o lluvia. Aunque esos sitios tienen más de malo que de bueno. Siempre hay quien te lo quiere quitar, algunos gamberros con ganas de meterse con nosotros, que nos mean encima o nos echan porque les hace gracia. O la policía que viene de vez en cuando porque les llama alguien.

De



De mí poco puedo contar. Nací en un pueblo de Cuenca, me vine a Madrid de niña con mis padres, éramos seis hermanos. Cosí algo de jovencita, luego cerraron el taller, me casé, tuve dos hijos, trabajé unos años en el bar de mi tío, luego en otro, en lo que podía, de todo un poco.

Mi marido comenzó a beber y yo también. Tuvimos mala suerte. No llegaba para nada lo que ganábamos y nos desesperaba mucho. Echaron a Martín de un trabajo y luego de otro, bebíamos más. Nos acabaron por quitar a los niños mis suegros, los criaron ellos.

Tenía algo Martín y nunca supimos qué. Se ponía de repente muy enfadado y no había manera, me pegaba, era como si le calmara hacerlo. Pero no era malo el hombre. Sólo lo de los nervios y que la gente no le entendía y, claro, él se ponía peor con eso.

Acabó Martín de mala manera. Faltó de casa varios días y yo no quería decir nada, pero no volvía y tanto tiempo era ya raro. A las dos semanas vino la policía.Tuve que ir y decir que era él. Por la ropa lo reconocí, porque en lo demás no se le distinguía ya bien al pobre.

Un mes después fue cuando Mario, el Cantinflas, que era amigo de Martín, llamó a la puerta. Le conocía de antes, habíamos salido juntos los tres. Le dije que por esa noche podía quedarse, él no tenía dónde ir y yo estaba sola. Se quedó ese noche y luego otra y otra, así hasta que nos echaron a los dos. Nos encontramos un día al volver a la casa cambiada la cerradura de la puerta y todo lo nuestro fuera, de mala manera.

Mario sabía qué hacer, llevábamos casi un año pidiendo los dos y con otras cosas, lo que nos iba saliendo.