Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

lunes, 31 de agosto de 2009

Sagrado



Supongo que el adjetivo de marras suena rancio, insólito, de otra época. Pero me gusta pensar no ya en el adjetivo, sino en eso sagrado que trasciende a las instituciones, quizás hasta la religión.

Diría casi ese sagrado que va más allá incluso de los credos que yo conozco.
En lo sagrado hay algo profundamente humano, ni siquiera de un dios o de Dios, póngase como cada uno crea.

Sagrada es la conciencia y por eso hay que entrar descalza hasta en la propia, no digamos ya en la ajena. Hay personas que por un tema de conciencia sin volver la vista atrás y con un par se lían la manta a la cabeza o justo todo lo contrario, cuando sería mucho más cómodo en todos los sentidos hacer oídos sordos a ésta. “Entre el Papa y la conciencia, elijo la conciencia” dijo el cardinal Newman. Yo sólo sé que la conciencia es un espacio, un lugar interno, donde hay que descalzarse, ir con una delicadeza extrema para saber realmente dónde te arde la llama esa que no se consume de la que hablaba Moisés y donde lo que hay son otras cosas, conveniencia, comodidad, etc., no sé si me explico.

Sagrada es también la naturaleza. Estos días debatíamos en el blog de Cotta al respecto. Creo que la naturaleza es sagrada, otra cosa es que tengamos que alimentarnos, obtener la energía que es la clave del desarrollo, que cada vez que encendemos la luz, pescamos un pez o le abrimos un tajo a la tierra haya un impacto medioambiental, hagamos sangre de alguna manera, ya lo escribí a propósito de Palin. Cuando voy a la matanza miro con respeto no sólo a los matanceros y la gente que sabe qué hay que hacer y cómo hacerlo, miro con respeto hasta al cerdo gracias al cual me alimentaré yo y muchos más (y si es de Barcarrota, divinamente). Hay algo de sagrado en lo que nos proporciona alimento y tiene vida.

No creo en nuestra inocencia ni en la imagen idílica ni posible del buen salvaje, tampoco en la de que somos malvados per se, todos y todo el tiempo. Pero otra cosa, muy distinta, es que crea que esto está a nuestra disposición sin cortapisas, que podamos arrasar con todo. Y no solo por los recursos, que serán ilimitados pero no infinitos, es algo más: la sombra, el rastro de vida o la evidente vida, tan plural, tan impresionante siempre, la nave tierra, dicen algo de sagrado que no debemos despreciar, que tenemos que respetar de alguna manera. No sólo en sentido utilitarista (para poderla explotar a más largo plazo, qué horror), es otra cosa también: hay algo muy sagrado en la naturaleza. No somos sus dueños de ninguna manera, como no somos dueños de nada, realmente de nada. Si uno sale al campo sabe que aquello no le pertenece ni aunque sea su propia finca.

No voy a insistir en otra cosa sagrada como es la vida humana, hoy despreciada. Bueno, siempre lo ha sido de alguna manera. He escrito lo suficiente, creo, sobre el aborto. Pero desde luego una vida humana es sagrada siempre. Y yo, que no he estado embarazada en mi vida, siento una verdadera reverencia (me da igual si suena cursi) ante las personas que son madres (y padres). No envidia, tampoco me considero peor, pero no es lo mismo. No por llevar a un niño 9 meses dentro –hay madres no biológicas tan madres como las biológicas-, sino porque acunar, custodiar, educar, alimentar, animar, perdonar y aguantar y muchos más “ar”, “er” o “ir” es algo que no tiene comparación con absolutamente nada. Nada es comparable a la maternidad ni a la paternidad. No solo la vida es sagrada, también lo es la paternidad y la maternidad entendidas como donación para toda la vida, eso sí que es eterno. Insisto: no me considero menos, pero no es lo mismo. Cada uno tendremos aquello con lo que daremos más fruto, santa paz.

Hay más territorios sagrados, espacios, tiempos. La siesta es un tiempo sagrado y no de va coña esto, lo saben bien mis sobrinos que como me armen jaleo después de comer en casa los cuelgo de los pulgares.

Por cierto, otro ámbito sagrado: la infancia. Los niños son sagrados, no en el sentido de ineducables o intocables, sino en el sentido de que hay que respetar sus tiempos y protegerles con la propia vida –aunque no sean tuyos- de esa mierda tan variada que nos rodea y que les amenaza en convertirles antes del tiempo debido en Britney Spears o cosas peores. “Cambio un polvo por un hada” titulaba la situación actual no sé qué bloguero, razón tenía. Hay muchos intereses, muchos -de sinvergüenzas, empresas, individuos, lo que sea- en quemar la infancia, en robarle ese sentido sagrado que tiene, la edad no sé si de la inocencia, pero de otros tiempos, ritmos, temas, de una mirada propia, la suya, que hay que preservar. Hay que protegerles también de nosotros mismos, de nuestras miserias, siempre que sea posible, desde luego si de mi depende no ven determinadas cosas ni oyen determinadas conversaciones, tampoco les expongo a otras cosas, no. Conmigo, no.

Del mismo modo la ancianidad tiene algo de sagrado, de honorable, también lo hemos olvidado y hemos hecho de ella algo innombrable o ridículo en vez de sagrado. Como la muerte, era y es sagrada, no un tema del que no hablar, es eso, sagrado, pero no un tabú, son dos cosas distintas y las equivocamos.

Hay un último terreno que creo que es sagrado, aunque ya sé que no se lleva y que esto puede mover a la sonrisa o hasta la risa, cosa buenísima por otra parte.

El matrimonio, las parejas –a estos efectos es lo mismo- pueden ser todavía un terreno sagrado para algunas personas, no digo ya si hay niños de por medio: doblemente sagrado. Líbreme Dios de, habiendo dicho lo que he dicho más arriba –la sacralidad de la conciencia, de todas las conciencias- vaya a valorar comportamientos de terceros, de ninguna manera. Pero sí voy a decir, al hilo de cierta discusión en otro blog, que precisamente porque es un terreno sagrado el matrimonio, "la castidad" tiene un sentido de virtud.

Sí, he escrito "castidad", aunque suene raro, antiguo, incomprensible: me es igual.

Para una persona casada será un tema de fidelidad primero quizás, pero para el que vuela libre como un pájaro no es cuestión de fidelidad –no se tiene otro compromiso-, sino de castidad. Una virtud que lleva a moderar el propio goce, en este caso a abstenerse totalmente, y no por un tema de áscesis, porque se sea mojigato o insensible o no se tenga valor, o porque a los curas o a la iglesia, que ya se sabe que tienen todos muy mala idea y, como ellos no, pues los demás tampoco o muy reglamentado todo, se les haya ocurrido reunidos todos en cónclave antisexo.

Para áscesis se puede hacer yoga o cosas bastante mejores, la sensibilidad y el goce suelen estar en perfecto estado, el valor a algunas personas les puede hasta sobrar en todos los sentidos, y los curas o la iglesia, de verdad, vamos a dejarles de lado. Créanme si digo que a la hora de la verdad se puede no pensar en absoluto en el Santo Padre echándote al fuego de los infiernos, sino en otra cosa más cercana y hasta más honda, más cierta.

Es algo todavía más profundo, más de dentro, más ¿humano? La castidad es algo humano, espero las risas o las sonrisas de condescendencia, toda virtud tiene algo de sentido del humor, sin él estamos perdidos, y esta virtud no es una excepción, provoca sonrisas y risas, es bueno que lo haga.

Se deriva esa castidad de la justicia, del respeto, de la prudencia, de la fortaleza: todo ello hace que a alguien se le ocurra que tiene un sentido respetar ese suelo sagrado de otros, aunque ni siquiera sea el propio, el que uno ha labrado. ¿Que otros entran o se pasean, hasta en el propio, con botas Doctor Martens? Ellos sabrán qué hacen, otros siempre descalzos al bordear suelo sagrado, ni siquiera al entrar: al aproximarte.

Incluso sucede que se puede pensar que ese sagrado y esa castidad convergen además, curiosamente, mira que son ya ganas de fastidiar, en la denominada regla de oro del "no hagas a los (las) demás lo que a ti no te gustaría que te hiciesen", lo cual puede ayudar un poco para mirarse por las mañanas en el espejo y seguir encontrando siempre al miserable que la condición humana impone, pero no a un o una canalla. Y facilitar en su caso el maquillaje y el arreglo personal después, bastante más que el mejor cosmético, aunque de esto no hablen las revistas femeninas, una pena. Al final es una cuestión hasta estética, no solo moral: porque es feo, poco delicado entrar en suelos sagrados sin descalzarse, como elefantes en una cacharreria, envejece además un montón.

Por supuesto que porque todos somos humanos se puede tropezar no una sino doscientas veces en una piedra hasta ya conocida. Pero, por Dios, al menos con conciencia -y consciencia- anterior, durante o posterior de que aquello que se está haciendo no está bien, es feíto: no vamos a negar la mayor por nuestras debilidades personales que pueden tener hasta su encanto. La verdad puede ser la verdad la diga Agamenon o hasta el porquero de la propia conciencia. O incluso esa institución tan denostada, risible, antigua y ya superadísima: la iglesia. Joé, la iglesia puede tener hasta razón y decir simplemente la verdad, una verdad realmente incómoda, porque fastidia un poco que te digan que no está bien tener relaciones con un señor casado. Pero vamos, lo dicho, sobra la iglesia, con ver el suelo sagrado basta, no hace falta más, de verdad, nada más.

Uf, he mezclado primero la conciencia con la naturaleza, luego con la vida, los niños, la siesta, la ancianidad y la muerte, la paternidad y la maternidad y, pa'rematar, con el matrimonio, todo sagrado. Lo peor es que me tomé un Ribera de Duero al empezar a escribir esta entrada y luego un Rueda frío porque hacía calor, y claro, conviene no mezclar, es malo para la escritura y para todo.

Parece que no hay hilo, pero lo hay: pisamos o bordeamos suelo sagrado todos los santos días y a veces podemos no daranos ni cuenta de que ahí está la zarza esa que no se consume, es impresionante, no se consume.

El fuego que arde ahí está, constante, guardando algo importante que sobrepasa a algunos: sagrado.

Luego hay más terrenos sagrados pero totalmente secundarios, por ejemplo, el dinero del contribuyente que debería ser sagrado también, ay. O hasta el de la empresa, que porque pague ella no te vas a llevar los folios a casa.
Pero ya ahí ni entro porque no acabaría. Creo que por hoy ya he escrito bastante ¿no?

domingo, 30 de agosto de 2009

El pastor



Empujé la puerta del patio y me detuve en seco.

"Carlos no está" les dije a los niños.

Carmen y Javier se quedaron un poco sorprendidos. Me coloque de tal manera en la puerta que los niños notaron algo extraño. Seguí hablando como si tal cosa a ver si no se daban cuentan.

"Hala, vamos a ver qué hacen la abuela y Josianne".

Carmen estaba mosca. "¿Cómo sabes que no está?"

Carlos es el pastor de Boecillo. De los últimos que quedan en un pueblo que ya poco tiene de tal. Cuando se jubiló le quedaban dos salidas, o el bar o seguir teniendo unas pocas cabras y ovejas para pasar el tiempo. Optó por lo segundo, no le gustaba beber ni estar todo el día de cháchara inútil.

Cada verano volvemos a verle. Antes tenía los animales en los terrenos donde luego construyeron los chalets.

Todavía recuerdo esa Semana Santa cuando murió mi hermana, el fin de algo y el principio de otra vida, nunca más la era sería para nosotros ni para las cabras y ovejas de Carlos. Los pinos que mandaron plantar mi padre y mi madre los arrancaban las máquinas la tarde del jueves santo. Salió disparado alguien a decir que pararan, ya habíamos tenido suficiente movimiento de tierras ese día. Reanudaron las obras al día siguiente pero esas horas tuvimos paz.

En el patio de Carlos, en su casa, cercado por nuevas edificaciones, casas todas modernas, quedan todavía restos de lo que fue el pueblo. Cachivaches y herramientas de campo todos ordenados, patio siempre bien barrido, conejos en jaulas, alguna perdiz también, y esta vez el cadaver colgado de dos ovejas. "Quitarlas" dice Carlos cuando va a matarlas.

Quise evitar a los niños la visión sangrienta de los animales ya desollados, mantener la imagen del pastor como hombre de bien y de sus ovejas como animales de Walt Disney.

PS: De hace algún verano ya, ahora no les podría haber engañado.
Y la canción de hace muchísimos más, pero muchos, muchos más. Era genial la combinación de Sabina, Krahe -mundial- y Alberto Pérez en la Mandrágora.

viernes, 28 de agosto de 2009

Y vista


El último sentido. Más que sobrevalorado, desencajado. Si en el oído hay estruendo que arrasa matices y levedades, en lo visual sufrimos una borrachera, y no de Ribera de Duero precisamente. Ni siquiera es de vino, es anissete, Marie Brizard o Licor 43, licores malos con pretensiones.

En general creo que vemos poco. Y borroso la mayoría de las veces.

Dicen que el ser humano se ha hecho para mirar lejos. Acabamos siendo miopes porque no miramos apenas al horizonte, a la lejanía. Puede ser una explicación, no sé.

De tan cerca a veces que tenemos las cosas y las miramos, perdemos su contorno, lo que son. Ocurre con las personas también.

La pornografía creo que tiene algo que ver -curioso, "algo que ver"- con eso. No es sólo que dejas de ver a una mujer, es que dejas de ver el sexo de tan encima que estás y sin estar tú, qué triste. Es eso, pero no es eso.

Alejarse un poco para ver a alguien de verdad, sin miedo del espacio o la distancia. O a que desaparezca.

Verte en los ojos de alguien. Ahí estás. Te ves en él porque el otro te ve, si él no te ve, tú tampoco te ves ahí.

Agudeza visual, tan imposible. Mirada por el microscopio, fascinante siempre. O por el telescopio, da vértigo, sientes hasta frio. Lo muy pequeño o lo muy lejano traído a medida de nuestros ojos, tan limitada. Unas simples gafas o lentillas son una bendición. Pensamos que estamos menos ciegos porque nos manejamos con ellas.

Civilización de la imagen ni de broma. Esto no es civilización. Es culto a la apariencia, que no a la vista.

Hemos estilizado tanto lo que somos y nos rodea, visualmente también, que caemos en lo cursi, en lo afectado. Mujeres y hombres. Nosotras creo que más, aunque sea por causa o coartada de ellos. Lo llamado sexi o erótico es cursi en la mayoría de los casos, viejuno y hasta casposo, aún bajo la pretensión de moderno o descarado. Y el ojo se divierte, claro: tanto azucar le ha hecho perder el sabor real. Chucherías visuales, no alimentan pero engañan el hambre, la distraen y a veces la desganan.

Disfrutar del ojo, con el ojo. Tantas cosas y personas hermosas a la vista, posar la mirada en ellas, tan perfectas todas. No hay ojos que no sean bonitos tampoco.

Mirar a los ojos siempre y desconfiar de quien no lo hace. Te miras, me miro, juego de miradas, nos reímos. Por la mirada ya sabes qué cabe esperar. Y algunas son cuestión de un leve matiz de intensidad, de una prolongación de cinco o seis segundos, no hace falta más.

Esa especie de mar que es una manta de mohair, toda pequeñas olas rizadas. Tu espalda ya curvada se parece a un contrabajo. Día hoy de grises, pardos y verdes. Vendrán otros de azul y sol blanco iluminándolo todo. Conjuro a Pasión Vega que canta sobre lugares con  luz. Ay, qué duro invierno éste.

Agradable tarea la de arreglarse cada mañana, mirarse en el espejo, ver si el alma se desliza contenta entre el rimmel y el brillo de labios, o si se esconde.

Vio y creyó. No. Creemos porque no vemos. Lo llamamos fe.

PS: Pongo una foto de la Monroe que se subastó hace un mes o así. Preciosa mujer, bonita foto, habla de una persona.

Nota: Publicado el 3 de enero de 2009. Y claro que vinieron esos días de azul y sol blanco, sólo hacía falta esperarlos.

jueves, 27 de agosto de 2009

Tacto


Uf. Pero qué bien nos ha hecho Dios, por Dios (valga la redundancia), y  la biología. Suya es también ¿no?

Tenemos yemas en los dedos con mucha sensibilidad. Pero el tacto no está sólo ahí, recorre toda la piel, el organo más grande del ser humano. No en vano cuando alguien nos cae bien decimos que es cuestión de piel. De hecho, ésta acerca más a las personas a veces que las ideas, y nos puede alejar también una simple cuestión de piel.

Uno de mis recuerdos infantiles es el médico de cabecera calentándose las manos antes de tocarte la tripa, delicado que era el señor. Al tacto de las primeras cosas que notas es la temperatura de la otra persona. Algunas madres besaban en la frente para ver si teníamos fiebre. Un monito va de un robot que solo lo alimenta a otro que le da calor pero no le da de comer: tras mamar en uno, se acurruca en el del calor, lo vi en un documental.

Necesitamos el calor que da el tacto, pero también el simple tacto. Por eso, más allá de que nuestras madres nos hayan dado el pecho, nos han acunado, tocado y achuchado mucho. Hay familias donde el cachete se intercambia con una facilidad pasmosa con el achuchón, la caricia y el beso, quizás por eso no queden traumas.

Hacer manitas. Será antiguo, suena infantil, pero es de la cosas más bonitas, casi olvidada. Es un tacto incipiente, tímido a veces, otras nada inocente. Qué pena que se pierda, qué prisas y qué poco... tacto.
Una caricia. De nuevo, una de las cosas más sugerentes que hay. Qué mal se acaricia a veces, algunas personas ni están acostumbradas a ello o se olvidan. Te das cuenta a menudo que lo que necesita alguien no es que le hablen, le den explicaciones o darlas, está pidiendo en el fondo que le acaricien, que le calmen con el tacto, desde un niño hasta un adulto.

Tacto que nos hace distinguir una seda de algo que no lo es. Si se tiene tacto, se sabe bien, no te cuelan un rayón, fibra artificial, por seda. Parece pero no es, tus dedos te lo dicen.

Al tacto las hojas de los árboles, con pelitos de un lado, del otro superficie lisa, tacto del musgo o de los pétalos de una flor. La naturaleza hay que tocarla también, no sólo mirarla, oírla y olerla. Arena de playa, tacto primero en los pies, tan agradable a veces. Agua de río heladora o de mar, más cálida, acostumbras la piel al frío empezando por los pies y las muñecas.

Tacto del terciopelo, del charol, del borreguito de unas plantillas (qué gustito), del pelo de Olimpia, del algodón, de la lana, o del mohair. Tacto también de esos jerseys que picaban tanto en la infancia y que odiabas.

Superficie lisa y ligeramente basta del vidrio, tacto poroso de los cacharros de barro, de la piedra o de la madera buena, maciza. En cambio, las piedras preciosas al tacto no dicen nada, son frías, da que pensar.
Pieles muy arrugadas, transparentes y finas, se rompen como un cristal. Hay que tener cuidado con esas pieles de anciano, cualquier roce hace herida con facilidad y luego tarda en curar. El otro día vi un anciano que acariciaba a su mujer en la residencia de mayores de la urbanización, se me saltaron las lágrimas tal era la ternura con la que lo hizo. Pensé que teníamos que acariciar más en general y a las personas mayores especialmente, necesitan de nuestro tacto porque les tocan ya poco. Y da pena, se vive mal sin el tacto humano. Quizás por eso hay que comprender cosas que parecen incomprensibles, sucedáneos de caricias de cariño. Habrá de todo, pero también hambre de tacto humano.

Manos rugosas, callosas, de trabajador, de esas en las que te puedes columpiar. Manos de algunas amas de casa, pequeños callitos en los dedos de tanto fregar y hacer, por mucho lavaplatos que haya. Manitas de niños, pequeñitas, no les cabe nada en ellas, hacen cosquillitas siempre. "Del cotín del cotán, de la vera vera van, del palacio a la cocina ¿cuántos dedos hay encima?" Sugiero el juego con niños, ellos con sus dedos en tu espalda, luego al revés, les encanta: ni sabes ni saben cuántos dedos hay, es sorprendente, no la adivinas nunca.

Tener piel, no una coraza. Piel que conecta, no que aisla. Capaz de sentir no sólo el cambio de temperatura, sino otras pieles, otras personas, a veces con una piel dura o simplemente distinta a la de una. La respuesta quizás no es endurecer y enfríar la propia, aunque como reacción o defensa es lo que nace a veces. ¿Cómo éste, ésta, no siente lo que siento, como yo lo siento? Es tan personal el tacto que no tiene mucho sentido extrañarse de que otro no sienta lo mismo o del mismo modo, que no lo perciba. A veces es mejor recostarse en tactos afines, uno se puede empeñar en vano en lo que simplemente no está de Dios. De ideas diferentes se puede discutir, de sensibilidades, de tacto, es totalmente inútil. Y nos empeñamos pese a todo.

En cambio sí creo en tener cuidado para mantener la temperatura y, con ella, la del ambiente, que es cuestión también nuestra: las personas damos calor o frío, esto último como los fantasmas, a una habitación, hacemos subir unos grados o los bajamos. En cierto sentido la piel es como la conciencia, como la consciencia. Hidratada, flexible, en la temperatura adecuada, que es tibia - la del cariño, quizás la de la caridad-, tiene sensibilidad para poder percibir. Seca, rígida, fría, choca más con otras pieles, es incapaz de conectar con el exterior, con las personas. Y no es cuestión siempre de la piel ajena, es de la propia. A veces hay que volver a regular el propio termostato, ponerse a diario nivea, aceite de almendras, rosa mosqueta o aloe vera, tanto da.

Dios bendiga nuestro tacto, nuestra piel, no sólo las yemas de los dedos, que también.

Nota: publicado ya el 2 de enero de 2009.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Gusto


Creo que a medida que te haces mayor disfrutas más con la comida y con la bebida. No sé bien a qué se debe. Quizás estamos más tranquilos, tenemos menos prisas y saboreamos mejor. No lo sé realmente. Sólo sé que es así por familia y amigos: cuanto mayores nos hacemos, más nos gusta comer bien. Y beber. No es que comamos y bebamos más, sino mejor.

El gusto es un sentido apasionante. La pena es que hoy muchas cosas ya no saben. Hemos sacrificado sabor por apariencia visual. Tal es el caso de muchas verduras y frutas y, especialmente, de los tomates. Otros alimentos, porque se cocinan y sazonan del mismo modo, se hacen demasiado y pierden su sabor. Matamos también sabores originales llenos de matices a base de excesos de azucar o sal.

Muchos niños, y no pocos adultos, no saben reconocer un buen solomillo, distinguir un pescado de otro, por no mencionar las verduras, sus sabores se reducen a un estrecho rango, siempre toman lo mismo. Como en otros sentidos, si no se ejercitan con cierta variación de registros, el gusto también se hace duro, romo, pierde finura. De tanto guarrear, la gente llega a la mesa desganada. De tanta chuchería, el paladar no puede apreciar o distinguir, se embota.

Sin embargo, hoy tenemos acceso, si queremos, a muchos más sabores, esa es la verdad. Aunque puedan estar adormecidos por neveras, hormonas y producción en serie. Los kiwis son bastante recientes, mangos y papayas igual, descubrí la rúcula hace pocos años, los lichis también, el vinagre de Módena lo empezamos a utilizar con Arguiñano, y así un largo etcétera de frutas, verduras y productos de la industria alimentaria, muchos estupendos. Repaso con mi madre qué comía ella de pequeña y lo que come ahora y la diferencia es evidente.

Una de las cosas que más le agradezco a Sergui, profesor en El Carnaval, es habernos enseñado cómo un plato debe combinar -si es posible- sabores que vayan a los lados laterales de la boca y otro que despunte hacia arriba, hacia el paladar. A sazonar. A saber caramelizar. A probar nuevos sabores: el hinojo, por ejemplo, anis y regaliz en una verdura con pinta de cebolla. A dejar un poco más tiesas las verduras para que sepan más. He entrenado el gusto y puedo apreciar mejor cosas que ya me gustaban y otras nuevas insólitas. No hay nada comparable al jamón ibérico, sólo alimentado con bellota, y a la vez, como una exploradora, te atreves con el chutney y otras variaciones geográficas y de fusión. Es como la música.

Cuando dejas de fumar, uno de los grandes placeres es recuperar el sentido del gusto, agudizarlo. Si uno quiere abandonar el vicio teme engordar, pero, de lo que se trata es de recompensar y darle un nuevo placer al gusto tan machacado por el tabaco. No en cantidad, sino en calidad. Se lo merece. En mi opinión es la mejor manera de dejar de fumar: dándose gustazos culinarios, es un tema de sustitución por algo mejor, si no, no hay manera. Si se afina, y no se pasa uno de cantidad, solo el gran placer que te produce de nuevo el gusto te hace olvidar el tabaco rapidito. Pero como sea a palo seco es más difícil.

Es estupendo paladear ese sabor amargo que raspa la garganta del aceite de oliva virgen extra, tan bueno por la mañana. Descubrir la pimienta rosa o el comino sazonando los garbanzos. Apreciar ya no sólo el sabor o el aroma en boca, sino también las texturas diferentes: crujiente masa de brick, espumas, cremas bien ligadas o salsas bien emulsionadas.

Somos hombres porque cocinamos, somos distintos porque cocinamos también distinto: cocina árabe, india, china, todas deliciosas. Nos metemos en la boca las cosas más variopintas. "Todo lo que vuela y no es un avión y todo lo que tiene patas y no es una mesa" decían en China. Y era verdad.

Tengo sólo dos amigos que no disfrutan con la comida. Carlos no tiene olfato y sus papilas gustativas no funcionan, le da igual lo que coma. Una desgracia como otra cualquiera, pero él lo lleva muy bien y se toma una papilla para cenar como un bebé, y tiene ya casi 60 tacos. Otro, David, se dedica a la política y siempre dice que no le interesa comer, que le da igual: mala cosa.
Es estupendo poder disfrutar del gusto, y si es en compañía mejor siempre.

Nota: ya publicado el 2 de enero de 2009, la vida, que da lo que da de si.

Olfato


Casi mi sentido favorito. Debe de ser influencia de Olimpia.

Huelo, casi como una perra, a los bebés. No hay olor más bueno, a nuevo, a vida. Los levantas de la siesta, no más allá de los tres años, las niñas pueden ser mayores quizás, y huele a ese sudor suave, todavía de bebé, de niño. Te bañarías en él.

Olor de campo, cuanto más seco está antes de que llueva, mejor. Rompe la tormenta de verano, queda para la tarde una sinfonía de olores, jara y tomillo, olores de monte bajo que tanto me gustan. Ni hablo del olor de Sevilla o de Córdoba. Ya podrían envasarlo.

Perfumes. Un placer. Mejor los franceses, siempre. No son ya florales, cítricos, amaderados o frutales, las familias olfativas tradicionales; hay olores marinos ahora, aéreos, enpolvados (tan antiguos como el Chanel número 5, tan modernos como el Flower de Kenzo), alimenticios (vainilla, coco, chocolate, hasta caramelo). Y muchos más.

Serge Lutens, de las mejores narices del mundo, artista, fotógrafo, creó ya hace años una colección propia de perfumes de una gran delicadeza y personalidad, mis favoritos.

Los de Guerlain y Hermès están muy bien trabajados también. Entre los de la última casa, "Un jardín en el Mediterraneo", "Un jardín en el Nilo", "Un jardín tras el monzón". Todos son sutiles combinaciones, tras las notas de salida van apareciendo las de fondo poco a poco, a medida que pasa el día. Nada de todo de golpe, sería vulgar.

De cualquier modo prefiero la solución nada ortodoxa y además cara de pulverizar en el aire y pasar luego debajo, así nunca embriagan ni al que lo lleva ni a los demás.

Todo Kenzo, los japoneses siempre tan delicados, Miyake igual. Aguas de colonia de L'Occitane y esos trozos como de ambar que huelen tan bien y duran tanto para dar buen olor a las casas, siempre los tengo en la mía.

Velas olorosas. Como las personas, perfumadas las casas. Mejor con un olor de fondo agradable, sin que sepas qué es, confundiéndose el olor propio y distinto de la persona o el de la casa, con el del perfume o la vela que se utiliza. Que nunca el olor se imponga a nada, a nadie, que no disfrace ni oculte.

Olores caseros, tranquilidad doméstica, tortilla francesa de la noche, café mañanero, en casa ponemos a hervir palos de canela. También me gusta cierto rastro del olor de lejía, de limpio. Y otros extraños: gasolina, los libros nuevecitos, un coche recién estrenado.

Los hombres huelen y huelen prontísimo. Empiezan a oler a chotillo a eso de los siete años. Y luego huelen mucho más. No sé, quizás las mujeres somos más olfativas y lo notamos más. Tienen un olor más fuerte. No peor, para nada, más fuerte simplemente.

Esas zapatillas de adolescentes, por Dios, que hay que sacarlas a la ventana. Y luego en cuanto les empiezan a gustar las chicas, la cosa mejora mucho: huelen a colonia y se duchan ya sin perseguirles. Huelen bien. Algunos fenomenal. Raro es el hombre que no huele bien si es limpio y se ducha. Luego lo que se ponga como colonia o perfume es secundario.

El olor del primer sudor no es molesto. Es el del sudor sobre sudor el difícil. Pero quien no haya sudado durante el día es que no trabajó.

Todo esto ha quedado bonito, pero la verdad es que yo ya no huelo a ningún perfume de Lutens que me ponga, sino a mi propia perra que tengo encima todo el santo día. Así se me acercan los perros por la calle, que no los señores. Qué vida ésta...

Nota: Ya publicado el 1 de enero de 2009. Siento repetir, sigo centrada en otras escrituras. Ayer tuvimos tormenta, olía el campo a gloria luego.

martes, 25 de agosto de 2009

Oído


Creemos por el oído, oí ayer precisamente. La fe viene por el oído.

Interesante sentido, hoy machacado por el volumen de todo. Mueren sepultados muchos sonidos, no percibimos matices o tonos de otros, ni siquiera ritmos distintos bajo semejante peso.

Se habla demasiado alto. Vas al cine y es atronador el sonido. Las pausas publicitarias de la televisión se ponen más altas a intención. ¿Cómo hemos podido pasar de la levedad del sonajero, nuestro primer instrumento musical, al estruendo con el que vivimos?

Oigo a la Orquesta de Madrid dirigida por esa estupenda directora que, además, es guapa, Inma Shara. Luego vendrá la maravilla del Concierto de Viena, archiconocido, sí, pero son los sonidos de un mundo que desaparece, una gracia musical que ya no existe. Barenboim dirige a unos músicos con facha de caballeros, creo ver a un par de mujeres en la orquesta, damas.

Tras el estruendo de petardos de ayer, en esta mañana soleada donde las nubes y niebla quieren levantar, la combinación de esta música navideña y elegante y las urracas, que ya están haciendo de las suyas en el jardín, me dan paz.

Muchas mujeres se enamoran por el oído, sentido olvidado en algunos poemas y novelas de amor. Debe de ser difícil llevar a un texto el tono de voz de alguien, su ritmo, no sólo lo que te dijo y cuándo, sino cómo te lo dijo, su cadencia o intensidad. Algunas películas sí pueden, el teatro también, juegan no sólo con las palabras.

En algunas ocasiones cerramos los ojos para ver mejor y oír de verdad.

No oyes violines cuando besas por primera vez, como decía José Luis Garci, pero sí el latido del corazón a menudo. También la respiración. Tantas veces es tranquilizador entrar en el cuarto de alguien y oír que sigue respirando.

Silencio roto por los pájaros. Carboneros o herrerillos se pelean en el abeto. Aleteo de los colirrojos, siempre más discretos. Rabilargos que aparecen y no sé si se van a quedar por aquí. Lavanderas que vienen a lo suyo: andar por los charcos.

La voz humana, el mejor sonido, puede ser también poco agradable. Voz en susurros de Diane Krall, me encanta. No me gustan las voces perfectas y muy potentes como Celine Dion o Barbra Streissand, frías de tan sin mancha. Y en hombres, igual. La voz de Paco Rabal, la de Juan Luis Galiardo, tabaco, sí, pero también vida.

Como el silencio, tener toda la casa en silencio: sin cd, sin radio, sin televisión, sin móvil, desconectas el teléfono fijo.

Necesitas silencio para apreciar mejor los sonidos, que el oído ayune unas horas, a veces días enteros. Ni música siquiera. Nada.

Un paseo por el campo hoy a primera hora. El mundo recién hecho. Sólo los perros que ladran a Olimpia cuando pasea a mi lado.

Creemos por el oído.

Amar por el oído.

Amar de oídas a veces.

Nota: Ya publicado el 1 de enero de 2009, mis disculpas por repetir, necesito tiempo y concentración.

lunes, 24 de agosto de 2009

Playas civilizadas



Vuelvo de Altafulla donde me han acogido Pepa, Capitán y sus hijos y he conocido a Sunsi y familia, encantadores, muy finos todos, que se decía antes (finos en el sentido de educados).

Todo fenomenal, pero me tengo que retractar de mi antiguo rechazo a las playas mediterráneas en verano, aprovecho para hacerlo aquí.

Me equivoqué de pleno y hay todavía playas que no están escondidas en el norte de España -ay mi Galicia ...- donde la gente es educada, no chilla en público al menos, hay limpieza, no tienes veinte torres de horror y la moda del top-less es totalmente puntual.

O sea, hay playas que todavía no son como las que muestra la televisión en diversos programas y, en especial, en uno que se llama "Ola chica": esas playas que dan ganas de no salir, de ir de convento en convento. Esa era mi intención este verano: no moverme del convento de mi casa a, como mucho, el de mi madre y mis tíos en Boecillo.

No soporto la mala educación, los gritos, la guarrería, las aglomeraciones y el tener que luchar por dar unas brazadas. Tampoco tener el pecho al aire a la vista de tu primo, el marido de tu prima, tu propio hermano o el amigo de tu hija. Es decir, de cualquier otro que no sea el propio, tu santo o menos santo, tu chico, que dirían los modernos. Porque es mucho peor si son, encima, conocidos, por Dios, que totales extraños. Me parece algo insólito y próximo no ya a la barbarie, que también, sino a la simple y llana estupidez, con perdón, femenina, por más señas, mira que siento decir esto. Por otro lado, comparto la opinión de mi difunto abuelo: así se pierde la afición. Y creo que no estamos como para que se pierda la afición, la verdad.

Altafulla tiene una playa civilizada.

Yo creo mucho en la civilización.

Por eso me gusta la dehesa -bosque civilizado al fin y al cabo- o los campos de olivos, la buena conversación, las cenas de verano con amigos -ellos sin corbata, nosotras como Dios manda, que diría Pérez Reverte-, los niños bien educados y la cocina. También Bach, Mozart, Pasión Vega y Diane Krall, el vino de crianza, las camas bien hechas, los cuartos de baño limpios y los estanques o las albercas.

Porque me gusta la civilización, me encanta la naturaleza, de verdad, no el sucedáneo de naturaleza que es un tío eructando en la playa con una pared de hormigón detrás y la parienta enseñando las tetas. A otro perro con ese hueso.

O una playa sin nada ni nadie más, tu santo varón que diría Tip, tu chico o lo que sea y tú, Adán y Eva, estupendo o, si somos más que un hombre y una mujer frente a frente y que el mundo se caiga a nuestro alrededor, hace falta guardar las formas, unas formas, ciertas formas al menos. Me da igual ser políticamente incorrecta.

Civilización no es tener más cosas, no son las cosas, son las formas. Sin formas estamos perdidos. Y vivimos en un mundo de muchas cosas y desnudo de formas, cada vez más desnudo.

Y yo creo que es un engaño, la verdad.

Porque no es la desnudez primigenia -original, natural- la que se recupera en las playas con el top-less o el nudismo, no es esa, es otra en mi opinión horripilante, sucia y bárbara. Sólo hace falta ver la televisión o estar en esas playas. Y, encima, cursi, pretenciosa: porque aunque parezca mentira se puede ser vulgar y cursi a la vez, esta "moda" del top-less o el nudismo lo demuestra con creces. Somos capaces de aunar lo soez con una estilización que da pena cuando no risa.

No es la desnudez animal con su inocencia, ni la humana siquiera, lo que tenemos en las playas hoy es algo muy raro que sólo nosotros podemos crear: un falso sucedáneo que no da el pego, salvo para los tontos y los ingenuos que nos hablan de tolerancia, con todos mis respetos lo digo, pero lo digo.

O desnuda de verdad o civilizada, a mitad de camino nunca.

PS: Porque nos quieren convertir en ciudadanos tipo ovejas no nos quieren de verdad personas civilizadas. Ciudadanía (en ese pobre sentido) versus Civilización, quizás sea ese el debate.

sábado, 22 de agosto de 2009

Historias de fantasmas


Me gustan las historias y cuentos de fantasmas además de las de mujeres ratón o las desconocidas. No sé si creo o no creo en los espíritus, en los fantasmas, pero sé que me encantan, como le gustaban a mi padre.
El primer cuento de fantasmas del que tengo recuerdo es "Cuento de Navidad" (A Christmas Carol) de Charles Dickens. El fantasma de las Navidades pasadas, presentes y futuras se deja caer en casa del roñoso Mr. Scrooge y le muestra su soledad, otra vida posible, la alegría del que comparte, la frialdad del que murió rico.

Es un cuento para leer otra vez al llegar las Navidades, a muchos niños, a pesar del miedo que a veces pasan, les encanta. Y hay varias películas preciosas. En una, transformada en musical, Sir Alec Guiness aparece como espectro, verde y con cadenas. Está genial, aunque la mejor película es otra en blanco y negro.

El segundo, quizás fue el primero, ya no me acuerdo, es "El fantasma de Canterville", de Oscar Wilde. Me lo regaló mi padre, sabía bien lo que me iba a gustar. Es un libro genial. Ves a esos americanos pragmáticos y descreidos aplicando el quitamanchas pinkerton a la terrible mancha de sangre de la mansión que compraron; al fantasma hecho polvo por el poquísimo respeto que le tienen; y esa mujer joven, muy joven, capaz de deshacer el hechizo. Creo recordar también una película en blanco y negro, muy antigua. Esa mezcla magistral de humor, melancolía y algo importante que decir que siempre tiene Wilde.

Hay muchas más.
No me gustó nada "Ghost", me pareció cursi, pero en cambio me encanta "El fantasma y la Señora Muir", una película de Mankiewicz con Gene Tierney y Rex Harrison que para mí tiene una gran delicadeza y poesía.

Pienso también como Mulán, la heroína de Disney, como en tantas culturas y religiones, que nuestros antepasados, las personas a las que quisimos mucho y nos quisieron tanto, velan por nosotros, nos guardan de alguna manera que no llegamos a entender.

Si algo queda es lo que hemos querido, el amor que nos han tenido. Para siempre, más allá de la muerte.

Aparece el fantasma de un abuelo, roto el corazón, legionario, valeroso y se esfuma de repente. Con él, la charla constante de su mujer. ¿Sabía Vd. que yo he visitado al Papa? Las manos quemadas por los rayos X de otro abuelo, a su lado una mirada azul y mandona de mujer. Se desvanecen los cuatro y dan paso a unos jóvenes alegres y bromistas, mis tíos muertos en la guerra, ninguno superaba los veinte años. Entra una niña que siempre fue niña, otra más que no reconozco.

Siempre la huella del dolor, constante y al final ya suave, forma parte de la vida, de la familia.
Más fantasmas.
Aparece mi tío contando chistes, fosforito hasta el fin, el caballo lo dejó al lado, menos mal, estaba demasiado gordo, pobre caballo. Su hija aparece, ella también vela por sus hijos, seguro.
Mi padre y sus manos, tan calentitas, la chaqueta de punto, el libro siempre abierto, los ojos verdes.
Mi hermana, sin palabras, ruiditos de niña eterna, de nuevo no quiere que le corte las uñas de ninguna manera.

Todos se esfuman de nuevo, pero todos están.
No tengo miedo.
Desearías que la tierra les haya sido leve, muy leve.
Rezas por ello, por ellos.
Aunque a algunos sabes que no les hace falta.
Pasitos cortos siempre, andar titubeante y sin embargo tan firme, te echamos mucho de menos todos, Luisa.
Le pedí al sacerdote que vistiera de blanco, aceptó sin reserva alguna. Blanco y gerberas de colores.
Regalo, dulce carga. Mira a ver si tú nos guías ahora.
In God's own time we shall meet again. Lo leí en un cementerio inglés. Lo espero.




Publicado el 1 de noviembre de 2008. Vuelvo a hacerlo: las vacaciones son muy malas, se llega a no dar un palo al agua ;-). Leí ayer algo que me hizo pensar: los fantásmas dan más miedo de lejos que de cerca. Es de Maquiavelo.

viernes, 21 de agosto de 2009

Más sobre mujeres ratón (y 2) (Carta de una desconocida)


Con este frío que hace hay que buscar cobijo cerca de una mujer ratón. O en la literatura. O en la chimenea. O en las tres, si se puede.

Las mujeres ratón, decía, son aquellas que sin ruido construyen hogar. No en el sentido real, que también, en torno a ellas, en su propio corazón, allí donde otros nos podemos sentar cómodamente.

Dan calorcito, reúnen a veces restos que nadie quiere, y de repente te encuentras ahí prendida de ellas y con las pantuflas en el sillón que te han puesto. Tan ricamente.

Dan paz las mujeres ratón, aunque a veces, porque no son tontas, plantéen alguna batalla que otra. No se van a dejar ganar el terreno que con tanta paciencia han roído: años trabajando a la sombra y tras la despensa. Hacen bien.

Hay muchos tipos de mujeres ratón en cualquier caso.

Las hay risueñas y cantarinas, las hay más serenas y tranquilas, incluso coquetas, pero no frívolas. Y a veces pasan rachas: más alegría, menos, necesitan respirar y no pueden hacer ni croquetas. No pasa nada. Sabemos bien que las mujeres ratón son eso, y no nos sorprende su debilidad, nos acoge también. La debilidad acoge si se muestra con naturalidad.

Hay algunas historias muy tristes sobre mujeres ratón, conmovedoras, que no siempre acaban bien.

Jane Eyre, prototipo de mujer ratón sobre la que escribí, termina bien, pero hay otras que no.

La vida no siempre acaba bien. O lo que a nosotros nos parece bien. Y no pasa nada.

Bueno, sí, pasa, pero gracias a eso, leemos cosas magistrales o vivimos en carne propia algunos momentos que no pedían un final feliz, sino triste, con una tristeza suave y hasta cálida que nos conforta.

"Carta de una desconocida," la novela de Zweig, es un caso de mujer ratón tan bonito, de tanta delicadeza, que como Jane Eyre vuelvo a leer una y otra vez. Me encanta.

La película de Max Olphus sobre la novela es otra joya. De nuevo esa actriz de "Rebeca", Joan Fontaine.

Delicada, suave, etérea, enamorada hasta los tuétanos desde que era una niña de un músico mujeriego y, peor, frívolo. (Perdón, pero es que además Louis Jourdan era un cursi, y da el tipo cursi fenomenal).

Ni a los pies le llega él a ella, ni puede sospechar, ni imaginar, ese amor fiel y constante de ella, tan secreto. Ese es el milagro de algunas mujeres ratón que aman a quien no les merece.

Bien pensado ¿alguien merece a alguien? No sé, pienso que nada es merecimiento, todo es don y gracia. En el amor de las mujeres ratón también. En el amor en general también.

No, no voy a destripar ni la novela ni la película. Día hoy estupendo para leer y ver buen cine.

Stephen Zweig es un autor genial, y antes de que El Acantilado volviera a publicar (casi) todos sus libros, mi tío Paco y mi padre me descubrieron al autor. Y con él a esa mujer ratón de mirada tan tímida y corazón tan fuerte que es Lisa, finura de alma en esa Europa que no volveremos a ver hecha de música, caballeros y damas refinadas. También de dolor e injusticias, lo sé.

Cuando una mujer ratón se toma unos días para ella, o la vida se los da, disfruta del gran regalo de la literatura que nos hace estar menos solos, pese al acto tan solitario que es leer.

Hermana ratona, tu casa ya está puesta hace mucho tiempo, el fuego no se apagará porque te eches la siesta una temporada. Tienes bien hechos los túneles y el nido.

Nota: publicado ya en diciembre de 2008, lo vuelvo a sacar como continuación del anterior y porque no he escrito nada para el blog hoy.

jueves, 20 de agosto de 2009

Jane Eyre y las mujeres ratón I


Haciendo limpieza de libros, viendo los que me voy a llevar y los que voy a dejar en casa de mi madre, me encontré con Jane Eyre, la vieja edición de Penguin, un libro que casi todos los años leo de nuevo.

También vi la película más reciente sobre la novela de Charlotte Brontë protagonizada por Charlotte Gainsbourg, hija de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. Una maravilla de mujer, una estupenda actriz.

Charlotte hace una Jane de libro, está perfecta. No así William Hurt, para mi gusto tiene demasiados tics.

Nada espectacular en Jane, quizás uno o dos rasgos hermosos en su físico, un aire ligeramente desvaído y, a la vez, una increíble fuerza interior que la mantiene y mantiene su alrededor.

Jane Eyre es el prototipo de las mujeres ratón. Hay muchas, ella es una.

Otra mujer que me recuerda a Jane, y es también prototipo de las mujeres ratón, es Joan Fontaine en la película de Hitchcock, "Rebeca".

"Anoche soñé que volvía a Manderley"

Otro novelón de la misma autora de "La posada de Jamaica", Daphne du Murier, un relato también estupendo.

La nueva señora de Winters, enamorada de su marido hasta los tuétanos; la sombra permanente de otra mujer, Rebeca, primera mujer de su marido; el ama de llaves, mala, malísima, que la quiere hacer dudar y sentirse inferior ante quien supuestamente era más. Pero no, realmente nunca Rebeca estuvo en el corazón de él, demasiado perfecta y demasiado fría. Es ella, la mujer ratón, la que sin parafernalia de iniciales bordadas, ni una contundente presencia o ausencia, es el amor verdadero.

La mirada de Joan Fontaine es una de las miradas más hermosas. Ternura y solidez de quien ama a una mujer ratón o es amado por ella.

¿Quiénes son las mujeres ratón?

Como los ratoncitos de campo tiene un color parduzco, marrón o gris. El pelito sedoso. Ojos bonitos o alegres a veces. También muy posiblemente ojeras. Se pueden mover rápido o lento, pero son silenciosas. Se cuelan por un hueco cuando pensabas que la casa estaba cerrada a cal y canto. En cuanto te descuidas ahí han anidado: debajo de la cama, en un rincón de la cocina, se han hecho fuerte y no se irán. Siempre contigo, ahí.

Listas también como los ratones coloraos.

Piden realmente muy poco.

A veces despeinadas. Prisas y poco tiempo para mirarse al espejo. Hay que meterse en la caja de cornflakes silenciosamente y ver qué puedes sacar.

Roedoras de vida, construyen nidos para los suyos, prole propia y ajena, también otro tipo de nidos.

Asun es una perfecta ejemplar de mujer ratón. Paciencia infinita. Generosidad de madre ratona.

Frente a tantas mujeres tan completas, tan perfectas, tan que lo tienen todo, y todo muy claro siempre, ("Sé lo que quiero en la vida y cómo llegar a ello" declaración que leo de no sé quién en no sé qué revista), las mujeres ratón se asoman con una mirada tímida o a veces burlona, pegan de vez en cuando un brinco y defienden su territorio, interior o exterior, con firmeza y pequeñas armas de mujer ratón.

La constancia o el silencio, aunque sean charlatanas.

Construyen, reconstruyen una y otra vez, roen el corazón hasta llegar adentro. Una y otra vez.

Cogen un hilito de aquí, un algodón por allá, ese trocito de queso o de chorizo que olvidamos, restos mínimos que sólo ellas ven, saben evitar bien el veneno o el cepo. Ellas a lo suyo. Que es lo nuestro.

Espero que los ratones de campo, las ratonas de campo, aniden en mi nueva casa.




(Lo publiqué ya en noviembre de 2008, hoy vuelvo a hacerlo porque ayer conocí a otra mujer ratona, Sunsi, y porque no he escrito nada. Estoy tumbada al sol en una playa, literalmente: qué sitio tan bonito es Altafulla y qué amigos tan generosos tengo -gracias Pepa, Capitán, Carmina, José, Luis, abuela Carmina, también a los perros que me han despertado esta mañana con un lametón)

miércoles, 19 de agosto de 2009

Esperando a nuestro Papá, a nuestra Mamá



Vivo en una calle de Madrid donde hay cuatro colegios. Muchos días coincido a la entrada o salida del cole, un verdadero follón de autobuses y, especialmente, coches de papás y mamás. Hay también muchos niños que se suben al 150 con su cuidadora para volver a casa, adolescentes a su bola en manadas o en solitario absortos con su musiquita, lío general, diario y doble, que los vecinos nos tomamos con bastante filosofía y humor. Los niños dan mucha alegría al barrio.

Cuando bajo o subo mi calle a eso de las cinco de la tarde observo que en medio de ese follón monumental hay siempre varios niños o niñas esperando solos a su mamá, a su papá. Muchos de ellos, pequeñitos, están dentro del recinto escolar. Con fe inquebrantable saben que su mamá, su papá, aunque sean unos pelmazos, aparecerán de un momento a otro, vendrán a por ellos.

Como en la película "Los niños del Coro", aunque ahí era más triste. El pobre Pepinot salía a la verja del orfanato a ver si de una vez su papá venía a buscarle. Oye tú, pues que al final viene su papá, es su papá al fin y al cabo el maestro que se lo lleva. Y lloras a moco tendido.

Yo creo que cambiamos muy poco del niño o la niña que fuimos en el colegio. Veo a antiguas compañeras y la verdad creo que en lo básico somos las mismas, exactamente iguales. Por eso es tan difícil mantener una identidad forjada a posteriori tanto con los hermanos como con los amigos de infancia. Jolín, Fulanita, que ahora irás de super mega guay y darás conferencias mundiales sobre el agotamiento del petróleo, pero yo te he visto copiando. Es un decir, pero creo que ilustra.

Hay muchas películas que van de esto. "El chico" con Bruce Willis es una: uno no puede traicionar, engañar, a quién uno fue. Se puede ser aparentemente un triunfador pero en tu fondo queda el gordito que fuiste, el niño solo al que le caneaban y a quien tu vida actual le parece -esa sí, no la otra- una mierda. "No te has casado, no tienes hijos, no tienes perro: eres un fracasado" sentencia el niño que fue Bruce. "Claro que entiendo lo que haces para ganarte la vida: mientes a la gente". Y da igual que Bruce le diga que trabaja como asesor de imagen, el niño sabe de qué va su trabajo realmente. Los niños saben siempre de qué va la vida, de verdad.

Hay otra, que me encanta, porque retrata un tipo de perfil que se da con cierta frecuencia en nuestro competitivo mundo, "El Club del Emperador". Sí, a veces se puede necesitar ganar por goleada en la vida, y más que ganar: que los demás nos vean como ganadores, serlo públicamente y por aclamación popular. Y si hay que hacer trampas, se hacen, pero luego vamos de guay. Hay gente educada para ese tipo de éxito social donde las trampas son celosamente ocultadas. Pero en el fondo somos niños, todos. Hay algo muy infantil en las trampas.

Volviendo al tema de la entrada, que me voy por las ramas.

Esperando a nuestro papá, a mamá. Día duro en el cole. Es posible que estemos solos, que hayamos sufrido, como dicen ahora, acoso escolar. No es posible muchas veces: es seguro. También que la maestra haya sido dura con nosotros. Y que la comida fuera un asco. También que lo hayamos pasado medianamente bien o incluso muy bien. Hay días estupendos en el cole. Hay de todo.

La vida es como un colegio, pero de verdad, es el colegio de verdad, el otro es una imitación. No somos muy distintos a lo que fuimos de niños y el caneo varía, la soledad varía en matices, y la compañía también, pero en lo esencial es igual. Clases, cuatro cosas que hay que aprender -no son nunca muchas- y que a veces nos cuestan, no somos el centro de la atención, porque en nuestra casa podemos serlo pero en el cole somos demasiados para serlo. Siempre hay un caradura, un matón, una cursi, se pasa bien y se pasa mal. Pues eso.

"¿Llevabas mucho tiempo esperando?" "Eres una pelmaza, mamá, siempre haces igual..." La mamá pide mil disculpas, siempre se lían las mamás, más ahora que hay poco tiempo. Se enfurruña el niño. "Venga, que ya verás qué merienda te tengo preparada" Y se nos pasa.

Tenemos mucha suerte los que sabemos que nuestro Papá, nuestra Mamá, siempre vendrán a por nosotros tras ese día duro o menos duro de cole. Da mucho calorcito por dentro tener esa seguridad. Aunque algunos nos digan como a Pepinot que somos huérfanos: no es verdad. ¿Veis como aparece su Papá?

Lo sé, esto ya lo publiqué el 11 de octubre de 2008 cuando vivía en Madrid, pero de nuevo sigo con la novela y no puedo perder el ritmo. Espero que los que lo hayan leído antes me disculpen y los que no, 1ue les guste. Hala, a seguir, sin parar, y perdón por el morro, me lo piso, lo sé.

martes, 18 de agosto de 2009

Médico de pueblo


Vivir en un pueblo tiene estas cosas. Es un pequeño universo donde la enfermedad es más evidente. Veo a Matías en el bar, es el borracho del lugar, el que mueve a la risa con su bamboleo y su hablar entrecortado. Como no molesta mucho, los vecinos le toleran y hasta le jalean. Su enfermedad no va con ellos y les resulta incluso graciosa. Rara vez viene Matías a mi consulta. Su alcoholismo le dejó trabajar y vivir bien durante años. Ha ido lentamente instalándose sin síntomas apenas, sólo ahora empieza a pasarle factura en su soledad de cuarenta años. Yo lo sé pero poco puedo hacer. Le abrazo en el bar y hago que coma algo caliente.

Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Sabes que tu medicina es limitada, aunque tus vecinos tengan a veces una fe inquebrantable y casi inexplicable en ti. Soy el doctor y como en otras fuerzas vivas se confía en mis poderes de modo a veces infantil. Algunos buscan la pastilla de oro, el tratamiento mágico y fácil que les curará de sus dolencias, la sabiduría de un diagnóstico certero bajo nombres incomprensibles. Cuanto más incomprensibles más les gustan, es curioso. Ellos mismos se buscan a veces unos nombres inventados para lo que tienen. Yo sonrío y no corrijo. Y los remedios: a veces también se los buscan a cada cual más raro: "el agua por la mañana bebida en ayunas encomendándose a San Expedito". Les dejo hacer.

Vienen otras veces como en procesión a mi consulta con pretensiones chocantes, sin poderse explicar a menudo. "Doctor, que tengo un dolor como por aquí que me sube y que me baja entre las cuatro y las seis de la tarde los primeros viernes de mes..." Es María que se vuelve a señalar la cadera. Le pregunto lo evidente "Pero, hija mía, ¿tú cargas con mucho peso?" "Pues ahora que caigo, un poco...". Decir lo sencillo es a veces lo que no se puede decir. Cargar con el saco de pienso de los cerdos es la lógica causa de la dolencia. Pero ella quiere la pastillita milagrosa que le hará enfrentarse al dolor con seguridad mientras sigue cargando el pienso. Dejarlo nunca jamás. Para ella es imposible, no puede imaginar su vida sin ese fardo, el ir y venir del corral y al corral, los pies sucios y agotada con tanto trajín. Se ha acostumbrado casi hasta al dolor aunque sea molesto.

Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Sabes que todos tus vecinos están enfermos, que son enfermos. Incluso los que piensan que no lo están. Conoces sus antecedentes familiares y has trazado su historial clínico desde hace tiempo, vengan o no a tu consulta. No hay enfermedades sino enfermos, qué gran verdad. La humanidad son enfermos de gripe, cáncer, reumatismo, obesidad y, ahora, anorexia. Enfermos con pulmonías en invierno, úlceras de estómago en primavera y muchas otras dolencias ocultas, conocidas y desconocidas. Algunas se hacen crónicas. Por todos siento la misma compasión, por los que se pasan por mi consulta y por los que me saludan con miedo en la calle, esos que piensan que el médico cuanto más lejos mejor.
Siento una ternura especial por quienes cuidan de su salud, temerosos de los malos vientos, de las bacterias o virus: no saben que cualquier día se los lleva por delante una enfermedad desconocida, tan expuestos están como los demás. Ser hombre es estar enfermo.

Ser médico de pueblo tiene estas cosas. Vino el otro día Pablo, buen hombre, le notaba triste y muy desmejorado los últimos meses. Me lo encontré el miércoles en el mercado y le anime a visitarme. Vencí su natural timidez y resistencia con afecto y bromas. Hay hombres que no van al médico ni aún los maten. Se quitó la camisa sin ganas y como con miedo todavía, lo ausculté con calma. Hablamos un rato.
Al irse me preguntó Ana, mi enfermera "¿Qué le ocurre a Pablo?"
"Nada que no hayamos visto, Ana, otra forma de mal de amores", contesté.
Sonrió Ana.
Podría haberle dicho a Pablo que no buscara con tanto ahinco en el lugar equivocado, una y otra vez. Pero soy médico de pueblo y sé que no servirá de nada. Se le pasará.
Estoy para curar y, cuando no puedo, que es la mayoría de las veces, simplemente acojo.
Ahí va Pablo, el corazón roto de parte a parte, abierta la carne y a la intemperie. Sólo mi enfermera Ana y yo lo podemos ver.

(Entrada ya publicada el 19 de marzo de 2009, día del padre. Perdón, pero es que hoy no tengo tiempo para escribir en el blog, estoy dale que dale a la novela y no puedo perder el ritmo. Varias vacas mugen en el campo vecino, deben de estar pariendo las pobres)

domingo, 16 de agosto de 2009

El biólogo heterodoxo


Estuve el martes en casa de Jesús Dorda y de Feli, su mujer. Necesito documentarme sobre el trabajo que hacen los biólogos y algunos temas relacionados con la naturaleza. Y acudí al biólogo bloguero más cercano que tengo porque los Dorda y yo vivimos a un tiro de piedra, podría ir andando a su casa, una casualidad.

Como ya era de prever me encantaron. Amabilísimos los dos, con una casa preciosa, dos perras estupendas y ese jardín que me tienen que enseñar con mucho más detenimiento. Encima me dieron de cenar porque llegaba de viaje hambrienta. Se les ocurrió ponerme un estupendo aperitivo y Feli tuvo que volver a sacar queso y demás porque yo arrasaba con lo que había como una termita. El hambre es muy mala y el queso estaba estupendo, como lo estaban los mejillones, el salchichón, el jamón y el melón, las aceitunas y la cerveza esa extraña que tomé. Por favor, la marca otra vez, que me encantó. Feli es genial.

El caso es que Jesús me contó los distintos tipo de trabajo que pueden hacer los biólogos que a mí me interesaban para la novela, los que “necesitan” -y les apasiona-salir al campo, hacer observación, los que tienen que tener paciencia y tienen una relación casi física con la tierra, con la naturaleza. Qué estupidez, todos tenemos una relación física con ella: estamos sobre ella, en ella.

Me dejó Jesús documentación sobre el Museo de Ciencias Naturales donde trabaja y luego, hablando del trabajo de campo de tantos, me mencionó a José Antonio Valverde, un biólogo, por cierto de Valladolid, que murió hace algunos años y que era un sabio impresionante. Realmente hay gente apasionante en este mundo y conviene tenerla cerca si se puede y, cuando no se puede, al menos sus libros. Éste es el caso.

Valverde era uno de esos tipos que quizás sólo dan determinadas generaciones, o contextos, no sé bien. Tiene 7 tomos de sus Memorias que son una delicia de leer, que es realmente de lo que se supone que va esta entrada, anda que no doy vueltas.

Fue fundador de la Estación Biológica de Doñana y del Parque del mismo nombre, investigó zonas y especies poco exploradas de España y el norte de África. Avanzó y formuló el paradigma de la ciencia sobre el origen granívoro del hombre y estudió un amplísimo número de temas: mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, pesca, barcos, historia medieval. Esa es la presentación formal, pero es que fue mucho más.

Curioso, como todas las personas interesantes, dibujaba además de muerte, creo recordar que le ofrecieron irse a Francia a pintar, cosa que rechazó para dedicarse a la naturaleza, pero dotes tenía y de sobra. Pero además explica todo con una sencillez y un estilo que te enamoran. Hizo muchas cosas, muchas, y todas las narra como el que va a la compra y vuelve, un tono a veces de cierta elegante ironía, erudito y a la vez divulgador que hace fácil todo a quienes somos legos.

Sus Memorias que editó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas hace años son estupendas, una joya para leer y pasárselo bomba: tienen un castellano espléndido, cuentan unas cosas divertidísimas, aunque no seas biólogo ni naturalista ni nada, sólo por cómo están escritas –me recuerdan mucho en cierto modo a Delibes- valen la pena.

Pero es que, además, Valverde va contando, tomo a tomo, desde sus orígenes castellanos –niño enfermo al que le traen bichos a la cama- hasta su trabajo en el CSIC, en el Sahara, luego en Doñana, sus estudios buscando nuestras raíces.

Yo había regalado estos libros hasta el tomo quinto a un tío mío y resulta que me quedé sin ver –ni leer- el sexto que es el que me prestó Dorda y que me tiene embelesada esta semana. Estos días de agosto escribo algo con mucho esfuerzo y luego vuelvo al tomo sexto de las Memorias del sabio para morirme de risa y pasármelo genial entre los montes de León y Doñana, para ver si algo de esa escritura limpia se pega, para aprender del cortejo de las espátulas o de viejas tradiciones ligadas a esos lobos y osos que tan entretenidos tuvieron a nuestros pueblos, para averiguar qué demonios comen los camaleones.

Y es que ese tomo que devolveré a Dorda y que yo no había leído está dedicado a “Reyes, osos, lobos, espátulas y otros bichos” y trata de todo ello, del trabajo del sabio desde 1976 al 1982, años en los que, como escriben en la contraportada "se le vio subido a un alcornoque de las pajareras de Doñana observando espátulas, con el Libro de la Montería de Alfonso XI bajo el brazo, analizando la regresión del oso y del lobo en los más de mil montes descritos por el rey medieval en el siglo XIV; o capturando insectos para dar de comer a sus camaleones”.

A quiénes pienso que pueden encantar estas Memorias: primero, a los del gremio, pero esos estoy segura que las conocen de sobra. Segundo, a personas mayores. Lo explico: Valverde escribe (seguramente hablaba) como mi madre, como mis tíos, como la gente que todavía habla bien en este país, una generación también de lectores impenitentes, exigentes también, a quienes no se les puede dar gato por liebre y a quienes las reflexiones de Valverde, dichas con tanta gracia, esa guasa del que sabe realmente y no se jacta jamás de ello, les van a encantar. A jóvenes y niños para que tomen nota: es un libro estupendo para leer trozos a niños y ponerles en contacto con ese “mundo que agoniza” que diría Delibes, el mundo de la naturaleza pero también el del buen castellano, ambos agonizan. A bicheros en general como yo, amantes de la naturaleza en particular, y buscadores de un tesorito, quedan pocos, de verdad. Bueno, quedan tesoros, pero cuesta a veces encontrarlos entre tanta novedad editorial. Si alguien lee esto y piensa que algo se puede fiar de mí, que no lo dude: los 7 tomos de las Memorias de Jose Antonio Valverde. Se lo van a pasar de cine.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Una abuelita se escapa de casa (Cap. 1, Introducción de "Abuelitas malditas")






Les contaré cómo empezó todo.

Me llamo Inmaculada Torredelmar y un día decidí darles una lección, un buen susto.

Estaba harta, muy harta, de todos mis hijos. Me tenían fríta. Para empezar, me quitaban las cosas o las cambiaban de lugar.

Los peines por ejemplo. Me decía mi hijo Antonio que es calvo que cómo él me iba a quitar el peine. "No tengo ni idea, pero tú siempre has hecho cosas muy raras, así que da igual, has sido tú". Nada, se sonreía, y con esa voz de autosuficiencia que tienen algunos calvos insistía una y otra vez con que él no podía haber sido. Yo, naturalmente, no le creía. Era él, como también eran mis otros hijos quienes me cogían las cosas o no las colocaban en su sitio.

Sartenes en otros estantes distintos en donde yo las había puesto, toallas en otro armario diferente al que yo las asignaba desde hacía 50 años. Nunca estaba nada donde lo había dejado. Se trataba de una conjura. Ellos siempre respondían con esa actitud de perdonavidas y su falta de respeto habitual "¿No habrás sido tú, mamá, quien no te acuerdas?"

Luego estaba mi hija mayor, la peor de todos con diferencia, con esa manía del cuarto de baño, con tanto "no te encierres, te lo pido por favor". O con el dinero, por Dios, el dinero. "Venga, mamá, dime cuántos son 200 euros". Como si yo fuera idiota. "Nena, 200 euros son eso, 200 euros" respondía yo, a ver la tonta si creía que me iba a pillar. Y ella dale que dale, seguía insistiendo"Te digo en pesetas, mamá, que es que no sabes el valor del dinero, que te has olvidado y crees que cuando das 200 euros das 2.000 pesetas y son más de 30.000, es que no te das cuenta". Para matarla, como comprenderán Vdes. una impertinente completa.

Eran todos muy pesados, me daban la lata constantemente y yo no podía más. Así que decidí escaparme un día y darles un susto morrocotudo, para que aprendieran. Aunque luego fue más que eso, mucho más.

Salí de madrugada, ni me oyeron. También me tenían totalmente prohibido que saliera sola jamás a cualquier parte, por si me caía. Yo no me había caído nunca, bueno, una vez solamente, pero ellos insistían que habían sido más veces. Me daba igual, llegué hasta donde quería llegar, y allí esperé.


Me imaginaba sus caras de espanto al ir a la habitación y ver que yo no estaba, el mal rato, los remordimientos. Hala, ahora todos contentos, ya no estoy en casa y no os doy tantas preocupaciones, ahora llorad, llorad, removed Roma con Santiago.

Me reía sola. Se me saltaban las lágrimas ahí, tan cómoda que estaba, esperando a que me encontraran. Me lo pasé bomba el ratito ese. Qué descanso perderles a todos de vista por unas horas.

Y me encontraron finalmente. Estaba en el cementerio. Sentadita encima de la que será mi tumba. La tengo preparada para cuando me entierren, pagada con lápida y todo.

Se suavizaron las cosas. Entendieron que yo con chiquitas no me andaba ya. Y empezaron a dejarme en paz. Me cogieron cierta prevención, algo de miedo.

Pero es que, además, pronto me di cuenta que con ese simple gesto había iniciado sin pretenderlo algo mucho más grande que una escapada de noche al cementerio.

Había puesto en marcha todo un movimiento social, perdonen que sea grandielocuente, pero así ha sido.

¡Abuelitas Malditas!

Soy, tras una reñida votación, la presidenta de honor de la sección española. Estamos generando pánico en nuestras familias, atrayendo la atención de los medios, en fin, mucho más sobre lo que les iré informando en la medida en que sepa, soy de toda la vida de ciencias y los números se me dan bien pero no así las letras.

Nunca pensé que con mi escapada nocturna pudiera lograr tantas cosas, para empezar mandarles a la porra y reirme de ellos. Eso era y es lo más importante, lo primero.

Lo dicho, permanezcan atentos que van a oir hablar y mucho de Abuelitas Malditas, entidad sin ánimo de lucro, Wicked Grannies en inglés. Ahora nos vamos a federar a nivel europeo, seremos Abuelitas Malditas Sin Fronteras.


"La vejez, aunque emborrone una página, es honorable."

Bartelby el escribiente.

Herman Melville



(Para que vean los pelmazos de mis hijos que, aunque yo sea de Ciencias, también puedo escribir y que se me entienda.

Se creen que lo saben todo ellos solos, sólo ellos)


(Publicado el 13 de Agosto de 2009, vuelvo a publicarlo

domingo, 9 de agosto de 2009

Fuera de juego (y jugando)

Pausa, silencio, dormir lo escrito un tiempo, luego revisión de las 100 páginas que llevo.

Limpiar un poco todo otra vez, venga el aspirador, el paño del polvo, un poco de orden y concierto en las formas y en el argumento.

Para empezar, sobran la mitad de las palabras, muchos adjetivos, algunos verbos, un par de sujetos que podían quedar elípticos y casi todos los "todos", muchos "siempre", "sin embargos" y "peros".

Para seguir, vete al grano, pelmaza, que te entretienes hasta con el viento.

Despégate más, desenamorate de Diego, también de Jacobo, de Pablo, de todos, todos más lejos.

Frío, frío, frío, déjalo todo más frío. Será más cálido luego, llegará, si es el caso, mejor, más por dentro.

Cuenta esa historia, sólo esa.

Que pese el silencio sobre eso otro, que caiga un velo despacio, el tacto de la seda en el aire, así, suave y nada.

No es por miedo, no tengas ninguna duda ahí: tú no tienes miedo ni al vivir ni al escribir, nunca. Contigo no va ni fue nunca el miedo. Ni tampoco la prudencia, eso desde luego que no, no es tampoco eso.

Nada, una tenue luz, penumbra, una música que se va porque tú quieres que se vaya, porque te niegas a contar esta vez, en este momento.

Aunque podrías, y ya lo has hecho, porque lo tienes escrito y es de lo mejor que tienes, bien lo sabes, por el tono, por el contenido. Como sabes también que se morirían al leerlo de risa unos, de pena otros, de ambas cosas muchos, o pensarían quizás algunos otros, o no, resultaría totalmente indiferente, o haría daño quizás, o incluso hasta algún bien, da igual, y te leerían muchísimo más o, también, muchos menos, vaya Vd. a saber.

Pero tú simplemente no quieres. Es así, simplemente no quiero.

No es que le des un papel pequeño de sólo 8 páginas en 100, es que lo vas a dejar fuera.

Entero, todo fuera.

Déjalo fuera de juego.

Silencio. Pesará más así, sólo así lo puedes contar de verdad. Así es como lo cuentas, sólo así en este momento.

Estás contando una pequeña y tonta historia, una, nada más y ni siquiera en esta historia va a estar.

Aunque como simple testigo que fuiste, que sigues siendo, nunca como protagonista, lo hayas visto y lo cuentes en ficción como lo has visto, o mejor dicho, como lo ve sólo un personaje, nada más

Es lo que nos queda, la visión personal, es lo único que realmente tenemos: cómo ve alguien algo, como lo vio, cuando ni siquiera estuvo directamente viviéndolo, cuando no fue él ni ella tampoco. Cuando estuvimos, sí, pero lejos. Y vimos algo. Lo vimos. Yo sé lo que vi, y se lo que vieron, lo que algunos han vivido. Lo sé y lo podría contar tal y como lo ve alguien que ni siquiera existe.

Es lo que único que tenemos: una visión pequeña, propia, una puñetera voz de niña, una mirada sobre algo, siempre parcial. Eso es una novela, nada más.

Pero ni eso al final.

No. Y no. Y no.

Nada, fuera de juego. Fuera de juego. Lo dejas fuera de juego.

Sé lista, boba

sé nove-lista,

¿no ves, lista?

No-ve-lista,

Mira que te gusta jugar con las palabras, no tienes remedio.

Es eso, jugar, porque te gusta jugar, todo eso tan pequeño estará fuera de juego.

No por miedo, no por prudencia, no por compasión. Ni siquiera por el cariño que tengo a tantas personas. Tampoco por simple inteligencia o listeza que no tengo, bien lo sé.

Simplemente porque yo sí juego. Quiero jugar.

Y voy a jugar de verdad.

Escribiendo.

Sólo escribiendo una historia.

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No ver nada de repente, absolutamente nada, no saber para dónde iluminar, ni dónde ocultar, ni qué camino tomar, cuál dejar de lado, perdido en el tiempo.

No saber qué narices hacer.

Dudas, dudas, dudas, dudas.

En fin, mañana será otro día.

Voy a darme un paseo.

sábado, 8 de agosto de 2009

Que detengan a la luna...



Pero ¿alguien está viendo la luna que tenemos estos días?

Por Dios, por Dios, mirad a la luna, así, hala, debería darla vergüenza.

Que alguien la detenga, que no se puede ir por ahí así, hombre, vamos, qué descaro...

Y las perseidas, venga estrellas, y venga, y venga.

Bendito verano.

Bendito viento fresco, aquí por lo menos.

Bajó la temperatura unos cuantos grados esta noche.

Venga, otros 200 largos más en agua hoy más fría. ¡A por ellos que son pocos y cobardes!

Y que venga un guardia a por la luna, que llamen a quien sea y que se la lleve de mi vista...

Buen fin de semana.

(Las foto es de Alejandro Schifferstein)

viernes, 7 de agosto de 2009

Oración de la aprendiz



Dame Señor un poco de sol, mucho trabajo y la alegría de ver que voy aprendiendo algo del oficio.
Dame tiempo para escribir, a veces ocho horas, otras cinco o incluso sólo media hora al día.

Ya que no va a ser posible que un ángel are mientras yo escribo, te pido que la intendencia doméstica de esta puñetera casa, las responsabilidades familiares y las laborales no me impidan dedicarme a ello.

Dame la habilidad de sacar horas de donde no las encuentro y la paciencia, constancia y diligencia de aprovechar el tiempo cuando lo tengo.

Te pido Señor la bendición de la santa elipsis, de reducir y eliminar sin piedad y sin lamentos. También sin juramentos.

Ayúdame a descartar párrafos y páginas que he escrito veinte veces, sobre los que llevo días y cuyo resultado puede ser hasta decente, pero que sobran. Dame firmeza para hacerlo.

Concédeme la capacidad de saber ordenar: qué va antes y qué va después, qué es importante y qué secundario, incluso supérfluo.

Enséñame, Señor, ese don tan tuyo de los principios y finales siempre abiertos, el de los caminos inciertos.

Dame Señor la humildad y el simple sentido común de no dar lecciones, no aconsejar, no moralizar, no enjuiciar, no valorar, ni dirigir siquiera al lector o de pretender una única lectura.

Sé que es difícil, pero Tú, Señor, eres Todopoderoso: impide que sea una mandona incluso a través del sujeto y predicado, del verbo. (Ya digo que eres Todopoderoso, o sea sólo Tú puedes)

Dios mío, hazme más libre, mucho más, escribiendo.

Quítame los miedos, aleja de mí la pretenciosidad, el ir y volver al ego, dame esa sencillez de lo muy trabajado en lo oculto.

Que jamás ajuste ni rinda cuentas con la escritura.

Que no me justifique jamás ni justifique tampoco a otros.

Que no quiera nada más, ni nada menos, que contar una historia y hacerlo bien.

Y si puede ser, pasármelo lo mejor que pueda en el proceso.

(Protégeme por último Señor de la autocompasión del escritor, de dar importancia alguna a lo que hacemos)

Amén.


PS: Inspirado en la oración de la mantequilla de Santo Tomas Moro que cuelga a veces en la nevera de algunas casas.

PS2: Agradezco a Alejandro Schifferstein muchas cosas, pero en este momento la foto y descubrirme, entre otros, a John Lee Hooker. Especialmente esos segundos, del 45 al 48, de esta canción que interpreta con Santana y que muestra el valor de la elipsis, del silencio.

martes, 4 de agosto de 2009

Contar hasta diez.



Pues eso.

A ver si puedo contar hasta diez y aplicarme el cuento.
O hasta siete.
O incluso seis.

Ya veremos cuánto. Pues eso, hasta luego, Lucas.

(Fito, eres grande, grande, y tienes unas canciones que no tienen desperdicio)